Coyuntura

El declive del kirchnerismo y las mutaciones del peronismo

Al conservar la primera minoría en las pasadas elecciones parlamentarias de octubre en Argentina, el kirchnerismo retuvo la mayoría en ambas cámaras. No obstante, la erosión de las bases del crecimiento y la demora en aplicar correcciones han conducido a una situación crítica. Un estilo más cerrado y menos atento a la construcción territorial y a las alianzas sociales ha debilitado las bases de sustentación de un gobierno que tiene serias dificultades para encarar la sucesión. Los cambios producidos tras las elecciones apuntan a desarrollar un control de daños que permita encarar la transición hacia el nuevo gobierno que se elegirá en 2015.

El declive del kirchnerismo y las mutaciones del peronismo

Perder aun ganando

El pasado 27 de octubre tuvieron lugar en Argentina las elecciones legislativas (de medio término) que renovaron ambas cámaras del Congreso Nacional. Se eligieron así 127 diputados nacionales en todo el país y 24 senadores nacionales en siete de las 23 provincias y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Simultáneamente, tuvieron lugar elecciones para la renovación parcial de las cámaras provinciales y municipales. El oficialismo del Frente para la Victoria (FVP) y partidos menores aliados obtuvieron a escala nacional la primera minoría en la elección de diputados, con algo más de 33% de los votos. Frente a esto, encontramos una oposición dispersa: el peronismo no kirchnerista alcanzó 24% de los sufragios y el mismo porcentaje obtuvo la suma de la fragmentada oferta de radicales, socialistas y cívicos que ha hecho de la crítica republicana a la gestión de gobierno su principal estandarte. Bastante más alejados de esta división tripartita del espectro político encontramos al partido de centroderecha Propuesta Republicana (PRO) del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, con algo menos de 8%, y finalmente a la izquierda de inspiración trotskista con más de 5% de los votos. Este último dato resulta significativo: por motivos diversos, la izquierda radical había sido un fenómeno de las ciudades del litoral más moderno. En un hecho poco común, ha obtenido representación por la provincia de Mendoza y un muy cercano segundo lugar en la tradicional provincia de Salta, en el Noroeste, donde triunfó ampliamente en la ciudad capital.

En términos de espacios institucionales, el flojo desempeño electoral del oficialismo ha estado lejos de resultar catastrófico en lo inmediato: dado que en la Cámara de Diputados se renovaban las bancas obtenidas en los comicios de 2009 (efectuados tras la derrota del kirchnerismo luego del duro y desgastante conflicto con las patronales agropecuarias, producto de su intento de aplicar una mayor carga impositiva a las exportaciones del sector), el bloque oficial ha pasado de 127 a 130 bancas en esa cámara, con lo que se ha asegurado una muy ajustada mayoría. En el Senado, en cambio, renovaban sus cargos los legisladores elegidos en el año 2007, aunque la pérdida de tres bancas no impide al oficialismo seguir gozando de una mayoría algo más cómoda que en la Cámara Baja. El temor oficial radica mucho más en la posibilidad de futuras deserciones de legisladores hacia el peronismo no kirchnerista que en la distribución de la representación tal como ha surgido de los comicios.

En un contexto de amplia fragmentación y constante realineamiento de los espacios partidarios, resulta difícil la reconstrucción de series históricas que nos permitan comparar la evolución electoral. Las tendencias aparecen con mayor claridad si nos focalizamos en los seis principales distritos del país que representan más de 70% del padrón electoral. Allí vemos que el oficialismo, aun habiendo realizado una elección superior a la renovación legislativa de 2009, pierde casi 40% de su masa de votantes de 2011 para diputados. Más de seis de cada 10 votos perdidos allí pertenecen a la estratégica provincia de Buenos Aires, donde vive 37% de los electores nacionales.

Como en 2009, cuando la lista era encabezada por el ex-presidente Néstor Kirchner, el oficialismo ha perdido la provincia de Buenos Aires y lo ha hecho como entonces, conservando casi un tercio de las preferencias. Pese a que en el resto del país la elección para el oficialismo fue mejor que hace cuatro años, hoy parece muy poco probable que asistamos a un proceso de recuperación como el experimentado entre 2009 y 2011, cuando una audaz política de expansión de derechos, que incluyó la creación de la Asignación Universal por Hijo (AUH), el matrimonio igualitario y la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual catapultó, tras la muerte de Kirchner, a Cristina Fernández de Kirchner, su viuda, a la reelección con el mayor porcentaje que haya obtenido un presidente argentino desde Juan Domingo Perón.

Los resultados electorales de octubre terminaron de sepultar cualquier aspiración de sectores oficiales de impulsar una reforma constitucional que habilitara a Cristina Kirchner a competir por un tercer periodo consecutivo: los dos tercios de cada cámara requeridos están lejos de ser una realidad. Un movimiento con la concentración del poder que ha tenido el kirchnerismo a lo largo de la última década no ha generado hasta ahora posibles sucesores aceptados por todo el espacio, y la única dirigente hoy acatada por el conjunto deberá abandonar el gobierno a fines de 2015, como establece la Constitución. Por otra parte, distintos dirigentes han emergido en el espacio opositor: en primer lugar, el intendente de Tigre Sergio Massa, ex-jefe de gabinete de Cristina Kirchner, se ha alzado con el triunfo en el principal distrito, la provincia de Buenos Aires, y se ha convertido en un referente para el peronismo no oficialista. Con cerca de 3.800.000 votos y una diferencia de más de 11 puntos sobre el oficialismo, Massa se ha transformado en la figura central de estos comicios. También el ex-vicepresidente de Cristina Kirchner durante su primer mandato, Julio Cobos, vuelto a las filas de la Unión Cívica Radical (UCR), ha obtenido un contundente triunfo en Mendoza, mientras que otro tanto hizo el socialista Hermes Binner en la provincia de Santa Fe. Con un menor desarrollo territorial que los anteriores, el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, ha conseguido un ajustado triunfo de sus candidatos en la ciudad capital y un segundo lugar en Santa Fe.

No es sin embargo la emergencia de los aún dispersos espacios opositores la que proyecta mayores dificultades sobre el ciclo iniciado en 2003. Con la excepción de la izquierda radical, extraparlamentaria hasta estas elecciones, el conjunto de los partidos políticos argentinos sufrió agudos procesos de fragmentación y fuga tras la crisis de 2001, con realineamientos diversos a lo largo de la década. Las principales dificultades que atraviesa el oficialismo provienen de su propia gestión de gobierno.