Ensayo

El Estado y la vía democrática al socialismo

La sugerente obra del sociólogo marxista Nicos Poulantzas resulta particularmente pertinente en el momento actual. Sus formulaciones sobre el Estado (en tanto relación social) y la vía democrática al socialismo permiten retomar algunos debates sobre la «guerra de movimientos» y la «guerra de posiciones», pensar de manera creativa el marxismo y enfrentar, también desde la teoría, algunas de las tensiones de los actuales procesos de cambio en la región, como el que Bolivia transita desde inicios de 2006.

El Estado y la vía democrática al socialismo

Nota: este artículo es una versión reducida y revisada por el autor de una conferencia dictada en el marco del coloquio internacional «Nicos Poulantzas: un marxismo para el siglo xxi», Universidad de la Sorbona, París, 16 de enero de 2015.

La obra intelectual de Nicos Poulantzas está marcada por lo que podríamos denominar una trágica paradoja. Él fue un marxista que pensó su época desde la perspectiva de la revolución, en un momento en que los procesos revolucionarios se clausuraban o habían derivado en la restauración anómala de un capitalismo estatalizado. Sin duda, fue un marxista heterodoxo brillante y audaz en sus aportes sobre el camino hacia el socialismo, en un tiempo en que justamente el horizonte socialista se derrumbaba como símbolo y perspectiva movilizadora de los pueblos. En este texto, me gustaría detenerme en dos conceptos claves e interconectados del marxismo poulantziano que nos permiten pensar y actuar en el presente: el Estado como relación social y la vía democrática al socialismo.

Estado y principio de incompletitud

En relación con el primer punto (el Estado como relación social), no cabe duda de que uno de los principales aportes del sociólogo marxista greco-francés es su propuesta de estudiar el Estado como una «condensación material de relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clases»1. Pues claro, ¿acaso no se elige a los poderes Ejecutivo y Legislativo con los votos de la mayoría de la población, de las clases dominantes y dominadas? Y aunque por lo general los sectores populares eligen por sufragio a representantes de las elites dominantes, ¿acaso los elegidos no adquieren compromisos respecto a sus electores? ¿Acaso no existen tolerancias morales aceptadas por los votantes que marcan los límites de acción de los gobernantes y cuyas transgresiones generan migraciones hacia otros candidatos o hacia movilizaciones sociales?

Cierto marxismo de cátedra sostenía que los sectores populares vivían perpetuamente engañados por el efecto de la «ilusión ideológica» organizada por las clases dominantes, o que el peso de la tradición de la dominación era tan fuerte en los cuerpos de las clases populares que ellas solo podían reproducir voluntaria e inconscientemente su dominación. Definitivamente, esto no es cierto. Pensar lo primero constituye una forma de biologizar la dominación y clausura cualquier posibilidad de emancipación. Por otra parte, la tradición tampoco es omnipresente, pues de serlo, las nuevas generaciones solo deberían replicar lo hecho por las anteriores y, por consiguiente, la historia sería una perpetua repetición del inicio de la historia. El papel de la tradición en la historia se puede entender perfectamente haciendo referencia al teorema de incompletitud gödeliano2, de la siguiente manera: si así como demuestra Kurt Gödel para los sistemas formales de la aritmética, suponiendo un conjunto de axiomas no contradictorios, existen enunciados que no pueden demostrarse ni refutarse a partir de esos axiomas, en el abanico de infinitas acciones humanas posibles emergentes de las condiciones previas de las personas (de la tradición), hay opciones humanas y posibilidades históricas (espacios de incertidumbre, grietas intersticiales que escapan a la reproducción de la dominación) que no dependen ni derivan directamente de esa tradición. Y eso es lo que permite explicar el hecho de que la sociedad se transforma permanentemente a sí misma no obstante el peso histórico de las relaciones de dominación. Se trata de lo que podríamos denominar «principio de incompletitud histórica», que deja abierta la posibilidad de la innovación, la ruptura y el quiebre o, en otras palabras, de las revoluciones.

Entonces, queda claro que ni las clases populares son tontas ni la realidad es únicamente una ilusión, y tampoco la tradición es omnipresente. En medio de engaños, imposturas y herencias de dominación asumidas, la gente del pueblo también opta, escoge, aprende, conoce, decide y, por ello, elige a unos gobernantes y a otros no; reafirma su confianza o revoca sus esperanzas. Y así, en esta mezcla de dominación heredada y de acción decidida, los sectores populares constituyen los poderes públicos, forman parte de la trama histórica de las relaciones de fuerzas de esos poderes públicos, y cuando sienten que son burlados, se indignan, se asocian con otros indignados, y si ven oportunidad de eficacia, se movilizan; además, si su acción logra condensarse en la esperanza colectiva de un porvenir distinto, transforman sus condiciones de existencia.

Estas movilizaciones muchas veces se disuelven ante la primera adversidad o el primer logro; otras veces se expanden, generan adhesiones, se irradian a los medios de comunicación y generan opinión pública; mientras que en ciertas ocasiones, dan lugar a un nuevo sentido común. Y cuando esas demandas logran materializarse en acuerdos, leyes, presupuestos, inversiones, reglamentos, se vuelven materia de Estado. Precisamente eso es el Estado: una cotidiana trama social entre gobernantes y gobernados, en la que todos, con distintos niveles de influencia, eficacia y decisión, intervienen en torno de la definición de lo público, lo común, lo colectivo y lo universal.

Ya sea como un continuo proceso de monopolización de la coerción, del uso de los tributos, de los bienes comunes, de los universales dominantes, de la redacción y gestión de la ley que abarcará a todos; o como institución de derechos (a la educación, a la salud, a la seguridad, al trabajo y a la identidad), el Estado –que es precisamente todo lo anterior en proceso– es un flujo, una trama fluida de relaciones, luchas, conquistas, asedios, seducciones, símbolos, discursos que disputan bienes, símbolos, recursos y su gestión monopólica. El Estado definitivamente es un proceso, un conglomerado de relaciones sociales que se institucionalizan, se regularizan y se estabilizan (por eso «Estado», que refiere a estabilidad), pero con la siguiente particularidad: se trata de relaciones y de procesos sociales que institucionalizan vínculos de dominación político-económico-cultural-simbólica para la reproducción y “naturalización” de la dominación político-económico-cultural-simbólica. El Estado es en algunos casos una institución, una máquina de procedimientos, pero esa máquina de procedimientos, esa materialidad son relaciones, flujos de luchas cosificados que objetivizan la cualidad de las relaciones de fuerza de esos flujos y luchas sociales.

  • 1.

    N. Poulantzas: Estado, poder y socialismo, Siglo xxi, México df, 2005, pp. 154.

  • 2.

    Ver K. Gödel: «Sobre sentencias formalmente indecidibles de los Principia Mathematica y sistemas afines» en Obras completas, Alianza, Madrid, 2006.