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El fútbol, más allá de los fetiches

Nada tan elusivo como la identidad de esa realidad irreal del fútbol. Las identidades absolutas no son ya posibles en la fluidez líquida y gaseosa contemporánea. La identidad del fútbol data de un nacimiento sin pergaminos en 1863, pero con vocación hacia lo posmoderno, pues de entrada su juego se funda en la levedad de la presencia. ¿Por qué las selecciones de América Ladina rivalizan con las europeas, pese a la asimetría de niveles socioeconómicos? Nuestra región vivió siempre en las condiciones que hoy son nuevas para el resto del mundo contemporáneo: desplazamiento, descentramiento y con-fusión entre lo virtual y lo real, las mismas que al trasladarse al fútbol han procurado mucha ventaja.

El fútbol, más allá de los fetiches

Hoy sabemos que la representación de la identidad, cualquiera sea su objeto, no es más que un fetiche. O muchos fetiches con los cuales cubrimos con pudor nuestra ignorancia para abarcar en vano, en su totalidad, aquello que designamos. Mejor dicho, la identidad se nombra y se simplifica mediante los encantadores mantos de la ficción. Y más que derivar de un logos que corresponda como Verdad a una esencia de cualquier ente, los atributos con los cuales conferimos identidad son eidos: arquetipo, prototipo, modelo, mito, símbolo, alegoría. Aún más: lo que sumamos como identidad es un despliegue del concepto griego del eidolon: imagen, imaginario, simulacro, puesta en escena, icono, relato, fábula, representación. Para no angustiarnos por no poder asir la elusiva especificidad, multiplicamos metáforas, metonimias y sinécdoques. Mediante estos ardides de la imaginación que compara, se define un ente a través del rodeo de asemejarlo a lo parecido. En la vida cotidiana estas operaciones no constituyen un dolor de cabeza porque cada cual cuenta con una tradición cultural que por medio del hábito ya ha etiquetado el mundo.

Pero el pensamiento no puede contentarse con un mundo ya interpretado. Y menos en el tan complejo mundo contemporáneo. Se toman tantas precauciones en la actualidad para definir algo, porque transitamos de la modernidad sólida a la líquida, donde todo fluye1, pero incluso vivimos en sociedades atmosféricas: no solo corrientes como el agua, sino evaporables, como ocurrió con la crisis financiera mundial de 2008. Así que hablar de fútbol e identidad no es tan sencillo.

No hace mucho, la conjunción de fútbol e identidad quizás se hubiera resuelto a la ligera. Porque se creía en correspondencias biunívocas y firmes entre las representaciones y lo representado, como la supuesta identidad de los países por lo telúrico de su territorio, o por lo sustantivo de unos cuantos atributos: una flor, la comida, ciertos rasgos de la población, las banderas y los himnos que para redundar no son más que fetiches, la lengua, los escudos y los lemas, hasta ciertas aves, paisajes naturales, monumentos, héroes, trajes ridículos, canciones, gestos y aun guerras célebres.

La profusión aleatoria de fetiches como signos de identidad despierta suspicacia: es como la veneración que se profesaba en el barroco iberoamericano colonial a un rey y a una reina tan ausentes y metafísicos como Dios: escarapelas, bandos, imágenes, alegorías, juras, fiestas, procesiones, andas, rogativas, voladores. A mayor ausencia, mayor abundancia para ocultar el vacío. Y además, esas letanías tan discordes suscitan la misma sonrisa que el célebre pasaje del relato de Jorge Luis Borges: «El idioma analítico de John Wilkins», en el cual finge una clasificación absurda de los animales de una enciclopedia china: «Los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, b) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (m) que de lejos parecen moscas»2.

Y la razón de que toda representación sea fetiche, y con mayor causa la del fútbol, que es un juego hechizo, radica en el fundamento derivado del más genial de los relatos breves de Borges, «Del rigor en la ciencia»3, en el cual se narra el levantamiento del mapa de un imperio extenso en escala de uno a uno, inútil por redundante: el mapa no es el territorio, como lo sabe cualquiera que pretenda conocer una ciudad mediante una guía turística. Así que por más que digamos del fútbol lo que digamos, siempre sucederá que terminaremos simplificando.

Por ejemplo, cuán tentador es indicar que el fútbol de la selección nacional de Argentina es finta de milonga o de tango; el de Brasil, paso y pase de samba; el de Colombia, circunvoluciones de cumbia y tejido de sombrero vueltiao; el de España, arrinconamiento del toro por elegantes verónicas y firmes capotes hasta conducirlo mermado al tercio del matadero. Pero aunque algo de ello sea encantador, es un camino perezoso y más propio de la publicidad mediática que de un análisis complejo. Otro camino se impone y es mucho más fecundo para desenredar la madeja.

Para avanzar, enuncio la pregunta de las preguntas: ¿por qué el fútbol de América Ladina, como la llamo por razón que aclaro más adelante, rivaliza de modo muy parejo en selecciones nacionales con el europeo, cuando las condiciones materiales de su ejercicio de lo pequeño a lo grande, medidas por cualquier patrón, son de una desproporción que solo se podría imaginar con las figuras de David y de Goliat, y cuando los equipos europeos ya son de proveniencia transnacional como la selección de Francia campeona de 1998? ¿Qué pauta de larga duración erige al fútbol representativo de cada país de esta región como el mayor símbolo y fetiche de identidad nacional e incluso estatal, ya que los gobiernos abusan de la energía que irradia en los triunfos? La respuesta demanda a su vez otro pasaje. ¿Qué relación existe entre fútbol y modernidad en cualquiera de sus fases? Este asunto es sorprendente y demostrará por qué el examen de esa realidad tan irreal que es el fútbol permite vislumbrar flancos inéditos de la época contemporánea imposibles de captar por un saber académico convencional. No importa que el nacimiento del fútbol y su deslinde del rugby estén fechados y situados de modo preciso en 1863 en la Taberna de los Francmasones de la ciudad de Londres4. Pese a este señuelo tan tentador que es el nombre del albergue que ofició como «pase» iniciático5, dejo de lado atractivas especulaciones porque no quiero salir de la órbita de lo patente. Incluso desecho por presunción de inutilidad la delicia de indagar acerca de la causa del nombre del torneo profesional intercontinental de clubes: Copa Libertadores, así nombrada con muchísima anticipación a la celebración de los bicentenarios y que atraería a animados especuladores de charlas de café que apuntarían a que la Logia Lautaro se habría trasladado al campo de fútbol por no sé qué secretas decisiones.

  • 1. Zygmunt Bauman: Modernidad líquida, fce, Buenos Aires, 2006.
  • 2. J.L. Borges: Obras completas, Emecé, Buenos Aires, 1974, p. 708.
  • 3. J.L. Borges: ob. cit., p. 847.
  • 4. Rafael Jaramillo: «Anotaciones a la teoría dramática del fútbol. Un texto para repensar los estudios sociales del deporte» en Aquelarre No 24, 2013.
  • 5. Juego con la polivalencia del término «pase», con su contenido masónico de ritual de pasaje y con su sentido deportivo como el gesto elemental del alfabeto del fútbol.