Coyuntura

Desafíos del multilateralismo afirmativo

Históricamente, Brasil, como el resto de América Latina, entendió el multilateralismo en un sentido defensivo, como una forma de evitar la injerencia de los países desarrollados y conservar cierta autonomía. Pero esto ha cambiado. El nuevo paradigma de actuación externa de Brasil incluye iniciativas activas orientadas a mejorar la gobernabilidad global, desde las coaliciones con países como África del Sur, China e India, hasta los esfuerzos por reformar el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o lograr que las naciones industriales eliminen los subsidios agrícolas. Esto se refleja en un cambio en el paradigma de desarrollo nacional y en un énfasis renovado en la integración regional sudamericana.

Desafíos del multilateralismo afirmativo

Las preocupantes conclusiones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, recientemente divulgadas, definen un desafío central en el inicio del siglo XXI: ¿cómo repartir los costos del desarrollo entre naciones tan diferentes en sus niveles de prosperidad y en su contribución al actual estado de deterioro del planeta? En otras palabras, ¿cómo distribuir equitativamente las responsabilidades entre aquellos países que desean mantener su actual nivel de vida y consumo y aquellos que desean alcanzar niveles comparables de bienestar? ¿Cómo construir un sistema de diálogo y concertación internacional que haga que la percepción acerca de la creciente interdependencia mutua nos lleve a trabajar en beneficio de todos, en lugar de servir de disculpa, como vemos hoy, para que cada uno busque ventajas unilaterales?

El tema de la gobernanza global surge del cruce (o incluso del choque) entre dos fenómenos de la realidad contemporánea: las múltiples facetas de la globalización, por un lado, y la ola democratizadora que recorre varias regiones del mundo, por el otro.

La globalización, entendida en un sentido amplio como una creciente interdependencia económica, ambiental y de seguridad a escala planetaria, exige a los países subordinarse a un sistema internacional cada vez más integrado e interconectado, si no quieren correr el riesgo de quedar aislados de las ventajas y los beneficios del mundo moderno. Esto implica, especialmente para los países llamados «periféricos», una significativa cesión de soberanía y la abdicación de parte de su capacidad para formular políticas nacionales autónomas.

En contraste, la progresiva consolidación de la democracia, sobre todo en algunas partes del mundo en desarrollo, se expresa en la toma de conciencia política y la movilización reivindicatoria de las clases históricamente marginales. El ascenso de los gobiernos de izquierda, especialmente en América Latina, deja una lección clara: la consolidación –e incluso la supervivencia– de la democracia exige que sus instituciones y sus prácticas políticas sean instrumentos efectivos de inclusión social y bienestar económico.

¿Cómo compatibilizar políticas públicas volcadas hacia las necesidades de la sociedad local, por una parte, con modelos y prácticas económicos y sociales impuestos bajo los imperativos de la inserción competitiva en un mundo globalizado, por la otra? A responder esta pregunta dedicamos las siguientes líneas.

Nuevos paradigmas internacionales

El economista austríaco Joseph Schumpeter atribuía la persistencia del capitalismo a su capacidad de «destrucción competitiva», es decir, a su notable poder de renovación radical y permanente.

Podríamos sugerir, por analogía, que la misma capacidad es necesaria en el ámbito de las relaciones internacionales. Al igual que la mayoría de los países en desarrollo, Brasil defiende el multilateralismo. Históricamente, esta posición se explicaba por una perspectiva que podría clasificarse como defensiva. Dentro de la tradición del derecho internacional latinoamericano que se consolida a fines del siglo XIX, el multilateralismo se veía como un instrumento para limitar el recrudecimiento del intervencionismo de las grandes potencias occidentales en la región. Se esperaba que la unión de los débiles alrededor de los conceptos clásicos de la igualdad soberana de los Estados y la no injerencia en los asuntos internos permitiera no solo proteger la soberanía nacional, sino también proveer un mínimo de autonomía en la actuación internacional de países que aún luchaban para consolidarse política, económica y territorialmente.

Pero hoy, a inicios del siglo XXI, Brasil ha cambiado y también ha cambiado el equilibrio de fuerzas en la escena internacional, una realidad confirmada por el ascenso de las llamadas «economías emergentes». En la actualidad, Brasil defiende un multilateralismo fundamentalmente afirmativo. Esto se explica por el hecho de que los mecanismos de decisión en el sistema de las Naciones Unidas han demostrado ser cada vez menos adecuados. Aun después de superado el conflicto ideológico impuesto por la Guerra Fría, la Asamblea General, el único foro de representación verdaderamente universal, sigue paralizada. Tampoco hay muchas señales prometedoras de que el Consejo de Seguridad se reforme de manera de darle voz al mundo en desarrollo. No debe sorprender, por lo tanto, que el sistema internacional se revele incapaz de responder a los viejos desafíos planteados luego de 1945, particularmente el subdesarrollo crónico de amplias regiones del mundo, mientras que el aumento del gasto en armamentos, incluso nucleares, continúa amenazando la seguridad colectiva. En este contexto, las dos banderas históricas del tercermundismo –un nuevo orden económico y el desarme– conservan su vigencia.

Al mismo tiempo, son igualmente frustrantes los resultados de los esfuerzos internacionales para encontrar respuestas a otros problemas graves, como el terrorismo, la degradación ambiental, el crimen transnacional y los conflictos étnico-religiosos. Estas nuevas amenazas, a diferencia de las generadas por la existencia de armas de destrucción masiva, no se encuentran en manos de un pequeño club de potencias capaces de imponer las reglas de la convivencia internacional. No hay soluciones simples ni unilaterales para estos fenómenos emergentes y, por lo tanto, no será mediante un nuevo equilibrio de poder entre grandes potencias como se resolverán. Para enfrentarlos, es necesario avanzar hacia una gobernabilidad más democrática basada en reglas más transparentes y representativas, capaces de construir consensos en torno de estos desafíos planetarios.

El cambio climático, el desarrollo sostenible, las nuevas fuentes de energía renovables, la lucha contra el hambre y la exclusión social y el financiamiento para el desarrollo son temas centrales que requieren que la voz de los países emergentes sea escuchada. Esto es lo que se ve, en forma embrionaria, en la Cumbre Ampliada que, desde 2003, promueve encuentros entre los líderes de África del Sur, Brasil, China, India y México y los líderes del G-8.