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El crespúsculo de la jornada laboral Cambios y amenazas en la era digital

Una vez más se anuncia que todos los trabajos están llegando a su fin. Lo mismo ya se había vaticinado al comienzo de la era industrial. Pero la clave está en si las nuevas tecnologías complementan o sustituyen el trabajo humano. Algunos sostienen que los robots y las computadoras destruyen puestos de empleo, pero no el trabajo. En ese caso, ¿quiénes ganan y quiénes pierden en la lucha contra las máquinas? Y junto con ello, ¿qué nuevas formas de trabajo están emergiendo en los países desarrollados?

El crespúsculo de la jornada laboral / Cambios y amenazas en la era digital

El , o al menos uno de los futuros posibles, puede encontrarse en el No 6 de la calle Howard en un remozado barrio industrial de San Francisco. TechShop es como otros 500 lugares que han surgido a lo largo de Estados Unidos con el nombre de «ThinkHouse» y «Makerspace». Esta modalidad también aparece en Alemania con otras denominaciones, como «Hackerspace» o «Machwerk», en cientos de locales categorizados como talleres abiertos. Y algo similar ocurre en Reino Unido y Francia.

El TechShop, un edificio laberíntico de tres plantas, está repleto de soldadoras, sierras, computadoras y bancos de trabajo con control digital. Se oyen repiqueteos, chirridos y silbidos. Se observa el trajín de estudiantes, soñadores, desocupados y jubilados, que abordan la capacitación o la reconversión laboral. Una mujer joven ensaya la magia tridimensional en la pantalla para alimentar una impresora 3d. Un láser corta planchas de madera y acero. En la plataforma elevadora, un hombre –con aspecto de nerd– repara un bmw modelo 1968 con piezas de carrocería que han sido enderezadas por la prensa digital para metales.

¿Qué es este TechShop? ¿Una escuela de formación profesional? ¿Un estudio de ingeniería? ¿Un club recreativo? ¿Una pequeña fábrica? ¿Un taller mecánico? Es todo eso y mucho más. Allí, las personas de 20 o las de 50 años experimentan qué se puede hacer para enfrentar a los robots y los . Porque una vez más se anuncia que . Lo mismo ya se había vaticinado al comienzo de la era industrial, en las postrimerías del siglo xviii, cuando el vapor empezó a reemplazar a la fuerza muscular y desató tanto el vendaval de la maquinaria como las revueltas de los tejedores.

En el siglo xx llegó la producción en serie en la cadena de montaje y luego la automatización. Las tres revoluciones industriales generaron una riqueza fabulosa. Desde entonces, si se toma como punto de partida el año 1820, el ingreso real per cápita se multiplicó por 16 en Europa occidental y por 24 en eeuu. Con la llegada de cada uno de estos procesos, se afirmó que la potencia descomunal de las máquinas dejaría sin pan y sin trabajo al Homo faber: en medio de la abundancia desaforada, surgía la amenaza de la pauperización y el peligro de caer en el «lumpemproletariado» de Karl Marx.

Si se echa un vistazo a la bibliografía, aparece revelado el horror: El fin del trabajo (1995)1, When Work Disappears [Cuando el trabajo desaparece] (1996)2, The Second Machine Age [La segunda era de la máquina] (2014)3 y Rise of the Robots [El ascenso de los robost] (2015)4. El ruido de fondo, amplificado por los medios, adquiere un tono apocalíptico. En la cuarta revolución (la de la robótica), ya no saldremos tan bien parados como en las tres oleadas anteriores, que hicieron explotar el bienestar y el trabajo. Según el historiador y economista británico Robert Skidelsky, esta vez la tecnología «destruirá muchos más puestos laborales que las innovaciones del pasado». TechShop y cientos de establecimientos afines diseminados en el mundo occidental muestran un panorama más benigno hacia el futuro. Frente al escenario de colapso, sostienen un mensaje: lo digital no es enemigo, sino amigo del trabajo. Pero ¿cómo es eso?

Las computadoras no solo destruyen puestos laborales; como aliadas, también alivian el trabajo

El trabajo es la combinación de capacidad y capital. ¿Cómo hace un desocupado (o alguien que no quiere llegar a serlo) para acceder al capital, a herramientas que hoy cuestan más que un martillo, una sierra y una lima en otros tiempos? Esa persona paga 200 dólares al mes en el TechShop y obtiene así la posibilidad de usar libremente un equipamiento por valor de un millón, que incluye desde una simple máquina de coser hasta un torno digital.

Kyle, de 25 años, muestra su entusiasmo: «Esto es como un pequeño rincón en el cielo: un lugar de trabajo maravilloso. Porque para conseguir las herramientas no debo gastar cientos de miles de dólares, que no tengo». ¿Y cómo hace alguien recién graduado, inmerso en el precariado de practicantes, si desea adquirir las competencias necesarias para el mercado? Realiza una serie de cursos de tres horas sobre electrónica, soldadura, corte por láser o diseño en 3d, con un costo de entre 60 y 90 dólares según el caso. De este modo, el autoaprendiz –joven o viejo– puede obtener gradualmente una calificación cada vez mayor. El visitante alemán se asombra: ¿cómo puede ser que en nuestro país sea obligatorio un tiempo de aprendizaje de tres años, además de la escuela de formación profesional?

En lugar de un largo aprendizaje, la computadora

Andy, de 30 y tantos años, lo pone en claro: «Al principio no tenía la menor idea de cómo se programaba una herramienta. Pero lo aprendí tan rápido que a los 30 días ya podía producir algunas cosas. Aquí aprendí a unir la tecnología más moderna con lo artesanal».

¿En un mes? Lejos del principio corporativo alemán y de sus largos tiempos de aprendizaje, los estadounidenses siempre han sido más relajados que los defensores de la educación dual. Lo que predomina es la «prueba y error». Por esos 200 dólares mensuales, los alumnos pueden dedicarse a sus tareas todo el tiempo que quieran. Esto es posible, precisamente, gracias al tan temido enemigo algorítmico. La computadora, que controla el banco de trabajo, representa un aliado y no un destructor. Antes, en la empresa Borsig, un aprendiz de técnico mecánico necesitaba tres años para crear una pieza especial con un limado exacto y obtener así el título de oficial. Hoy Andy solo debe introducir los datos en una pc, que junto con la máquina, en cuestión de horas y con una precisión de micrones, le alivia el interminable trabajo manual. La computadora sustituye el largo aprendizaje. O la tediosa reconversión laboral.

¿Y qué hay de los , que han de arrasar con todo? Hamid, un inmigrante de Irán, construye uno en el TechShop. Se llama Bistrobot y en 30 segundos prepara y envasa bocadillos para un quiosco. «Por ahora, solo lo hace con mermelada y crema de maní, pero pronto también podrá cortar salchicha y queso, y permitirá tener un precio mejor que en Subway». Al ser consultado sobre la posible pérdida de puestos de trabajo, Hamid contesta que ocurrirá exactamente lo contrario: «Bistrobot creará mucho empleo bien remunerado. Habrá nuevas tiendas, gerentes, expertos en mantenimiento, ingenieros...».

  • 1.

    Jeremy Rifkin: El fin del trabajo. El declive de la fuerza de trabajo global y el nacimiento de la era posmercado, Paidós, Barcelona, 1996.

  • 2.

    William Julius Wilson: When Work Disappears: The World of the New Urban Poor, Knopf, Nueva York, 1996.

  • 3.

    Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee: The Second Machine Age: Work, Progress, and Prosperity in a Time of Brilliant Technologies, Norton, Nueva York, 2014.

  • 4.

    Martin Ford: Rise of the Robots: Technology and the Threat of a Jobless Future, Basic Books, Nueva York, 2015.