Ensayo

El «caso Zamyatin»: una advertencia censurada. Ciencia ficción, taylorismo y despotismo estatal

El escritor ruso Yevgeny Zamyatin, cuya obra emblemática es la novela de ciencia ficción Nosotros (1921), apuntó muy tempranamente en sus críticas a la deriva totalitaria de la revolución soviética. El propio George Orwell reconoció su influencia en su libro 1984, texto cumbre de la literatura distópica. Pero la perspectiva de Zamyatin no se agotó allí: puso también en cuestión la deshumanización del trabajo promovida por el taylorismo, tanto en el capitalismo como en su versión comunista. Por eso sus preocupaciones tuvieron un poder profético y nos incumben en este tiempo de vigilancia masiva, ingeniería genética y degradación ambiental bajo los modos actuales del capitalismo. Su mirada satírica y crítica es quizás más necesaria hoy que entonces para quienes se interesan en transformar la sociedad.

El «caso Zamyatin»: una advertencia censurada. Ciencia ficción, taylorismo y despotismo estatal

En febrero de 1917, el escritor ruso Yevgeny Zamyatin (1884-1937) trabajaba en la ciudad inglesa de Newcastle, construyendo barcos rompehielos para la Primera Guerra Mundial, pero cuando se enteró de que la Revolución se había desencadenado, se apresuró a regresar a San Petersburgo. Como ex-bolchevique, Zamyatin aún se entusiasmaba con el estallido revolucionario y en 1918 tenía la esperanza de que «el siguiente estadio de desarrollo, quizás en un futuro lejano, daría lugar a un orden social bajo el cual no fuese necesario el poder coercitivo del Estado». Con esa convicción, Zamyatin se sumergió en la vida literaria del nuevo sistema, dando lecciones de escritura experimental y publicando cuentos y ensayos. No obstante, el escritor, que entonces tenía 33 años, fue agudamente crítico hacia lo que ya percibía como tendencias cada vez más autoritarias en la nueva sociedad soviética, las cuales se intensificaron con la guerra civil que siguió a la gran revolución de octubre. Zamyatin pensaba que la penetrante violencia causada por la decisión de los bolcheviques de gobernar en soledad (sin el resto de la izquierda) estaba conduciendo a un regreso a la barbarie. La brutal Edad Media estaba regresando, el valor de la vida humana caía estrepitosamente, se estaba desarrollando una nueva ola de pogroms europeos.

Zamyatin empezó a escribir comedias satíricas sobre la burocracia y sus decretos ineficientes. En ellas, Lenin aparece como el honorable, calvo y absurdo de nombre Fita que ha cobrado vida bajo una pila de reportes en el sótano del Departamento de Policía. Zamyatin también publicó artículos en los que condenaba a los bolcheviques por las masacres de trabajadores opositores y por la represión de levantamientos campesinos contra el comunismo de guerra. Formó parte de un grupo conocido como «Escitas», compuesto por escritores vinculados al Partido Socialista Revolucionario, y también de la Hermandad de Serapión, un grupo heterogéneo de escritores críticos.

En «Escitas», un ensayo de 1918, queda expresada la idea de Zamyatin sobre el «jinete solitario», el revolucionario romántico, y se anticipa la ruta filosófica que lo enfrentará con el régimen bolchevique que se estaba consolidando en el poder. Dos elementos marcan su posición crítica frente a la Revolución: el primero es un radicalismo filosófico que predica un proceso revolucionario y cambio permanentes y es hostil a cualquier consolidación o resultado final; para Zamyatin, la glorificación de cualquier estado dado de las cosas marca el deterioro de la Revolución hacia el «filisteísmo». El segundo es una feroz hostilidad contra el conformismo, la censura o la transformación del arte en un canto servil hacia el poder, sea este del signo que fuere.

Zamyatin estaba comprometido con una literatura entendida como «un combate contra la calcificación, la esclerosis, el encapsulamiento, el enmohecimiento y la aquiescencia». Sin duda, semejante literatura estaba destinada a ser suprimida y aniquilada, y sus autores, a ser quemados en la hoguera junto con sus escritos. En 1919, Zamyatin fue arrestado por las autoridades como parte de una investigación sobre un supuesto complot «izquierdista» contra el régimen. De acuerdo con un testigo, el escritor respondió con un alegre sarcasmo a los alegatos de sus interrogadores.

Riéndose estrepitosamente ante la acusación levantada contra él, llenó el inevitable cuestionario, y en respuesta a la pregunta «¿Ha pertenecido usted a algún partido político?» respondió sobriamente: «Pertenecí». Después de eso, tuvo lugar el siguiente diálogo entre él y su interrogador:

—¿A qué partido perteneció? —preguntó el interrogador, anticipando la posibilidad de una acusación política.—¡Al partido bolchevique!El interrogador estaba completamente perplejo.—¡Cómo!, ¿al partido bolchevique?—Sí.—¿Y es usted miembro todavía?—No.—¿Cuándo y por qué dejó el partido?—Hace mucho tiempo, por razones ideológicas.—¿Y ahora que el partido ha triunfado, no está arrepentido de haberlo dejado?No, no estoy arrepentido.

Unas horas más tarde, fue liberado. En 1921, Zamyatin publicó un ensayo titulado «Tengo miedo», contra el creciente clima de servilismo y censura, atacando a los «ágiles autores (…) que sabían cuándo cantar alabanzas al zar y cuándo a la hoz y el martillo». Allí, criticaba a los futuristas rusos por tratar de convertirse en la «escuela de la corte» de la Rusia soviética. En el mismo ensayo, Zamyatin lanzó su famoso desafío a los escritores del nuevo régimen, enfatizando que «una literatura genuina puede existir solo donde la hacen, no unos plumíferos laboriosos y serviles, sino los locos, los herejes, los anacoretas, los soñadores, los sediciosos, los escépticos». En 1920 Zamyatin comenzó a trabajar en su novela más importante, Nosotros, que terminó en el verano de 1921.

Nosotros: una profecía desoída

Nosotros se desarrolla en el siglo XXVI, en un Estado totalitario y estandarizado del futuro. El hambre y la guerra han sido eliminadas, la mayor parte de la humanidad vive en una sola ciudad de cristal rodeada por una inmensa «pared verde», bajo un sistema climático ampliamente controlado. En sus apartamentos y lugares de trabajo transparentes, todo es visible, y sus habitantes están sometidos a una constante vigilancia de micrófonos y «guardianes» omnipresentes. La vida está regulada por el «horario», y la privacidad se ha restringido a los breves momentos de «la hora sexual». El taylorismo ha triunfado y la humanidad ha aprendido a apreciar la gracia mecánica de la vida dentro de la máquina.

El héroe de Nosotros es D-503, un ingeniero comprometido con la construcción de una gigantesca nave espacial que llevará los beneficios del Estado Único a la gente de otros planetas. El líder del Estado Único es el todopoderoso Benefactor (el poco disfrazado Lenin), quien ofrece a los ciudadanos, llamados Números, seguridad y bienestar material pero no libertad. D-503 se enamora de I-330, miembro de un grupo revolucionario que trata de destruir el Estado Único, pero su amor es impedido eficazmente por el Benefactor. Finalmente, D-503 se vuelve nuevamente un sirviente fiel al sistema cuando su imaginación es extirpada mediante una operación quirúrgica, aunque la resistencia continúa en las calles y fuera de la ciudad.

Al Nosotros del Estado Único, Zamyatin contrapone el apremio de la libertad y del acto herético. La oponente del Benefactor es I-330, una mujer que encabeza un movimiento clandestino secreto que busca acabar con el sistema. La magnífica y anárquica I-330 aporta la voz filosófica a Zamyatin, cuando se encarrila contra la sofocante «entropía» del Estado Único, secuestra naves espaciales y organiza el asalto a la ciudad de vidrio junto con sus ayudantes de la selva circundante, preparándose para «el día en que destruiremos este Muro –todos los muros– para que vuele el viento verde de un confín a otro, por toda la tierra».

La obra distópica circuló ampliamente en la Unión Soviética en forma de manuscrito y Zamyatin la leyó en voz alta en tardes literarias en San Petersburgo y Moscú. Las noticias acerca de la obra viajaron rápido y causaron la furia de los oficiales del régimen soviético.

Los intentos de Zamyatin de publicar el libro pronto chocaron contra la censura oficial. En agosto de 1922, el escritor fue arrestado nuevamente como parte de una «purga de intelectuales», y se sabe que su nombre fue incluido en la lista por pedido del propio Lenin. En la noche del 17 de agosto, le dijeron que iba a ser deportado a Berlín y firmó una nota en la que aceptaba «salir voluntariamente hacia Alemania». No obstante, después de unas pocas semanas fue puesto en libertad pero se le prohibió salir de San Petersburgo. También se le entregaron los pasaportes que habían sido preparados para él y su esposa. Mientras tanto, una intervención enérgica de sus amigos escritores –como Boris Pilniak y Anna Akhmatova–, de Lev Kamenev, miembro del Politburó, y del propio crítico literario bolchevique Lev Voronsky logró que la orden de deportación fuera postergada varias veces. Sin embargo, el destino de Zamyatin continuó siendo materia de debate de alto nivel en el partido y en sus servicios de seguridad. Su situación se discutió en la reunión del Politburó el 14 de diciembre de 1922. Allí se resolvió que si ninguno de los miembros de ese organismo demandaba una revisión de este tema durante la próxima reunión, Zamyatin debería ser deportado. Pero el caso fue postergado una vez más, a la espera de una resolución del GPU, y finalmente desechado.

De acuerdo con su esposa Liudmila Usova, en ese momento Zamyatin estaba ansioso de dejar la URSS y de alguna manera estaba exasperado por el esfuerzo de sus amigos para evitarlo. El artista Yuri Annenkov escribió en sus memorias que Zamyatin estaba extraordinariamente feliz por la decisión de deportarlo. ¡Libre al fin! Pero sus amigos no conocían su opinión y trabajaron para conseguir que se revisara la decisión. En una carta al biógrafo de Zamyatin, Alex Shane, Usova le dijo que «cuando fue arrestado por un corto tiempo, desafortunadamente yo no estaba en San Petersburgo, si hubiera estado no habría permitido que suspendieran la orden». Después de su liberación, Zamyatin continuó intentando publicar Nosotros, pero las revistas que lo aceptaron fueron cerradas o se les negó el permiso de impresión.Finalmente, en 1924, tras una reunión de la Dirección General de Literatura y Publicaciones (GlaVlit, por sus siglas en ruso), se notificó formalmente a Zamyatin que Nosotros no recibiría permiso para ser publicada. Ese mismo año, el escritor respondió publicando una traducción de la novela al inglés en Nueva York y, más tarde, publicando en una revista checoslovaca editada en ruso. No hubo reacción oficial y el libro atrajo poca atención inmediata en el exterior.

Lenin y el taylorismo soviético

El empeño de Zamyatin en escribir Nosotros era algo más que una advertencia sobre el oscuro futuro totalitario que se avizoraba para Rusia. En efecto, su inspiración no provino tanto del relativo atraso de la Rusia soviética, sino del tiempo que el autor pasó en Newcastle, Inglaterra, por ese entonces uno de los más avanzados ejes industriales en el mundo. Muchos años más tarde, desde el exilio, Zamyatin escribió que la novela fue pensada como «una advertencia contra el doble peligro que amenazaba a la humanidad: el poder hipertrofiado de las máquinas y el poder hipertrofiado del Estado». La habilidad de Zamyatin para identificar y anticipar algunas de las tendencias claves en la sociedad industrial moderna y su obsesión por el control, el ahorro del tiempo y la vigilancia dan al libro un sentido profético extraordinario.

El objetivo inmediato de la sátira Nosotros, sin embargo, era la crítica a la visión de la modernización que estaba deslumbrando al régimen soviético y a sus principales teóricos y propagandistas a principios de los años 20. Luego de octubre de 1917, los bolcheviques lucharon por reactivar la producción industrial, a fin de ofrecer bienes manufacturados a la población rural y mantener la producción de armas y otros productos esenciales. En las fábricas, se enfrentaron con sabotajes y con una fuerza de trabajo que acumulaba descontento debido a los bajos ingresos y las malas condiciones laborales. Lenin empezó a buscar rápidamente sistemas administrativos capaces de compensar la crónica educación deficiente y los bajos niveles de entrenamiento de los trabajadores soviéticos, además de su falta de entusiasmo revolucionario.

La solución se encontró pronto en la novedad de la administración que aplicaron los países capitalistas occidentales para hacer frente a la Primera Guerra Mundial, y que había sido aplicada en la industria de fabricación masiva de armas durante el periodo 1914-1918: el sistema taylorista. Inicialmente, Lenin había sido hostil a las innovaciones del teórico estadounidense de la administración Frederick Winslow Taylor, como se puede ver en su artículo de 1914 «El sistema taylorista. La esclavización del hombre por la máquina». No obstante, en 1915 llevó a cabo un examen detallado de los métodos de Taylor en el marco de su estudio de la organización del trabajo en Estados Unidos, como parte de su preparación para El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). Y ya para 1918, Lenin había concluido que la introducción de una regulación estricta del trabajo y la implementación de las técnicas administrativas estadounidenses eran necesarias en la URSS. Como lo escribió en «Las tareas inmediatas del poder soviético»:

El ruso es un mal trabajador comparado con los de las naciones adelantadas. Y no podía ser de otro modo en el régimen zarista dada la vitalidad de los restos del régimen de servidumbre. La tarea que el Poder soviético debe plantear con toda amplitud al pueblo es la de aprender a trabajar. La última palabra del capitalismo en este terreno –el sistema de Taylor–, al igual que todos los progresos del capitalismo, reúne toda la refinada ferocidad de la explotación burguesa y varias conquistas científicas de sumo valor concernientes al estudio de los movimientos mecánicos durante el trabajo, la supresión de movimientos superfluos y torpes, la elaboración de métodos de trabajo más racionales, la implantación de los sistemas óptimos de contabilidad y control, etc. La República Soviética debe adquirir a toda costa las conquistas más valiosas de la ciencia y de la técnica en este dominio. La posibilidad de realizar el socialismo quedará precisamente determinada por el grado en que logremos combinar el Poder soviético y la forma soviética de administración con los últimos progresos del capitalismo. Hay que organizar en Rusia el sistema Taylor, su experimentación y su adaptación sistemáticas.

Aunque Lenin todavía veía necesario preservar una «democracia de los trabajadores», advirtió que esta debía combinarse con una disciplina de hierro durante el trabajo, con incuestionable obediencia a la voluntad de una sola persona, el dirigente soviético, el dictador. El lema del nuevo periodo estaba sorprendentemente claro: «la palabra dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no deben vocearse al voleo. La dictadura es un poder férreo, de audacia y rapidez revolucionarias, implacable en la represión tanto de los explotadores como de los malhechores. Sin embargo, nuestro poder es demasiado blando, y en infinidad de ocasiones, se parece más a la gelatina que al hierro». El uso de la palabra «hierro» para describir las medidas necesarias para controlar la naciente sociedad soviética fue un motivo recurrente en los escritos de Lenin y otros líderes bolcheviques de su tiempo, y la «mano de hierro» fue usada por Zamyatin como motivo central de la autoridad despótica en Nosotros.

El elemento clave del pensamiento de Taylor fue resumido en su frecuentemente repetido aforismo: «En el pasado el hombre fue primero; en el futuro el sistema debe ser el primero». El sistema taylorista estaba dirigido a establecer una cercana vigilancia por parte de la administración sobre el trabajo no calificado, junto con la producción de estudios científicos y pruebas de ahorro de tiempo para establecer rutinas uniformes e introducir pago por obra antes que pagos fijos, para motivar así un trabajo más intensivo.

Taylor hizo muy pocos esfuerzos para ocultar su baja opinión respecto a los trabajadores seleccionados para semejante trabajo, al señalar que el requisito de este tipo de obrero

es que sea tan estúpido y flemático que se parezca más, en su estructura mental, a un buey que a cualquier otra cosa. El hombre que es mentalmente despierto e inteligente no es por ello nada apto para lo que sería, para él, la agotadora monotonía de este trabajo. Por ello el operario que es más adecuado para la manipulación del mineral de hierro es incapaz de comprender la auténtica ciencia de llevar a cabo este tipo de trabajo. Es tan estúpido que la palabra porcentaje no tiene significado alguno para él y, en consecuencia, ha de ser adiestrado por alguien más inteligente que él para trabajar de acuerdo con las leyes de la ciencia y para que pueda tener éxito.Las ideas de Taylor fueron ampliamente criticadas en EEUU ya que se las consideraba deshumanizadoras, y con frecuencia se produjeron marchas de los trabajadores cuando se trató de introducir el sistema inspirado en ellas. Sin embargo, los capitalistas continuaron la lucha para imponerlo y el taylorismo llegó a ser dominante al momento del estallido de la Primera Guerra Mundial. Durante la contienda, la elevación del rendimiento se convirtió en un deber público, y liberales y conservadores agitaron el estándar de eficiencia como una bandera. Así, las ideas de Taylor se convirtieron en doctrina en todo el mundo, y sus Principios fueron traducidos al chino, italiano, francés, alemán, ruso y japonés a pocos años de su publicación en EEUU. El magnate francés de los automóviles Louis Renault visitó a Taylor en 1911 e hizo un breve y bien manejado intento de implementar el sistema en sus plantas, algo que se logró solo después de dos amargas huelgas, en 1912 y 1913. Durante la guerra, el primer ministro francés George Clemenceau ordenó que el sistema taylorista fuera introducido en todos los departamentos del gobierno. En Inglaterra, la original frialdad hacia la administración científica se transformó en entusiasmo después del estallido de la Primera Guerra Mundial, y sin duda Zamyatin pudo observar sus efectos en la frenética acometida para construir barcos (casi enteramente militares) que se llevaba a cabo en los astilleros de Newcastle durante su permanencia allí en 1916.

El culto a Taylor en la Rusia soviética

Sin duda, Lenin había admirado la gigantesca industria de producción de armas durante la guerra mientras llevaba adelante sus estudios para El imperialismo, fase superior del capitalismo. Para el dirigente bolchevique, la economía de guerra alemana era un ejemplo del estadio más avanzado del capitalismo, y el capitalismo monopólico, el escalón para construir el socialismo. El 1 de abril de 1918, en el Consejo Supremo de Economía Nacional, hizo los siguientes comentarios en referencia a una propuesta de decreto sobre la disciplina en el trabajo: «En el decreto, debemos hablar de la introducción del sistema de Taylor, en otras palabras, usar todos los métodos científicos de trabajo con los que este sistema ha avanzado. Sin ello, será imposible aumentar la productividad y sin ella no llegaremos al socialismo».

¿Qué pasó con el taylorismo como la «esclavización del hombre por la máquina»? Mientras este sistema tuvo su apoyo más poderoso en Lenin, Rusia pronto encontró su propio «Taylor» en la figura de Alexei Gastev. Gastev fue el fundador del Instituto Central del Trabajo (ICT) y la figura más importante en el desarrollo y popularización de las ideas soviéticas en relación con la «administración científica», o, como se conoció en Rusia, la Nauchnaya organizatsiya truda (organización científica del trabajo), generalmente abreviada como NOT (eficiencia). Si bien provenía de una familia intelectual de clase media, Gastev había sido expulsado del Instituto de Profesores de Moscú por actividad subversiva y se había «proletarizado». Originalmente se hizo famoso como el más popular de los «poetas-trabajadores» en los primeros años de la URSS; «el Ovidio de los ingenieros, mineros y trabajadores de metal», como rezaba un poema de Nicolai Aseev.

Los poemas en prosa de Gastev celebraban la vida de la nueva Rusia industrial y capturaron la imaginación de una generación de jóvenes soviéticos. Colecciones de sus poemas se agotaron y miles se congregaban para oír lecturas dramatizadas de su trabajo en los estudios de cultura proletaria (Prolekult), movimiento que tuvo su auge en los primeros años de régimen soviético. Con su uniforme y corte de cabello militares, anteojos de filo de acero e imagen austera, Gastev era una figura llamativa. Su poesía se construyó con el coro diario de silbidos en la fábrica, el brillo de ráfagas de hornillas y moledura del torno de acero. El comisario de educación soviética y crítico de arte Anatoli Lunacharsky se refirió a Gastev como «quizás el más magníficamente dotado de los poetas proletarios». Pero después de Octubre, Gastev abandonó la poesía y se introdujo en el movimiento NOT. De acuerdo con Zenovia Sochor, fue el mismo Lenin quien animó a Gastev a realizar el cambio, de poeta a promotor del taylorismo soviético. Su creación más importante fue el ICT, formado inicialmente en 1920 bajo el auspicio del Consejo General de los Sindicatos Rusos.

Además de ser el director del ICT, que coordinaba todos los esfuerzos de investigación en la racionalización del trabajo, Gastev editó varios periódicos industriales importantes, ocupó varios cargos gubernamentales y dedicó el resto de su vida al NOT, solo para ser expulsado durante las purgas en 1938. Miembros de su familia creen que fue enviado al complejo del campo de concentración de Solovetsky en 1941.

Gastev estaba también depurando su propia concepción de la nueva cultura soviética. Creía que una nueva clase de industria había llegado a constituirse a escala global luego de haber acumulado fuerza durante la guerra. Escribió:

La metalurgia de este nuevo mundo, el carro a motor y las fábricas de aviones en Norteamérica, y finalmente la industria de armas de todo el mundo; aquí está lo nuevo, gigantescos laboratorios donde se está creando la psicología del proletariado, donde se está elaborando la cultura del proletariado. Y sea que vivamos en la era del superimperialismo o en el mundo socialista, la estructura de la nueva industria será en esencia, una y la misma.

El ex-poeta proletario afirmó que, debido a esas tendencias, los mismos trabajadores crecientemente mecanizados y estandarizados formarían parte de esa vasta máquina emergente. En su sentencia quizás más sorprendente, Gastev había escrito en 1919 que «este desempeño dará a la psicología proletaria un sorprendente anonimato, permitiendo la clasificación de una unidad proletaria individual como A, B, C o 325.0075.0 y así sucesivamente».

Gastev parecía mostrar un disfrute casi perverso por la deshumanización de la emergente «unidad» soviética. En efecto, sostuvo sin ocultar su entusiasmo:

Frente a nosotros está la perspectiva no solamente de un trabajador individual mecanizado sino de un sistema de administración del trabajo mecanizado. No una persona, no una autoridad, sino un «tipo» –un grupo– manejará otros «tipos» y otros grupos. O incluso una máquina, en el sentido literal de la palabra, manejará personas. Las máquinas pasarán de ser manejadas a manejar.

Gastev dio la bienvenida al surgimiento de una nueva uniformidad en la sociedad, basada en el hecho de que la marcha de la producción se estaba gradualmente normalizando, hasta que todo el mundo trabajara «al mismo tempo». Este proceso técnico de creciente uniformidad abarcaría todos los aspectos de la existencia de los trabajadores: «aun su vida íntima, incluyendo sus valores estéticos, intelectuales y sexuales». Finalmente, el individuo como tal desaparecería por completo para ser reemplazado por un «colectivismo mecanizado», y

las manifestaciones de ese colectivismo mecanizado son tan ajenas a la personalidad, tan anónimas, que el movimiento de este complejo colectivo es similar al movimiento de las cosas, en el cual ya no hay una cara individual sino solamente pasos uniformes y rostros carentes de expresión, de un alma, de lirismo, de emoción, medidas no por un grito o una sonrisa sino por un indicador de presión o de velocidad.

Desde agosto de 1921, el ICT de Gastev tuvo el poder de coordinar todos los esfuerzos de investigación sobre racionalización del trabajo en más de una docena de institutos a lo largo del país. Gastev solicitó y recibió apoyo financiero de Lenin, quien estaba entusiasmado con sus esfuerzos. En 1922, una serie de laboratorios fuertemente equipados funcionaban en los edificios centrales del Instituto en Moscú. En esos laboratorios, Gastev propuso investigar los movimientos más simples del trabajo, para determinar el modus operandi más eficiente. Se focalizó en el trabajo de herreros y mecánicos. A través del uso del ciclómetro, pretendía eliminar todos los gestos y gastos de energía superfluos. Sus estudios detallados de gasto sobre acciones como clavar un clavo con un martillo (rubka zubilom) se convirtieron rápidamente en la carta de presentación del Instituto y en objeto de notoriedad. De acuerdo con un visitante a esa institución, «cualquiera que entre por la puerta frontal del Instituto como una persona viva normal, sale por la puerta trasera, luego de pasar por innumerables laboratorios, como una perfecta y completa máquina de trabajo».

El relato del poeta y revolucionario alemán Ernst Toller luego de su visita al taller de entrenamiento de Gastev en 1926 es más valiosa que cualquier escena de Nosotros, como prueba de la literal mecanización de los seres humanos. Toller describe cientos de bancos grises idénticos, con cientos de hombres y mujeres entrenándose con idéntico vestuario, obedeciendo instrucciones impartidas por señales electrónicas de las máquinas. Ellos se aproximaban a los bancos de trabajo en columnas, realizaban pruebas al unísono, en niveles graduales de dificultad. Su «maestro» era una máquina a la que se ataban los brazos de los operarios hasta que estos eran capaces de trabajar de manera independiente. Un ciclograma fotografiaba su trabajo y registraba su progreso por medio de luces móviles.

A pesar de que los puntos de vista de Gastev parecen excéntricos, estaban cerca del pensamiento del Partido Bolchevique en los primeros años de la década de 1920 y confluían con el giro completo hacia soluciones técnicas y administrativas, así como con el desbordante entusiasmo por el «americanismo», que comportaba la adoración de héroes como Taylor y Henry Ford.Mientras los gobiernos de todas partes adoptaban los métodos de Taylor como política oficial, solamente bajo el fascismo italiano este sistema gozó de una relación de intimidad con la ideología política y la imagen del Estado como la que tuvo en la Rusia de Lenin.

Voces de disenso

Con excepción de una limitada oposición expresada por algunos miembros del partido, solo algunos valientes individuos se opusieron fuera de este a la introducción del culto a Taylor y rehusaron aceptar el sistema como un mal necesario para salvar la Revolución o el avance de la sociedad hacia el socialismo. En los primeros años de la década de 1920, el ampliamente respetado ingeniero socialista Peter Palchinsky y muchos de sus colegas se opusieron a la adopción acrítica del método de Taylor y argumentaron que la reconstrucción de la industria soviética tenía que basarse en el crecimiento de la cultura y la «renovación interna» de la sociedad.

Palchinsky destacó los efectos de empobrecimiento mental que la imposición de los métodos de Taylor tendría entre los trabajadores y sostuvo que una aproximación socialista a la racionalización no solamente debía poner énfasis en los estudios de tiempo de movilidad sino también mejorar la educación y el bienestar de los trabajadores. Propuso una «ingeniería humana» como sustituto del taylorismo, lo que permitiría elevar el conocimiento de los trabajadores a tal nivel que los métodos primitivos del sistema de Taylor no serían necesarios. Palchinsky creía que los trabajadores capacitados dominarían el trabajo, en lugar de ser sus esclavos. Proféticamente, en 1922 el ingeniero criticaba también con agudeza la inclinación de los bolcheviques por las grandes empresas y la creencia de los líderes del partido de que las mejores instalaciones eran siempre las más grandes. Al mismo tiempo, se lamentaba por una ideología que consideraba la pequeña industria, los talleres, a los trabajadores manuales y a los artesanos «reliquias del pasado».

Zamyatin contra la máquina de culto

Hay algunas dudas acerca de si Zamyatin intentaba que Nosotros fuera una provocación calculada contra la cultura emergente del régimen burocrático y el culto a la técnica industrial. Como argumentan Kathleen Lewis y Harry Weber,

En Nosotros, Zamyatin pone en ridículo el complejo entero de ideas que están íntimamente relacionadas con la poesía de los proletarios: su énfasis en el colectivismo, la mecanización de los seres humanos, la teoría de la evolución cosmogónica, la apoteosis del trabajo y la glorificación del Estado. Y las páginas de Nosotros también resuenan con el incesante campanazo de los temas del metal, la forja y las locomotoras. Los ensayos de Zamyatin muestran claramente que era un cercano lector de los poemas producidos por ese grupo de poetas, y su recreación del tono religioso de estos y el uso de sus imágenes industriales apuntaba persuasivamente a los proletarios como destinatarios de algunas flechas satíricas de la novela.

El ataque de Zamyatin contra Gastev, contra el culto a Taylor y contra los escritos proletarios fue una manera de enmarcar una crítica más amplia contra el intento de deshumanización general que se estaba introduciendo entre los bolcheviques y sus ideólogos. Cuando Zamyatin denunció la transformación de los escritores del Prolekult en «una única gris monotonía, con majestuosos rangos, compañías y batallones vestidos en uniforme», estaba lanzando una advertencia más general sobre un futuro que todavía podía ser conjurado. Contra la cultura de «riguroso anonimato» propuesta por ideólogos como Gastev, la escritura de Nosotros era una forma de afianzar el humanismo revolucionario y quizás su más repetido aforismo: «Lo que nosotros necesitamos ahora en la literatura son vastos horizontes filosóficos… nosotros necesitamos el más fundamental, el más temible, el más intrépido, ¿por qué? y ¿qué luego?».

Conclusión

Zamyatin continuó escribiendo a lo largo de los años 20. Algunas de sus obras de teatro y guiones de películas gozaron de gran éxito mientras que otras, como su obra Atila, fueron condenadas por las autoridades. En 1928, con la colectivización en marcha, fue atacado en la prensa oficial y finalmente expulsado de la Unión de Escritores, pese a que esta medida encontró una considerable resistencia. Su principal crimen fue haber publicado Nosotros en el extranjero. Después de 1928, sus libros desaparecieron de las librerías y le resultó imposible encontrar un empleo. En 1931, a pesar de la intensificación de las purgas a su alrededor, Zamyatin escribió una valiente carta a Stalin, en la que le decía al hombre fuerte de la URSS:

No tengo ninguna intención de presentarme como imagen de la inocencia injuriada. Yo sé que tengo el inconveniente hábito de decir lo que considero que es la verdad antes que decir lo que puede ser conveniente en el momento. Específicamente, nunca he abandonado mi actitud hacia el servilismo literario, la adulación y los cambios camaleónicos de color: yo he sentido y todavía siento que eso es igualmente degradante para ambos, el escritor y la Revolución.

Para sorpresa de muchos, su pedido de salida del país fue concedido y abandonó la URSS rumbo a Francia, donde escribió guiones para películas y continuó trabajando en su gran versión en prosa de Atila. Un factor clave en la decisión de Stalin parece haber sido la promesa de Zamyatin de no publicar ninguna crítica explícita sobre la URSS mientras estuviera en el extranjero, y aun así fue mantenido bajo una estrecha vigilancia en el exilio. Su muerte, en 1937, no se difundió en Rusia.

Nosotros llegó a tener un gran influjo en el desarrollo de la ciencia ficción y George Orwell describió el libro como la mayor influencia en su clásico 1984. El libro de Zamyatin fue publicado en Rusia durante la apertura liderada por Mijaíl Gorvachov y desde entonces su trabajo ha despertado mayor interés. La visión de Zamyatin parece tener todavía un poder profético, en este tiempo de vigilancia masiva, ingeniería genética y degradación ambiental bajo las formas actuales del capitalismo. Y su mirada satírica y crítica es quizás más necesaria hoy que entonces para aquellos interesados en transformar la sociedad. El libro de Zamyatin es una alentadora y oportuna advertencia. Y su mensaje es de esperanza:

La revolución está por doquier, en cualquier cosa. Es infinita. No hay revolución final, no hay número final. La revolución social es solamente una con un infinito número de cifras: la ley de la revolución no es una ley social sino una inconmensurablemente más grande. Es una ley cósmica universal como las leyes de conservación de la energía o de la disipación de la energía (entropía).