Opinión

El fin del trabajo (tal como lo conocemos)

La automatización y la inteligencia artificial destruyen puestos de trabajo, un fenómeno del que no podemos ser meros observadores.

El fin del trabajo (tal como lo conocemos)

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no creará un sinfín de puestos de trabajo. Aun si lograse que algunas empresas vuelvan a llevar sus fábricas a Estados Unidos, Trump está en una lucha contra molinos de viento en la que, a la larga, será derrotado. Los motivos son sencillos: 86% de los puestos de trabajo perdidos entre 1990 y 2015 en la industria manufacturera estadounidense no se debe a un éxodo hacia el Lejano Oriente o hacia México, sino a un aumento de la productividad mediante tecnología. Si las empresas tuvieran en la actualidad el nivel de productividad del año 2000, deberían tener el doble de personal para poder generar la misma cantidad de bienes. O sea: estamos produciendo mucho más con muchas menos personas.

Esta pérdida de trabajo es –no solo por las consecuencias económicas para los individuos sino también por la pérdida parcial de identidad– un peligro para la interacción social y, de este modo, para los cimientos de los modernos países industrializados. No por nada Trump pudo granjearse el voto precisamente de los «trabajadores olvidados» del Rust Belt (cinturón industrial) estadounidense. Para que las personas sigan teniendo un lugar dentro del mundo laboral en los próximos tiempos, se necesita una clara visión de futuro con medidas políticas concretas. Poco ayudan los enfoques aislacionistas y retrógrados de los populistas, porque no se puede ir marcha atrás ni aplicar el freno en el progreso tecnológico. No se lo puede detener con muros ni con aranceles aduaneros.

En la actualidad, las máquinas pueden realizar múltiples trabajos físicos que hasta hace unos pocos años solo podían ser llevados a cabo por seres humanos. Pueden, por ejemplo, tomar pedidos, manejar automóviles o cumplir tareas productivas. Foxconn, proveedor de Apple, puso a funcionar en 2016 más de 40.000 robots (de un total planeado de un millón) que reemplazarán en el mediano plazo a las 500.000 personas que trabajan en producción. Adidas ha construido en Alemania una nueva fábrica que es operada casi exclusivamente por máquinas. Amazon ya emplea en la actualidad 45.000 robots en todo el mundo: una tendencia que crece. La automatización no se detiene aquí, sino que se expande también a otros ámbitos: gracias a la inteligencia artificial, el software puede realizar cada vez más tareas cognitivas, con lo que funciona de modo más fiable, conveniente y veloz que sus competidores humanos.

Los sistemas de inteligencia artificial pueden ya analizar datos, interactuar con seres humanos o elaborar textos. O sea, no solamente los chóferes de ómnibus o camiones y los operarios de una línea de producción se sienten amenazados por esta tecnología, sino también los trabajadores calificados, como es el caso de programadores, radiólogos o abogados. Los trabajos más apropiados para la automatización son aquellos que se realizan en entornos muy estructurados o previsibles y que siguen rutinas. En Estados Unidos representan más de 50% de la economía y abarcan rubros que van desde la producción hasta el comercio minorista. Generan casi 2.700 millones de dólares en salarios. En otros países industrializados, como Alemania, la situación es similar.

A esto se agrega que el acceso a los puestos de trabajo restantes será cada vez más difícil. No por la presión creciente sobre el mercado de trabajo de cada país o el mercado interno europeo, sino –en lo que atañe a determinados grupos de profesiones– por nuevas formas de tercerización: internet y las potentes computadoras han vuelto obsoletas las distancias geográficas que tuvieron peso durante siglos y han transnacionalizado el mundo laboral. Los cloud workers (trabajadores en la nube) complementan con un alto potencial el mercado de trabajo interno y crean de este modo una gran competencia por las horas de trabajo no automatizadas. Hoy es casi usual que, por ejemplo, algunas tareas en un estudio de abogados de Estados Unidos que antes eran realizadas por asistentes de los abogados o por profesionales principiantes sean llevadas a cabo por auxiliares perfectamente formados que venden sus servicios desde una computadora en Mumbai, a 5.000 kilómetros de distancia.

En 2017, Alemania cuenta con aproximadamente 43 millones de personas laboralmente activas que dependen principalmente de su salario para mantenerse y no tienen otros ingresos. Por lo tanto, para la gran mayoría de estas personas el desempleo causa un descenso de estatus económico, desarraigo social y posiblemente una mayor insatisfacción política. Estos peligros no necesariamente se aminoran con las nuevas profesiones y puestos de trabajo que surgen. Es cierto que en el pasado siempre aparecían nuevas profesiones allí donde desaparecían otras. Las máquinas pueden usarse también de manera complementaria a los trabajadores en lugar de reemplazarlos en su totalidad. De todos modos, para ello se necesitan las calificaciones y los conocimientos adecuados, y la enorme cantidad de personas posiblemente afectadas podría ser muy superior al número de nuevas profesiones que podrían surgir. A eso hay que sumar que estas profesiones no necesariamente traerán consigo las mismas retribución monetaria, seguridad social o significatividad, sino que podrían colaborar con un retroceso en la escala social y una espiral salarial descendente.

La cuarta revolución industrial ya está modificando los cimientos del mundo laboral y los sistemas políticos subyacentes. Para mitigar las consecuencias negativas en lo social y en lo político, se necesita una iniciativa sustancial de cara al futuro con la que debe empezarse ahora mismo. Un posible punto de partida aquí es –como tantas otras veces– la educación. Los cambios operados en el mundo del trabajo durante el pasado nos enseñan que debemos concentrarnos en nuestras competencias y definir qué habilidades serán necesarias en el futuro. Como consecuencia, son necesarios una formación y un perfeccionamiento acordes con la época, que ofrezcan a las personas, también en el futuro, la oportunidad de participar con éxito en el mundo del trabajo –en una especie de relación simbiótica– con la tecnología y a través de la tecnología.

Las inversiones en infraestructura e investigación pueden brindar las condiciones que se necesitan urgentemente para la formulación de planes de futuro y propiciar la evaluación tecnológica para una mayor comprensión de los procesos subyacentes. También es relevante la dimensión económica. Con crecimiento podrían generarse puestos de trabajo de gran porvenir y en mayor cantidad. Para ello se necesitan enfoques novedosos junto con enfoques clásicos. Un ejemplo de ello es el competitivo espectro de fundadores de empresas y, relacionado con esto, un reordenamiento de la legislación sobre quiebras adaptado a los tiempos que corren, además de marcos regulatorios lógicos y asociaciones transnacionales. También resulta imperioso que las empresas tengan conciencia de sus responsabilidades: solo puede sostenerse a largo plazo el consumo donde se pagan salarios dignos y donde no se reemplaza cualquier puesto de trabajo por una máquina, ya que donde no hay ingresos no hay consumidores. No menos importante es también debatir un mecanismo de redistribución para ingresos de toda la sociedad como, por ejemplo, un ingreso básico (incondicional) o un impuesto negativo para rediseñar la sociedad futura con un mundo del trabajo digital y automatizado.

La política suele reaccionar como un correctivo tardío: los desarrollos primero avanzan y recién después son direccionados. Pero las nuevas tecnologías se desarrollan a una velocidad tal que no podemos demorar más el diseño general del futuro. De lo contrario, pronto llegaremos al final del mundo del trabajo y nos tendremos atener a las consecuencias políticas.



Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: http://www.ipg-journal.de/kommentar/artikel/das-en...

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