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El Brasil reinventado. Notas sobre las manifestaciones durante la Copa de las Confederaciones

En un país «futbolero» como Brasil, resultó sorprendente que en junio de 2013, en medio de la Copa de las Confederaciones, miles de personas salieran a la calle no a festejar resultados, sino a protestar contra los gastos, que consideraban excesivos, destinados al Mundial de 2014, muchos de los cuales se destinan a mejorar los estadios. Para entender estos sucesos, es necesario analizar la importancia de verdaderos rituales como las Copas del Mundo en la construcción de la brasileñidad, momentos especiales en los que la sociedad brasileña se reinventa como totalidad. Y, al mismo tiempo, observar cómo esta vez se intentó construir esa «comunidad imaginada» desde las protestas callejeras.

El Brasil reinventado. Notas sobre las manifestaciones durante la Copa de las Confederaciones

Una sociedad no puede crearse ni recrearse sin, al mismo tiempo, crear el ideal. Esa creación (…) es el acto por el cual se hace y se rehace periódicamente. Émile Durkheim, As formas elementares da vida religiosa (1912)1

En junio de 2012, cuando se inició la Copa de las Confederaciones, el primero de los grandes eventos rituales del ciclo que deberá completarse con la realización del Mundial de Fútbol de 2014, vimos a la población brasileña salir a la calle en un movimiento crecientemente masivo, amplificado por la convocatoria a través de las redes sociales. De norte a sur del país, de este a oeste, de las más grandes metrópolis a las pequeñas ciudades del interior, decenas de miles de personas se movilizaron con una efervescencia sin precedentes en la historia reciente de la sociedad brasileña. Al contrario de los argentinos, que naturalizaron y normalizaron las protestas en la calle, en Brasil estas solían ser muy raras y se constituyen en momentos especiales, recordados por muchos años y registrados por los historiadores como eventos extraordinarios.

Estos movimientos fueron designados como «manifestaciones» o, alternativamente, como «protestas». Ocurrieron a lo largo de toda la Copa de las Confederaciones de 2013 y dejaron una herencia todavía muy difícil de evaluar, con repercusiones aún imprevisibles. Fueron, ante todo, sorprendentes: por la espontaneidad de su surgimiento, por la adhesión de segmentos diversos de la sociedad, por la diferenciación interna de los manifestantes, incluyendo desde personas muy jóvenes hasta muy ancianas, trabajadores de sectores y posiciones diversas, residentes de barrios sofisticados de las ciudades y de las favelas… De cierta forma, era como si cada uno buscara llevar a la calle su protesta particular. En una combinación extraordinaria, todos y cada uno buscaban expresar su protesta al mismo tiempo, juntos en el espacio público.

Muchos intelectuales y académicos produjeron interpretaciones diversas sobre este fenómeno extraordinario en la vida política brasileña, pero hay acuerdo en que se trata de un proceso todavía en curso, por lo que aún no es posible evaluar integralmente sus sentidos y significados ni las direcciones que asumirá y sus posibles impactos en la escena social y política brasileña. Por ejemplo, al momento de escribir este artículo, en octubre de 2013, hay un fuerte movimiento de los profesores de Río de Janeiro, con movilizaciones permanentes, que presenta cierta continuidad con las manifestaciones de junio y suma, inclusive, manifestantes diversos en apoyo de las demandas. Sin embargo, por más difícil que sea evaluar este movimiento en curso –y tenemos dificultad hasta para nombrarlo–, se destacan algunos aspectos. No es casual que las protestas se hayan disparado justamente en ocasión de la Copa de las Confederaciones y que las manifestaciones más contundentes se hayan producido en los alrededores de los estadios en los cuales se realizarían los partidos. Evidentemente, estas manifestaciones tampoco fueron orquestadas por algún tipo de colectivo organizado y se caracterizaron, antes que nada, como un espacio de expresión de diversos tipos de demandas, desde las más específicas hasta las más generales. Es posible conectar, sin dudas, las manifestaciones de junio de 2013 con innumerables movimientos de protesta preexistentes, en especial con las revueltas en diversas ciudades brasileñas relacionadas con el costo excesivo de los pasajes urbanos, protesta acrecentada por las innumerables horas de trabajo perdidas en el tránsito. En Río de Janeiro, la reforma del Maracaná generó movimientos y resistencias a la destrucción de equipamientos existentes desde larga data y se asoció a un amplio movimiento contrario a las innumerables intervenciones urbanas relacionadas con las Olimpíadas de 2016.

La eclosión simultánea y la convergencia de todas las revueltas en las fechas previstas para el inicio de los partidos de la Copa de las Confederaciones indican, así, mucho más que el oportunismo político de algunos, en un momento en que todos los ojos estarían vueltos hacia Brasil, explicación que solo sería única y comprensible, en este caso, si pudiéramos identificar una entidad o institución que hubiera encabezado el movimiento. No quedan muchas dudas en cuanto a la diversificación de los orígenes del movimiento ni en cuanto a su carácter regulador y totalizador. De cierta forma, hizo eclosión en un momento preciso, se esparció como un reguero de pólvora, llegando a todos los rincones brasileños, desde los más grandes hasta los más pequeños, y cubrió el territorio nacional.

Tampoco es casual ni irrelevante que gran parte de las protestas y de las manifestaciones tengan como tema el rechazo de los gastos excesivos relacionados con la realización del Mundial de Fútbol de 2014, en particular expresando un profundo desacuerdo con las carísimas reformas de los estadios, con las acusaciones de desvío de partidas públicas y corrupción, asociadas a las innumerables intervenciones urbanas que generaron como correlato. En este sentido, la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) funcionó como una sustancia catalizadora: sus exigencias en términos de «patrón» han sido tomadas como referencia invertida de las necesidades de la población que, entre otras cosas, comienza a expresar su deseo de una «educación patrón FIFA» o una «salud patrón FIFA». Desde ese punto de vista, los desmanes de esta entidad transnacional, –impuestos a partir del monopolio de una práctica deportiva específica– en la creación de un producto deseado en el mundo entero (el Mundial de Fútbol) actuaron como el cemento que conectó a millones de brasileños diferentes. Las imposiciones de esta entidad transnacional a una nación entera generaron un unísono grito de rebelión.

Pero ¿cómo se produjo esta unidad? ¿Cómo una nación que se caracteriza por una diversidad y diferenciación interna extremas se unió en este momento, al menos? Afirmo, basada en los indicios, que una vez más, por caminos tortuosos, fue el fútbol lo que produjo esta unidad en Brasil. Estoy afirmando que, por más complejo que sea este movimiento –y ciertamente lo es–, hasta el momento solo hay, en Brasil, un idioma que permite construir y elaborar simbólicamente la totalidad, y es el idioma del fútbol, en particular aquel que accionamos en los periodos rituales de las Copas del Mundo.

Como vengo argumentando hace algunos años, en Brasil los grandes rituales nacionales son las Copas del Mundo de fútbol. Para sostener este argumento, es necesario recuperar ciertos aspectos referentes a las representaciones nacionales brasileñas con los cuales vengo trabajando, apuntando hacia el proceso simbólico de reconstrucción y reinvención de Brasil a través de la narrativa que rodea a las Copas del Mundo de fútbol.

Reconstruyendo la nación brasileña en las Copas del Mundo

Las sociedades modernas, como se sabe, están atravesadas por un intenso movimiento de integración de mercados y por una compresión del espacio-tiempo debido a la aceleración de la comunicación, lo que da nuevos contornos a un fenómeno tan antiguo como la humanidad: la destrucción y la recomposición de las fronteras simbólicas que unen y separan a las sociedades. Claude Lévi-Strauss concluyó en un texto clásico que «la humanidad está constantemente dando vueltas con dos procesos contradictorios, uno de los cuales tiende a instaurar la unificación, mientras el otro apunta a mantener o restablecer la diversificación»2.

En la misma dirección, Marshall Sahlins demuestra que, por más que el capitalismo avance, «la cultura no es un objeto en vías de extinción» y las diferencias se reinventan continuamente3. Así, podemos hablar de una dialéctica de la unificación/diversificación en la que, por un lado, hay porosidad y penetración de las fronteras nacionales y, por otro, innumerables mecanismos reinventan las alteridades y las diferencias en un mundo de convivencia plural y simultánea.

De este modo, los efectos de la compresión tiempo-espacio moderna y de la transnacionalización son, eventualmente, incluso contradictorios. Stuart Hall, por ejemplo, resalta que la situación contemporánea ha provocado el «resurgimiento del nacionalismo» y el «crecimiento del fundamentalismo»4. En este contexto de fronteras penetradas y reinventadas, las identidades nacionales han asumido formas modernas, sirviéndose de vehículos también modernos, en especial mediáticos.

En este proceso, las más diversas competencias deportivas en todo el mundo vienen constituyéndose en verdaderos ritos nacionales. En estas competencias internacionales se producen recreaciones simbólicas de las fronteras y de las diversidades nacionales, confrontadas en los campos deportivos. Muchas naciones solo existen, de hecho, en los campos deportivos.

Un argumento importante del antropólogo Roberto DaMatta es fundamental para esta reflexión: afirma que las sociedades modernas, precisamente por ser extremadamente fragmentadas, tienden a multiplicar los rituales nacionales –entre ellos, los deportivos–, como formas de refuerzo y recreación de la totalidad social5. Esta función sería innecesaria, por ejemplo, en las sociedades tribales, ya totalizadas. Bajo tal perspectiva, las competencias deportivas operan como ritos, dramatizando valores básicos de las sociedades actuales y, en especial, para lo que nos interesa aquí, permitiendo totalizaciones –representaciones de la sociedad como un todo– o, dicho de otra forma, narrativas nacionales.

Una contribución, también esencial para este argumento, proviene de la interpretación del antropólogo argentino Eduardo Archetti sobre la modernidad, concepción que también ha orientado mi reflexión sobre el tema. Archetti elabora la noción de «zonas libres», espacios para la «libertad y creatividad cultural», llamando la atención, del mismo modo que los autores ya citados, sobre la continua reinvención de la diferencia en un mundo conectado por la economía y por la política internacional6. Serían justamente aquellas áreas «menos importantes» (específicamente, cita los deportes, los juegos y la danza, y podemos imaginar muchas otras) las que se constituyen como ámbitos de reinvención identitaria y espacios semánticos de nuevas narrativas, algunas de ellas nacionales. Estos dominios paralelos, entonces, retendrían como propiedad básica la continua reinvención de la diversidad, en algunos casos, diversidad nacional. Así, la peculiaridad y especificidad residirían en las franjas y los intersticios de los sistemas sociales, sus «zonas libres».

Se trata, de hecho, de una articulación, históricamente dada y siempre compleja, entre identidad, alteridad y pluralismo. Las culturas nacionales, como afirma Benedict Anderson, son «comunidades imaginadas»7, acentuando incluso que ellas se distinguen por el «estilo» en el cual son imaginadas (y podemos agregar, con Archetti, por sus «zonas libres» específicas). También en esa dirección, Stuart Hall afirmará que «una cultura nacional es un discurso, un modo de construir sentidos que influencia y organiza tanto nuestras acciones como la concepción que tenemos de nosotros mismos»8. Del mismo modo, argumentará que tal construcción de sentido se sitúa, básicamente, en la memoria que se construye sobre la nación.

En el caso brasileño, el fútbol se ha presentado como un vehículo casi insuperable para la producción y reproducción de estos discursos sobre la nación y el «pueblo brasileño», sustentando toda una semántica sobre el estilo nacional y la brasileñidad. En las canchas de fútbol, las narraciones sobre el ser brasileño encontrarían su espacio de elección. En este sentido, el fútbol sería la «zona libre» brasileña con mayor potencial de significación. En verdad, sería una «institución cero», como la definí en un trabajo anterior9 siguiendo a Lévi-Strauss, pues, en Brasil, el fútbol, tal como las nociones de tipo «mana», exige significación10. De este modo, se establece un territorio de enorme significado, foco de innumerables narrativas, inclusive algunas contrapuestas, pero que, en cada caso, reinventan continuamente la comunidad imaginada llamada Brasil.

El foco más espectacular de este proceso de construcción de la brasileñidad ocurre en la reinvención de la memoria sobre el desempeño del seleccionado brasileño de fútbol en una competencia específica: los Mundiales de Fútbol que se realizan cada cuatro años. Son ritos patrióticos, al estilo nacional brasileño. En estos periodos de Mundial de Fútbol, se experimenta esa «comunidad imaginada», comunidad moral de un modo casi físico: hay una apropiación de los símbolos nacionales y se les atribuye su sentido más profundo11. El himno nacional, los colores nacionales, la bandera nacional son los iconos de este periodo, vestidos por las personas en las actividades cotidianas, pintados en los rostros, dibujados en las calles, en las casas, en los autos adornados con banderas nacionales.

Es importante también señalar que este es un proceso mediático pero que solo asume tales dimensiones, como es obvio, porque tiene un sentido colectivamente compartido. Pero precisamente son los recursos tecnológicos de la modernidad y, en particular, de los medios de comunicación y propaganda, los que actúan de manera decisiva en el diseño de esta totalidad, transformando el tiempo de estas competencias en el tiempo más genuino de la nación brasileña. También en este sentido, más que ritos, serían lo que se denomina «dispositivos rituales ampliados», estrechamente asociados a la «espectacularización» del mundo, atributo de la contemporaneidad12.

La suspensión del tiempo y la reintroducción de la historia

Existen dos aspectos de la producción de la memoria en este proceso multidimensional, acerca de los cuales vengo reflexionando hace ya algún tiempo13, que son esenciales para la comprensión de estos fenómenos y que me gustaría recuperar también aquí14. El primero se refiere al privilegio del fútbol, entre otros deportes, en la representación de la nación brasileña. El segundo se refiere a la potencialidad totalizadora del fútbol y a la temporalidad implicada en esta propiedad. Pretendo, así, señalar algunos de los mecanismos por los cuales continuamente se reafirma el lugar simbólico del fútbol en Brasil como encarnación y corporización de la nación. Uno de los mecanismos fundamentales es una forma específica de la preservación de la memoria de los dramas y glorias del seleccionado brasileño de fútbol.

Vengo observando hace algunos años, en los trabajos que he hecho sobre esta temática, que hay una característica que me parece decisiva para una sociología de los deportes en Brasil. Se trata del hecho de que la identificación colectiva puede ocurrir en cualquier deporte, siempre que sea victorioso en la confrontación con otras naciones, incluso de manera episódica. Cualquier victoria de equipo o individuo con los colores nacionales se asume rápidamente como representación de la nación. Con todo, si cualquier deporte eventualmente victorioso se incorpora con facilidad, la misma rapidez y facilidad lo lleva al olvido en las derrotas. Los innumerables fracasos brasileños en casi todos los deportes, en las competencias internacionales, son ignorados por completo. Se puede afirmar entonces que cualquier deporte es potencialmente capaz de accionar la dimensión de brasileñidad de las identidades sociales, pero solo y únicamente en caso de triunfo en competencias internacionales. En Brasil, estos otros deportes solo tienen héroes, pues solo existen cuando ellos existen.

Esto no ocurre con el fútbol brasileño, en el cual todas las victorias y derrotas son representativas e importantes. A través del desempeño de los diversos seleccionados brasileños de fútbol, elegimos no solo héroes sino también antihéroes y villanos, leemos y discutimos lo que entendemos como cualidades y defectos de nuestro «pueblo», leemos y discutimos la competencia o incompetencia, la arrogancia o la humildad de nuestras elites dirigentes. En fin, construimos una memoria que tiene continuidad y que, a cada momento, aunque de modos diferentes, recrea totalidades.Así, el privilegio del fútbol como espacio semántico implica la producción continua del olvido y del silencio sobre el desempeño de los seleccionados y jugadores brasileños en los otros deportes. Bajo tal perspectiva, puede decirse que construimos, con relación a los deportes como terreno y arena para la producción de la nación, dos tipos de historia: una, continua, que retiene como ampliamente significativos tanto los fracasos, las derrotas, como las victorias. Otra, discontinua, episódica, plena de silencios y olvidos, que retiene e ilumina solo las victorias.

De este modo, vale referir que las derrotas en el fútbol, y muy en particular las derrotas de la selección brasileña, en especial la «tragedia del 50», son reconocidamente constructoras de la identidad nacional brasileña, tanto como las victorias15. El maracanazo es una marca indeleble de la brasileñidad. A partir de ahí, en todos los mundiales de fútbol los brasileños colocaron en el estadio su honra y descubrieron un territorio en el cual conseguían imaginarse como una totalidad.

Una segunda característica de este proceso específico de construcción de la memoria puede recuperarse a través de una de las más importantes implicancias de la argumentación de DaMatta sobre rituales nacionales, y es especialmente relevante para esta argumentación16. Estos rituales, para accionar la totalidad encubriendo la fragmentación, la diferenciación y la desigualdad que estructuran la vida cotidiana, necesitan, de cierto modo, negar la historia. Dicho de otro modo, necesitan accionar dimensiones de la realidad social, valores e ideas que estén simbólicamente situados sobre todos los otros. Es así como, «incluso en una sociedad históricamente determinada, se pueden encontrar valores, relaciones, grupos sociales e ideologías que pretenden estar al lado y por encima del tiempo»17.

Considerando que uno de los principios fundamentales de las competencias deportivas, para que tengan significado, es la oposición de unidades del mismo orden, es solo en las competencias internacionales entre seleccionados nacionales donde se hace posible vivenciar el fútbol como ritual nacional. En la forma como esta memoria se construye en el Brasil, estos momentos son aún más seleccionados: ocurren cada cuatro años en los mundiales de fútbol. En esos momentos se constituye un tiempo propio y una historia propia, presentados y vividos como suspendidos en relación con el tiempo histórico. En la medida en que es la nación la que está en juego, en estos periodos las otras disputas y confrontaciones del fútbol son englobadas y suspendidas y son lanzadas al olvido en el mismo proceso y con la misma intensidad con que el foco se coloca sobre el nivel nacional.

En cada Mundial de Fútbol se reafirma y se recrea la única historia que interesa en ese momento: la historia del desempeño del seleccionado brasileño en los mundiales de fútbol. Para la construcción de este tiempo, de cierto modo ahistórico, en que el «valor eterno» nación, como nos enseña DaMatta, se pone en juego, es fundamental la participación de la prensa, en especial la deportiva, que acciona de manera paulatina la dimensión de brasileñidad de nuestras identidades sociales, operando fuertemente mediante la rememoración de momentos anteriores. En un proceso simultáneo, al mismo tiempo que se van desvinculando las cuestiones que atraviesan lo cotidiano, se va enfocando con más vigor todo lo que rodea al seleccionado nacional durante la copa. Yo diría, incluso, que de los desdoblamientos de esta característica y del involucramiento emocional que representa, expresado en la utilización frecuente de la categoría «pasión», proviene la justificación de las acusaciones tan comunes de que el fútbol es alienante.

La suspensión del tiempo cotidiano, así como la suspensión simbólica del tiempo histórico, para reinaugurar el periodo ritual festivo en que la nación entra en la cancha, culmina con los verdaderos feriados –tiempo vacío– que ocurren en estos partidos del seleccionado. Pero es en este tiempo suspendido cuando se escribe otra historia: la historia en la cual se inscribe el modo en que los brasileños quieren comprenderse como nación, como pueblo, como totalidad. Parafraseando a Clifford Geertz18, así como la riña de gallos en Bali es un comentario de los balineses sobre ellos mismos, las narraciones y los usos de los iconos nacionales durante los mundiales de fútbol son comentarios de los brasileños sobre ellos mismos. Pero si para actualizar y hacer operar este nivel de la identidad social es necesaria, en un primer momento, una «alienación» de la vida cotidiana, todas las enormes diferencias, desigualdades y conflictos se reintroducen con facilidad, pero nunca de modo lineal o simplemente especular en las evaluaciones de los fracasos.

Consideraciones finales: narradores de la nación

Ahora puedo retornar a mi propuesta interpretativa con relación a las manifestaciones de junio de 2013 que considero, todavía, una propuesta preliminar que deberá ser profundizada con posterioridad. Experimentando periódicamente la vivencia de la totalidad en los ritos cuadrienales, haciéndose y rehaciéndose en términos de un ideal patriótico de sociedad, la población brasileña se vio como un «pueblo». En el tiempo vacío de la Copa de las Confederaciones, de cierta forma, fue como si toda la mística repetida en cada Mundial de Fútbol de que «es un solo Brasil», de norte a sur, de este a oeste, de ricos y pobres, de jóvenes y viejos, de indios, negros y blancos y mulatos y zambos, se realizara mágicamente pero en un sentido inesperado por los organizadores del espectáculo (medios, gobiernos, FIFA, Confederación Brasileña de Fútbol). A través de y en torno del fútbol, brasileños muy diversificados y diferenciados se descubrieron, una vez más, como un «pueblo» y salieron a la calle. La comunidad imaginada se realizó en las calles por un tiempo breve pero significativo, reunida contra los desmanes políticos y las imposiciones del mercado.

Destaco que uno de los aspectos más evidentes de las manifestaciones de junio de 2013 fue la extensa e intensa utilización en las calles de los símbolos nacionales como los únicos iconos legitimados. Por ejemplo, hay relatos de ataques a banderas de partidos políticos y signos de otros colectivos, lo que señala una especie de intención abarcadora y totalizadora del movimiento. Hay relatos, también, de lugares en los cuales el Himno Nacional brasileño, de música y letra reconocidamente difíciles, se cantó en forma continua, durante varias horas seguidas. Vestirse con los colores nacionales y envolverse con banderas nacionales, experiencia colectiva durante los mundiales de fútbol, fue el uniforme de junio de 2013. DaMatta ya había afirmado, muchos años atrás, que el fútbol fue lo que reconcilió a los brasileños con los símbolos nacionales que habían sido apropiados por los militares durante la dictadura19. En este episodio extraordinario de la vida política brasileña que fueron las manifestaciones en torno de la Copa de las Confederaciones, se reinventó un «pueblo» brasileño y este tomó a su cargo el discurso y la narrativa nacionales. Si, como afirma Pablo Alabarces, en la modernidad los medios y el marketing se transforman en los narradores de las naciones, en este episodio político el «pueblo» brasileño los atropelló y asumió esta narración20. Si hay un legado del Mundial de Fútbol, con seguridad el primero de ellos es este: unió, aunque episódicamente, a una población en extremo diferenciada y diversificada contra los gastos asociados a él. Además, obsérvese incluso, en passant, que de cierta forma fue la concepción del fútbol como «opio del pueblo» la que estuvo en juego en ese momento, pues fueron los excesivos gastos del Mundial de Fútbol, en especial de los estadios, el foco principal de la ira popular, siempre opuesta a la ausencia de educación y salud. Pero, paradójicamente, fue este «opio del pueblo», esta «zona libre», esta práctica inconsecuente, la que produjo el territorio abarcador que permitió la experiencia colectiva reivindicadora. ¿Cómo se desarrollará? Todavía no se puede saber.

  • 1. Simoni Lahud Guedes: doctora en Antropología Social por la Universidad Federal de Río de Janeiro (ufrj). Es profesora del departamento de Antropología de la Universidad Federal Fluminense, investigadora del Instituto Nacional de Estudios Comparados en Administración Institucional de Conflictos (inct-ineac) y del Núcleo de Estudios e Investigaciones sobre Fútbol (nepess). Ha escrito varios libros y artículos sobre sociología del deporte.Palabras claves: fútbol, protestas, antropología, deporte, nación, Copa del Mundo, Brasil.Nota: traducción del portugués de Claudia Solans.. Paulinas, San Pablo, 1989, p. 500.
  • 2. C. Lévi-Strauss: «Raça e história» [1960] en Raça e ciência i, Perspectiva, San Pablo, 1970, p. 268.
  • 3. M. Sahlins: «O ‘pessimismo sentimental’ e a experiência etnográfica: por que a cultura não é um ‘objeto’ em via de extinção» (partes i y ii) en Mana vol. 3 No 1 y 2, 1997.
  • 4. S. Hall: A identidade cultural na pós-modernidade, dp&a, Río de Janeiro, 1999.
  • 5. R. DaMatta: Carnavais, malandros e heróis: para uma sociologia do dilema brasileiro, Zahar, Río de Janeiro, 1979, pp. 26-27.
  • 6. E.P. Archetti: Masculinities: Football, Polo and the Tango in Argentina, Berg, Oxford-Nueva York, 1999.
  • 7. B. Anderson: Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, ed. revisada, Verso, Londres-Nueva York, 1991. [Hay edición en español: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, fce, México, df, 1993].
  • 8. S. Hall: ob. cit., p. 50.
  • 9. S. Lahud Guedes: «O futebol brasileiro: instituição zero», tesis de maestría en Antropología Social, Universidad Federal de Río de Janeiro, 1977.
  • 10. C. Lévi-Strauss: «Introdução à obra de Marcel Mauss» [1974] en M. Mauss: Sociologia e antropologia, Cosac & Naify, San Pablo, 2003.
  • 11. R. DaMatta: «Antropologia do óbvio: notas em torno do significado social do futebol brasileiro» en Revista usp No 22, 6-8/1994.
  • 12. Marc Augé: Por uma antropologia dos mundos contemporâneos, Bertrand, Río de Janeiro, 1997.
  • 13. S. Lahud Guedes: O Brasil no campo de futebol. Estudos antropológicos sobre os significados do futebol brasileiro, Eduff, Niterói, 1998.
  • 14. S. Lahud Guedes: «De dramas e glórias nacionais» en O Brasil no campo de futebol, cit.
  • 15. Gisella de Araujo Moura: O Rio corre para o Maracanã, fgv, Río de Janeiro, 1998, p. 13.
  • 16. R. DaMatta: Carnavais, malandros e heróis, cit.
  • 17. Ibíd., p. 22.
  • 18. C. Geertz: A interpretação das culturas, Zahar, Río de Janeiro, 1978, p. 316. [Hay edición en español: La interpretación de las culturas, Gedisa, Barcelona, 1973].
  • 19. R. DaMatta: «Antropologia do óbvio», cit.
  • 20. P. Alabarces: Fútbol y patria. El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina, Prometeo, Buenos Aires, 2002 y comunicación personal a la autora.