Coyuntura

Disputa marítima o cuadratura del círculo Los vaivenes del conflicto boliviano-chileno

El conflicto entre Chile y Bolivia –el más antiguo de América Latina– es el único que se mantiene sin atisbos de encontrar una solución. Bolivia ha decidido demandar a Chile exigiendo una negociación por una salida soberana al mar, y Chile afirma que se quieren revisar tratados limítrofes sobre los que el tribunal de La Haya no tendría jurisdicción. Ambos países miran con expectación la próxima visita del Papa a la región y se especula sobre sus posibilidades de mediación. Mientras tanto, chilenos y bolivianos se preparan para hacer valer sus razones ante los tribunales y siguen sin encontrar una historia compartida que supere su desencuentro.

Disputa marítima o cuadratura del círculo / Los vaivenes del conflicto boliviano-chileno

El anuncio de la visita del Papa a Bolivia activó todas las alarmas del piso 15 del edificio Carrera, donde tiene su oficina el canciller chileno Heraldo Muñoz. Construido en la década de 1930, era uno de los más importantes hoteles del centro cívico de Santiago hasta que fue adquirido en 2004 por el Estado para convertirlo en la sede de uno de los servicios exteriores más eficientes y modernos de América Latina. La sorpresa fue aún mayor porque el anuncio no provino de la diplomacia vaticana, como es tradicional, sino del presidente boliviano Evo Morales, quien hacía gala de estar bien informado y, además, se jactaba así públicamente del espaldarazo político que significa presidir uno de los países en la región que se preparan para recibir a Francisco. La noticia llegaba, precisamente, en plena discusión pública entre Chile y Bolivia sobre su centenario conflicto, luego de que La Paz presentara una demanda ante el Tribunal de La Haya el 24 de abril de 2013.

Si bien al principio se buscó restar importancia al tema, la Iglesia chilena, la más poderosa e influyente al sur del continente, cerró la discusión aclarando que la visita sería estrictamente pastoral. La confirmación (y cierta tranquilidad entre los políticos chilenos) la dio el propio pontífice días después, cuando anunció que esperaba visitar al menos seis países de Sudamérica en dos viajes separados en los siguientes dos años: primero Ecuador, Bolivia y Paraguay y, posteriormente, en 2016 o 2017, Chile, Argentina y Uruguay. Morales también tuvo que reconocer el carácter pastoral del viaje y los dos países se vieron obligados a redoblar los esfuerzos diplomáticos para difundir su postura ante la opinión pública internacional.

A pesar de que Bolivia no ha solicitado su mediación, la posibilidad de que el papa intervenga en la disputa chileno-boliviana por una salida al mar es la peor pesadilla que puede tener la diplomacia de Santiago. Es que hay un antecedente que nadie puede olvidar en el edificio Carrera: en las vísperas de la Navidad de 1978, ante la inminente guerra entre Chile y Argentina, Juan Pablo II se ofreció como mediador para evitar el enfrentamiento. Días después, el 8 de enero de 1979, los cancilleres de ambos países, reunidos en la capital uruguaya, firmaron el Acta de Montevideo, en virtud de la cual pedían formalmente la intervención papal para encontrar una solución a la disputa por la soberanía sobre el canal de Beagle. Años más tarde, ya en democracia, Chile y Argentina dieron por zanjados de forma definitiva todos sus problemas limítrofes. Pero el hecho de que las relaciones entre ambas naciones sean ahora mejores que nunca no ha hecho mella en la leyenda urbana que afirma que, en esa ocasión, Chile perdió más de lo que ganó Argentina.

Es poco probable que el papa Francisco actúe como Juan Pablo II: no hay ninguna posibilidad de un guerra entre Chile y Bolivia, la institucionalidad democrática en ambos países es sólida, el poder militar está subordinado y, sobre todo, hay una diferencia notable en el peso específico de los dos países, por lo que la comparación entre el diferendo del Beagle y este es solo anecdótica. Sin embargo, sostienen altos diplomáticos chilenos, si se analiza el papel reciente que jugó el papa Francisco en el deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, la idea deja de ser tan descabellada. Si Cuba era un asunto insoluble que nadie se animaba a enfrentar, ¿por qué no intervenir en el otro gran drama de América Latina que mantiene enfrentados a Chile y Bolivia desde la Guerra del Pacífico de 1879? Al finalizar esa guerra, en 1883, el vencedor se constituyó plenamente como país, anexando los ricos territorios de lo que actualmente conforma el norte chileno, mientras que los derrotados perdían la provincia de Tarapacá, en el caso de Perú, y el desierto de Atacama y su acceso al océano Pacífico, en el caso de Bolivia.Un escenario como el de fines de los 70 es improbable, cierto, pero no está de más curarse en salud, dicen los mismos diplomáticos, que ya agendaron una visita de la presidenta Michelle Bachelet al Vaticano en junio próximo, mientras ambos países desatan una febril carrera por informar a sus opiniones públicas y al mundo sobre sus razones.

Organizar giras internacionales de expresidentes y embajadores, copar la agenda de reuniones bilaterales y multilaterales o pedir siempre la palabra después de que Bolivia haga uso de ella son algunas de las tareas que se ha propuesto la cancillería chilena, además, claro está, de gestiones más reservadas con altos personeros políticos en todo el mundo. Actualmente Chile es miembro del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Bachelet fue presidenta de ONU Mujeres y Muñoz tiene el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) como su segunda casa. Lo cual, sumado al profesionalizado servicio exterior, uno de los principales activos del Estado chileno, hace difícil el camino de la más amateur e ideologizada diplomacia boliviana.

Sin embargo, Bolivia tomó algunas decisiones que son reconocidas incluso en Chile: decidió nombrar como agente (una especie de abogado ante el Tribunal de la Haya) a Eduardo Rodríguez Veltzé, ex-presidente de la Corte Suprema y, por azares de la política y la inestabilidad crónica de entonces, presidente interino de Bolivia. Además, como vocero de la demanda marítima, Morales nombró al también ex-presidente Carlos Mesa, reconocido por su oratoria y su capacidad política, pero también duro opositor al gobierno en la actual coyuntura interna. Que dos ex-presidentes tengan cargos tan relevantes otorga a la demanda boliviana una institucionalidad como pocas veces se ha visto en el actual Estado Plurinacional de Bolivia. Por su parte, Chile mantuvo su tradición y ratificó al ex-ministro y embajador Felipe Bulnes como agente ante La Haya. Bulnes ya había ejercido el mismo cargo durante el gobierno de Sebastián Piñera en otro juicio que enfrentó Chile con Perú a raíz de sus límites marítimos. Bulnes es miembro de una de las familias más tradicionales de Chile y es descendiente del general Manuel Bulnes, quien encabezó las tropas chilenas en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana entre 1838 y 1839, el antecedente más importante de la Guerra del Pacífico. En esa contienda, los chilenos derrotaron a Andrés de Santa Cruz en la famosa batalla de Yungay, que selló definitivamente la derrota de los aliados. Santa Cruz, a su vez, fue el más importante presidente de la historia boliviana según Carlos Mesa, quien es periodista e historiador. El «Mariscal de Ayacucho», como también lo llamaban, además de construir la nación boliviana, fue el líder de más larga duración a cargo de los destinos de Bolivia, récord que está a punto de arrebatarle nada menos que Morales.