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Desconexiones de la izquierda bolivariana

La izquierda bolivariana ha tenido dificultades para posicionarse frente a Donald Trump e incluso llegó a considerarlo un mal menor, ya sea porque «agudizaría las contradicciones» del Imperio, porque su proyecto antiglobalizador debilitaría al neoliberalismo o, simplemente, porque se lo veía más «aislacionista». Pero el trasfondo de estas posiciones son visiones antiliberales de la democracia y la primacía de las variables geopolíticas por sobre las ideológicas stricto sensu. Por eso la posición frente a Trump no puede analizarse por fuera de la nostalgia posmarxista por el socialismo real ni de las simpatías por el régimen de Vladímir Putin en Rusia.

Desconexiones de la izquierda bolivariana

En los días previos y posteriores a la elección de Donald Trump pudo observarse una insólita corriente de simpatía hacia el nuevo mandatario de Estados Unidos en la izquierda latinoamericana, que resulta necesario explicar. Raúl Castro fue el primer presidente de la región en felicitar al nuevo inquilino de la Casa Blanca. Aunque lo criticó fuertemente en varias ocasiones, Nicolás Maduro declaró que a Trump le pasaba lo mismo que a él: que la comunidad internacional no lo comprendía y lo atacaba injustamente. Cristina Fernández y Álvaro García Linera asociaron el triunfo del magnate de Nueva York al fin del ciclo neoliberal y el inicio de una nueva era, más afín al repertorio populista1.

Fuera de México, donde acumulaba agravios desde que anunció su candidatura por la amenaza del muro fronterizo, las expresiones racistas y el llamado al abandono del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan), Trump era visto como un líder aislacionista y proteccionista, preferible a Hillary Clinton, cuyo activismo internacional en materia de derechos humanos era aborrecido por el bloque bolivariano. Las malas relaciones entre eeuu y Venezuela durante el gobierno de Barack Obama, además del malestar por la normalización diplomática con Cuba en el segmento más inmovilista de la elite insular, provocaron aquella expectativa favorable a Trump.

Se puso en evidencia, otra vez, esa vieja subordinación de la ideología a la geopolítica que históricamente ha caracterizado a la izquierda latinoamericana, aunque ahora de manera más ostensible. Si en tiempos de la Unión Soviética la geopolítica suponía el respaldo al socialismo real, en los de Vladímir Putin supone la suscripción del nuevo autoritarismo ruso, que no es universalista sino nacionalista. En medios bolivarianos como Granma, Cubadebate y Telesur hemos leído verdaderas apologías de Putin con motivo de su última reelección, que le garantizará un cuarto de siglo en el Kremlin. Solo Iósif Stalin habrá gobernado más tiempo Rusia en toda la historia moderna de ese país.

El apoyo inicial a Trump en esa izquierda –aunque más no fuera para «agudizar las contradicciones»– ponía de manifiesto la relatividad de un latinoamericanismo que daba la espalda a México, Centroamérica y la comunidad latina en eeuu, principales víctimas de la xenofobia y el racismo del mandatario. El ex-presidente ecuatoriano Rafael Correa lo expresó con más nitidez, al declarar ante una incómoda Eva Golinger que «Trump es la mejor opción para América Latina, pero Clinton para eeuu y el mundo»2. Pero estas posiciones también exponían una profunda desconexión con la propia izquierda norteamericana, que tras apoyar la candidatura de Bernie Sanders se había desplazado mayoritariamente hacia un respaldo crítico a Hillary Clinton y, en los primeros meses de 2017, ya se movilizaba a través de las diversas redes de resistencia al nuevo gobierno.

La tradición del diálogo

La desconexión iba en contra de una larga tradición de diálogo entre las izquierdas de América Latina y eeuu, que en los últimos años los historiadores han estado reconstruyendo. En The Return of the Comrade Ricardo Flores Magón [Èl regreso del camarada Ricardo Flores Magón], Claudio Lomnitz cuenta los vínculos de los anarquistas mexicanos y californianos en las primeras décadas del siglo xx3. Una zona de contacto que podría ampliarse en el tiempo y el espacio, hasta describir todo un universo fronterizo marcado por los ideales de justicia e igualdad entre obreros y campesinos.

Los estudios de Daniel Kersffeld dan cuenta del papel de algunos militantes del Workers Party de eeuu, como Linn Gale, Carleton Beals, Jay Lovestone, Jack Johnstone, Bertram Wolfe y, sobre todo, Charles Francis Phillips, quien será conocido en las redes de la izquierda internacional como «Manuel Gómez», en la creación de la Liga Antimperialista de las Américas y en la fundación de los primeros partidos comunistas latinoamericanos4. Con otro pseudónimo, Charles Shipman, Phillips escribió unas memorias tituladas It Had to Be Revolution [Tenía que ser revolución] (1993), en las que trasmitía aquella fe juvenil en un socialismo sin fronteras, en las primeras décadas del siglo xx5.

Frente al determinismo de los contextos nacionales, esgrimido tanto por los estalinistas como por los populistas, Phillips personificaba un socialismo universalista, que en los años 30 y 40 logró sobrevivir, fundamentalmente, a través del trotskismo. Trotski y la iv Internacional respaldaron al cardenismo en México y otras modalidades de «bonapartismo de izquierda» en América Latina porque pensaban que la conquista de la soberanía nacional era básica para el desarrollo del movimiento obrero mundial. En sus escritos sobre México y América Latina, Trotski llegó a valorar positivamente el efecto de la política del New Deal de Franklin Delano Roosevelt sobre el avance de los gobiernos populistas.

En sus polémicas con Luciano Galicia y los comunistas mexicanos anticardenistas y en sus debates con Víctor Raúl Haya de la Torre y los apristas, Trotski insistía en la importancia de conocer la realidad del movimiento obrero en eeuu y de no asumir que la izquierda socialista norteamericana era insensible a los problemas de América Latina. Sus vínculos con los trotskistas de Nueva York y Chicago, especialmente con James P. Cannon y Max Shachtman, que en 1938 viajaron a México y, en nombre del Partido Socialista de los Trabajadores, apoyaron la nacionalización petrolera de Lázaro Cárdenas, son buena prueba de aquella conversación transnacional.

Sus rivales, los comunistas prosoviéticos, estuvieron siempre ligados al Partido Comunista de eeuu. Antes, durante y después del liderazgo de Earl Browder y William Z. Foster, hubo una comunicación permanente entre los comunistas profesionales de ambas Américas. No pocos comunistas latinoamericanos, especialmente en Cuba, como han estudiado Caridad Massón Sena y Paula Ortiz Guilián, fueron seguidores del browderismo tras la conferencia de Teherán entre Winston Churchill, Roosevelt y Stalin de 19436. Luego de la disolución de la iii Internacional en 1943, el diálogo entre comunistas de América Latina y de eeuu continuó y sobrevivió al macartismo.

El relanzamiento de los nexos entre ambas izquierdas, en medio de la Guerra Fría, puede ilustrarse con el extraordinario respaldo que la Revolución Cubana obtuvo en Nueva York en los años 60. Hubo conexiones con Cuba en todas las zonas de aquella izquierda, desde la más prosoviética hasta la más hippie, desde la Monthly Review hasta el Village Voice, pasando por el partido de los Panteras Negras y las publicaciones de la Generación Beat7. La sovietización del socialismo cubano en los años 70 fue el punto de partida de un distanciamiento progresivo entre ambas izquierdas, que en las primeras décadas del siglo xxi, con el ascenso de los nuevos populismos, se transforma en una verdadera bifurcación.

Desencuentro en la frontera

Mientras que la izquierda norteamericana asimiló las tesis multiculturales y posmodernas de fin de siglo –feminismo, derechos de la comunidad lgtbi, medio ambiente, matrimonio igualitario, acción afirmativa, antirracismo, etc.–, la izquierda latinoamericana, especialmente en sus versiones cubana y venezolana, apostó todo a un rearme autoritario de sus sistemas, basado en la limitación de derechos civiles y políticos, el control del Estado sobre la economía y la sociedad y un nacionalismo retórico que atizaba el conflicto con eeuu.

Esa estrategia, aunque desastrosa para la economía y la sociedad de ambos países, resultó eficaz para la reproducción del poder, sobre todo, durante los ocho años de George W. Bush. Pero con la llegada de Obama a la Casa Blanca en 2008, que coincidió con el arranque de las reformas de Raúl Castro en Cuba, ese mecanismo de legitimidad simbólica, por contraposición a Washington, comenzó a deteriorarse. Cuatro años después, cuando Obama fue reelegido y Fidel Castro y Hugo Chávez entraban en sus prolongadas agonías, el bloque bolivariano comenzó a resquebrajarse.

En la Cumbre de las Américas de Cartagena, en 2012, y, sobre todo, en la de Panamá, en 2015, a la que asistió el gobierno cubano a pesar de no ser miembro de la Organización de Estados Americanos (oea), aquella crisis se hizo evidente. Castro y Obama reiteraron entonces la voluntad de avanzar en el restablecimiento de relaciones entre ambos países, anunciada el 17 de diciembre de 2014. Y en la sesión plenaria de la cita de Panamá el presidente cubano declaró que Obama era un «hombre honesto, de origen humilde»8, a contracorriente de las reiteradas expresiones de Maduro, adversas al presidente de eeuu, en su largo e incoherente discurso.

La llegada de Trump a la Presidencia se produjo en medio del incremento de la heterogeneidad política regional y la merma de la hegemonía del bloque bolivariano. Las causas de esa nueva pluralidad latinoamericana son múltiples: destitución de Dilma Rousseff en Brasil, triunfo de Mauricio Macri en Argentina, distanciamiento de Lenín Moreno de la herencia correísta en Ecuador. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedía hace una década, los gobiernos de izquierda no están interesados en colocar el antitrumpismo en el centro de su estrategia internacional. ¿Por qué? La respuesta tiene, a fuerzas, que involucrar diversos aspectos, más allá de la sintonía detectable entre los populismos de eeuu y América Latina.

El antitrumpismo de los gobiernos bolivarianos es débil, entre otras cosas, porque esos mismos gobiernos se opusieron abiertamente a las dos presidencias de Obama y a la candidatura de Clinton durante todo 2016. El rechazo a Trump tiende a volverse superfluo desde la perspectiva históricamente antisistémica de la izquierda socialista latinoamericana sobre eeuu. Al considerar la democracia una ficción, especialmente en el Imperio, esa izquierda considera a Trump como la verdadera encarnación del sistema norteamericano, por lo que su personalidad no agrega nuevos blancos al discurso crítico.

Pero también sucede que los valores que activan el movimiento anti-Trump en eeuu –feminismo, antirracismo, antihomofobia, ambientalismo, solidaridad con los migrantes, control de armas, etc.– no son centrales en la izquierda hegemónica latinoamericana. Ni siquiera las causas de los dreamers, del daca9 o de los migrantes indocumentados en eeuu tienen un peso considerable en los programas de la izquierda centroamericana o mexicana. El candidato presidencial del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena) en México, Andrés Manuel López Obrador, ha mantenido un tono sumamente respetuoso con el presidente estadounidense y ha llamado a sostener buenas relaciones con la derecha republicana de eeuu en temas bilaterales como el tlcan, el narcotráfico, la migración y la seguridad fronteriza. Cuando Trump amenazó con militarizar totalmente la frontera con México mientras se construye el muro, López Obrador dio un discurso en Ciudad Juárez en el que prometió «convencer» al presidente para que desista de sus planes y comparta su programa de desarrollo social. Los candidatos de la derecha y del centro, Ricardo Anaya y José Antonio Meade, fueron más enérgicos en sus reacciones contra las amenazas de Trump. Una tónica similar a la de López Obrador han seguido, durante los dos últimos años, gobernantes de la izquierda centroamericana como el nicaragüense Daniel Ortega y el salvadoreño Salvador Sánchez Cerén. A pesar de ser golpeados diariamente por el racismo antilatino de Trump, esos líderes no consideran necesario un posicionamiento firme contra la política migratoria de eeuu.

El aliado ruso

El movimiento anti-Trump en eeuu es particularmente heterogéneo. Ahí se ubican los restos de Occupy Wall Street, los seguidores de la campaña socialista de Sanders, los demócratas pro-Obama o pro-Hillary, las mujeres del #MeToo y los jóvenes contrarios a la Asociación Nacional del Rifle (nra, por sus siglas en inglés). Sus demandas son también variadas pero no ajenas al contexto latinoamericano, ya que incluyen proyectos de reforma política en favor de mecanismos de democracia directa, varias enmiendas constitucionales, una nueva ley electoral, efectividad de la representación y el voto, además de igualdad racial, sexual y de género.

La desconexión entre las izquierdas americanas no responde, por tanto, a la tan llevada y traída «brecha estructural» ni a la «disonancia cognitiva» ni a las «asimetrías» en el poder hemisférico, conceptos que abundan en la teoría internacional. Trump es más prepotente pero no necesariamente más poderoso que otros presidentes republicanos que lo precedieron, como los dos Bush o Ronald Reagan. De ahí que el elemento geopolítico o, más específicamente, el factor ruso, deba ser sumado a la ecuación, si es que se quiere explicar realmente la falta de espesor del antitrumpismo en la izquierda latinoamericana.

Probablemente Trump resulte menos peligroso para los latinoamericanos que otros mandatarios de eeuu porque su poder es percibido como acotado por potencias emergentes como China y Rusia, dos países con lazos cada vez más fuertes con la región. La estrecha relación de los gobiernos bolivarianos con Rusia produce, además, un silenciamiento deliberado de las acusaciones de hackeo e intervención en el proceso electoral norteamericano por parte del Buró Federal de Investigaciones (fbi, por sus siglas en inglés), la comunidad de inteligencia y el Departamento de Justicia de eeuu, donde la fiscalía especial de Robert Mueller ha venido documentando, en los últimos meses, esa operación.

Los medios y las cancillerías de los gobiernos bolivarianos no pueden dar el menor crédito a esas denuncias, por lo que, en la práctica, avalan la interferencia de Rusia en cualquier proceso electoral: el norteamericano, el alemán, el británico o el catalán. Lo que subyace al cada vez más abierto putinismo de la izquierda bolivariana es la idea de que la nueva variante autoritaria rusa es un dique necesario y, por tanto, defendible como modelo político, frente a las democracias occidentales y no únicamente a eeuu. En la medida en que Trump representa un riesgo para esas mismas democracias, su presidencia es vista como un mal menor por el bloque bolivariano.

A veces se tiene la impresión de que en Caracas y en La Habana, dos cancillerías tradicionalmente activas en la confrontación de la hegemonía hemisférica de eeuu, se ha delegado en Moscú el manejo de las tensiones con Trump. La crítica al magnate de Nueva York estuvo muy controlada en los medios de esos países entre 2015 y 2016 y, en el último año, la expectativa de un entendimiento entre Washington y Moscú ha tenido una cobertura privilegiada. Tanto la felicitación de Trump a Putin como la invitación que le hizo para que visitara la Casa Blanca, en una conversación telefónica a fines de marzo de 2018, han sido muy destacadas en Cubadebate, la página electrónica del Partido Comunista de Cuba, que sigue marcando la pauta ideológica de buena parte de la izquierda bolivariana.

En la cadena Telesur es donde mejor se plasma el putinismo de los gobiernos bolivarianos. Allí se celebra la reelección de Putin como la única opción capaz de salvar a Rusia de sus enemigos internos y externos, se exculpa sin más trámite al Kremlin por el atentado contra el ex-espía Serguéi Skripal en Londres –ya que «otros 20 países pueden producir sustancias como el Novichok»– y se certifica la «derrota total» del Estado Islámico (ei) y la «pacificación de Siria», como consecuencia de la intervención militar rusa en ese país de Oriente Medio. El presidente boliviano Evo Morales saludó la última reelección de Putin con una frase, recogida por Prensa Latina, que recuerda los tiempos de la «amistad fraternal» entre Fidel Castro y Leonid Brezhnev: «Rusia respeta la dignidad de los pueblos y garantiza el equilibrio geopolítico y la paz mundial ante la arremetida del imperialismo»10.En una entrevista reciente publicada en Nueva Sociedad, el historiador ruso Andrey Schelchkov recordaba que, a diferencia de los Mikoyán o los Gromyko de la Guerra Fría, Putin y su canciller, Serguéi Lavrov, no conducen la diplomacia de Rusia en términos ideológicos sino estrictamente geopolíticos o neorrealistas11. Su rivalidad no es específicamente con eeuu como superpotencia, mucho menos con el capitalismo o el imperialismo, sino con las democracias occidentales como bloque regional. Mientras más desunidas estén esas democracias, mayor margen de acción habrá para el afianzamiento del régimen autoritario ruso y para la expansión de su influencia, sobre todo, en Europa del Este, Oriente Medio, América Latina y el Caribe.

Es por ello que la política de Putin hacia Trump, como han reseñado en los últimos años publicaciones como The New Yorker o The New York Review of Books, puede ser definida como un «cortejo». Putin ha visto siempre a Trump como un aliado potencial porque ambos comparten la misma desconfianza ante el libre comercio, las fronteras abiertas, la división de poderes, el ambientalismo, en una palabra, la globalización. No es que no sean neoliberales, como incorrectamente diagnosticaron algunos teóricos del «socialismo del siglo xxi»: es que son nacionalistas. Y el nacionalismo pragmático los lleva a hacer un balance negativo de la globalización, en términos estrictamente geopolíticos, no ideológicos. Ambos quieren más poder para sus naciones, es decir, son imperialistas stricto sensu.

Ante el romance, todavía inconcluso, entre Putin y Trump, la izquierda bolivariana debió enfrentarse al dilema de ser putinista y, a la vez, antitrumpista. Su modo de sortear la paradoja fue suspender o aligerar la crítica a Trump y cerrar filas con Putin. El efecto es que, de un modo más evidente que en los 30 años de la Cuba soviética, la izquierda bolivariana entrega a Rusia la iniciativa de sus conflictos con eeuu, como si el interés nacional, en América Latina, fuera una franquicia en el juego de tronos entre la Casa Blanca y el Kremlin.

El malestar posmarxista

La modulación del antitrumpismo en América Latina sugiere que, como adelantaban desde los años 90 algunos historiadores y politólogos, la izquierda gobernante no solo ha dejado de ser marxista, sino que rebaja su propio nacionalismo. Aunque luche contra la globalización, esa izquierda va adaptándose a las nuevas condiciones del siglo xxi y comprende que no puede vivir sin mercado y sin buenas relaciones con eeuu. En tiempos de Fidel y Chávez, el antiimperialismo era todavía rentable para la cohesión interna. En los de Raúl y Maduro, lo más rentable es el turismo, los créditos y las inversiones.

Ninguna de las izquierdas gobernantes es marxista o socialista, en el sentido anticapitalista del término. Incluso en Cuba, la cúpula militar y empresarial ya decidió el avance al mercado, pero aplica a ese desplazamiento una rígida cronometría, ajustada al relevo biológico. Cuando hayan desaparecido los «históricos», la mitad reformista de la nueva generación se enfrentará a la otra mitad inmovilista y, si triunfa, acelerará el tránsito. Las redes bolivarianas en América Latina están involucradas en ese proceso de capitalización de Cuba, ya que en todos los casos se trata de economías con fuertes sectores públicos, pero de mercado. La economía cubana sigue siendo planificada, pero sus relaciones con las bolivarianas se basan en el principio capitalista de las ventajas comparativas del comercio exterior.

Lo que ata a esas izquierdas con el viejo socialismo real y lo que todavía las identifica con Cuba no es el anticapitalismo o la confrontación con eeuu, sino la ausencia de democracia. En el territorio de las Américas, la isla sigue siendo la alternativa más clara a la forma de gobierno democrática, seguida de cerca por Venezuela. El mismo rol regional que cumplen Cuba y Venezuela lo cumplen China y Rusia a escala global. Con la novedad, descrita recientemente por David Brooks en el New York Times, de que Xi Jinping y, sobre todo, Putin no son ahora líderes únicamente admirados por las izquierdas latinoamericanas sino, también, por las derechas y los conservadurismos europeos del oeste o del este12.

En la admiración a Putin están unidos Nicolás Maduro y Donald Trump, Raúl Castro y Marine Le Pen, Viktor Orbán y Evo Morales. No se trata de una exageración analítica sino de una observación comprobable a través de la prensa. Putin, precisamente por haber abandonado ese malestar posmarxista que todavía afecta a los cubanos y a sus seguidores acríticos en América Latina, ha dado con la fórmula autoritaria perfecta para la lucha por el poder global en el siglo xxi. Su nacionalismo imperial, decimonónico, bismarckiano y no marxista es la respuesta que buscaban los enemigos de la globalización en Occidente. No China, cuyo capitalismo entona bastante con el liberalismo occidental, ni Cuba, que todavía no logra remontar el modelo soviético, sino Rusia.

En Cuba y, en menor medida, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, el malestar posmarxista produce un putinismo inconfeso, que se libera por medio de una nostalgia del socialismo real, que ni siquiera Putin siente. El paradigma de Putin, como el de su filósofo de cabecera Ivan Ilyin, es la Rusia de la Edad de Plata, no la urss de Stalin. El lenguaje neosoviético de los cubanos o el bolivariano de los venezolanos también obstruyen las conexiones con la izquierda antitrumpista, donde es más fácil localizar herencias del marxismo crítico e, incluso, del anarquismo y el trotskismo. La tradición heterodoxa del marxismo está más viva en Jacobin o la New Left Review que en Cuba Socialista, la revista teórica del Partido Comunista cubano.

El malestar posmarxista se expresa de manera crónica en Cuba. La discordancia entre la ideología oficial del Estado –el «marxismo-leninismo»– y las premisas reales de la política interna y externa del gobierno no podría ser mayor. Desde el punto de vista del marxismo soviético, Trump, Putin y Maduro serían «caudillos burgueses o pequeño-burgueses», como el propio Marx y luego los manuales moscovitas consideraban a Simón Bolívar o a Juan Domingo Perón. Pero en Cuba, como en Venezuela, las ideas terminan cuando empiezan las amistades políticas. Especialmente, en una prolongada situación límite como la de ambas economías en los últimos años.

El putinismo de la izquierda bolivariana no es, y no puede ser, antitrumpista, porque en el fondo busca que Trump voltee definitivamente la espalda a la democracia norteamericana y se alíe con los nuevos autoritarismos del siglo xxi. Dicho de otra manera, lo que quisieran los gobiernos bolivarianos de América Latina es hacer negocios con Trump. Negocios, entiéndase, sin normas precisas de respeto a los derechos humanos y sin los protocolos ambientales y fiscales del siglo xxi. Algo que tal vez a Trump no le desagrade hacer, pero para lo que se requeriría pasar por encima de un sistema político que se asume como garante universal de la forma democrática de gobierno.

  • 1.

    La ex-presidenta argentina sostuvo: «Que nadie se confunda. En eeuu no ganó el Partido Republicano. Ganó alguien que emergió de la crisis de representación política desatada a partir de la aplicación de las políticas económicas neoliberales del Consenso de Washington (…) No hubo un voto racista, no caigamos en los estereotipos (…) sino que los americanos votaron principalmente romper con un modelo económico que les quitó el trabajo y la casa (…) Si después cumple o no, se verá, pero eso es lo que prometió: devolverles el trabajo» («El mundo está abandonando las políticas neoliberales» en Página/12, 11/11/2016). Por su parte, el vicepresidente boliviano declaró: «El nuevo presidente de eeuu, Donald Trump, acaba de certificar la autopsia de este cadáver insepulto. El presidente de la nación más poderosa y rica del mundo ha anunciado su guerra a muerte a los tratados de libre comercio. Ha anunciado su voluntad de construir gigantescas murallas feudales para encerrar a su país del resto del mundo, y que por si fuera poco ha anunciado que la economía proteccionista, esa que fue demonizada por [Ronald] Reagan, [George W.] Bush, [Margaret] Thatcher y el Banco Mundial, es ahora la única vía que ha de llevar a la prosperidad y fortaleza de su nación, en otras palabras, el presidente Trump ha firmado el acta de defunción de la globalización neoliberal» (Paulo Cuiza: «García dice que con Trump muere el neoliberalismo y destaca como alternativa el modelo boliviano» en La Razón, 22/1/2017).

  • 2.

    «¿Por qué Correa afirma que Trump es la mejor opción para América Latina?», video en rt en español, 30/9/2016, disponible en www.youtube.com/watch?v=2_l_hqyious.

  • 3.

    Zone Books, Nueva York, 2014.

  • 4.

    D. Kersffeld: Contra el imperio. Historia de la Liga Antiimperialista de las Américas, Siglo xxi, Ciudad de México, 2012.

  • 5.

    C. Shipman: It Had to Be Revolution. Memoirs of an American Radical, Cornell University Press, Ithaca, 1993.

  • 6.

    P. Ortiz Guilián: «El browderismo y su influencia en el primer Partido Comunista de Cuba» en C. Massón (ed.): Las izquierdas latinoamericanas. Multiplicidad y experiencias desde el siglo xx, Ariadna, Santiago de Chile, 2017.

  • 7.

    R. Rojas: Traductores de la utopía. La Revolución cubana y la nueva izquierda de Nueva York, fce, Ciudad de México, 2016.

  • 8.

    «Discurso de Raúl Castro en Panamá impacta en redes sociales» en Granma, 11/4/2015.

  • 9.

    «Qué es daca y qué efectos tiene que el gobierno de Trump haya revocado la política que ampara a 750.000 jóvenes indocumentados en Estados Unidos» en bbc Mundo, 5/9/2017.

  • 10.

    «Saluda Evo Morales victoria de Vladimir Putin en elecciones en Rusia» en Prensa Latina, 19/3/2018.

  • 11.

    Mariano Schuster: «Las claves del putinismo. Entrevista a Andrey Schelchkov» en Nueva Sociedad edición digital, 3/2018, disponible en www.nuso.org.

  • 12.

    David Brooks: «Vladimir Putin, the Most Influential Man in the World» en The New York Times, 2/4/2018.