Opinión

Crisis de Crimea: los sonámbulos del siglo XXI

Los acontecimientos observados en Ucrania muestran claramente que Moscú no cederá ante las críticas del extranjero, los perjuicios económicos, ni ante el riesgo de vidas humanas para sostener una política exterior fuerte y hacer olvidar, al menos a posteriori, el oprobio de los años 90.

Crisis de Crimea: los sonámbulos del siglo XXI

¿Cómo funciona Rusia? Aparentemente, nunca se había encontrado una respuesta convincente frente a esta pregunta. Ni en la época de los zares, ni en el tiempo de los sóviets. Y tampoco en el caso de la Federación Rusa. Sin embargo, la explicación es bastante directa y se basa en la simple lógica de un salto triple: las ideas van seguidas de palabras, y las palabras van seguidas de hechos. Desde hace un cuarto de siglo, la política exterior rusa y su papel a escala mundial se han desarrollado de acuerdo con este esquema.

Los malditos y gloriosos años 90 Las primeras ideas se desarrollaron en la década de 1990. Como se sabe, las de los países occidentales transcurrieron casi con aires de gloria, con el regreso de Europa Central al seno continental. Sin embargo, para Rusia, esos tiempos representan el procesamiento del colapso de la Unión Soviética, es decir, la derrota en la Guerra Fría (aunque, por supuesto, nadie lo haya admitido oficialmente en el Kremlin).

De acuerdo con el modo actual de leer la propia historia, al "período tumultuoso" de la presidencia de Boris Yeltsin le puso fin su sucesor, Vladímir Putin. En la era Putin, el país continúa pensando en su política exterior. Al analizar el resultado de la Conferencia de Seguridad celebrada en Munich en 2007, el presidente ruso criticó duramente la ampliación de la OTAN hacia el Este, ya que su infraestructura militar llega "hasta nuestras fronteras". En 2008 se produjeron los primeros hechos en Georgia, y seis años después en Ucrania. Ambos países pertenecían antiguamente a la Unión Soviética, ambos son Estados soberanos que limitan con Rusia, ambos quieren ingresar a la OTAN.

Thomas Friedman, un conocido escritor y columnista del New York Times, criticó al gobierno de Putin y de Dimitri Medvedev tras la guerra de Georgia ocurrida en agosto de 2008. No obstante, también criticó al mismo tiempo a la administración estadounidense de Bill Clinton y a la política adoptada frente a Rusia durante los años 90. Según Friedman, la situación era la siguiente: "Nosotros esperamos que ustedes, los rusos, se comporten como una democracia occidental, pero los trataremos como si siguieran siendo la Unión Soviética". Finalizaba diciendo que "la Guerra Fría terminó para ustedes, pero no para nosotros". Esta sensación marcó de forma sostenida a las élites rusas. Y encuentra apoyo en la población. Según la expresión popular, hubo que esperar hasta el siglo XXI para "dejar de estar de rodillas".

Se trata de una comprensión diferente de los años 90, que es determinante para Rusia. Aun cuando, objetivamente, la historia del país haya transcurrido por otros carriles, hay que tomar en serio dicha interpretación y prestarle atención. Porque Rusia aplica sus políticas sobre la base de este análisis: estabilidad a cualquier precio. Y no sólo dentro de la propia frontera, sino también en los países limítrofes. Para justificar la posición, se menciona la necesidad de proteger a los conciudadanos que viven allí. Cabe señalar que tras la caída de la Unión Soviética no fueron tantas las personas que regresaron a Rusia.

Para los observadores occidentales, este comportamiento parece de otra época. El actual secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, calificó a la política de Putin como un retorno al "siglo XIX". Sin embargo, la férrea adhesión de Rusia a esta interpretación en relación con su tamaño y sus instrumentos militares obliga a Occidente a abordar el aspecto y a considerarlo dentro de las opciones políticas. La idea de que un acercamiento a los seis países de la Asociación Oriental ha de desarrollarse con la misma fluidez que la ampliación de la Unión Europea al Este (que involucró a los tres Estados del Báltico, otras ex repúblicas soviéticas) sólo se explica por un motivo: una confianza desmesurada, alimentada desde los años 90. Nosotros somos fuertes y estamos en el lado correcto de la historia; Rusia es débil y está en el lado equivocado.

Los errores de Occidente se repiten Naturalmente, los países de la Asociación Oriental han tenido y tienen el derecho de construir su propio futuro. Eso Rusia lo ha reconocido. Pero para los vecinos directos o indirectos del país más grande del mundo, que se ve como el perdedor del reordenamiento geopolítico ocurrido a fines del siglo XX, no sólo son válidos los acuerdos internacionales, sino que también intervienen otros factores. Por cierto, nadie dice que esos factores sean agradables ni aceptables, pero sí que es necesario tenerlos en cuenta.

Pese a esto, los países occidentales corren el riesgo de repetir los errores cometidos con Rusia tras la caída de la Unión Soviética. Allí también eran enormes las expectativas en torno a Occidente; y mayor aún fue la decepción cuando la introducción del mercado capitalista y de las elecciones libres no trajo consigo bienestar. Por el contrario, mucha gente experimentó un estado de emergencia social. La transformación se reveló como un "saqueo masivo de la época soviética" (según la descripción de Stephen Kotkin, historiador de la Universidad de Princeton) o como la "venta del siglo" (tal el título de quizás el mejor libro sobre esos tiempos, escrito por Chrystia Freeland, corresponsal del Financial Times). Y las personas obtuvieron un "tiempo de segunda mano", como señaló elocuentemente en su libro homónimo la autora bielorrusa Svetlana Alexievich. Según la opinión mayoritaria, los males no se deben al colapso del propio país, sino a las consecuencias de las reformas occidentales.

En Ucrania y en otros Estados de la región dispuestos a introducir reformas, pueden producirse acontecimientos similares: primero una gran euforia y luego el desencanto, cuando no se obtienen los dividendos. Porque estos países acaban de salir de una transformación. Más allá de que resulte deseable, nadie puede garantizar que sean capaces de atravesar una nueva reforma. La segunda fase de la ampliación comunitaria hacia el Este, que en principio no está asociada a una incorporación de miembros, sólo podrá ser exitosa si se aleja de lo meramente coyuntural y es aplicada con total energía por parte de los Estados de la UE y los respectivos países candidatos. Esto requiere no sólo la voluntad política, sino también una acción financiera determinante, para la cual la UE inspira muy poca confianza.

Cabe señalar asimismo que este proyecto no podrá implementarse –ni política ni económicamente– sin Rusia. Habrá quienes se lamenten al respecto. Pero los acontecimientos observados en Ucrania muestran claramente que Moscú no cederá ante las críticas del extranjero, los perjuicios económicos, ni ante el riesgo de vidas humanas para sostener una política exterior fuerte y hacer olvidar, al menos a posteriori, el oprobio de los años 90.

Hasta ahora, hemos subestimado esta voluntad. Las razones son conocidas. Por lo tanto, debemos hacer todo lo posible para conciliar, al menos en cierta medida, los diferentes análisis de los años 90. Es la clave para crear la confianza necesaria. De lo contrario, Europa podría volver a dividirse.

* Historiador alemán, profesor de "Historia de la Europa Oriental" en la Universidad de Ratisbona. Dirige el departamento de Europa Central y Oriental de la Fundación Friedrich Ebert en Berlín. Dirigió las oficinas de la FES en Asia Central con sede en Tashkent (2003-2007) y en la Federación Rusa con sede en Moscú (2007-2012). Previamente, escribió para diferentes medios alemanes como corresponsal en el Báltico (desde Riga) para la agencia dpa y como corresponsal en Rusia (desde Moscú) para la revista Der Spiegel.

Traducción de Mariano Grynszpan.

Opinión publicada originalmente en el IPG Journal en marzo de 2014: http://www.ipg-journal.de/regionen/europa/artikel/detail/die-schlafwandler-des-21-jahrhunderts-295/

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