Tribuna global

Compartir la responsabilidad global. El papel de las clases medias para alcanzar una economía mundial más justa y sostenible

En las últimas décadas asistimos a profundas transformaciones globales, marcadas por un ascenso de las clases medias en los nuevos países industrializados. La superación de los límites ecológicos del crecimiento mediante la tecnología y la exploración es puesta hoy en duda. ¿Hay que contar, pues, con un juego de suma cero entre las viejas y las nuevas clases medias? El gran desafío de los años venideros será recordarles a los estratos medios que todos ellos zumban por el espacio en la misma pequeña nave espacial llamada Tierra y que contribuirán a su naufragio definitivo si no logran ajustar sus estilos de vida y sus pretensiones de consumo a los límites del ecosistema global.

Compartir la responsabilidad global. El papel de las clases medias para alcanzar una economía mundial más justa y sostenible

El mundo está en plena transformación. En la década de 1970, los «tigres asiáticos» –Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, seguidos por Tailandia, Malasia e Indonesia– dieron el «gran salto hacia adelante». A partir de la década de 1980, también otros países grandes en vías de desarrollo, incluso los más grandes –China y la India–, continuaron por esa misma senda. Mediante diversas mezclas de políticas, que incluían la apertura a los mercados internacionales, inversiones extranjeras directas y una promoción activa de la industria y de las exportaciones, aceleraron el proceso de industrialización y alcanzaron tasas de crecimiento sin precedentes durante dos y en algunos casos hasta tres décadas.

En cambio, el crecimiento económico en los «viejos países industrializados» se desaceleró, y llegó, incluso, a tasas negativas a partir de 2008, cuando se desató la crisis financiera y económica mundial. De ese modo, los dinámicos países emergentes lograron acortar la distancia respecto de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Si en las próximas décadas este proceso continúa desarrollándose a la misma velocidad, en un futuro no demasiado lejano los países emergentes podrían alcanzar a los viejos países industrializados: «convergencia» se ha convertido en la nueva palabra mágica utilizada para designar este fenómeno.

En el marco de este proceso, en China, la India, Indonesia, Brasil, México, Sudáfrica y el resto de los países emergentes más pequeños crecen las clases medias: actualmente, su número total asciende a cientos de millones y en un futuro próximo probablemente superarán en dimensión a las clases medias de los viejos países industrializados. La expansión y el ascenso económico de las clases medias se refuerzan mutuamente. La clase media, que crece en número y en poder adquisitivo, promueve el desarrollo de las industrias locales con su demanda previsible y de crecimiento constante de bienes de consumo duraderos, como heladeras, lavarropas, acondicionadores de aire, televisores y automóviles, e impulsa también el desarrollo del sector de la construcción que satisface la demanda de vivienda. De este modo, el aumento de la demanda interna de bienes de consumo duraderos se convierte en el motor autónomo del proceso de crecimiento. Esa demanda permite a los «nuevos países industrializados» reducir su dependencia de las exportaciones y desacoplar su desarrollo económico de la coyuntura de los países de la OCDE, que ha perdido dinamismo.

Otro factor que en el mediano y largo plazos tendrá un efecto positivo sobre la economía nacional es la tendencia general de las clases medias a alcanzar mayores niveles de educación. Las familias de clase media invierten mucho para que sus hijos puedan obtener al menos el mismo grado de educación que sus padres. De ese modo se crean las condiciones necesarias para que la transición de la sociedad agraria hacia la sociedad industrial –y posteriormente hacia la sociedad de servicios– pueda llevarse a cabo con recursos educativos y de capacitación locales. El aumento del nivel educativo y de capacitación profesional permite adoptar y continuar desarrollando tecnologías cada vez más complejas, y así se fortalece la competitividad de las industrias basadas en ellas. Las crecientes demandas de calidad por parte de los consumidores de clase media, asociadas a sus mayores ingresos y a su nivel educativo, producen un efecto en el mismo sentido.

La importancia cada vez mayor de las clases medias asiáticas como motor de sus economías nacionales lleva a que el centro de gravedad de la economía mundial se traslade desde Europa y Estados Unidos hacia Asia oriental y meridional. Pero la clase media también está creciendo en número y en importancia en otras regiones. Un informe del Banco Mundial (BM) sobre la movilidad económica y la expansión de la clase media en América Latina y el Caribe constata que esta ha crecido al menos 50% entre 2003 y 2009, pasando de 103 a 152 millones de personas. Los autores del informe ubican el umbral inferior de ingresos «de clase media» en 10 dólares estadounidenses por día y per cápita (por paridades de poder adquisitivo, PPA), es decir, por encima de una línea de pobreza «moderada» de 4 dólares por día y per cápita, y fijan el límite superior en 50 dólares. Por lo tanto, la clase media definida de ese modo no comprende a todas las personas que se encuentran entre los «ricos» y los «pobres»: el grupo que percibe ingresos entre 4 dólares y 10 dólares per cápita se denomina «clase vulnerable» (vulnerable class) y abarca a aquellas personas que han logrado salir de la zona de pobreza, pero cuyos niveles de ingreso y condiciones de vida siguen siendo demasiado precarios como para poder incluirlas dentro de la clase media.

El ascenso económico de las nuevas clases medias constituye una megatendencia histórica cuyas repercusiones para el futuro de la humanidad aún no pueden preverse plenamente.

El revés de la trama: las viejas clases medias, bajo presión

Como contrapartida de ese ascenso de las nuevas clases medias, las viejas clases medias en los países de la OCDE se encuentran bajo presión. Su porcentaje dentro de la población total desciende y sus ingresos se estancan o incluso disminuyen luego de la crisis financiera de 2008. El avance de la globalización y la racionalización tecnológica incrementa la presión de competitividad sobre ciertos sectores de las «viejas» clases medias. Esos sectores corren el peligro de perder sus puestos de trabajo y de experimentar un descenso social. El ascenso social posibilitado por la educación y un empleo acorde está también cada vez menos garantizado para la próxima generación. Simultáneamente, los ingresos de las categorías salariales superiores, favorecidas por la globalización, continúan subiendo de manera exponencial. En todos los países de la OCDE aumenta la desigualdad de bienes e ingresos, aunque hay diferencias considerables en cuanto a la dimensión y la gravedad del estrangulamiento de esa clase media (middle class squeeze).

Ya antes de la crisis financiera de 2008, en EEUU se discutía intensamente si el comercio con China y las inversiones y/o la deslocalización de las compañías estadounidenses hacia ese y otros países emergentes no habrían llevado a una exportación masiva de puestos de trabajo y, con ello, a una presión sobre los salarios de los trabajadores y empleados estadounidenses. En efecto, los ingresos de los trabajadores asalariados hace tiempo dejaron de aumentar, mientras que los ingresos de las categorías salariales superiores se incrementaron fuertemente. El tema de la (des)igualdad ya ha originado todo un género literario. A pesar del estancamiento y/o del retroceso del salario real, el nivel de consumo habitual logró mantenerse por un tiempo gracias al endeudamiento creciente, al menos hasta que se produjo el estallido de la burbuja hipotecaria y crediticia. A continuación, los hogares de clase media se vieron obligados a limitar sus gastos de consumo reales, mientras que el consumo de lujo continúa floreciendo. También entre los integrantes de la clase media alemana se está extendiendo el miedo al descenso social, aun si la crisis financiera y de la deuda pública está afectando mucho menos al (sub)campeón mundial de exportaciones que a los países de la periferia europea meridional y menos que a Francia, donde la desocupación es mucho más elevada, sobre todo entre los jóvenes.

¿Existe una conexión entre el ascenso de las nuevas clases medias y el descenso de las viejas? Los economistas argumentan en contra de la idea de que el comercio internacional sea un juego de suma cero en el que un país solo puede ganar a costa de otro. Sin embargo, esa argumentación se basa en los supuestos de la doctrina ortodoxa predominante, que se apoyan en modelos muy alejados de la realidad. Entretanto, se han hecho oír voces críticas incluso desde el propio campo de los economistas. De todos modos, las personas pertenecientes a las clases medias que se vieron afectadas por el descenso social y quienes las apoyan en los medios de comunicación hace tiempo que han dejado de creer en los economistas.

El ambivalente rol político de las clases medias

Desde Aristóteles en adelante, la clase media ha sido considerada como un ancla de estabilidad para el desarrollo social y político de un país. Tiene más para ganar de una comunidad en funcionamiento que los más pobres, que o bien luchan por la cruda supervivencia o bien añoran sueños revolucionarios. Y la clase media tiene más para perder con una comunidad disfuncional que los ricos, que pueden usar servicios privados de seguridad, educación y salud y, por lo tanto, tienen menos necesidad de que los bienes públicos sean accesibles a todos. A causa de ese interés por una comunidad que funcione, a la clase media suele atribuírsele no solo un rol moderador frente a los extremos políticos, sino que se espera de ella el impulso a la democratización y que exija la transparencia en la gestión pública, el respeto de los derechos individuales de los ciudadanos y el combate de la corrupción. En efecto, encuestas de actitud realizadas en varios países en vías de desarrollo demuestran que las clases medias se orientan hacia posiciones más moderadas y más modernas que sus conciudadanos más pobres. Esto vale para distintos aspectos de la democracia y la libertad individual, pero también para la preocupación por el medio ambiente.

En vista del tamaño y del poder económico en expansión de China, resulta particularmente relevante la cuestión de cómo y en qué medida su clase media hará valer su derecho a la participación política efectiva. Por ahora parece que se limitará a hacer valer derechos individuales frente a las autoridades y los dirigentes del Estado, mientras que posterga las demandas por elecciones democráticas con partidos competidores en favor de la primacía de la estabilidad política y social, o incluso menosprecia la democracia al considerarla ideología occidental.

Por otro lado, no hay garantías de que la clase media juegue un rol progresista en todos los países y en todas las constelaciones históricas. Si la clase media no es lo suficientemente fuerte en sí misma como para imponer sus intereses en una comunidad estable y de buen funcionamiento, debe concertar alianzas con otras clases o estratos sociales. En consecuencia, las preferencias por alianzas en uno u otro sentido pueden ser completamente distintas, y en caso de crisis la clase media se divide entre aquellos que están dispuestos a hacer una alianza potencialmente revolucionaria con los estratos bajos y aquellos que prefieren aliarse con los ricos para participar efectivamente de sus privilegios.

La ambivalencia política de la clase media resulta de su posición intermedia y de la posibilidad de elegir estrategias contrapuestas para defender sus propios intereses. La opción «progresista» consiste en exigir reformas políticas y democratización, transparencia en la gestión de gobierno, Estado de derecho, el combate de la corrupción y la mejora de los servicios públicos, además de sistemas más efectivos de seguridad social, contribuyendo así también a mejorar las oportunidades de las clases más desprotegidas. Pero cuando la clase media no tiene éxito con esa opción, cae en la tentación de rescindir el contrato social implícito, es decir, de renunciar al Estado por considerar imposible reformarlo. Entonces, la clase media podría retirarse junto con la clase alta pudiente a barrios cerrados (gated communities) y aprovechar ofertas educativas y prestaciones de salud de carácter privado.

En vista de esta ambivalencia de preferencias y opiniones políticas dentro de las clases medias, parece osado, o al menos precipitado, que un comentarista renombrado de los sucesos mundiales como Francis Fukuyama ya anticipe una «revolución global de la clase media» en las manifestaciones y protestas masivas de 2013 que abarcaron desde Brasil hasta Turquía, desde Túnez hasta China. Los últimos desarrollos en Egipto demuestran la rapidez con la cual un nuevo régimen autoritario puede sofocar la «revuelta de la clase media». Esto ya pudo observarse hace exactamente un cuarto de siglo en China, cuando el movimiento por la democracia fue reprimido en la plaza de Tiananmen con recursos militares y una eficacia prolongada hasta el día de hoy. Si bien la India se vanagloria de ser la democracia más grande del mundo, su clase media no se destaca por ocuparse de las necesidades de los más pobres que se encuentran a la puerta de su casa.

También la propagación del fascismo en Europa y del nacionalsocialismo en Alemania en la época de entreguerras ha demostrado que cuando los estratos medios se ven amenazados o afectados por el descenso social y económico tienden a encolumnarse tras discursos reaccionarios, esperando que la restauración de un orden de Estado jerárquico-autoritario tradicional les depare la recuperación de la estabilidad social perdida a causa de la inflación y la desocupación masiva. En la crisis actual de la Unión Europea, quienes pertenecen a una clase media amenazada por el descenso social y económico vuelven a dejarse seducir por políticos que les prometen seguridad a costa de clases y minorías que se encuentran por debajo de su nivel. Una triste comprobación de lo dicho anteriormente son los resultados obtenidos por los partidos de derecha y de extrema derecha en las elecciones para el Parlamento Europeo en mayo de este año.

Precarización y seguridad social

Con el avance de la globalización, la desigualdad de bienes e ingresos se incrementa en todos los países. Las nuevas clases medias en los países emergentes, sin embargo, casi no perciben como un problema la brecha en la distribución de los ingresos y bienes, ya que continúan experimentando una mejora constante de su estándar de vida y cuentan con la persistencia de esta tendencia. Claro que esto podría cambiar en caso de que esa tendencia ascendente se interrumpiera un día, un temor que aqueja especialmente a la dirigencia china: todavía puede rechazar todas las demandas por reformas políticas y democratización alegando los éxitos económicos de su régimen autocrático. Pero al detenerse algún día este crecimiento, la clase media china podría rescindir el pacto no escrito con el Partido Comunista: bienestar a cambio de abstinencia política. Con esto se conecta la recomendación de ampliar la base del modelo de crecimiento chino mediante un sistema de seguridad social más efectivo (seguro de salud y de desempleo, jubilación).

Mientras los países de la OCDE hacen frente al problema de la creciente desigualdad de bienes e ingresos recurriendo a una política social más o menos eficaz y a la tríada compuesta por los seguros de salud, desempleo y jubilación, en los nuevos países industrializados los clanes familiares siguen siendo responsables de la seguridad social. No obstante, allí también los vínculos se vuelven más frágiles a causa de la industrialización y la urbanización, tal como sucedió en los países occidentales hace 100 años. Aquí se acumula un factor de explosión social que podría poner en peligro las perspectivas de desarrollo a largo plazo de estos países. Para asegurar la sostenibilidad de un crecimiento económico basado en la expansión de la demanda interna, también resulta indispensable proteger en especial a los sectores precarios de las nuevas clases medias. Esto es justamente una condición para que estos sectores puedan gastar una mayor parte de sus ingresos en bienes de consumo duraderos en vez de ahorrar para asegurarse contra los riesgos que constantemente amenazan sus vidas. De ese modo, la demanda de consumo proveniente de la clase media china, cuya cuota de ahorro es una de las más altas del mundo, se libraría de ataduras. Entonces el país superaría el modelo primordialmente exportador en favor de una economía más sensata y mejor balanceada, usando una demanda interna creciente como segundo motor de crecimiento.

No menos urgente es mejorar la seguridad social en los viejos países de la OCDE, donde las clases medias se hallan cada vez bajo mayor presión, y los grupos amenazados por el descenso social podrían esperar protección frente a la competencia y darles su voto a propagandistas nacionalistas. En EEUU se discute hace tiempo si mejorar la seguridad social, inspirándose en el modelo europeo, no es una condición indispensable para asegurar el respaldo público a una política económica abierta al mundo y el rechazo de una política comercial proteccionista. Ojalá los estratos medios en los viejos y los nuevos países industrializados reconozcan pronto lo que tienen en común. Eso sería una buena base para hallar nuevas formas de intercambio y resolver problemas de manera conjunta, más allá de límites geográficos, culturales y políticos. Podría haber un interés compartido en enfrentar la creciente y desmesurada desigualdad de ingresos y bienes –tanto en los viejos como en los nuevos países industrializados–, ya que esta no solamente amenaza un desarrollo económico y social armónico y en sintonía con los límites naturales de la «astronave Tierra», sino que podría convertirse en el sepulturero de la democracia. En este sentido Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, reclama incorporar la erradicación de desigualdades extremas («eliminating extreme inequality») al catálogo de objetivos de la agenda post 2015.

Las clases medias y los límites del crecimiento

El ascenso de las nuevas clases medias en los países emergentes es algo que debió haber sucedido hace tiempo y es digno de celebrar; sin embargo, su reverso constituye el riesgo de que cientos de millones de chinos y ciudadanos de la India, de Indonesia, México, Brasil, Sudáfrica y de países emergentes más pequeños, adopten el estilo de vida de las viejas clases medias de los países industrializados, caracterizado por una enorme intensidad en el empleo de energía y materias primas. Su adopción generalizada llevaría al ecosistema global al límite de su capacidad… o quizá incluso a sobrepasarla. Desde los estudios del Club de Roma sobre los «límites del crecimiento» en la década de 1970, se hace referencia al diablo malthusiano, según el cual el crecimiento de la población mundial conducirá indefectiblemente al límite la capacidad de brindar alimento para todos, hecho que derivará en hambrunas que reducirán nuevamente las cifras de población. Contra Thomas Malthus y los pesimistas del crecimiento que lo sucedieron, los economistas esgrimieron una y otra vez el argumento de que los límites naturales del crecimiento podían superarse con la inventiva humana, el progreso técnico, el aumento de la productividad y la explotación de nuevos yacimientos de materias primas, fuentes de energía y superficies de cultivo. Y así ha funcionado, al menos hasta la actualidad. Ahora bien, si aún es posible expandir los límites del crecimiento indefinidamente o no, eso es otra cuestión. En algún momento puede llegar a resultar cada vez más dificil y costoso explorar y explotar yacimientos cada vez más marginales de metales y tierras raras, petróleo, carbón, gas natural y esquisto para la fracturación hidráulica.En la actualidad, a los límites naturales del metabolismo de las sociedades industriales por el lado de los insumos (materias primas, fuentes de energía, alimentos), se les agregan por el lado de las salidas los límites de los ecosistemas regionales y global para absorber los residuos, las aguas y los gases residuales (¡dióxido de carbono!) emitidos por la civilización industrial. El calentamiento global, causado en gran medida por la quema desmesurada de combustibles fósiles, pende sobre todos nosotros como la espada de Damocles. Y el cambio climático afectaría justamente a aquellas regiones de desarrollo que menos han contribuido a generarlo, al menos hasta ahora. Al cambio climático se suman otras transgresiones a los límites del ecosistema global: la tradicional confianza de los economistas en que la economía mundial no es un juego de suma cero comienza a tambalear, e incluso ciertos economistas prominentes comienzan a manifestar dudas respecto de si en efecto será posible superar indefinidamente los límites ecológicos del crecimiento mediante la tecnología y la exploración. ¿Hay que contar, pues, con un juego de suma cero entre las viejas y las nuevas clases medias, en el que una de las partes solo puede ganar lo que la otra pierde?

Para prevenir catástrofes futuras como el colapso climático y la extinción de especies, todas las personas que se hallen por encima de la línea de pobreza deberán limitarse, por lo menos en lo referente a su consumo de materias primas y energéticas. Pero ¿quién se encargará de «compensar las cargas» de manera medianamente justa dentro de las sociedades y en el plano internacional, y con qué instrumentos lo hará? Además, tampoco hay que olvidarse de los superricos, quienes escapan por completo a la mirada de la investigación social empírica. Para los regímenes autoritarios como el de China, puede resultar sencillo traducir imperativos de sustentabilidad y acuerdos ambientales en acciones estatales y de la economía privada, e incluso limitar el dispendioso consumo de energía de sus ciudadanos. Pero para los gobiernos democráticos es mucho más difícil imponer órdenes de sustentabilidad a sus clases medias, con sus demandas crecientes de consumo. Por eso, la gestión de gobierno debe ser flanqueada y apoyada por el compromiso ciudadano de la sociedad civil, y las clases medias afectadas, tanto en los viejos como en los nuevos países industrializados, deberán hallar nuevas maneras de percibir los problemas y trabajar sobre ellos en forma conjunta.

El futuro de la cooperación para el desarrollo

El ascenso económico de los grandes países emergentes lleva a que la mayoría de los pobres en el mundo ya no vivan en los países más pobres, sino que estén concentrados en los países de ingresos medios (middle income countries). Esto plantea una pregunta estratégica básica respecto de la cooperación para el desarrollo: ¿tiene que ocuparse únicamente de los países más pobres o de las personas más pobres en todos los países? ¿O habrá llegado más bien la hora de que las clases medias cada vez más pudientes en los nuevos países industrializados asuman la responsabilidad por los pobres en sus propios países? De hecho, ya están sentándose las bases para avanzar en esa dirección: Gran Bretaña finaliza su ayuda oficial al desarrollo (official development assistance, ODA) para la India, y una de las primeras medidas del anterior gobierno alemán, una coalición entre cristianodemócratas y liberales (CDU/CSU-FDP), fue terminar la cooperación para el desarrollo con China. Para muchos de los países de la OCDE, la promesa hecha en el marco de la ONU de destinar 0,7% del ingreso nacional bruto (INB) a la ayuda oficial al desarrollo se aleja cada vez más. En los Estados meridionales de la Unión Europea, las cifras destinadas a la asistencia oficial al desarrollo se reducen cada vez más.La pregunta es ¿qué implica para la meta de reducir la pobreza en todo el mundo que los países de la OCDE den marcha atrás con sus pagos de ayuda oficial al desarrollo y que las clases medias (y los ricos) en los países receptores afectados (aún) no estén dispuestos a asumir la responsabilidad para reducir la pobreza en sus propios países? ¿Puede cubrirse este vacío apelando a impuestos globales nuevos (por ejemplo, un impuesto a las transacciones financieras), o bien combatiendo en forma efectiva la fuga impositiva, tanto en los países de la OCDE como en los países emergentes y en vías de desarrollo?

La cooperación para el desarrollo con los países emergentes ya no volverá a funcionar como antes. Sin embargo, existen numerosos desafíos globales y problemas nacionales por resolver en cada uno de ellos, de modo que habrá que buscar nuevas formas de cooperación para solucionar problemas y desafíos conjuntos, una vez que haya expirado la cooperación tradicional; tanto más considerando que esta ha dejado, hace tiempo, de desempeñar un rol preponderante en las relaciones bilaterales con los grandes países emergentes, China y la India.

Agenda post 2015: Objetivos de Desarrollo Sostenible

El año entrante próximo se alcanzará el plazo pautado para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y en el plano de la ONU ya se encuentra a toda marcha la búsqueda de una nueva Agenda para el periodo posterior a 2015. Con el informe del Panel de Alto Nivel y otros informes tradicionales, están sentándose las bases de una Agenda global nueva y más ambiciosa. Esta convoca a los países industrializados, emergentes y en vías de desarrollo a realizar esfuerzos conjuntos y trabajar en pos de la erradicación completa de la pobreza absoluta hasta 2030, respetando los imperativos del desarrollo sostenible. De este modo se vuelve a conectar con la Cumbre de la Tierra de Río de 1992 y la Declaración de Río y con la Agenda 21 allí decididas, que dieron el mismo nivel de importancia a los objetivos de desarrollo económico-social y a la sustentabilidad ecológica, mientras que en la década de 2000 el proceso de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y las Conferencias de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) transcurrieron en forma separada. Ahora se vuelve a trabajar sobre un catálogo de objetivos ambiciosos, cuyo efecto será limitado si solamente se dirige a los gobiernos. Sería aconsejable que todos los seres humanos, ya sea en su condición de empresarios, sindicalistas, científicos o consumidores, revisaran su conducta como consumidores en cuanto a su «huella ecológica». Al mismo tiempo, se plantea la pregunta de si en la Agenda post 2015 los objetivos ambientales serán parte integral de los futuros Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o si seguirán siendo un mero anexo de la agenda de crecimiento habitual.

En vista del ascenso de las clases medias en los nuevos países industrializados y del respectivo impacto ambiental adicional sobre el ecosistema global, no bastará con solicitarles a los gobiernos que impongan objetivos más ambiciosos y negociar una Agenda post 2015 integral para un desarrollo sostenible de la humanidad. El gran desafío será más bien «conducir» a las viejas y nuevas clases medias por ese camino, es decir, esclarecer las conexiones entre estilos de vida y riesgos para el planeta, fortaleciendo la conciencia de su responsabilidad por el planeta común y las generaciones futuras. Para ello, deberán cooperar los investigadores ambientales y de desarrollo, los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales, los medios de comunicación y las organizaciones de las religiones del mundo. En este punto, también les toca un papel muy importante a las fundaciones políticas.

Finalmente, no debe caer en el olvido que en 1992 la familia de naciones ya había adoptado, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo en Río de Janeiro, un catálogo detallado de instrucciones operativas –voluntarias– para todos los grupos sociales: la Agenda 21. Ahora bien, en la evaluación crítica, casi 20 años después, se comprueba que muchas de estas instrucciones operativas no se contemplaron y, en parte, cayeron totalmente en el olvido. Sobre todo en EEUU, hay una verdadera campaña contra las supuestas «exigencias desmedidas y privaciones de la libertad» que los gobiernos superpoderosos podrían derivar de la Agenda 21 (por ejemplo, Democrats against Agenda 21). El gran desafío de los años y las décadas venideros será recordar a los viejos y nuevos estratos medios que todos ellos zumban por el espacio en la misma pequeña nave espacial llamada Tierra, y que contribuirán al naufragio definitivo de esa nave si no logran ajustar en forma armonizada y conjunta sus estilos de vida y sus pretensiones de consumo a los límites del ecosistema global.