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Dilemas internos y espacios internacionales en el gobierno de Evo Morales

Desde el siglo XIX, Bolivia ha constituido un caso paradigmático de disputas y desacuerdos entre sus elites políticas respecto a los objetivos del desarrollo nacional, lo que ha frustrado sus posibilidades una y otra vez. Hoy, el gobierno de Evo Morales tiene muchas chances de romper esta maldición, ya que cuenta con un sólido apoyo social y los recursos del gas. Para ello deberá desarrollar sus capacidades internacionales, cada vez más relevantes debido a la ubicación de Bolivia en el corazón de Sudamérica y su posición estratégica como paso entre los dos oceános.

Dilemas internos y espacios internacionales en el gobierno de Evo Morales

Toda publicación analítica tiene su lógica. En el examen del gobierno de Evo Morales que se realiza en este volumen, se me ha encargado un análisis desde afuera, a partir de una perspectiva independiente y crítica que, sin embargo, guarde afecto y empatía hacia la realidad que describe. Mi primer acercamiento a Bolivia tuvo lugar antes que pudiera conocer ese país del corazón de América del Sur. Se produjo a través del contacto y la amistad con los bolivianos que cursaban estudios en las universidades chilenas o realizaban programas de formación política en los años previos al golpe de Estado de septiembre de 1973. Entre ellos encontré a Antonio Araníbar, Tonchi Marinkovic, Jaime Paz Zamora, todos ellos más tarde figuras influyentes en la vida de su país. También a Enrique Ríos, trágicamente asesinado en los fusilamientos del Estadio Nacional durante las sangrientas jornadas que siguieron a la muerte de Salvador Allende.

Mi conocimiento de la comunidad boliviana continuó durante mi exilio en México en los 70. Allí convivimos académicos de la mayoría de los países de América del Sur perseguidos por las dictaduras militares. Entonces tuve ocasión de trabajar con Marcelo Quiroga Santa Cruz, Cayetano Llobet, Carlos Toranzo y, especialmente, con René Zavaleta, uno de los más creativos y brillantes intelectuales latinoamericanos en las ciencias sociales del siglo XX. Todos ellos iluminaron para nosotros varias de las claves de la compleja historia boliviana, tan distinta de la de otros países, durante aquella experiencia cotidiana de impulsar cualquier proyecto que pudiera contribuir a instalar gobiernos democráticos en la región. Con esa valiosa formación, Bolivia me resultó un país muy próximo en las numerosas visitas que he realizado en los últimos 25 años.

La historia boliviana tiene algo de extremo. Es casi siempre una historia en el límite de las posibilidades. El país experimenta las mismas tendencias que prevalecen en el resto de América Latina, pero de un modo más radical. De esa manera, no se logra el efecto acumulativo que lleva habitualmente al progreso de las naciones cuando existe un acuerdo político para asegurarlo, sino más bien a un balance de oportunidades perdidas.

Pero cada vez que esto ocurre vemos pronto que por su enorme riqueza en recursos naturales, por la fuerza de sus organizaciones sociales y el espíritu combativo de su gente, Bolivia vuelve a recrear nuevas oportunidades para soñar con un futuro mejor. Siento que esto es lo que ocurre hoy con el gobierno de Evo Morales, solo que esta vez las tendencias parecen más firmes y quizás puedan dar lugar a un salto cualitativo y cuantitativo para el país.

En este breve ensayo intentaré examinar el entrecruzamiento de los factores internos con las oportunidades de inserción internacional que, a comienzos del siglo XXI, se abren para Bolivia. Para ello haré un breve recuento de las tendencias que, a mi juicio, han caracterizado la vida política boliviana desde que, en julio de 1978, se convirtió en el primer país sudamericano en poner término a una dictadura militar con una ideología de seguridad nacional, de aquellas que uniformaron la vida de la subregión durante la década del 70.

El proceso político boliviano

La dictadura de Hugo Banzer, iniciada en agosto de 1971, se había inscrito tempranamente en el conjunto de gobiernos autoritarios latinoamericanos tras el derrocamiento del general Juan José Torres, un militar nacionalista cercano al general peruano Juan Velasco Alvarado, más tarde asesinado en Buenos Aires. Banzer fue la primera compañía que en esa agitada década tuvieron los generales brasileños que, desde 1964, venían ensayando un nuevo modelo militar, concebido en medio de los conflictos de la Guerra Fría, como una réplica a las visiones radicales de una izquierda latinoamericana animada por la consolidación de la Revolución Cubana. Estos regímenes de excepción aplicaban las concepciones elaboradas en el Colegio Nacional de Guerra de Estados Unidos con sus categorías claves de «contrainsurgencia», «guerra interna», «enemigo interno», «fronteras ideológicas» y «defensa de la civilización occidental y cristiana». Así, tras la destitución de Banzer, los bolivianos tuvieron la oportunidad de ensayar la primera transición hacia la democracia en el sur de América Latina. Pero enfrentaron también los primeros tropiezos con la fallida tentativa de golpe de Estado del coronel Alberto Natusch Busch en noviembre de 1979 y luego, en julio de 1980, con la instalación del brutal y corrupto régimen del general Luis García Meza, que provocó el tipo de involución autoritaria tan temida por los luchadores democráticos de esos años.

De este modo, el verdadero regreso a la democracia se produjo recién en octubre de 1982, con la segunda presidencia de Hernán Siles Zuazo. Para entonces, Bolivia se vio favorecida por la corriente de cambios que se imponía en América del Sur, situación que incluía una nueva estrategia de EEUU que, al fin, se había convencido de la inconveniencia que, para sus propios intereses, tenían el respaldo y la identificación con regímenes de fuerza que violaban sistemáticamente los derechos humanos. Pero el gobierno de la Unión Democrática y Popular (UDP) tuvo que enfrentar, a principios de 1985, una tremenda crisis económica acompañada por un cuadro de hiperinflación que puso nuevamente en riesgo la estabilidad política. Tras un ortodoxo ajuste económico implementado en marzo de 1985, se produjo el regreso al poder del otro presidente emblemático de la Revolución de 1952, Víctor Paz Estenssoro, con quien se inició un ciclo político de 20 años que solo ha concluido con el acceso de Evo Morales al poder. En las dos décadas siguientes, Bolivia gozó de estabilidad política en base al juego de tres partidos que se alternaron en las alianzas del poder y de una oposición regulada a los gobiernos de turno. De un lado, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que, una vez retirados sus líderes históricos, tuvo como principal dirigente a Gonzalo Sánchez de Lozada, presidente entre 1993 y 1997 y luego en 2002-2003. Por otro lado, la Acción Democrática Nacionalista (ADN) liderada por Banzer, quien ahora disputaba el poder bajo las reglas del juego democrático y fue presidente entre 1997 y 2001. El tercer actor es el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), que se alió con los dos partidos mayores y, aunque no ganó ninguna elección, pudo, a través de un acuerdo con la ADN, alzarse con la Presidencia cuando el Congreso designó a Jaime Paz, quien había resultado tercero en las elecciones de 1989 y gobernó hasta 1993.