Crónica

El Dorado a 3.000 metros bajo tierra. Petróleo, dólares y mujeres en el «desierto» de Vaca Muerta

Todos los ojos miran hacia Vaca Muerta: el gas y el petróleo «no convencionales» que contienen sus rocas del subsuelo son vistos como la posibilidad de la salvación nacional. Desde comienzos del siglo XX, la Patagonia es un centro de explotación petrolera. Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) organizó tempranamente su propia «casa de tolerancia» para «abastecer» de mujeres a sus empleados y evitar su éxodo. Más tarde, la trata a gran escala reemplazó esta gestión estatal de la prostitución. Hoy, el pequeño pueblo de Añelo –próximo a Vaca Muerta– vive las paradojas de la abundancia extractiva: empresas que funcionan como poderes locales, un boom especulativo que amplía las fronteras de la desigualdad y la promesa de un futuro venturoso.

El Dorado a 3.000 metros bajo tierra. Petróleo, dólares y mujeres en el «desierto» de Vaca Muerta

A Morena le gusta dar besos y recibirlos. No es como sus compañeras, que se los guardan para sus novios. A ella le encanta sentir la lengua tibia del otro, el sabor del tabaco y los restos del alcohol en la boca ajena. Dice que puede adivinar qué bebida tomó su cliente antes de visitarla. Sabe que es la preferida entre los petroleros de Vaca Muerta pero no se aprovecha de ellos y les cobra lo mismo que las otras chicas: 80 pesos (menos de 10 dólares) por la copa y la compañía mientras juegan al pool; 300 pesos (30 dólares) la media hora de servicio. Sus curvas discretas enfundadas en calzas celestes y el lunar en la mejilla derecha la hacen más atractiva que sus compañeras, pero su metro sesenta de altura, obra de unos tacos infinitos, le desdibujan el aspecto de mujer «comehombres».

Sabe que su pelo negro pesado, atado con una gomita rosa, también la distingue: «A las rubias les tienen miedo, les desconfían. Las que vinieron acá se fueron. Los clientes las confunden con sus mujeres, como hay tanta rubia en este país», dice. Para mantener la conversación le pregunto cuántos años tiene. Tiene una respuesta bien pensada: «La mujer tiene tres edades. La que dice, la que tiene y la que aparenta». No me dice ninguna de las tres.

Morena llegó a Argentina hace tres años. En Buenos Aires estuvo apenas un día en un hotel que recuerda como un lugar muy oscuro, en algún rincón del barrio de Congreso. Al día siguiente llegó en micro a la ciudad de Neuquén gracias a una compatriota dominicana que había llegado meses antes y que ya había podido comprarse un auto. Allí se casó con «un tal Walter» para conseguir los documentos argentinos. Sabe que a Walter le pagaron por el casamiento, pero no sabe cuánto. Todo lo armó «un tal Marcelo», amigo de su amiga dominicana al que le dio la mitad de lo que recaudó durante los primeros seis meses. Enseguida quedó embarazada de su primer novio argentino, un cordobés del que se separó al poco tiempo. Como muchos de sus clientes eran de Añelo, el pueblo enclavado en el corazón de Vaca Muerta que ya fue rebautizado como la capital argentina del shale, decidió abandonar la ciudad de Neuquén y mudarse allá. «Soy una sucursal», se ríe.

Vaca Muerta saltó a la fama a fines de 2011 y de inmediato se convirtió en la gran esperanza dorada de Argentina: es la tercera reserva mundial de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional (shale o esquisto). Los expertos dicen que ahí, a más de 3.000 metros de profundidad, puede haber gas para abastecer al país durante 200 años. Argentina necesita inversiones por 250.000 millones de dólares para explotar Vaca Muerta en los próximos diez años y Añelo es el epicentro de esa nueva fiebre del petróleo en la Patagonia.

Como tantas otras mujeres, Morena se instaló en el pool Resumiendo ubicado en la calle 1, una de las pocas de Añelo que tiene algún atisbo de vereda. Casi todos sus clientes son petroleros. Los reconoce por la piel más oscura y curtida por el trabajo a la intemperie. Las manos grandes y el pelo crespo son otro sello que aprendió a identificar, pero ella no cree que sean tan hoscos como dicen sus compañeras. «Conmigo se aflojan. Mi cántico dominicano los calma».

Muchos de ellos trabajan 15 días seguidos en un pozo en el desierto y viven en tráilers. Morena dice que le hablan, que le cuentan sus problemas. Agrega que casi todos le piden hacer «cucharita» y que acepta con gusto. Dice que más de uno se larga a llorar después de tener sexo, pero nunca antes. No la miran a la cara cuando lloran.

Morena no los deja tomar alcohol en su habitación y ellos se lo agradecen. Muchos están devastados física y anímicamente y a ella le cuesta satisfacerlos sexualmente. Pero aclara que nunca tuvo un incidente. «Los petroleros son unos caballeros», explica. Casi todos le dejan propina y le compran regalos –chocolates y ropa porque no hay ni una florería en Añelo–, especialmente después de cobrar la quincena. Incluso recibe invitaciones a cenar a las que siempre responde que «no» para evitarse problemas: hace poco se enteró de que en la competencia, La Mejor Onda, pegado a la ruta que va a los pozos de Vaca Muerta y donde también hay dominicanas con las que ni se saluda, una chica se puso de novia con un cliente y los celos se resolvieron a los cuchillazos.

Más de uno le pidió quedarse a dormir. Solo una vez hizo una excepción con un petrolero al que su mujer y su hijo de dos años habían abandonado. No soportaron más la vida seca y aislada de Añelo y se volvieron a la provincia de Santa Fe. Lloraba tanto ese supervisor que Morena no estuvo tranquila hasta que se él quedó dormido a su lado con la respiración entrecortada, en posición fetal.

No quiere explicarme por qué sigue en Añelo. Morena se contagió de los petroleros la escasez de palabras y la falta de argumentos para sostener una vida árida en condiciones hostiles. Solo se queja del poco tiempo que pasa con su hija de casi dos años.

Al día siguiente de conocerla, la vi parada frente a la vidriera de un negocio de zapatillas sobre la calle principal, la única asfaltada de todo el pueblo. El día estaba nublado, húmedo, fresco. La invité a tomar un café. Envuelta en un camperón naranja muy gastado con una gran etiqueta de Skanska –la constructora sueca envuelta en un megaescándalo de corrupción en Argentina en 2005–, me dijo que no con la cabeza, apretada por un gorro de lana multicolor, y escondió la mirada. «Tengo que ir a ver a mi niña».

«Se nos están yendo los muchachos»

El petróleo y la prostitución son dos negocios prósperos que van de la mano. Y aunque parezca increíble, la gran empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) fomentó en el sur de Argentina uno de los oficios más antiguos de la humanidad.

En 1930, el ingeniero Alberto Landoni, administrador de los yacimientos de YPF en Plaza Huincul, en la provincia patagónica de Neuquén, visitó al ingeniero militar Enrique Mosconi, el primer presidente de la empresa recién creada. Después de hablar de inversiones, pozos petroleros y geología, Landoni le planteó un problema menos técnico pero no por eso menos estratégico: «Se nos están yendo los muchachos… mucha gente buena de la empresa renuncia. La Patagonia es dura por la soledad y el aislamiento». Otro inconveniente eran las peleas entre los empleados. Había una mayoría aplastante de solteros que, ante la escasez de mujeres disponibles, merodeaban a las señoras casadas.