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El fracaso del control de las drogas ilegales en Argentina

Las estrategias predominantes para controlar la producción, el tráfico y el consumo de drogas ilegales han fracasado en su objetivo de lograr el abstencionismo total y la eliminación del narcotráfico en el mundo. El gobierno argentino ha reconocido este fracaso y ha planteado la necesidad de llevar a cabo reformas tendientes a descriminalizar al consumidor y centrar la energía estatal en el enfrentamiento del narcotráfico. Sin embargo, la precaria situación de Argentina, donde se ha ido estructurando un creciente mercado de drogas ilegales, y los persistentes vacíos institucionales, que impiden un accionar más efectivo, dificultan la implementación de una política integral de control del consumo y del narcotráfico.

El fracaso del control de las drogas ilegales en Argentina

Drogas ilícitas, narcotráfico y fracasos en el mundo

Muchos académicos, políticos, dirigentes sociales y especialistas sostienen con énfasis el fracaso de las políticas prohibicionistas y represivas de control de drogas ilegales inauguradas en el mundo a comienzos de los años 70 bajo el influjo de Estados Unidos. El jurista italiano Luigi Ferrajoli, padre de la teoría del garantismo penal, ha sido contundente al destacar que «hay intereses muy fuertes para sostener el prohibicionismo de las drogas», aunque se mostró sorprendido de ello, ya que «EEUU tiene experiencias de prohibicionismo, en los años 20» que han producido «gangsterismo» y una «criminalidad feroz».

La legislación antidroga que se ha desarrollado en el mundo bajo la presión de Estados Unidos es totalmente irracional. Esto solo produce criminalidad y no la disminución del consumo. El prohibicionismo significa afirmar el monopolio criminal del mercado de la droga, que produce, en forma inevitable, criminalidad grande y pequeña, en este caso de los pequeños vendedores de droga. (…) Todo eso lleva a que la represión caiga sobre la mano de obra barata y no sobre las grandes empresas. (…) Es posible que la legalización [de la droga], en un breve primer momento, produzca un aumento del consumo, pero que en el largo plazo produzca una disminución, porque ya no estaría la presión y la corrupción sobre los consumidores, que deben convencer a sus propios compañeros de que consuman.

No parece desacertado el panorama trazado por Ferrajoli, ya que el infortunio de la orientación prohibicionista y punitiva es evidente. No solo porque desde los años 60 la producción, el tráfico y el consumo de drogas ilegales han crecido significativamente, sino porque ello ha tenido como consecuencia la expansión y consolidación de la criminalidad del narcotráfico; el aumento de la violencia delictiva derivada de esa criminalidad; el incremento de la corrupción policial resultante de la regulación, protección o participación directa de agentes, oficiales y jefes en el negocio del narcotráfico; la expansión de las economías legales o ilegales relacionadas u originadas en el narcotráfico; el control y la cooptación de políticos, jueces, gobernantes y dirigentes sociales por parte de los grupos delictivos; y la criminalización y prisionización predominante de consumidores y traficantes menores pertenecientes a las clases sociales más bajas.

El régimen internacional contra las drogas establecido desde los 60 se fue conformando sobre la base de un consenso mayoritario acerca de la asociación de las drogas con el delito y la criminalidad, y, por ende, en la consideración de la producción, el tráfico y el consumo de drogas como actividades ilegales y prohibidas1. Como indica Juan Gabriel Tokatlian, el prohibicionismo como estrategia única de lucha contra las drogas ilegales se ha sustentado en la postulación de que una «represión perdurable, eficiente y salvadora» permitiría extinguir el problema. «El prohibicionismo confía en el firme logro de la abstinencia total» y «la lucha contra el crimen organizado se dirige a su presunta eliminación definitiva»2. Casi medio siglo después, el fracaso ha sido doble. No solamente ha habido un aumento estrepitoso de la producción, el tráfico y el consumo de drogas ilícitas en el mundo, sino que además han sido notables la expansión y la diversificación de los mercados ilegales de esas drogas y de los emprendimientos criminales del narcotráfico.

En el Informe Mundial sobre las Drogas 2008, la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (Onudd) indica que durante 2007 pareció confirmarse la estabilización y contención de los mercados mundiales de drogas, aunque con notables excepciones3. En efecto, con relación a la oferta de drogas, se registró un aumento del cultivo de coca y opiáceos, pero la escala del cultivo en general se mantuvo por debajo de la registrada en 1998 y muy por debajo de los máximos anuales de las últimas dos décadas –registrados en 1991, en el caso del opio, y en 2000, en el de la coca–. El cultivo de opio aumentó principalmente en el sur de Afganistán –país con una fortísima presencia militar norteamericana desde hace un lustro–; también aumentó el rendimiento de ese cultivo, lo que generó un aumento de 17% con respecto a 2006. Por su parte, el cultivo de coca aumentó en Bolivia (5%), Perú (4%) y especialmente Colombia (27%), pero disminuyó el rendimiento, lo que hizo que la producción de cocaína solo registrara un aumento total de 1%. En cuanto a la producción de hierba de cannabis, registró una ligera disminución por segundo año consecutivo, lo que pareció invertir la tendencia ascendente iniciada a principios de los 90.

En cuanto a la demanda de drogas ilícitas, durante 2007 se produjo un aumento del número absoluto de consumidores de cannabis, cocaína y opiáceos, aunque las tasas de prevalencia anual se han mantenido estables en todos los mercados de drogas, lo que ha hecho que el consumo se haya mantenido estable en términos relativos. De este modo, la proporción de los consumidores de drogas entre la población mundial de 15 a 64 años se ha mantenido estable por cuarto año consecutivo. Lo relevante desde el punto de vista de la problemática del consumo de drogas ilícitas es que solo unos 208 millones de personas –4,9% de la población mundial de 15 a 64 años– consumieron drogas por lo menos una vez en el último año, mientras que el consumo problemático de drogas solo afectó a 0,6% de esa franja poblacional.

Así, el problema de las drogas ilícitas se restringe a una porción muy pequeña de la población mundial de 15 a 64 años, mientras que el consumo problemático de drogas se ciñe a una fracción marginal de esa porción. En los últimos años, el promedio anual de muertes provocadas por el consumo de drogas ilícitas ha sido de 200.000 personas. En cambio, el consumo de tabaco, que es una droga psicoactiva que crea adicción y cuya comercialización es libre y regulada, es muchísimo más lesivo, ya que afecta a 25% de la población mundial adulta y genera la muerte de unos cinco millones de personas al año.

  • 1. Al respecto, v. Juan Manuel Galán Pachón y Lech Julián Guerrero: «La legalización de las drogas ilícitas en Colombia: elementos para una discusión» y Francisco Thoumi y Martín Jelsma: «La normatividad internacional soporte del paradigma prohibicionista», ambos en Alfredo Rangel Suárez (ed.): La batalla perdida contra las drogas: ¿Legalizar es la opción?, Intermedio, Bogotá, 2008.
  • 2. «Anotaciones en torno al crimen organizado: una aproximación conceptual a partir de la experiencia colombiana» en J.G. Tokatlian: Globalización, narcotráfico y violencia. Siete ensayos sobre Colombia, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2000, p. 60.
  • 3. World Drug Report 2008, onu, Nueva York, 2008.