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El deseo de Europa Más allá del nacionalismo y del neoliberalismo

En lugar de la búsqueda de una ilusoria identidad cultural europea carente de fundamentos históricos, conviene partir de una concepción propiamente política de esta unidad socioterritorial en construcción y buscar los problemas donde verdaderamente están: en los déficits democráticos de una Unión Europea demasiado permeable a los mercados y poco dada a la representación ciudadana. Algunos pronunciamientos recientes van en esa dirección, aunque el proyecto europeo se enfrenta a dos obstáculos mayores: el repliegue identitario y las políticas de austeridad.

El deseo de Europa / Más allá del nacionalismo y del neoliberalismo

Crisis en el Viejo Mundo

La construcción europea –de la comunidad política europea– es, por definición, un proceso. En tanto tal, se encuentra marcado por aceleraciones, retrocesos y estancamientos. Ahora bien, desde hace algunos años, parecería ser que la palabra que mejor caracteriza esta construcción es «crisis». Crisis en el sentido de momento crítico en el que se define la suerte de un enfermo. Pues la consolidación del nacionalismo reaccionario en el escenario político de numerosos países europeos y los recelos expresados por las poblaciones hacia una Unión Europea burocratizada y alejada de las demandas y necesidades de los pueblos ponen en tela de juicio la existencia misma de la construcción europea. El «deseo de Europa» que, según el escritor checo Milan Kundera, prevalecía en la década de 1980 se ha ido desvaneciendo paulatinamente. Los principios tocquevillianos de paz, libertad y bienestar destacados por Simone Veil en ocasión de la primera Asamblea Europea en 1979 no han logrado materializarse. Incapaz de proteger a sus pueblos frente a los efectos negativos de la globalización financiera, Europa no se ha erigido como un espacio propicio para «salvaguardar, mediante la acción colectiva y organizada, las solidaridades amenazadas por las fuerzas económicas»1. De suerte que la construcción europea se encuentra hoy, después de muchas alertas y sobresaltos significativos, en una encrucijada. Si no se reforma en profundidad la manera como se ha ido construyendo la Unión, el declive europeo pronosticado por el historiador David Engels será muy difícil de frenar2. Una caída que, sin embargo, se podría evitar si los dirigentes europeístas se dedicaran a insuflar más democracia social y política y decidieran dejar definitivamente atrás el llamado «Consenso de Bruselas», tan deletéreo como lo fue en su momento el «Consenso de Washington» para América Latina.

La ue y la globalización neoliberal

Desde este punto de vista, la principal causa de descrédito de la ue se vincula al hecho de haber sido incapaz de regular el proceso de diferenciación de la actividad económica en el seno de las actividades sociales. En otras palabras, la ue ha sido acusada de haberse construido de acuerdo con los principios del neoliberalismo y de dejar así a sus ciudadanos expuestos a la globalización, en lugar de protegerlos. Cabe destacar que este ataque no proviene únicamente de la izquierda radical o de intelectuales críticos como Pierre Bourdieu o Étienne Balibar. En un libro que defiende la construcción de una Europa social y democrática, Claude Bartolone, miembro del Partido Socialista francés y ex-presidente de la Cámara de Diputados, vitupera contra una ue imbuida de la doxa neoliberal e infeudada a los intereses del capitalismo financiero3. Haberle dado la espalda al pacto social-nacional que se fue elaborando lentamente después de la Segunda Guerra Mundial: tal es el pecado capital de una ue que, lejos de construir un espacio democrático tendiente a elevar los estándares de justicia social y de igualdad, se entregó en cuerpo y alma a las quimeras del «dulce comercio» y a los principios de austeridad del ordoliberalismo. De acuerdo con Bartolone, la ue hizo entrar el caballo de Troya del neoliberalismo en el corazón de las naciones europeas y ha desatendido la coordinación de las políticas fiscales y sociales, lo que ha contribuido a transformar el «euroescepticismo» en «eurohostilidad». Este diagnóstico es compartido por el economista Thomas Piketty, quien afirma que, por haber adherido «al principio de una competencia cada vez más pura y más perfecta entre los territorios y los países sin una base social y fiscal común, las instituciones europeas no han hecho más que reforzar las tendencias de la globalización hacia más desigualdades»4. Se trata de un punto de vista afín al del filósofo Bruno Karsenti y el sociólogo Cyril Lemieux, quienes aseveran, en clave polanyiana, que la ue resultó ser impotente frente al desenraizamiento (disembeddedness) de la economía y contribuyó así a la puesta en competencia generalizada de las actividades económicas5. En resumidas cuentas, la ue se construyó en las últimas dos décadas en contra de los pueblos europeos, de manera cada vez menos democrática, mediante mecanismos de decisión opacos y sin que se intentara mitigar los efectos negativos del capitalismo financiero sobre los dispositivos redistributivos imperantes en las democracias sociales más avanzadas del continente. Una Europa neoliberal que se edificó contra las naciones, sin horizonte político ni proyecto social, nivelando hacia abajo y obedeciendo de manera dogmática a políticas y principios económicos arbitrarios.

Liberalismo, nacionalismo y socialismo democrático

Frente a semejante fracaso del liberalismo y a la amenaza del nacionalismo reaccionario, el sendero que hay que tomar es el del socialismo democrático europeo. En primer lugar, porque sabemos, como lo han mostrado Pierre Dardot y Christian Laval entre muchos otros, que el neoliberalismo juega siempre en contra de la democracia, de la igualdad y de la emancipación6. En segundo lugar, porque solo partiendo de la definición de un proyecto político regulador, basado en los movimientos que ya están dibujándose en la realidad, se podrá construir la autoridad y legitimidad política de la ue. En tercer lugar, porque el socialismo democrático es el único en haber pensado la nación de manera desnaturalizada en función de un internacionalismo consecuente. En cuarto lugar, porque a la hora de pensar una alternativa al desarrollo qua crecimiento y de enfrentar el desafío ecológico, es la única corriente política que propicia límites a la mercantilización del mundo mediante la puesta en funcionamiento del principio de lo común7.

Desde esta perspectiva, el nuevo proyecto europeo debería ser radicalmente político. Vale decir que es necesario que se presente como alternativa al pensamiento liberal cuyo horizonte es una suerte de fin de lo político mediante la extensión ad infinitum de la «sociedad» de mercado. Pero debe dibujarse también como un baluarte contra la concepción nacionalista de la nación y de Europa que opera mediante la retracción de lo colectivo y la fetichización de los criterios de pertenencia8. La crisis de los migrantes es, entre otras muchas cosas, el síntoma de una construcción europea que se ha hecho tanto en desmedro del bienestar de los habitantes de Europa como en contra de los extracomunitarios. Se ha inscripto de lleno en el nuevo universalismo (muy real) del capitalismo diferencialista, que homogeneiza a través del mercado e instrumentaliza la heterogeneidad9.

  • 1.

    Pierre Bourdieu: «Pour un mouvement social européen» en Le Monde diplomatique, 6/1999, p. 1.

  • 2.

    D. Engels: Le déclin. La crise de l’Union Européenne et la chute de la République romaine. Analogies historiques, Le Toucan, París, 2012.

  • 3.

    C. Bartolone: L’urgence européenne, Fondation Jean Jaurès, París, 2013.

  • 4.

    «Reconstruire l’Europe après le ‘Brexit’» en Le Blog de Thomas Piketty en Le Monde, 28/6/2016.

  • 5.

    B. Karsenti y C. Lemieux: Socialisme et sociologie, ehess, París, 2017, pp. 95-122.

  • 6.

    Ch. Laval y P. Dardot: La pesadilla que no acaba nunca. El neoliberalismo contra la democracia, Gedisa, Barcelona, 2017.

  • 7.

    Ch. Laval y P. Dardot: Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo xxi, Gedisa, Barcelona, 2015.

  • 8.

    Sobre este punto, v. B. Karsenti y C. Lemieux: ob. cit.

  • 9.

    Sobre este tema, v. G. Boccara: «Pour une anthropologie du capitalisme différentialiste» en L’Homme. Revue française d’anthropologie No 211, 2014 y «Tous homo œconomicus, tous différents. Les origines idéologiques de l’ethno-capitalisme» en Actuel Marx No 56, 2014.