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El cuidado: de concepto analítico a agenda política

Existe una amplia gama de conceptos y términos relacionados con el cuidado, que dependen de diversas corrientes teóricas y marcos disciplinares. Estos abordajes analíticos han dado paso, en los útimos años, a un debate político sobre la construcción de una agenda de cuidados feminista y transformadora. Transformar el cuidado como concepto con potencialidad analítica en una herramienta política exige avanzar en una construcción no exenta de escollos. Retomar el debate normativo alrededor del cuidado, revisar las agendas –en plural– del cuidado vigentes en América Latina y señalar algunas tensiones en su implementación puede contribuir a estas discusiones.

El cuidado: de concepto analítico a agenda política

Existe una amplia gama de conceptos y términos relacionados con el cuidado, dependiendo de las diversas corrientes teóricas y los marcos disciplinares1. Algunos conceptos parecen estar hoy más «de moda» que otros utilizados en el pasado: el término «cuidado», por ejemplo, ha reemplazado a la más concreta expresión «trabajo de cuidado», seguramente porque transmite significados más amplios. «Economía del cuidado» es el concepto preferido por las economistas feministas, en tanto permite enfatizar el hecho de que el cuidado es la piedra angular de la economía y de la sociedad. Por su parte, las literaturas más sociológicas y de análisis de las políticas sociales utilizan los conceptos de «régimen de cuidado» y «organización social del cuidado» para ofrecer una crítica detallada del papel del Estado en la configuración del acceso al cuidado. Con independencia de estas diferencias disciplinares, lo cierto es que todas estas contribuciones académicas han permitido desnaturalizar el cuidado como lo propio de las mujeres y desplazarlo del ámbito privado de las opciones personales para hacerlo público y politizable. Para ello, se lo reformuló como un concepto que entrelaza lo económico –la forma en que las economías se benefician del trabajo de cuidados que no es reconocido ni remunerado–, lo social –las relaciones de clase y género– y lo político –los distintos actores que demandan, sostienen o implementan políticas públicas que directa o indirectamente moldean la prestación y recepción de cuidados–.

En los últimos años, los abordajes analíticos –desde los mapeos sobre la localización de la provisión de cuidados en los hogares, Estado, comunidad y mercado2 y el estudio de la situación de las trabajadoras y los trabajadores del cuidado3 hasta la construcción de las cuentas satélites de los hogares4 y la modelización macroeconómica5– han dado paso al debate político sobre la construcción de una agenda de cuidados feminista y transformadora. En otras palabras, no solo se trata de quién brinda cuidados, a quién y a qué costos, en cada contexto particular, sino también de quién debe cuidar, a qué poblaciones y cómo se reparten los costos del cuidado, de modo que la agenda del cuidado contribuya a la equidad de género, y qué instituciones, estructuras económicas y construcciones políticas permitirían dichos avances en los países de la región.Transformar el cuidado de concepto con potencialidad analítica en herramienta política exige avanzar en una construcción no exenta de matices y contradicciones, que es necesario abordar para poder dialogar primero entre quienes creemos que el cuidado es una dimensión central del bienestar, y luego con quienes aún no están convencidos de ello. Con ese objetivo, en este artículo me detengo primero en el debate normativo alrededor del cuidado, para luego exponer las agendas –en plural– del cuidado vigentes en América Latina y señalar algunas tensiones en su implementación.

Una agenda de cuidados transformadora

En nuestras sociedades, el cuidado no es reconocido ni valorado, como si su nula (o magra) remuneración implicara su gratuidad, es decir, la ausencia de costos. Por supuesto, brindar cuidados es (muy) costoso –como muestra, alcanzan los presupuestos educativos–, pero los costos de brindar cuidados son compartidos de manera desigual entre hombres y mujeres en el interior de los hogares, entre los hogares y en la sociedad en general. Esto plantea consideraciones tanto de justicia distributiva en lo económico como de reconocimiento en el ámbito cultural6. Siguiendo a Nancy Fraser, una agenda de cuidados transformadora es aquella que modifica las desigualdades asociadas a la prestación de cuidados «por medio de la reestructuración del marco generativo subyacente», en contraposición con medidas afirmativas «destinadas a corregir los resultados desiguales de ciertos acuerdos sociales sin alterar el marco subyacente que los genera»7. Un enfoque transformador sobre el cuidado significa modificar radicalmente la prestación de cuidados (y posiblemente también la definición de los beneficiarios y las beneficiarias) a través de reconocer, reducir y redistribuir el trabajo de cuidado: es lo que se ha dado en llamar el marco de las «tres R» (un nombre válido, afortunadamente, tanto en español como en inglés). Un cambio radical en el cuidado no podría ocurrir sin que las dimensiones económica, social y política tal cual las conocemos se modificaran también.

La primera «R»: el reconocimiento del cuidado

Siguiendo la Plataforma para la Acción de Beijing (de la que en 2015 se cumplen 20 años), reconocer el trabajo de cuidado significa «hacer visible» la naturaleza, el alcance y el papel que juega el cuidado en cada contexto determinado. «Desinvisibilizar» el cuidado es tomar en cuenta la totalidad de sus contribuciones para el funcionamiento de nuestras sociedades y economías, sin perder de vista quién realiza esas contribuciones. El reconocimiento del cuidado incluye su medición a través de encuestas de uso del tiempo, por ejemplo, pero va más allá de las comparaciones agregadas del trabajo doméstico y de cuidados para entender sus impactos distributivos y potencialmente empobrecedores8. Reconocer el cuidado significa también no «darlo por sentado» en el diseño de políticas sociales, y menos aún sostener estereotipos de género que siguen provocando que el cuidado sea provisto mayoritariamente por las mujeres. Reconocer el trabajo de cuidado significa, también, generar agendas discursivas con la finalidad de desafiar las relaciones de poder existentes. El reconocimiento del cuidado debería contribuir a modificar su subvaluación y con ello, los bajos salarios y las precarias condiciones de trabajo de las trabajadoras y los trabajadores del cuidado9.

La segunda «R»: la reducción del cuidado

Reducir el cuidado podría parecer, en principio, contradictorio. Un descubrimiento temprano del «debate sobre el trabajo doméstico» fue la imposibilidad de abolir, socializar o mercantilizar completamente el cuidado en los hogares, crucial para la reproducción social. En muchos casos, reducir la prestación de cuidados podría poner en riesgo el bienestar y la supervivencia de quienes más necesitan de ellos. La reducción del cuidado es necesaria, sin embargo, cuando brindar cuidados va en detrimento de la salud y el bienestar de cuidadoras y cuidadores y su reducción no solo es beneficiosa para quienes realizan esas labores, sino que no va en detrimento de otras personas. Por ejemplo, actividades que suelen recaer en las mujeres más pobres, como viajar largas distancias para acceder a los servicios de cuidado, recolectar leña o acarrear agua en entornos rurales o espacios urbanos precarios, procesar alimentos manualmente o proveer cuidados a familiares enfermos porque faltan insumos o personal en los centros de salud. En todos estos casos, es la falta de infraestructura, social o familiar, la que genera (un tiempo de) cuidado excesivo, y la sociedad en su conjunto se beneficiaría con su reducción. Un modo de lograr esta reducción –y de darle utilidad a la información de uso del tiempo– sería integrar en la planificación y ejecución de proyectos de mejora en la infraestructura social los beneficios potenciales medidos en una menor «pobreza de tiempo».

  • 1. Valeria Esquivel: coordinadora de investigación en Género y Desarrollo en el Instituto de Investigación de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (unrisd, por su siglas en inglés). Entre sus líneas de investigación figuran las políticas de cuidado y los desafíos de su implementación en el marco de la agenda del desarrollo post-2015.Palabras claves: economía del cuidado, equidad de género, Estado, reconocimiento, redistribución, remuneración, .. V. Esquivel: El cuidado en los hogares y las comunidades. Documento conceptual, oxfam, Oxford, 2013; y Cristina Vega y Encarnación Gutiérrez Rodríguez: «Nuevas aproximaciones a la organización social del cuidado. Debates latinoamericanos» en Iconos. Revista de Ciencias Sociales No 50, 9/2014.
  • 2. Esto es, la literatura sobre la «organización social del cuidado». En general, esta hace foco en grupos poblacionales particulares (cuidado de niños y niñas, cuidado de adultos mayores). Para un resumen de la bibliografía hasta principios de 2012, v. V. Esquivel: «Cuidado, economía y agendas políticas: una mirada conceptual sobre la ‘Organización Social del Cuidado’ en América Latina», en V. Esquivel (ed.): La economía feminista desde América Latina: una hoja de ruta sobre los debates actuales en la región, gem-lac / onu Mujeres, Santo Domingo, 2012.
  • 3. V. Esquivel: «Trabajadores del cuidado en la Argentina. En el cruce entre el orden laboral y los servicios de cuidado» en Revista Internacional del Trabajo vol. 129 No 4, 12/2010; y Shahra Razavi y Silke Staab: «Mucho trabajo y poco salario. Perspectiva internacional de los trabajadores del cuidado» en Revista Internacional del Trabajo vol. 129 No 4, 12/2010.
  • 4. V. por ejemplo Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi): «Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México 2013», Boletín de Prensa No 567/14, Aguascalientes, 2014, y Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane): Cuenta satélite de la economía del cuidado, Bogotá, 2013.
  • 5. Alison Vásconez: «Mujeres, hombres y las economías latinoamericanas: un análisis de dimensiones y políticas» en V. Esquivel (ed.): La economía feminista desde América Latina, cit.
  • 6. V. Esquivel: «Sixteen Years after Beijing: What Are the New Policy Agendas for Time-Use Data Collection?» en Feminist Economics vol. 17 No 3, 2011.
  • 7. N. Fraser: «From Redistribution to Recognition? Dilemmas of Justice in a ‘Post-Socialist’ Age» en New Left Review vol. i No 212, 7-8/1995, p. 82.
  • 8. Una incipiente bibliografía está incorporando el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en las mediciones de bienesta; por ejemplo, en las medidas de distribución del ingreso y en la medición de la pobreza «de ingreso y tiempo». Ver Nancy Folbre: «Inequality and Time Use in the Household» en Brian Nolan, Wiemer Salverda y Timothy M. Smeeding (eds.): The Oxford Handbook of Economic Inequality, Oxford University Press, Oxford, 2011; Rania Antonopoulos, Thomas Masterson y Ajit Zacharias: La interrelación entre los déficits de tiempo y de ingreso, pnud, Panamá, 2012; y V. Esquivel: La pobreza de ingreso y tiempo en Buenos Aires, Argentina. Un ejercicio de medición de la pobreza para el diseño de políticas públicas, pnud, Panamá, 2014.
  • 9. S. Razavi y S. Staab: ob. cit.