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De puño y letra. Algunas reflexiones en torno al Ché, sus escritos y su época.

A 38 años de su asesinato en Bolivia, la polifacética figura de Ernesto Guevara sigue vigente. Casi todo está dicho, escrito o mostrado sobre el Che: hijo, asmático, lector, viajero, fotógrafo, médico, guerrillero, comandante, mito, icono. Sin embargo, siempre queda algo más para contar.El presente ensayo es un acercamiento a Guevara como escritor, que presta especial atención a las representaciones que construye en sus escritos sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Se presentan algunas reflexiones a partir de textos de y sobre el Che, teniendo particularmente en cuenta el contexto de los años 60.

De puño y letra. Algunas reflexiones en torno al Ché, sus escritos y su época.

Algunas reflexiones en torno al Che, sus escritos y su época

A 38 años de su asesinato en Bolivia, la polifacética figura de Ernesto Guevara sigue vigente. Casi todo está dicho, escrito o mostrado sobre el Che: hijo, asmático, lector, viajero, fotógrafo, médico, guerrillero, comandante, mito, icono. Sin embargo, siempre queda algo más para contar. El presente ensayo es un acercamiento a Guevara como escritor, que presta especial atención a las representaciones que construye en sus escritos sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Se presentan algunas reflexiones a partir de textos de y sobre el Che, teniendo particularmente en cuenta el contexto de los años 60.

Resulta sumamente difícil aproximarse a la figura de Ernesto Guevara, tan abordada desde una multiplicidad de perspectivas y géneros. Casi todo está dicho, escrito, mostrado. Su entrada triunfal en Santa Clara en 1959 y, sobre todo, su asesinato en octubre de 1967, en Bolivia, generaron un aluvión de artículos, libros, biografías, poemas, canciones, fotos, a través de los cuales se despliega un Che «polifacético», como lo caracterizó alguna vez Raúl Castro, en medio de la Sierra Maestra, cuando junto con las provisiones y armamentos le llevaron un libro de álgebra: hijo, asmático, viajero, médico, fotógrafo, guerrillero, comandante, argentino, cubano, mito, icono.

En el magnífico artículo «Ernesto Guevara, rastros de lectura», Ricardo Piglia desarrolla una mirada sobre el Che –que ya también otros habían ensayado– como lector. Debido a los largos periodos que debe pasar en la cama por los ataques de asma, durante su infancia Guevara «se convierte en un lector voraz». Se van así constituyendo y entrelazando algunos rasgos que lo van a acompañar toda su vida: el asma y la lectura.

Junto con estos dos aspectos, aparece otra faceta que Piglia también menciona un poco al pasar, y es la de escritor. En 1945, el Che escribe las primeras notas sobre sus lecturas: su propio «diccionario filosófico», cuidadosamente organizado por orden alfabético, con índice temático y de autores, con citas y comentarios de diversas obras de Freud, Nietzsche, Marx, Engels, así como también de cuentos y poemas de Faulkner, Neruda, Darío. En su primer viaje por Argentina, en 1950, no solo estudia y prepara exámenes para recibirse de médico; también va aprendiendo a narrar y practica en su diario la descripción de paisajes y el uso de metáforas. Se forma así una nueva relación entre lectura, escritura y viajes: toma nota de las cosas que lee y las que observa en sus recorridos para después escribir un relato de esas experiencias.

Desde entonces, Ernesto Guevara no paró de escribir: diarios, notas de lectura, cartas, poemas, reseñas periodísticas, textos políticos. En algún momento incluso pensó en ser escritor, como lo reconoce al referirse a Ernesto Sabato en una carta que escribió desde La Habana en 1960: «poseedor de lo que para mí era lo más sagrado del mundo, el título de escritor». Claramente, la experiencia de la guerra revolucionaria modificó en buena medida sus parámetros anteriores, transformándolo también a él.

El presente ensayo es un intento de recuperar la figura de Ernesto Guevara como escritor, prestando especial atención a las construcciones que realiza sobre las transformaciones de su época y su propia persona. Sin embargo, resulta necesaria una primera advertencia sobre estas líneas: no se trata de un análisis sistemático de sus escritos o su pensamiento, sino del esbozo de algunas reflexiones e ideas a partir de textos de y sobre el Che, especialmente sus Pasajes de la guerra revolucionaria.

En tal sentido, a la dificultad inicial de abordar una figura sobre la que aparentemente todo está dicho, se suma otra: la de tratar de recuperar e interpretar al Che en las circunstancias actuales, profundamente diferentes de las de aquella época. Tras los drásticos cambios que han ocurrido desde los 60, resulta una tarea compleja ver la figura del Che «como entonces», como bien señala Paco Ignacio Taibo II en el prólogo de su libro Ernesto Guevara, también conocido como el Che. Pero, al mismo tiempo, significa un estimulante desafío.

Escribir la revolución

En el prólogo de Pasajes de la guerra revolucionaria, Guevara plantea la intención, compartida por otros, de escribir una historia de la Revolución Cubana a partir de los recuerdos personales y las experiencias de quienes la hicieron. ¿Cuál sería el sentido de narrar acontecimientos que, como él mismo reconoce, «ya pertenecen, incluso, a la historia de América»? El objeto manifiesto es fijar los hechos que constituyen la gesta revolucionaria antes de que se disuelvan en el pasado. Sin embargo, una lectura atenta no puede pasar por alto que Guevara no habla de narrar sino de «hacer» esa historia. Quizás resulte exagerado sostener que, al escribir la revolución, la está haciendo –más cuando, de hecho, el Che participó en sus luchas, puso su cuerpo, hizo la revolución–; no cabe duda de que, en cambio, sí busca establecer cierta historia del proceso revolucionario. Muchos analistas han advertido que uno de los primeros actos de todo movimiento político triunfante es reescribir el pasado. Es que, finalmente, el pasado no existe como tal. La historia se constituye, entonces, en referente obligado del discurso político, puesto que las confrontaciones de proyectos se despliegan en la arena de la historia, o mejor dicho, a través de las interpretaciones que se hagan de ella. El comandante Guevara no descuidó este campo de batalla, y seguramente habría coincidido con Edmundo O’Gorman en que la historia «no es otra cosa sino la adecuación del pasado humano (selección) a las exigencias vitales del presente». En tal sentido, escribir una historia de la revolución es darle cierto orden, establecer cierta lectura de los acontecimientos y, por lo tanto, es claramente un proyecto político.

Una imagen que surge nítidamente del relato, sobre todo en sus primeros tramos, es la de un grupo de aventureros, mal armados o en muchos casos desarmados, inexpertos, sin alimentos, llenos de incertidumbre e, incluso, hasta cierto punto pesimistas respecto al futuro. Durante los entrenamientos realizados antes de embarcarse en el Granma hacia Cuba, el Che cuenta: «Mi impresión casi instantánea, al escuchar las primeras clases, fue la posibilidad de triunfo que veía muy dudosa al enrolarme con el comandante rebelde, al cual me ligaba, desde el principio, un lazo de romántica simpatía aventurera y la consideración de que valía la pena morir en una playa extranjera por un ideal tan puro».

Muchos han querido ver en su participación cierto carácter aventurero, o una supuesta búsqueda constante de peligro. Desde pequeño, el Che se caracterizó por su temeridad. Con todo, es interesante lo que Dolores Moyano, una amiga de la infancia, señala en ese sentido: «Los desafíos de Ernesto a la muerte, su coqueteo hemingwayano con el peligro no eran impetuosos ni exhibicionistas. Cuando hacía algo peligroso o prohibido, como comer gis o caminar sobre una valla, la actitud subyacente era intelectual, los motivos ocultos eran la experimentación». Este rasgo va a estar presente a lo largo de la vida del Che: la experimentación, la búsqueda constante de conocimientos y experiencias, tanto en los libros como en la realidad.

La misma experimentación se manifiesta también en sus propios textos. En este sentido, el relato de Pasajes... va construyendo la gesta revolucionaria y la figura misma del revolucionario que el propio Che encarna de manera pedagógica, como aprendizaje a partir de los errores. En esto puede reconocerse, asimismo, una característica del arte de narrar que Walter Benjamin señala en El narrador. Si bien Benjamin piensa la figura del narrador en relación con la tradición oral, puede observarse en Guevara una orientación hacia lo práctico: el que narra tiene consejos para dar a partir de la experiencia vivida y transmitida o de la interacción con aquellos que escuchan su historia. En varios momentos estos consejos o moralejas son incluso explícitos, como cuando a fines de enero de 1957 los revolucionarios sufren un ataque aéreo en una loma cerca de Caracas: «Muchas discusiones tuvimos de cómo se había producido la sorpresa y el ataque de los aviones y todos coincidimos en que la cocina de día y el humo que desprendiera la fogata había guiado los aviones [...] los recuerdos de aquella sorpresa pesaron en el ánimo de la tropa y hasta el final no se hicieron fogones al aire libre». El narrador aparece aquí como portavoz de una construcción social, de la interacción, lo que diferencia y contrapone el relato de Guevara a la novela, cuyo nacimiento, según Benjamin, es producto del «individuo en soledad».Siguiendo este mismo camino, la relación con la escritura y la lectura –y, más en general, con el conocimiento– adquiere otra dimensión. Durante su tiempo en Sierra Maestra, el Che se ocupa de dar cierta orientación política a los combatientes, pero sobre todo les enseña a leer y escribir a algunos de ellos. En el relato, la noción de enseñanza se amplía, nuevamente, al incorporar la dimensión pedagógica. En este sentido, resulta emblemática la relación con el guajiro Julio Zenón Acosta, a quien introduce en las primeras letras. Pero el proceso de enseñanza y aprendizaje no es unidireccional, sino un intercambio enriquecedor para todos. Porque si bien Acosta no sabía leer y escribir, aportaba otros conocimientos al grupo: conocía la zona, ayudaba a sus compañeros que todavía no tenían la fuerza suficiente para soportar las dificultades de la vida guerrillera, era el que hacía el fuego, incluso en días de lluvia. La función pedagógica no termina ahí. Una vez más, el Che cuenta su historia como un ejemplo para los demás.

Hay otro episodio similar que tiene lugar, hacia mediados de mayo, en un poblado cercano a El Hombrito, donde Guevara ejerce como médico. La confrontación con la realidad campesina –como en su momento habían sido los viajes por América Latina– produce una transformación. Se empieza a hacer carne en él la conciencia de la necesidad de un cambio radical. De esta manera, la guerrilla se fue fusionando con el campesinado, «sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino se produjo». Incluso, quizás sin sospecharlo, la interacción con los campesinos y sus realidades fue conformando la conciencia revolucionaria.

El desarrollo del texto va mostrando insistentemente esta difícil construcción permanente del ejército rebelde, que también puede servir de analogía para pensar otras construcciones, como la del socialismo. En «El socialismo y el hombre en Cuba», enviado a Carlos Quijano en 1965, tras sus experiencias en el continente africano, Guevara dice: «El cambio no se produce automáticamente en la conciencia [...] las variaciones son lentas y no son rítmicas; hay períodos de aceleración, otros pausados e incluso, de retroceso».

Justamente este texto muestra las idas y vueltas propias de ese periodo de transición que él mismo describe y recorre, poniendo a su vez en evidencia una tensión –presente en gran parte de sus textos– entre el relato de la experiencia y la guía para la acción. Aquí se inclina por la primera: «Es nuestra experiencia, no una receta».También en el principio de Pasajes... se hace evidente la tensión entre excepcionalidad y generalidad, entre lo particular y lo universal. La historia de Cuba y su revolución está fuertemente vinculada con la presencia estadounidense y sus agresiones imperialistas, que son ejercidas en todo el continente americano. Pero, al mismo tiempo, la Revolución Cubana marca excepciones que Guevara identifica con la figura carismática y el liderazgo de Fidel Castro.

Si esto es así para una importante cantidad de analistas de la historia de Cuba, del relato de Guevara pueden desprenderse muchas más particularidades. Llama la atención cómo se cuelan ciertas características suyas e imprimen una perspectiva totalmente particular a sus relatos. Los momentos más angustiantes y difíciles de su historia sobre la guerra revolucionaria en Cuba no están asociados a los combates con el ejército de Fulgencio Batista, sino a sus ataques de asma. Es así que la salida de la casa de Epifanio Díaz, a mediados de febrero de 1957, marca para Guevara «la etapa más penosa de la guerra», ya que la falta de medicina le impide controlar un ataque asmático y lo obliga a separarse del resto del grupo y, junto con un único compañero, pasar «diez de los días más amargos de la lucha en la Sierra». Estos episodios, y la angustia asociada a ellos, se despliegan en la primera parte del relato, desde la metáfora del «asmático caminar» del Granma hasta los días que pasó en el pico Turquino, cuando debido a su estado de salud le retiraron el arma para que la utilizara otro. De esta manera, Pasajes... aparece como un texto fundamentalmente testimonial y personal de la experiencia de la guerra revolucionaria, donde es representada, o se va construyendo en la trama misma, una figura del Che muy humana, con sus temores, sus fortalezas, sus debilidades y su asma.

De la excepción a la regla

La Revolución Cubana fue percibida como un proceso totalmente nuevo y original, que rompía con los esquemas establecidos. En un discurso sobre el balance del proceso revolucionario pronunciado a fines de enero de 1959, Guevara señala: «El ejemplo que nuestra revolución ha significado para la América Latina y las enseñanzas que implica haber destruido todas las teorías de salón: hemos demostrado que un grupo pequeño de hombres decididos, apoyados por el pueblo y sin miedo a morir si fuera necesario, puede llegar a imponerse a un ejército regular disciplinado y derrotarlo definitivamente».

Se va configurando otra lectura de los acontecimientos, que también estaba presente en Pasajes de la guerra revolucionaria. Por cierto, como el mismo Che expresa en el prólogo, los relatos se refieren solo a una parte de la guerra revolucionaria, la que él mismo protagonizó. De cualquier manera, apenas comienza a desarrollarse el texto, se comprueba que no es solo el relato de una parte, sino quizás de la principal. Aunque puede «leerse» en términos pedagógicos como la conformación de una guerrilla a partir de los errores y de la propia experiencia, también puede abordarse desde otra perspectiva: a partir de la audacia y el coraje de un puñado de hombres que logró ir superando las dificultades hasta conformar un ejército rebelde que enfrentó y derrotó a un régimen. Es posible, así, construir la historia de la Revolución Cubana con un fuerte énfasis en la lucha armada a partir de un «foco» guerrillero.

¿Cómo se pasa del relato particular de una guerra a partir de la experiencia a su generalización? ¿Qué tipos de desplazamiento se efectúan para dejar ver un hecho tan excepcional, creativo y original como la Revolución Cubana?El mismo Che escribió, en abril de 1961, un texto que justamente lleva por nombre «Cuba ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?». Allí vuelven a aparecer las tensiones entre la excepcionalidad y la regla. En este caso, sin embargo, se vuelca a la segunda. Agrega a los elementos particulares la situación de confusión inicial de los Estados Unidos y la burguesía, pero los contrapone a otra serie de elementos comunes a toda América Latina como el latifundio, el hambre y el subdesarrollo.

Mientras que en Pasajes... se marca una diferencia política y táctica entre la Sierra y el Llano, en La guerra de guerrillas el eje va a ir desplazándose hacia la centralidad de la lucha en el campo encabezada por una vanguardia política. Como bien lo resalta Piglia, la concepción guevarista de la guerrilla no deja de ser personal, ya que aparece plasmada en ella su propia experiencia. El ejército guerrillero se caracteriza por no tener un lugar fijo: solo la marcha, el movimiento continuo, con avances y retrocesos, como la vida misma del Che.

Esto no deja de plantear conflictos en los manuscritos de Guevara y, seguramente, en él mismo. Hay una escena en Pasajes... que resulta interesante en el marco de esta tensión entre conocimiento escrito y experiencia, entre teoría y práctica. Tras la sorpresa de Alegría del Pío, los revolucionarios se encuentran anímicamente derrotados, sin rumbo y sin provisiones; al Che se le ocurre entonces repetir un experimento que había leído «en algunas publicaciones semicientíficas o en alguna novela» para lograr agua potable. El resultado es tan desastroso que se gana la crítica de todos sus compañeros. Una situación similar relata en relación con la brújula, instrumento que, antes de su experiencia en Cuba, consideraba valioso. Sin embargo, al tiempo de andar, se percató de que «en lugares tan escabrosos como la Sierra Maestra, la brújula solamente puede servir de orientación general, nunca para marcar rumbos definitivos; el rumbo hay que trazarlo con guías o conociendo por sí mismo el terreno». A partir de estas enseñanzas extraídas de la propia experiencia, es difícil pensar cómo un texto como La guerra de guerrillas, que en cierta manera estuvo pensado como un «manual», podría cumplir una función de orientación que la brújula demostró no tener.

En rigor de verdad, será Régis Debray, en su texto «¿Revolución en la revolución?», quien termine de sintetizar y simplificar los fundamentos principales de la «estrategia foquista», dándole una dimensión de teoría y guía práctica para la acción, de manera mucho más clara que en los distintos textos del Che, en los que aparece bastante dispersa.

La singularidad de los años

La Revolución Cubana apareció como un acto fundacional que abrió una nueva época. Si se la considera junto con el proceso de descolonización que había comenzado años antes y la resistencia vietnamita, es posible componer el entramado de relaciones sociales, políticas, económicas y culturales que creaban la sensación de que el cambio radical era inminente.El centro se desplazaba de Europa y la iniciativa se ubicaba en la periferia. Con este movimiento, la idea de «foco» y de «cerco» –que el Che había reelaborado a partir de la estrategia de Mao en China– se trasladaba a la escena internacional. Pero, al mismo tiempo, este descentramiento permitía construir o resignificar la idea de universalidad, lo que llevó a Octavio Paz a escribir: «Por primera vez somos contemporáneos de todos los hombres».

De este modo, un nuevo fantasma no recorría ya solo ni necesariamente Europa, como en 1850, sino el mundo entero: la idea de la revolución. La sensación de que el cambio revolucionario se hallaba «a la vuelta de la esquina» estaba extendida en todas partes y entre los distintos sectores de la sociedad. Incluso el senador estadounidense Robert Kennedy afirmaba en un mensaje emitido por televisión en 1966 que la revolución en América Latina era inevitable.

En este contexto cobra todo su sentido el impacto político desencadenado por la entrada triunfal de los «jóvenes barbudos» en La Habana en enero de 1959, que Marta Harnecker resume acertadamente: «Sin tener en cuenta las condiciones concretas de cada país, la lucha armada llegó a ser considerada el único camino para llevar adelante la revolución. De medio se transformó en fin. La consecuencia revolucionaria se medía por la disposición a tomar un fusil y partir al monte».

Y no fueron pocos los que, con o sin fusil, partieron al monte a luchar. A lo largo de los 60 y principios de los 70, el mapa latinoamericano se fue poblando de una gran cantidad de grupos armados que se inspiraban –de una u otra manera– en la mística de la Revolución Cubana y que tuvieron cierta incidencia en los escenarios políticos de cada país.

La influencia de la Revolución Cubana no se limitó al terreno político: su trascendencia también se extendió claramente en el plano cultural. Su influencia se hizo sentir, quizás más que en la forma directa de la acción política, en su fuerte presencia en el imaginario colectivo latinoamericano. La imagen generada en torno al proceso revolucionario gravitó no solamente en la radicalización y mayor politización de un amplio arco de sectores sociales, desde intelectuales y artistas hasta estudiantes, sino en la renovación cultural e ideológica que encabezaban estos grupos.No cabe duda de que se daban todas las condiciones para que los escritos del Che no fueran tanto un testimonio de las experiencias del proceso revolucionario, sino un «manual» para la acción guerrillera. El pasaje a la acción se volvió inseparable de la estructura de sentimientos disponibles en esa época. Se conformaba el contexto ideal para que la Revolución Cubana y una de sus figuras más sobresalientes, el Che Guevara, se convirtieran en un mito.

La construcción del mito

Dadas las características del periodo, se produjo una fuerte unión y retroalimentación entre mito y contexto: quizás, como ninguna otra, su vida captó el espíritu de su época. La etapa de mayor exposición del Che, desde su ingreso triunfal en La Habana en 1959 hasta su muerte en Bolivia en 1967, coincide con lo que podríamos denominar –parafraseando en cierta medida a Eric Hobsbawm– la «corta década del 60». Como destaca Jorge Castañeda en su biografía La vida en rojo, Guevara alcanzó un lugar central en el imaginario social, ante todo, a través de una «identificación casi perfecta entre un lapso en la historia y un individuo».

En su artículo «El mito, hoy», Roland Barthes se refiere al mito como palabra robada y devuelta: en el proceso de restitución, la palabra es colocada en otro lugar. Pero el robo también se da en otro aspecto. El mito se constituye a través de la pérdida de la historia del objeto al que hace referencia. Cuando se erige el mito, al devenir forma, el contenido se vacía, la historia se evapora, se deforma, se empobrece: el mito no niega las cosas; muy por el contrario, las muestra, pero simplificadas, naturalizadas, constituyendo así un mundo sin contradicciones. «El mundo entra al lenguaje como una relación dialéctica de actividades, de actos humanos; sale del mito como un cuadro armonioso de esencias».

Otro dato permite abordar la relación entre mito y contexto: la muerte del Che coincide con la conformación de un mercado cultural en América Latina. Quizás por eso no resulte tan raro que su imagen se haya convertido en una mercancía. No cabe duda de que los años 60, al mismo tiempo que fueron pródigos en críticas manifiestas hacia el capitalismo, fueron también producto y escenario de una quizás menos manifiesta –pero no por eso menos importante– expansión de la lógica mercantil y de la sociedad de consumo.En tal sentido, Barthes también identifica el mito moderno con la expansión de las representaciones burguesas. Su ideología convierte la realidad del mundo en imagen del mundo. Esas representaciones borran su historia, el recuerdo de su construcción, la naturalizan y, en este proceso, adquieren un carácter universal.

¿Una última metamorfosis?

Son pocos los rasgos de continuidad en la vida de Ernesto Guevara. La constante son más bien los cambios y mutaciones. Sin embargo, la lectura y la escritura persisten en medio de los cambios y de la experiencia de acción: Guevara encuentra siempre un momento para anotar las experiencias vividas o para leer un libro. La escritura le permite fijar tantos movimientos, tantos cambios, o al menos acompañarlos. En Pasajes... no solo va dando forma a la historia de la Revolución a través del relato. De manera simultánea, entrecruzada, se constituye también a sí mismo.

La palabra «pasaje» del título de su escrito resulta en sí misma sumamente sugestiva. No solo hace referencia a una parte de un libro o texto, como podría entendérsela en este caso. Significa también el paso de un lugar a otro, de una situación a otra: la noción de transición, de cambio. Asimismo, está relacionada a la idea de viaje. Pero también se vincula con el lugar por donde se pasa, con el camino. Esta polisemia no podría funcionar mejor para representar una serie de situaciones e ideas que recorre y atraviesa el Che, que al mismo tiempo lo recorren y atraviesan.

La identidad también se va construyendo en el viaje y en el texto. El Che viaja, escribe notas en un diario y luego las reescribe: en cada paso se transforma. La identidad es móvil y voluble, se modifica; escapa constantemente de las definiciones y se sitúa en relación con los otros sujetos, frente al texto y frente al discurso mismo.

Los viajes por América Latina le permiten ponerse en contacto con la realidad social. Sin embargo, aunque se encuentra en Guatemala durante el derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954 y participa en algunos grupos políticos, sigue manteniendo una posición externa, de observador. Es recién en Cuba cuando, al tiempo que hace la revolución, se va transformando en un hombre de acción. Sin embargo, esta metamorfosis no es kafkiana. No se levanta una mañana y, como Gregorio Samsa, se descubre transformado. El camino, en su caso, es bastante más largo. En el primer embate que sufren los revolucionarios en Alegría del Pío, se le plantea el dilema de ser médico o ser soldado, y decide tomar la caja de balas y abandonar la mochila con medicamentos. Pero esa decisión no implica ningún cambio real, ya que en otros momentos va a tener que «cambiar una vez más el fusil por mi uniforme de médico». En ese momento aparece la transición, cuando agrega: «en realidad, era un lavado de manos». Ya están conviviendo el médico y el soldado, pero solo después de un año de luchas se reflejará su nueva situación, «casi de soslayo». En el momento de poner sus cargos en una carta firmada, Fidel Castro le dijo: «ponle comandante».

Estas transformaciones, asimismo, se presentan metafóricamente como distintas vidas del Che. Los cambios son muertes y resurrecciones, que aparecen con cierta reiteración en sus textos. En los primeros días de la gesta revolucionaria, hay dos momentos en los que esta idea ronda el relato: durante la mencionada batalla de Alegría del Pío, en la que una ráfaga de disparos lo hiere en el cuello y él mismo se da por muerto, y unos días después, cuando uno de sus compañeros se acerca a una casa donde se encuentra un soldado del ejército de Batista, pero se salva y entonces el Che escribe: «Benítez y todos nosotros nacimos de nuevo».

También en otro texto aparece una referencia a la muerte, pero vinculada, en este caso, a la práctica misma de la elaboración de su escritura. De regreso a la Argentina, luego de su primer viaje por América Latina, al iniciar la reescritura de su diario anota: «El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina; el que las ordena y pule, no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra ‘Mayúscula América’ me ha cambiado más de lo que creí».

Finalmente, bastó que un periodista hiciera un último disparo con su cámara fotográfica. Esa imagen del Che, tomada en Vallegrande y destinada a mostrar al mundo entero que el guerrillero había muerto y, con él, su lucha e ideales, no cumplió tal cometido. Más bien, sus efectos fueron los contrarios. Con aquella foto, el Che Guevara volvió una vez más a nacer, dándole vida al mito.