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Con el frío en el alma: la política de Rusia en el Ártico

Mientras el cambio climático transforma el Ártico (y el planeta entero), las naciones polares se entusiasman con las riquezas que se esconden debajo de las aguas del deshielo. Rusia es la que parece más preparada para aprovechar esta circunstancia: posee una flota incomparable (rompehielos y submarinos nucleares) y una larga tradición histórica que la liga a esta región del mundo. Pero Moscú necesita de la cooperación internacional para ser la potencia dominante, ya que requiere de la transferencia de tecnología de Occidente para la explotación petrolera. Y si quiere que la ruta marítima del Norte sea global, necesita paz. Sin embargo, la situación en Ucrania puede «recongelar» las relaciones en el Ártico, más allá del clima.

Con el frío en el alma: la política de Rusia en el Ártico

El romanticismo heroico

Todos los países tienen sus héroes nacionales, personas que movilizan los sentimientos de pertenencia a una sociedad y a una geografía. Por ejemplo, en América Latina los futbolistas logran crear ese efecto: es gente que es admirada y que, al mismo tiempo, transmite orgullo de identidad. En Rusia, además de los deportistas, músicos, escritores y científicos, hay otro tipo de héroes que proyectan la idea de gran nación: entre ellos, un explorador de desiertos polares llamado Artur Chilingárov. Con su enorme barba y un rostro curtido por el frío más severo, el científico y viajero es una perfecta metáfora de las ambiciones de Rusia en el Ártico: su sola presencia genera exaltación patria (es, de hecho, un héroe condecorado tanto por el ex-Estado soviético como por Vladímir Putin) y sus audaces y arriesgadas aventuras irradian una emoción ligada a un territorio que está en el imaginario de todos los rusos.

Chilingárov formó parte de la expedición que en 2007 descendió al lecho marino del Polo Norte y plantó una bandera de titanio con los colores de Rusia en las profundidades oceánicas. Ningún otro hombre hubiera podido asumir mejor la representación de un momento que debe haberle hecho saltar lágrimas a una nación entera. Si bien el sentido original de la expedición no era hacer un reclamo de soberanía en el «techo del mundo» (el viaje era una misión internacional, financiada, entre otros, por una empresa farmacéutica), así pasó a la historia, aunque el acto en sí mismo no tuviera ninguna validez legal. En la construcción imaginaria de los rusos, el Polo es de ellos, tanto como el frío y el invierno.

Pero el mundo es cada vez menos frío, y si hay un lugar donde eso se percibe a simple vista, es en el Ártico. Los efectos del cambio climático se sienten hasta dos veces más que en el resto de las latitudes, con un aumento pronosticado de las temperaturas de entre 3º C y 4º C. Esto que parece una minucia está provocando una catástrofe ecológica sin precedentes: una pérdida enorme de masas glaciales en Groenlandia, Alaska, Islandia, Svalbard o cualquier otro territorio de la región, lo que está causando el alza del nivel del mar y un cambio en la salinidad del agua (algo que eventualmente puede redireccionar corrientes marítimas); la desaparición de grandes superficies de suelo congelado –permafrost–, con la consecuente liberación de metano (un potente gas de efecto invernadero); y la rápida disminución del manto helado marítimo (banquisa) en el verano. Si los primeros dos efectos parecen preocupantes (y hasta de terror), la desaparición del hielo marítimo hace soñar a todas las naciones árticas, sin excepción, con lo que está debajo del agua: petróleo y minerales. Y, además, entusiasma a los países sobre la posibilidad de tener una ruta marítima más corta que pueda unir Europa, Asia y América. Pero nadie está más listo que Rusia para salir a declarar supremacía en este lugar que cambia aceleradamente. De hecho, ya es dueña de la mitad del Ártico. Y tiene una flota nuclear de rompehielos y submarinos incomparable.Así, los reclamos de pertenencia del Polo Norte se convirtieron en una representación simbólica del Ártico en transformación, la nueva frontera de la humanidad. Y Chilingárov, que es una especie de Fridtjof Nansen moderno (el legendario héroe y explorador noruego), en Rusia es la personificación de esa batalla geopolítica. Por algo, antes de los juegos de Sochi, el ídolo llevó también la antorcha olímpica hasta la punta del mundo. Lo hizo en un rompehielos de propulsión nuclear, llamado 50 Años de Victoria, como si avanzara con potencia avasalladora a la conquista de los mares congelados. Luego, una maqueta de otro rompehielos nuclear formó parte de la ceremonia de los Juegos Paraolímpicos de Invierno. Para entonces, la situación en Ucrania se había complicado (su presidente, Víktor Yanukóvich, se había escapado del país incluso antes de la realización del fasto), y sus efectos también se sentirían en el Ártico. Sería otro tipo de cambio climático: el de las relaciones Este-Oeste. Tan antropogénico como el atmosférico.

Zares y dictadores

Si bien los zares fueron los primeros en trazar los mapas de las costas de Siberia, fue Iósif Stalin el que marcó a fuego la presencia del Ártico en el alma rusa. Antes de que la Segunda Guerra Mundial se convirtiera en la gran gesta patriótica de la Unión Soviética, los territorios helados ocuparon el sitio primordial en el relato épico y heroico de la propaganda oficial. El llamado a la conquista de la naturaleza por parte del hombre estaba inscripto en la construcción del Estado en más de un sentido. Esta batalla desigual contra el frío inclemente era el símbolo del nacimiento de una nación (supuestamente) de un nuevo tipo. En el Ártico había riquezas que el poder soviético necesitaba: oro, diamantes, petróleo... Y para explotar esos yacimientos proliferó en Siberia un perverso sistema de gulags, donde perecieron de frío y agotamiento millones de personas. Así que el Ártico y las regiones subárticas de Siberia fueron una bendición y un castigo al mismo tiempo. Un lugar conquistado con sangre y un sufrimiento inimaginable. «Siberia y el Ártico estaban destinados a convertirse en más importantes para la economía soviética que lo que habían sido para sus predecesores imperiales», señala Charles Emerson en The Future History of the Arctic1. El autor australiano sostiene además:superar los obstáculos de la explotación económica del Ártico –la distancia, el frío, el hielo– encajaba perfectamente en la narrativa comunista: era la victoria de la ciencia humana sobre el mundo natural y las supersticiones que lo rodeaban. En el Ártico, la Unión Soviética encontró su adversario metafísico para ser domesticado, derrotado y, al final de cuentas, controlado.2

En 1937, una misión soviética fue la primera en aterrizar en el Polo Norte, una hazaña que tal vez no haya tenido parangón hasta la realización de otra enorme conquista: el lanzamiento del Sputnik, dos décadas más tarde. El viaje se realizó en un avión de carga de cuatro motores, que despegó del archipiélago de las Tierras de Francisco José. Esta se llamó la «ruta de Stalin», como no podría haber sido de otra forma.

En el territorio del Ártico también se llevaron a cabo colosales proyectos (caminos, canales), con un costo enorme en vidas. Pero eso no se contaba. Solo se transmitía la gloria de los exultantes logros del nuevo sistema. El imaginario del Ártico que ahora Rusia pretende conquistar más allá de sus costas está erigido sobre esta herencia soviética, como lo reconoce el propio Chilingárov, el héroe:

Nuestra economía moderna está en gran parte basada en lo que se desarrolló en las regiones del Ártico –petróleo, gas, diamantes, oro– desde Norilisk a Chukotka, gracias a las políticas de la URSS de exploración y de producción. Pero, entonces, no fuimos al mar. Los recursos allí no son infinitos y nuestra tarea ahora es dejarles a futuras generaciones las mismas oportunidades de estabilidad económica que la URSS nos dejó a nosotros.3

Obviamente, esta vez no hay gulags, pero persiste un objetivo patriótico idéntico al de los viejos tiempos. Putin no es Stalin, aunque los ideales románticos y concretos son parecidos. Pero hay otro aspecto, no menos sutil, en este tema: no solo Rusia quiere el Polo Norte y reclamar para sí una gran porción del Ártico. Otros países buscan lo mismo. El que podría tener un reclamo más consistente es Canadá, otro país asociado al frío y a la inclemencia. Y también Dinamarca, que tiene como protectorado a Groenlandia. Pero cimentar sueños de gran nación y de ensanchamiento de identidad a partir de lo que no se tiene puede resultar un ejercicio poco saludable, no solo para Rusia sino para cualquier país. ¿O acaso no se ha ido a la guerra por disputas de soberanía sobre islas desiertas?Rusia tiene una flota de seis rompehielos de propulsión nuclear y ha encargado cuatro más de nueva generación (Estados Unidos solo tiene tres rompehielos, que son convencionales). Además, posee una flotilla de submarinos nucleares y una experiencia profusa que ha ganado durante la Guerra Fría: tanto EEUU como Rusia usaron estas aguas heladas para una potencial confrontación nuclear. Por los registros de navegación de esos submarinos, sabemos que el espesor del manto helado era mucho más contundente hace solo un par de décadas, lo que constituye una información clave para los científicos que trabajan en temas de cambio climático. Luego del hiato que siguió a la caída de la URSS, Rusia volvió a retomar sus ejercicios militares en la región, con su poderosa Flota del Norte. Las Fuerzas Armadas rusas han estado estacionadas permanentemente allí desde 2012. Según Jon Mitchell, Putin ordenó el desarrollo de armamento que sea capaz de soportar las duras condiciones climáticas de la zona. Todo esto obedece a una estrategia de Seguridad Nacional diseñada hasta 20204.

Putin firmó esta estrategia en 2013, y se trata de un documento largo en el que se destacan varias cosas, desde el desarrollo socioeconómico de la región y cómo llevarlo a cabo, hasta las amenazas que enfrenta. En uno de sus puntos, afirma la necesidad de tener fuerza militar para la protección de las fronteras del Estado en el Ártico. Pero ¿hasta dónde llegan esas fronteras?

Pese a toda esta retórica, por ahora, las naciones que reclaman el Polo Norte han decidido someterse a los arbitrios de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CDM), un tratado de 1980 que permite a los países extender la soberanía más allá de las 200 millas marítimas de sus costas si pueden probar que sus plataformas continentales se originan aún más lejos que su zona económica exclusiva. Para ello hay que realizar complicados trabajos científicos: por eso, la plantada de la bandera en el lecho submarino del Polo no tiene ningún sentido desde el punto de vista del derecho moderno (el ex-ministro de Relaciones Exteriores de Canadá expresó: «Este no es el siglo XV. No puedes ir por ahí plantando banderas diciendo ‘reclamamos este territorio’»5). Rusia ha presentado su reclamo en 2001, pero la CDM le contestó que necesitaba todavía más evidencias, cosa que presentaría en 2015. Moscú dice que la cresta de Lomonosov, una cadena montañosa subacuática, es la continuación de Siberia. Lo mismo quieren demostrar Canadá y Dinamarca respecto a sus propios territorios.

Si bien se podría imaginar un escenario de competencia tipo Guerra Fría sobre estos reclamos polares, la verdad es que, paradójicamente, no se ha dado así. Hasta ahora, hubo profusa colaboración política, científica y económica. Las ocho naciones con presencia en el Polo han formado el Consejo del Ártico, una especie de Naciones Unidas de esta parte del mundo, en la que China y la India participan como miembros observadores (también están representadas las naciones indígenas Inuit y Sami, que son los habitantes históricos del Ártico y acaso los más sabios). EEUU es el país más relegado en esta carrera y recién ahora está despertando: el secretario de Estado, John Kerry, es el primero que ha demostrado interés estratégico en el asunto. No hay que olvidar que, por más que se esté derritiendo, esta sigue siendo, y seguirá siendo, una región muy hostil. Y muy bella, por cierto. Sin cooperación internacional no se puede llegar muy lejos, aunque un país pretenda erigirse en el Dios del Ártico. Esto es muy simple: aquí se persiguen rutas internacionales y comercio de gas y petróleo. Para eso, hay que partir de un entendimiento global. Pero todo puede complicarse, evidentemente. El analista Dimitry Gorenburg escribió en The Washington Post:

La política de Rusia parece tener dos caminos divergentes. El primero busca la cooperación internacional para asegurarse el desarrollo de los recursos de la región. Esto incluye esfuerzos para terminar con disputas de fronteras marítimas y otros conflictos de interés. El segundo camino usa una retórica belicosa para remarcar la soberanía rusa sobre la mayor porción del Ártico. Esto está combinado con declaraciones sobre un próximo rearmado militar de la zona.6

«Esta segunda vía está mayormente destinada a la audiencia nacional», escribió Gorenburg. Y parece estar en lo cierto.

Fiebre del oro (negro)

Así como el derretimiento del Ártico impacta en el resto del planeta (es el aire acondicionado del mundo), otras zonas geográficamente lejanas pueden hacer resentir las relaciones en el Ártico. La anexión rusa de Crimea, por ejemplo, provocó la suspensión de diversos ejercicios militares conjuntos entre Rusia, Canadá y EEUU, lo que hubiera dinamizado operaciones de búsqueda y rescate, tan necesarias en esta región, que en el futuro promete tener más tránsito. Y las subsecuentes tensiones creadas en torno de la situación en Ucrania, que incluyeron sanciones recíprocas, también pueden tener un impacto aquí. ¿Qué pasaría si Occidente decidiera prohibirles a sus empresas petroleras realizar actividades con Rusia en el Ártico? Sería un golpe fortísimo para ellos. Las empresas petroleras han sido uno de los dinamizadores de las relaciones fluidas entre los países.

«Muchos en el Ártico han prometido que las tensiones entre Rusia y Occidente fuera de la región no afectarían la cooperación circumpolar. Pero después del derribamiento del vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre Ucrania, la escalada de tensión ha amenazado con extenderse hacia el norte, al menos en el ámbito político», escribió Mia Bennett, una aguda observadora de la política en el Ártico, del blog Cryopolitics7. Hizo esta reflexión a raíz de declaraciones a la agencia del Comisionado de Energía de la Unión Europea, Guenther Oettinger, que dijo: «Si ellos [Rusia] no tratan de hacer algo para evitar la escalada, entonces no hay razón para que nosotros ayudemos a promover el crecimiento de su industria y desarrollar nuevos recursos de gas y petróleo»8.

Rusia apuesta al Ártico de la misma forma que Argentina «le puso la ficha» a su yacimiento de gas y petróleo shale de Vaca Muerta. Pero, en ambos casos, la explotación de esos recursos hidrocarburíferos es cara, tecnológicamente complicada y ambientalmente problemática. Además, Moscú no tiene los medios tecnológicos para extraer petróleo en condiciones seguras en un mar que sigue teniendo enormes porciones de hielo, una ventana operacional que se abre durante un periodo muy breve del año y un clima definitivamente extremo.Las noruega Statoil, la italiana Eni, la francesa Total y la empresa estadounidense Exxon son las que han llevado adelante la diplomacia petrolera en proyectos conjuntos, valuados en miles de millones de dólares. Pero ¿qué pasaría si eso se detuviera? ¿Cómo se resentirían las operaciones de Gazprom? Como bien ha dicho Chilingárov, Rusia necesita del petróleo del Ártico: los yacimientos siberianos parecen haber pasado su punto de producción máximo (dejando, por cierto, un legado ambiental tremendo).

La analista Bennett se preguntaba:

¿Puede la Unión Europea afectar los planes de desarrollo de petróleo y gas en su patio trasero del Ártico? Compañías como la británica Tullow Oil, la italiana Eni y la noruega Statoil tienen inversiones en la región, así que sanciones más duras pueden teóricamente afectar sus planes. Noruega no es miembro de la Unión Europea, pero el ministro de Relaciones Exteriores del país, Børge Brende, declaró que «es importante que Europa se muestre unida en esta grave situación». Noruega es, por lejos, el socio más importante de Rusia en el Ártico, desde la cooperación en el medio ambiente hasta el desarrollo petrolero, así que la decisión de seguir con sanciones más duras de la UE puede golpear a Moscú seriamente.9

Sin embargo, por ahora Rusia es el único país que tiene un pozo petrolero activo en estas aguas frías. Es la plataforma de Prirazlomnaya, en el mar de Pechora, que los activistas de Greenpeace hicieron célebre cuando las autoridades rusas llevaron adelante un espectacular operativo que provocó la detención de varios de los ecologistas. La organización internacional está tratando de dar la batalla cultural contra las operaciones de extracción de gas y petróleo en el Ártico antes de que sucedan a gran escala, y Putin ha entendido perfectamente ese mensaje: por eso los ha castigado con tres meses de prisión. La prensa rusa, por su lado, ha tildado a los activistas de «terroristas», un lenguaje que parece heredado de los tiempos soviéticos. Cuando se trata del Ártico, parecen decir, con Rusia no se metan.

Sabemos que Prirazlomnaya produce petróleo. Lo que no sabemos es si produce renta o si es solo un experimento, un campo de pruebas y aprendizaje. Pero, en el tiempo, la cuestión de la rentabilidad y de la extracción de petróleo en el Ártico no es un asunto menor. Además, estos recursos (el servicio geológico de EEUU estimó que aquí se encuentra 30% de las reservas mundiales de petróleo y gas no exploradas) cuentan con la competencia de los hidrocarburos shale y, eventualmente, de las energías renovables, que en Europa, y Asia (incluyendo China) avanzarán cada vez más rápido.Shell, si bien no opera en Rusia sino en las costas de Alaska, ha invertido 6.000 millones de dólares sin ningún retorno. Ha tenido batallas legales con las autoridades estadounidenses y la población iñupiat, y problemas tecnológicos. Tanto es así que en 2014 tuvo que reconocer que suspendía temporalmente las operaciones. Esta historia demuestra cuán arriesgado es apostar al petróleo en esta zona del mundo. Nadie tiene el futuro ganado aquí, aunque digan que debajo de estas aguas se esconde el maná que alguna vez cayó del cielo (y se hundió). Como escribió Gorenburg en The Washington Post:

Las compañías rusas enfrentan varios desafíos para desarrollar estas fuentes de gas y petróleo. Debido a que la mayoría de estos depósitos son offshore y están en el océano Glacial Ártico, donde las plataformas de extracción serán objeto de severas tormentas y del peligro del hielo marítimo, la explotación requerirá de inversiones significativas y en algunos casos del desarrollo de nuevas tecnologías, y solo serán rentables si los precios del crudo y del gas natural siguen siendo altos.10

Las autoridades rusas, según el autor, están convencidas de que hay más petróleo en el Ártico que consideran propio que en toda Arabia Saudita.

A navegar… abrigados

El océano Glacial Ártico es como una manta de patchwork: millones de fragmentos de hielo están desperdigados en verano, y en invierno se unen con potencia feroz. Pero el hielo multianual (ese que perdura más de dos años y es más grueso) cada vez es menor, y las superficies cubiertas por esta gran frazada blanca también son cada vez más chicas. Por lo tanto, para los seres humanos nunca ha sido fácticamente más posible navegar por sus mares desafiantes. Habiendo dicho esto, hay que resaltar que cuando la marea junta trozos de hielo dispersos, aun en el verano, el Ártico se vuelve sumamente peligroso para cualquier navegante no experimentado. La fuerza del hielo es brutal. Como demostró Nansen en el mítico viaje del Fram, entre 1893 y 1896, las masas congeladas están en constante movimiento. La deriva no se detiene nunca.

Pero, debido al cambio climático, los científicos calculan que en algún momento el Ártico va a quedar totalmente libre de hielo en verano. ¿Cuándo sucederá esto? No lo sabemos con certeza. Esto tendrá consecuencias tremendas para el resto del planeta: el blanco de las superficies congeladas hace rebotar la radiación solar (se llama efecto albedo), y su desaparición en la práctica significa más reabsorción de calor por parte de la superficie oscura de los mares y más cambio climático, con el incremento de fenómenos meteorológicos extremos en todo el mundo. Para Rusia, sin embargo, un océano libre de hielo es una oportunidad: la hora de que la llamada «ruta marítima del Norte» se haga realidad.

La ruta marítima del Norte viene siendo explorada desde el siglo XI, en viajes de epopeya, como el frío y el hielo que se encuentran a su paso. Por sus condiciones extremas, nunca fue comercialmente viable, aunque haciendo el recorrido por el Norte las distancias intercontinentales sean más cortas. Durante la Segunda Guerra Mundial, hubo un profuso tránsito de barcos de guerra. Ahora, que es más navegable que nunca, está comenzando a haber más tráfico, pero no en un volumen extraordinario. Sigue siendo un sitio complicado de navegar, los seguros son caros, los barcos tienen que estar preparados para resistir los posibles embates del hielo y se necesita contar con la escolta de un rompehielos ruso. Rusia está haciendo la apuesta estratégica de que todos estos factores serán cada vez más fáciles de sortear y de que esta ruta comercial será exitosa. Por eso, quiere renovar su infraestructura portuaria en Siberia y está reactivando las bases militares del Ártico que habían sido abandonadas tras el colapso de la URSS. Entre ellas, figura la base del archipiélago Novosibirsk (Nuevas Islas Siberianas), que había sido abandonada en 1993. Putin dijo sobre el archipiélago: «estas islas son significativas para el control de la situación en toda la región del Ártico». Asimismo, Moscú anunció planes para crear dos brigadas especiales del Ejército basadas en el Ártico, en las ciudades de Murmansk y Arcángel.

Hillary Clinton, que está coqueteando con la idea de relanzar su campaña presidencial, tuvo un comentario sobre esto: dijo que EEUU y Canadá deben formar un «frente unido» en respuesta a la «agresiva reapertura de bases militares» en el Ártico11.

En lo que concierne a la navegación en el Ártico, Rusia no está sola. Canadá también tiene algo para ofrecer: el pasaje del Noroeste, cuya estatura es igualmente mítica en lo que se trata de hazañas y proezas del ser humano contra la naturaleza. Aquí Canadá tiene un problema: su vecino del Sur y del Norte. EEUU afirma que las aguas de este canal, lleno de icebergs, son internacionales. Canadá, en cambio, dice que son internas. Los canadienses, como los rusos, subieron el volumen en la militarización del Ártico, pero –claro– no podrían competir con una flota nuclear. Ambos países señalan que las rutas del Norte son más cortas que las del Canal de Panamá o las del de Suez. Y que no tiene piratas al acecho. Pero más corto de ninguna manera quiere decir más rápido. Al menos, no en esta parte del mundo.

Katarzyna Zysk, investigadora del Instituto Noruego de Estudios de Defensa, señala que

los altos costos operacionales en los mares del Ártico y la variedad de limitaciones e incertidumbres, como una navegación más lenta, pueden pesar más que los potenciales beneficios (...). Hielo a la deriva, temperaturas extremas, dificultades climáticas, la noche polar y aguas insuficientemente cartografiadas figuran entre los factores que probablemente harán más lenta la navegación y, así, el tiempo de tránsito. En consecuencia, los pasajes del Ártico no necesariamente provocarán ahorro de combustible, de emisiones y de horas hombre. Más aún: los barcos tendrán una capacidad limitada de carga porque algunos estrechos son muy poco profundos. Las naves tampoco pueden ser más anchas que los rompehielos que se tienen que utilizar muchas veces para abrir paso. Asimismo, los barcos tendrán que ser más caros, porque sus cascos deberán ser reforzados para soportar el impacto del hielo. Esto, junto con los seguros más altos que se necesitan para navegar las aguas más riesgosas del Ártico, hará que los costos suban. Las compañías navieras seguramente se desalentarán por el hecho de no poder mantener operaciones durante todo el año. Finalmente, está la imposibilidad de predecir exactamente cuándo y por cuánto tiempo los pasajes estarán abiertos.12

Por ahora, la navegación por la ruta marítima del Norte parece haber sido sobre todo experimental: en 2012, se transportaron 3,75 millones de toneladas. Si bien el volumen es mayor que en 1998 (2,5% más grande), seguía siendo poco significativo respecto de 1987, cuando se transportaron 6,59 millones de toneladas. Los países más interesados en esta ruta son China y Corea. Pero antes de que esto alcance un ritmo más importante, Rusia tendrá que mejorar su infraestructura portuaria, las comunicaciones y los operativos de rescate, para que esta región del mundo alcance la gloria que los rusos sueñan. Y todo se hará a expensas de un ecosistema muy frágil, que podría volverse impredecible. Así que la imaginación y la realidad podrían quedar en territorios opuestos. El Ártico también guarda secretos que aún nadie conoce.