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Comer, rezar, vivir Las megaiglesias de Nigeria construyen sus propias ciudades

El Campamento de la Redención (Redemption Camp), a 48 kilómetros de Lagos, tiene 5.000 casas, caminos, recolección de residuos, policía, supermercados, bancos, un parque de diversiones, una oficina de correos e incluso una planta generadora de energía de 25 megavatios. En Nigeria, la línea divisoria entre iglesia y ciudad se está desvaneciendo rápidamente.

Comer, rezar, vivir / Las megaiglesias de Nigeria construyen sus propias ciudades

«A-leluuuu-ya», retumba la inconfundible voz del pastor Enoch Adeboye, también conocido como el supervisor general. El sonido fluye a través de miles de altavoces colocados en todos los rincones del Campamento de la Redención1. Los compradores del mercado hacen una pausa en su regateo y los fieles –algunos de los cuales han estado durmiendo en colchonetas en este auditorio gigante durante días– dejan de lavarse los dientes para unirse a la respuesta. Aleluya es el tema de la convención del Espíritu Santo de este año en una de las mayores megaiglesias de Nigeria, y durante toda la semana la palabra resuena entre los millones de asistentes2. Al caer la tarde del viernes, Adeboye, una celebridad de la iglesia, subirá al escenario en su nuevo y amplio auditorio para dar el último sermón de la convención, de tres horas de duración. Hay helicópteros que aterrizan junto al edificio de tres kilómetros cuadrados para llevar a los ricos y poderosos de Nigeria a lo que promete ser la noche del año.

Miles de fieles suben la colina hacia el reluciente auditorio. Lustrosos vehículos todoterreno, Toyotas Corolla en mal estado y autobuses amarillos atestados saturan la autopista desde Lagos, a 48 kilómetros de distancia. Pero no todos tienen que lidiar con el tránsito. Muchos de los que se dirigen al auditorio viven a la vuelta de la esquina. La sede internacional de la Iglesia Cristiana Redimida de Dios en el estado de Ogun ha pasado de ser una megaiglesia a convertirse en un vecindario completo, con departamentos que cuentan con todo lo necesario para las necesidades prácticas y espirituales de sus miembros.

Una planta generadora de energía de 25 megavatios que se alimenta con gas proveniente de la capital nigeriana suministra electricidad a las 5.000 residencias privadas del lugar, 500 de ellas construidas por la empresa constructora de la iglesia. Cada pocos meses surgen nuevas urbanizaciones donde hace solo unos años crecían densos bosques de palmeras. Se imparte educación desde la guardería hasta el nivel universitario. El centro de salud del Campamento de la Redención tiene una unidad de emergencias y una sala de maternidad.

En la Holiness Avenue (Avenida de la Santidad), una sucursal de la cadena de comida rápida Tantalizers hace buenos negocios. Hay en el lugar una oficina de correos, un supermercado, una docena de bancos, fabricantes de muebles y talleres de mecánica. Se está trabajando en un aeródromo y un politécnico. Y en caso de que los niños se aburran, hay un parque de diversiones con una rueda de la fortuna.

De campamento a ciudad

Creado hace 30 años como base para las multitudinarias reuniones anuales de la iglesia, así como para sus encuentros mensuales, el Campamento de la Redención se ha convertido en un hogar permanente para muchos de los seguidores de la iglesia. «El Campamento se está transformando en una ciudad», dice Olaitan Olubiyi, uno de los pastores, en cuyas oficinas se sintoniza permanentemente Dove tv, el canal de televisión de la iglesia.

En todo el sur de Nigeria, el paisaje está permeado por el cristianismo en una u otra de sus variantes. Los grandes carteles que muestran parejas que se miran con amor a los ojos, que a primera vista parecen anunciar ropa o condones, publicitan una iglesia pentecostal. Los taxistas reproducen una y otra vez cd pirateados con los sermones de sus pastores favoritos y memorizan los pasajes destacados. «Soy un ganador» se lee en las calcomanías que adornan los parachoques de los autos más elegantes y declaran su lealtad a la Capilla de los Ganadores, una megaiglesia blanca cuya sede, Canaanland (Tierra de Canaán), en la región de Ota, muestra pulcras verjas y césped bien cuidado. «En el lugar de donde vengo, la gente quiere los tractores para cultivar. Aquí solo los usan para cortar el pasto», exclama un visitante mientras conduce por Heaven’s Gate (Puerta del Cielo). Es un mundo alejado de las multitudes, humos y basura del exterior. Canaanland tiene bancos, comercios, una universidad y una gasolinera: es una de las muchas iglesias que comienzan a ofrecer estos servicios. Pero ninguna puede igualar en escala al Campamento de la Redención. Daddy go –como llaman afectuosamente al carismático Adeboye sus seguidores– ha perfeccionado el paquete durante la última década.

«Si esperas al Estado, no se hará», dice Olubiyi. De modo que el Campamento depende muy poco del Estado: construye sus propias carreteras, recoge sus propios desperdicios y organiza sus propios sistemas cloacales. Y al estar bien fuera de Lagos, al igual que los campamentos de otras megaiglesias, tiene poco que ver con las autoridades municipales. Los funcionarios estatales pueden verificar que la iglesia cumpla con las regulaciones, pero se espera que informen a la oficina correspondiente del Campamento. A veces, según el jefe de la planta de generación de energía, el gobierno envía a los técnicos que manejan sus propias centrales eléctricas para aprender de ellos.

Hay un cuartel de policía en el lugar, que ocasionalmente se ocupa de la muerte o la desaparición de un niño, pero de la seguridad del Campamento se encarga principalmente un pequeño ejército de guardias privados con uniformes azules. Dirigen el tránsito, controlan a las multitudes y evitan que los niños que no han pagado la pulsera ingresen en el Emmanuel Park, donde se ubica la rueda de la fortuna ya mencionada.

Comfort Oluwatuyi tiene un comercio de alimentos en el Campamento de la Redención. Dice que paga un alquiler muy bajo por su pequeña tienda y puede ganar hasta 10.000 nairas por día (unos 28 dólares), y mucho más cuando hay una convención. El mercado se organizó hace siete años, cuando las mujeres del Campamento se lo solicitaron a Mummy go –Foluke, la esposa de Adeboye– para no tener que cruzar la autopista de ocho carriles cada vez que necesitaban unos tomates. La hija de diez años de Oluwatuyi, Emmanuelle, la ayuda a verter aceite de palma en botellas de plástico y a poner papas en bandejas metálicas. Emmanuelle y todos sus hermanos nacieron aquí. «Es común que un niño nazca, crezca, sea educado en este Campamento y luego viva aquí», dice el pastor Olubiyi. Fuera de la convención del Espíritu Santo, el Campamento de la Redención tiene el entorno sereno y las comodidades de un pueblo de retiro, en gran parte debido a que la planta de generación de energía, alimentada por un gasoducto propio que llega desde Lagos, elimina la necesidad de los ruidosos generadores a diésel.

«Mi generador está de vacaciones. A la mañana puedo escuchar el canto de los pájaros», dice Kayode Olaitan, un ingeniero retirado que trasladó aquí a su familia desde Lekki, una de las áreas más exclusivas de Lagos, hace dos semanas. Carga en el auto a su nieta con un vestido rosa, listo para ir al servicio de vigilia nocturna. El pulcro bungalow de 100.000 dólares de Olaitan se ha construido sobre lo que antes era un pantano. Los obreros están raspando concreto de las losetas, dando los toques finales a las 75 casas idénticas hechas por Haggai en la Urbanización Nueve. Haggai, la empresa desarrolladora de propiedades de la iglesia, lleva el nombre del profeta (Hageo, en español) que ordenó a los judíos que construyeran el segundo Templo de Jerusalén. Casi todas las casas en la Urbanización Nueve han sido vendidas, y Haggai está a punto de continuar con la Urbanización Diez. No hay muro perimetral alrededor del Campo de la Redención, por lo que puede expandirse indefinidamente. Las hipotecas se negocian a través del banco Haggai, cuya central está en Lagos. Ha habido un efecto colateral en las áreas circundantes: en algunos casos, el precio de la tierra cerca del Campamento de la Redención se ha multiplicado por diez en la última década. Durante años, las personas han tenido casas en esa zona para quedarse después de las convenciones y los servicios religiosos mensuales. Pero cada vez hay más familias, como los Olaitan, que desean vivir a tiempo completo con otros con quienes comparten sus valores, en un lugar dirigido por personas en las que creen que pueden confiar. «Sentimos que estamos viviendo en presencia de Dios todo el tiempo. Hace unos días, Daddy go hizo una caminata de oración por aquí», dice Olaitan. Si bien hay que que ser cristiano y miembro de la iglesia para comprar y vivir en el lugar, no existe tal requisito para hacer negocios. El banco fcmb es una de las empresas que se ha instalado aquí, justo detrás del auditorio, con sus falsas columnas corintias en blanco brillante. Afuera, una joven con sofisticadas gafas de sol y una camiseta polo con un estampado en el pecho que dice «Millonaria» ha convencido a Tayo Adunmo para que abra una cuenta. Esta empleada bancaria trabaja normalmente en Lagos, pero ha estado en el Campamento de la Redención durante la semana del Espíritu Santo y dice que ya ha inscrito a 500 personas. Adunmo tenía una cuenta bancaria, pero decidió abrir otra porque el monto mínimo de retiro es de 200 nairas (unos 0,56 dólares), una quinta parte del mínimo en su banco actual. Le encantaría vivir en el Campamento, dice, pero no puede costearlo a menos que encuentre trabajo allí.Al igual que los demás negocios del lugar, los bancos se sienten atraídos por la infraestructura y la cantidad de gente: es como tener un puesto en un festival de música. Pero los tentáculos de la Iglesia Cristiana Redimida de Dios llegan mucho más lejos: dice que tiene cinco millones de miembros en Nigeria y más en sus filiales en otros 198 países. «Está prácticamente en todas las ciudades de Nigeria, y eso significa negocios», dice Olubiyi. Los bancos están interesados en «cualquier lugar donde se congreguen dos millones de personas».

Esto también significa negocios para la iglesia, por supuesto. Los aviones privados de Daddy go no aparecen de la nada, aunque hay gran cantidad de efectivo que fluye de los platos de limosna, que hoy son a menudo terminales para tarjetas de crédito. Las instituciones religiosas están exentas de impuestos en Nigeria. Los pastores afirman que sus actividades que generan ingresos pagan impuestos, pero es difícil decir dónde terminan estas y dónde comienza la iglesia. En cualquier caso, la iglesia tiene miembros poderosos, por lo que se necesitaría un valiente recaudador de impuestos para controlar sus finanzas.

De hecho, Daddy go es un ex-profesor de matemáticas y claramente no ha perdido la facilidad para las cifras. Está constantemente soñando con nuevas empresas, entre ellas una imprenta, cientos de chalets de vacaciones en el sitio y una fábrica de ventanas propiedad de la iglesia, que importe los componentes de China y los arme para venderlos o usarlos en proyectos de campamentos. «Este es nuestro mejor momento. Hemos producido 200.000 copias de diferentes libros y revistas en los últimos tres meses», dice Ben Ayanda, jefe de la imprenta de la Iglesia Redimida, vestido con una túnica de color amarillo brillante y verde y pantalones combinados. Saca de una pila de papeles la parte v de Gemas de sabiduría, de Daddy go. «Si traes menos de la décima parte de todo, pierdes las bendiciones, porque Él es muy bueno para las matemáticas», se lee en una línea.

En la convención, los últimos rezagados se apresuran, dejando atrás a los vendedores ambulantes que ofrecen pañuelos Aleluya y una valla publicitaria que anuncia gas de cocina marca Aleluya, para estar allí cuando aparezca la estrella. Por lo general, es posible saber cuándo Daddy go está a punto de aparecer, ya que es precedido por su saxofonista personal. Finalmente, el hombre que se queda con el dinero que ingresa, que le da a todo este vecindario su razón de ser, el alcalde de facto de lo que efectivamente es una ciudad completamente nueva, toma su lugar en el vasto escenario y levanta el micrófono. Daddy go, de 75 años, luce un traje de manga corta de color verde hierba, un moño y un reloj de oro. Después de rezar de rodillas ante el atril, se pone de pie. «¿Alguien va a gritar Aleluya?».


Nota: la versión original de este artículo en inglés fue publicada con el título «Eat, Pray, Live: The Lagos Megachurches Building Their Very Own Cities» en The Guardian, 11/9/2017.

Traducción de Carlos Díaz Rocca.