Opinión

El archipiélago peronista

La derrota electoral del año pasado frente a la coalición de centro-derecha liderada por Mauricio Macri generó cambios en el peronismo. Su universo se circunscribe hoy a un peronismo romántico (kirchnerismo), un peronismo moderno (Sergio Massa) y otro posmoderno (gobernadores, intendentes y legisladores de cuño pragmático). Tres grupos con vocaciones, cosmovisiones y proyecciones diferentes.

El archipiélago peronista

Las placas tectónicas del planeta peronista se están moviendo. La derrota electoral del año pasado frente a Cambiemos, la fuerza de centroderecha que lidera el actual presidente Mauricio Macri, y, posteriormente, la experiencia de ocupar la butaca opositora en el teatro político argentino han producido una reestructuración –aún inconclusa­– en la principal identidad política del país.

La relativa cohesión (su geometría fue variable, no estática) que ostentó el peronismo durante los 12 años que el kirchnerismo habitó el poder parece ser pretérita. El continente justicialista mutó en un archipiélago donde, al menos, se pueden distinguir tres islas: el peronismo romántico (kirchnerismo), el peronismo moderno (Sergio Massa) y el peronismo posmoderno (gobernadores, intendentes y legisladores de cuño pragmático). Tres grupos con vocaciones, cosmovisiones y proyecciones diferentes.

El peronismo romántico

Esta ramificación del peronismo presenta una morfología radial, cuyo centro de gravedad es la ex-presidente Cristina Fernández. A su alrededor flotan la organización juvenil La Cámpora, que encabeza su hijo, Máximo Kirchner, y otros satélites ajenos al imaginario peronista. Este grupo compacto, cerrado y sólido despliega un discurso épico, romántico y maximalista. Sobre la plataforma teórica de Ernesto Laclau, pretende extender la polarización que articuló el año pasado con Cambiemos, mediante el dualismo nacional-popular (pueblo)-derecha neoliberal (elite).

El juego dialéctico también le rinde al oficialismo: al carecer de guarismos positivos que respalden su gobierno, Macri sigue presentándose como el reverso del «populismo irresponsable, autoritario y cleptómano» que –supuestamente– representó Cristina Fernández. Los innumerables casos de corrupción que salpican a la ex-jefa del Ejecutivo le han brindado letra suficiente para preservar este guión dicotómico. Un verdadero balón de oxígeno para su raquítica gestión.

Al ver disminuido su coeficiente de poder institucional –ha perdido volumen en los tres estamentos del Estado: municipal, provincial y nacional–, el kirchnerismo apuesta a la «democracia de la calle». A sabiendas de que Cambiemos renunció a la ocupación del espacio público como prueba de músculo político, el Frente para la Victoria (nominación oficial del kirchnerismo) aspira a constituirse como el dispositivo que absorberá el descontento social que brote de las medidas impopulares del gobierno. Solo la izquierda clasista –sin anclaje masivo en los sectores populares– y los sindicatos –que continúan sin coordinar una acción colectiva contundente– asoman como competidores de bajo calibre en este terreno.

La suma entre narrativa filosa y protesta social abre un interrogante crucial: ¿cuál es el grado de compromiso de esta filial peronista con la estabilidad democrática? En caso de que el gobierno de Cambiemos no logre salir de la recesión económica que asecha al país y el descontento ciudadano –que emergió con el aumento de las tarifas de los servicios públicos en los últimos meses– se propague, el kirchnerismo ¿colaborará en apagar el incendio o echará más combustible?

El dilema permanecerá, por lo menos, hasta diciembre, mes en el que Argentina suele ponerse sensible política y socialmente. Fernández demostrará entonces si emula la alternativa Bachelet (esperar que la derecha se deslegitime y recuperar el bastión presidencial en la próxima cita electoral) o si, por el contrario, busca desde el frío glacial de la Patagonia, donde vive actualmente, digitar una remake de la crisis de diciembre de 2001 que terminó con la renuncia del presidente Fernando de la Rúa.

El peronismo moderno

El degradé sigue con el peronismo republicano. Este estante de la biblioteca justicialista está representado, principalmente, por el diputado nacional y ex-candidato a presidente Sergio Massa; en segundo nivel, aparece el gobernador de la provincia de Salta, Juan Manuel Urtubey; y, desde más atrás, corre el diputado nacional Diego Bossio. Todos ellos son dirigentes con menos de 50 años que aspiran a ser la renovación. Aquí el poder es reticular, carece de un centro definido. Con una impronta institucionalista, estos cuadros anhelan insertar al peronismo como partido político moderno en el sistema. Aquí prima la pureza: hay pocos lugares para las subjetividades ajenas a la cosmovisión peronista. Una diferencia sustancial con el kirchnerismo, que apostó por la transversalidad e incorporó a su andamiaje organismos de derechos humanos, socialistas, radicales y comunistas.

Su discursividad ideológica es de media intensidad: lo empírico prevalece sobre lo abstracto. El acento recae en lo social, sobre todo en la clase obrera, para diferenciarse de la apatía de Cambiemos y, en paralelo, magnetizar a la Confederación General del Trabajo (CGT), vinculada directamente al peronismo. En materia económica promueve un proyecto que pivota entre el modelo kirchnerista (elevado gasto público, altos muros aduaneros y látigo para el empresariado local) y la matriz PRO (reducción del déficit fiscal, pago a los holdouts para recuperar confianza en el ajedrez mundial y un mercado suelto, con escasas amarras estatales). De esa mixtura queda una tercera vía a lo Anthony Giddens.

En relación con los engranajes republicanos, comparte la visión weberiana que fomentan –pero en contadas ocasiones llevan a la práctica– las huestes de Macri. Un Estado imparcial, racional y exento de arbitrariedades, el respeto a la Constitución, la libertad de expresión y la división de los tres poderes conforman el «pack liberal» que orilla con la poliarquía de Robert Alan Dahl. La democracia formal es la utopía. Orden, ley y previsibilidad son el trípode sobre el que se sustenta este subtipo de peronismo. La garantía de gobernabilidad es la carta con que pretende mostrarse como un estadio superador del kirchnerismo.

El peronismo posmoderno

La cartografía culmina con el peronismo líquido. Es la versión más volátil. La componen legisladores nacionales (caso paradigmático, Miguel Ángel Pichetto), intendentes de municipios con alta densidad demográfica en Buenos Aires (Julio Pereyra, de Florencio Varela, por citar uno) y gobernadores de provincias con escasos recursos (por ejemplo, Gildo Insfrán, de Formosa) que carecen del hambre hegemónico de las otras dos vertientes; su estímulo es la supervivencia en los márgenes del poder central.

De ideología laxa, han pasado por las filas del ex-presidente neoliberal Carlos Menem, han respondido al llamado desarrollista de Eduardo Duhalde, luego se mudaron al neokeynesianismo de Néstor Kirchner y, en estos últimos años, se comprometieron con el estatismo de Cristina Fernández. Ahora se mantienen expectantes, sin brindar muchas señales. Hasta que la balanza no se incline definitivamente hacia uno de los aspirantes, no moverán fichas. Pragmatismo, realismo y obediencia (temporal) a la Casa Rosada son sus mandatos.

La catedral, Tigre y los gatos

Probablemente esta atomización del peronismo se prolongue hasta 2017, más específicamente, hasta después de las elecciones legislativas de mitad de mandato. Las urnas –una vez más– serán el principio ordenador. Detrás del vencedor se alistará la mayoría. Y, según los estudios demoscópicos, las posibilidades de que la catedral del peronismo se mude de El Calafate, aposento sureño de Cristina Fernández, al municipio de Tigre, bastión político de Sergio Massa, son elevadas. Hoy las encuestas ubican a la esperanza blanca del peronismo al tope de las preferencias. La opinión pública visualiza en él a un líder constructivo, responsable y con equipo técnico. El panorama es alentador para él, aunque un año en la tierra del papa Francisco es algo más que lo que marca un almanaque: todo puede cambiar.

La frágil institucionalidad del peronismo pronostica que la disputa será encarnizada. El Partido Justicialista como partido político es una cáscara legal vacía. Sus marcos normativos, cuerpos decisorios y autoridades carecen de legitimidad. Nadie aspira a que el conflicto se dirima en su seno. La purga será a campo abierto, frente a los ojos del país. No faltarán traiciones, zancadillas ni acusaciones de alto voltaje. Por momentos, el enemigo será el «compañero» (como se llaman los peronistas entre ellos); el mismo Macri quedará en un segundo plano. Pero será transitorio. Como afirmó Juan Domingo Perón: «Los peronistas somos como los gatos: cuando gritamos creen que nos estamos destrozando, pero en verdad nos estamos reproduciendo».