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De puño y letra. Algunas reflexiones en torno al Ché, sus escritos y su época.

A 38 años de su asesinato en Bolivia, la polifacética figura de Ernesto Guevara sigue vigente. Casi todo está dicho, escrito o mostrado sobre el Che: hijo, asmático, lector, viajero, fotógrafo, médico, guerrillero, comandante, mito, icono. Sin embargo, siempre queda algo más para contar.El presente ensayo es un acercamiento a Guevara como escritor, que presta especial atención a las representaciones que construye en sus escritos sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Se presentan algunas reflexiones a partir de textos de y sobre el Che, teniendo particularmente en cuenta el contexto de los años 60.

De puño y letra. Algunas reflexiones en torno al Ché, sus escritos y su época.

Algunas reflexiones en torno al Che, sus escritos y su época

A 38 años de su asesinato en Bolivia, la polifacética figura de Ernesto Guevara sigue vigente. Casi todo está dicho, escrito o mostrado sobre el Che: hijo, asmático, lector, viajero, fotógrafo, médico, guerrillero, comandante, mito, icono. Sin embargo, siempre queda algo más para contar. El presente ensayo es un acercamiento a Guevara como escritor, que presta especial atención a las representaciones que construye en sus escritos sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Se presentan algunas reflexiones a partir de textos de y sobre el Che, teniendo particularmente en cuenta el contexto de los años 60.

Resulta sumamente difícil aproximarse a la figura de Ernesto Guevara, tan abordada desde una multiplicidad de perspectivas y géneros. Casi todo está dicho, escrito, mostrado. Su entrada triunfal en Santa Clara en 1959 y, sobre todo, su asesinato en octubre de 1967, en Bolivia, generaron un aluvión de artículos, libros, biografías, poemas, canciones, fotos, a través de los cuales se despliega un Che «polifacético», como lo caracterizó alguna vez Raúl Castro, en medio de la Sierra Maestra, cuando junto con las provisiones y armamentos le llevaron un libro de álgebra: hijo, asmático, viajero, médico, fotógrafo, guerrillero, comandante, argentino, cubano, mito, icono.

En el magnífico artículo «Ernesto Guevara, rastros de lectura», Ricardo Piglia desarrolla una mirada sobre el Che –que ya también otros habían ensayado– como lector. Debido a los largos periodos que debe pasar en la cama por los ataques de asma, durante su infancia Guevara «se convierte en un lector voraz». Se van así constituyendo y entrelazando algunos rasgos que lo van a acompañar toda su vida: el asma y la lectura.

Junto con estos dos aspectos, aparece otra faceta que Piglia también menciona un poco al pasar, y es la de escritor. En 1945, el Che escribe las primeras notas sobre sus lecturas: su propio «diccionario filosófico», cuidadosamente organizado por orden alfabético, con índice temático y de autores, con citas y comentarios de diversas obras de Freud, Nietzsche, Marx, Engels, así como también de cuentos y poemas de Faulkner, Neruda, Darío. En su primer viaje por Argentina, en 1950, no solo estudia y prepara exámenes para recibirse de médico; también va aprendiendo a narrar y practica en su diario la descripción de paisajes y el uso de metáforas. Se forma así una nueva relación entre lectura, escritura y viajes: toma nota de las cosas que lee y las que observa en sus recorridos para después escribir un relato de esas experiencias.

Desde entonces, Ernesto Guevara no paró de escribir: diarios, notas de lectura, cartas, poemas, reseñas periodísticas, textos políticos. En algún momento incluso pensó en ser escritor, como lo reconoce al referirse a Ernesto Sabato en una carta que escribió desde La Habana en 1960: «poseedor de lo que para mí era lo más sagrado del mundo, el título de escritor». Claramente, la experiencia de la guerra revolucionaria modificó en buena medida sus parámetros anteriores, transformándolo también a él.

El presente ensayo es un intento de recuperar la figura de Ernesto Guevara como escritor, prestando especial atención a las construcciones que realiza sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Sin embargo, resulta necesaria una primera advertencia sobre estas líneas: no se trata de un análisis sistemático de sus escritos o su pensamiento, sino del esbozo de algunas reflexiones e ideas a partir de textos de y sobre el Che, especialmente sus Pasajes de la guerra revolucionaria.

En tal sentido, a la dificultad inicial de abordar una figura sobre la que aparentemente todo está dicho, se suma otra: la de tratar de recuperar e interpretar al Che en las circunstancias actuales, profundamente diferentes de las de aquella época. Tras los drásticos cambios que han ocurrido desde los 60, resulta una tarea compleja ver la figura del Che «como entonces», como bien señala Paco Ignacio Taibo II en el prólogo de su libro Ernesto Guevara, también conocido como el Che. Pero, al mismo tiempo, significa un estimulante desafío.

Escribir la revolución

En el prólogo de Pasajes de la guerra revolucionaria, Guevara plantea la intención, compartida por otros, de escribir una historia de la Revolución Cubana a partir de los recuerdos personales y las experiencias de quienes la hicieron. ¿Cuál sería el sentido de narrar acontecimientos que, como él mismo reconoce, «ya pertenecen, incluso, a la historia de América»? El objeto manifiesto es fijar los hechos que constituyen la gesta revolucionaria antes de que se disuelvan en el pasado. Sin embargo, una lectura atenta no puede pasar por alto que Guevara no habla de narrar sino de «hacer» esa historia. Quizás resulte exagerado sostener que, al escribir la revolución, la está haciendo –más cuando, de hecho, el Che participó en sus luchas, puso su cuerpo, hizo la revolución–; no cabe duda de que, en cambio, sí busca establecer cierta historia del proceso revolucionario. Muchos analistas han advertido que uno de los primeros actos de todo movimiento político triunfante es reescribir el pasado. Es que, finalmente, el pasado no existe como tal. La historia se constituye, entonces, en referente obligado del discurso político, puesto que las confrontaciones de proyectos se despliegan en la arena de la historia, o mejor dicho, a través de las interpretaciones que se hagan de ella. El comandante Guevara no descuidó este campo de batalla, y seguramente habría coincidido con Edmundo O’Gorman en que la historia «no es otra cosa sino la adecuación del pasado humano (selección) a las exigencias vitales del presente». En tal sentido, escribir una historia de la revolución es darle cierto orden, establecer cierta lectura de los acontecimientos y, por lo tanto, es claramente un proyecto político.

Una imagen que surge nítidamente del relato, sobre todo en sus primeros tramos, es la de un grupo de aventureros, mal armados o en muchos casos desarmados, inexpertos, sin alimentos, llenos de incertidumbre e, incluso, hasta cierto punto pesimistas respecto al futuro. Durante los entrenamientos realizados antes de embarcarse en el Granma hacia Cuba, el Che cuenta: «Mi impresión casi instantánea, al escuchar las primeras clases, fue la posibilidad de triunfo que veía muy dudosa al enrolarme con el comandante rebelde, al cual me ligaba, desde el principio, un lazo de romántica simpatía aventurera y la consideración de que valía la pena morir en una playa extranjera por un ideal tan puro».