Coyuntura

Colombia: un tsunami político

Las elecciones colombianas dejaron en evidencia la profunda crisis de los dos partidos tradicionales y este escenario, entre otras cosas, ha abierto el camino para un fenómeno que nadie preveía: un realineamiento de los electores en un esquema izquierda/derecha. Mientras que Iván Duque triunfó con el apoyo del establishment, Gustavo Petro captó el voto crítico y encarnó una elección con resultados inéditos para una fuerza de izquierda. Resta por ver si persiste o no la polarización vigente desde las negociaciones de la paz y cuáles serán los niveles de autonomía de Duque respecto del ex-presidente Álvaro Uribe, figura central en el escenario político colombiano.

Colombia: un tsunami político

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas se enfrentaron el candidato que unificó a todos los partidos del establishment, Iván Duque, y el postulante que reunió en torno de sí a la mayoría de los sectores críticos: Gustavo Petro. Y detrás de sus candidaturas se proyectan dos visiones muy distantes (con numerosos matices intermedios) sobre la dinámica futura del país: por una parte, quienes consideran que Colombia está irremediablemente condenada a vivir un duro clima de polarización política y social en los próximos años; por la otra, quienes creen que, debido a varios factores, uno y otro sector van a tender a moverse hacia posturas más cercanas, al centro del espectro ideológico1.

La primera señal de alerta del riesgo de una grave polarización nacional tuvo lugar el 2 de octubre de 2016, en ocasión del plebiscito convocado por el gobierno de Juan Manuel Santos para ratificar el «Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera» alcanzado con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) en las negociaciones en La Habana. El triunfo del «No» con 6.431.376 votos (50,2%) frente a 6.377.482 (49,8%) del «Sí» –es decir, por una diferencia de solo 50.000 votos– dejó al país enfrentado en torno de estos Acuerdos de Paz. Y las secuelas de esa polarización todavía se hacen sentir. Un año y medio más tarde, en unas elecciones sin precedentes, el país se dividió alrededor de dos candidatos: izquierda contra derecha. De ese modo, categorías que, al menos en Colombia, parecían sepultadas tras el fin de la Guerra Fría y el derrumbe del campo socialista, revivieron con fuerza y sirvieron de signo de identidad política para uno y otro polo. Fue tal su impacto que la fuerte abstención electoral que caracteriza el sistema político colombiano tuvo un notable retroceso. La participación este año fue la más alta del país desde 19742. En la primera vuelta la participación fue de 54,2% de los habilitados para votar; en la segunda vuelta cayó solamente en 0,3% y se ubicó en 53,9%.

Un cambio profundo

Estos resultados electorales son, sin duda, un claro parteaguas. El sistema de partidos sufrió un sismo ya en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, que se acentuó aún más en el balotaje. Por una parte, con la sola excepción de la naciente agrupación surgida de las farc, Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (cuya estructura fundada en el centralismo democrático de corte leninista sigue vigente), ninguno de los partidos o movimientos políticos tuvo la fortaleza para escoger a su candidato mediante una convención interna y todos debieron acudir a encuestas de opinión, recolección de firmas, consultas populares o, en último caso, a extrapartidarios.

Por otra parte, tal como se puede observar en el cuadro 1, los dos partidos históricos de Colombia, el Partido Conservador y el Partido Liberal –surgidos a mediados del siglo xix y dominantes hasta la Constitución de 1991– sufrieron un fuerte revés. Los unos no presentaron siquiera un candidato propio; los otros sufrieron una derrota sin antecedentes: en la primera vuelta presidencial obtuvieron la votación más baja alcanzada por un candidato oficial desde el fin del Frente Nacional en 1974. Es decir que Colombia, que había mantenido junto con Paraguay y Honduras y, en gran medida, Uruguay, el bipartidismo típico de América Latina del siglo xix hasta bien avanzado el siglo xx, está pasando ya definitivamente esa página.


La profunda crisis de los dos partidos tradicionales ha abierto el camino no solamente para un nuevo sistema de partidos, sino, sobre todo, para un fenómeno que nadie preveía: un realineamiento de los electores en un esquema izquierda/derecha. Por una parte, la totalidad de los partidos tradicionales se alineó en torno de Duque. Por otra parte, Petro, ex-integrante del grupo guerrillero Movimiento 19 de Abril (M-19), copó la mayoría del espacio disponible hacia la izquierda del espectro ideológico (sobre todo en la segunda vuelta). Frente a los pobres resultados electorales de la farc y la escasísima presencia de los otros partidos o movimientos de izquierda, el ex-alcalde de Bogotá aspira a convertirse en el líder indiscutible del progresismo. Algunos sostienen que debido a su talante caudillista y mesiánico, ese liderazgo va a girar más hacia un proyecto populista de izquierda que hacia un tradicional programa de izquierda, claramente estructurado. No es improbable. Pero tampoco está escrito.

farc: otro nombre, la misma sigla

Uno de los resultados más sorprendentes en las recientes elecciones fue el fracaso de la guerrilla de las farc en su tránsito «de las armas a la política». No les bastó con enarbolar en sus pancartas una rosa con tintes socialdemócratas ni con el cambio de nombre a Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (también farc). En efecto, en las elecciones parlamentarias celebradas el pasado mes de marzo la farc solamente obtuvo 52.532 votos para el Senado de la República, es decir, un marginal 0,34%. Es más, si se tiene en cuenta que el umbral mínimo para acceder a este cuerpo colegiado fue de 450.000 votos y, dado que el nuevo partido solo obtuvo 12% de ese umbral, si no se hubiese convenido en los Acuerdos de Paz la posibilidad de disponer para esta fuerza de cinco cupos en el Senado y cinco en la Cámara con total autonomía de los resultados electorales, el partido naciente habría quedado simple y llanamente borrado del mapa. Tanto la opinión pública como los propios miembros de la antigua guerrilla fueron sorprendidos por esos resultados tan magros. No es improbable que esta agrupación termine siendo, como fue el caso en Guatemala con la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (urng), un simple partido testimonial sin mayor proyección política. El duro castigo a las farc por su postura obcecada de continuar en una lucha armada larga, costosa e inútil tras la desmovilización de cuatro de los seis componentes de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar entre 1990 y 1991 –el m-19, el Ejército Popular de Liberación (epl), el Movimiento Armado Quintín Lame (maql) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt)– fue contundente. Ni sus líderes ni su ortodoxo programa –las Tesis de Abril, así llamadas en homenaje a las tesis del mismo nombre que leyó Lenin 100 años atrás, en Petrogrado, a su retorno en 1917 del exilio en Zúrich– despertaron el interés de la opinión pública. Fue un programa que no conectó con un electorado predominantemente joven, urbano y escolarizado, muy alejado del mundo rural en el cual las farc desarrollaron por décadas su accionar militar.

Tras esta catástrofe electoral, el nuevo partido aprovechó el estado de salud de su candidato presidencial y jefe de la organización naciente Rodrigo Londoño (alias Timochenko)3 para retirar su candidatura y evitar así un nuevo resultado adverso. De todas maneras, es importante resaltar que las elecciones celebradas este año son las más pacíficas que ha tenido Colombia en décadas, no solamente debido a la desmovilización de la principal guerrilla del país, sino también al cese del fuego unilateral decretado por el Ejército de Liberación Nacional (eln) desde la mesa de negociaciones en La Habana para garantizar un clima tranquilo en los comicios. Sin duda, se trata de una señal positiva de los cambios que ha vivido Colombia en los últimos años.

El centro-centro: ¿un objeto político no identificado (opni)?

El uso del miedo fue uno de los ejes centrales de las dos campañas más fuertes, la de Duque y la de Petro, a punto tal que el segundo llegó a afirmar en alguna ocasión que «entre más crezco más crece Duque». Duque era acusado por sus detractores de ser un simple apéndice del controversial ex-presidente Álvaro Uribe, mientras que Petro era acusado por los conservadores de ser un seguidor incondicional del «castro-chavismo». Además, las «noticias falsas» que han irrumpido con fuerza en el ambiente político global invadieron también Colombia. Las caricaturas y las tergiversaciones sobre las intenciones de uno y otro candidato fueron el pan de cada día. Y ante este clima malsano, hubo un intento de conformar una corriente de «centro-centro», fundada en un discurso en contra de la polarización política y de sus riesgos encabezada por el profesor de matemáticas y ex-alcalde de Medellín Sergio Fajardo y, en menor medida, por el ex-vicepresidente Humberto de la Calle, quien había sido el negociador con las farc en La Habana en nombre del gobierno. De hecho, Fajardo tuvo un sorprendente repunte y estuvo cerca de desplazar a Petro en la primera vuelta. Sin embargo, su discurso no logró configurar una identidad bien definida.

Para muchos analistas, los resultados obtenidos por Fajardo y De la Calle permiten vislumbrar la configuración de un «centro-centro» despolarizante que, eventualmente, podría jugar un rol significativo en los próximos años. Su viabilidad se fundamenta, de una parte, en el importante crecimiento de las clases medias en el país y, de otra, en el desarrollo de los «valores centristas». En efecto, de acuerdo con la última Encuesta Mundial de Valores, en la escala de 1 a 10 (el 1 representa la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha), entre 2005 y 2012 el «centro-centro» pasó en Colombia de 30% a 36,2%4. Una cifra nada despreciable. Y muchos analistas consideran que estas nuevas realidades disminuyen los riesgos de la bipolaridad.

La segunda vuelta

En las tres semanas que hubo entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se produjo un hecho interesante: tanto Duque como Petro abandonaron las tesis más controversiales de sus programas y uno y otro buscaron presentarse como candidatos de centro. Las razones para este sorpresivo desplazamiento discursivo fueron, al menos, dos: por una parte, ambos postulantes tenían ya garantizados a los electores ubicados en los extremos de sus respectivos polos y esos votos no iban a cambiar de signo a última hora. De ahí que disputar a los electores ubicados más hacia el centro (es decir, a los electores de Fajardo y De la Calle, que sumaron más de seis millones) resultaba muy atractivo. Por otra parte, el espejo de Venezuela y el terrible impacto que está generando en el país la migración desbordada de millares de personas en la total pobreza llevaron a los dos candidatos a moderar sus discursos: Duque, con el argumento de que para evitar que Colombia recorra un camino similar al de la nación hermana es necesario impulsar un programa serio que permita desactivar la grave bomba social que afecta al país, mientras que Petro, como mecanismo para eludir las acusaciones que lo retratan como un seguidor incondicional de los modelos implementados en la Venezuela bolivariana. El candidato de Colombia Humana llegó incluso a denunciar a Nicolás Maduro como un dictador incapaz.

De hecho, el más favorecido con este desplazamiento hacia el centro del espectro ideológico fue Petro, quien obtuvo en segunda vuelta, como se puede observar en el cuadro 2, más de ocho millones de votos; es decir, tuvo un crecimiento de 65,6% con respecto a la primera vuelta, mientras que Duque solamente aumentó su votación en 36,5%.

Un Congreso atomizado

Otro factor que puede incidir en la moderación de la vida política en los próximos años es la nueva composición del Congreso de la República. Ni Duque ni Petro gozan de una bancada propia sólida, ni en el Senado ni en la Cámara de Representantes. El partido del nuevo presidente, el Centro Democrático, obtuvo 19 senadores, mientras que la Lista de la Decencia, el movimiento que respaldó a Petro, consiguió solo tres (a los que se debe añadir una curul a favor del candidato derrotado, gracias al reciente Estatuto de Oposición que le garantiza un escaño al segundo en la contienda presidencial), como se observa en el cuadro 3. La composición en la Cámara de Representantes es muy similar.


Hoy se especula que Duque puede aglutinar al conjunto de los parlamentarios de las fuerzas partidistas que lo respaldaron (Centro Democrático, Cambio Radical, Partido Conservador, Partido Liberal y Partido de la u, además de las dos agrupaciones evangélicas: el Movimiento Independiente de Renovación Absoluta y Colombia Justa), es decir, 82 senadores, mientras que Petro solamente dispondría de 26 (Verdes, Polo Democrático, Lista de la Decencia, farc y los dos senadores en representación de las circunscripciones indígenas). Pero nada es seguro. Lo más probable, debido a la precariedad organizacional de la mayoría de las fuerzas con representación parlamentaria, es que tanto el nuevo presidente como el pretendiente a encabezar la oposición se vean abocados a jugar en un Congreso más maleable, con mayorías circunstanciales tema por tema. Por ello, a mi modo de ver, es inapropiado hablar de la emergencia de un nuevo bipartidismo. Si el Senado va a estar compuesto por 108 senadores, la mayoría simple será por tanto de 55, y dado que las bancadas propias de Duque (19 senadores) y Petro (4 senadores) están muy lejos de alcanzar esa cifra, uno y otro se verán obligados a construir coaliciones con otros partidos o movimientos políticos.

Duque: ¿un Medvédev colombiano?

Duque consiguió la mayor votación obtenida por un candidato presidencial en la historia de Colombia (aunque, obviamente, la población en condiciones de votar ha crecido); además, contó con el respaldo de la totalidad de los partidos y movimientos del establishment, al que se sumaron los movimientos cristianos que, como en el resto de América Latina, amenazan convertirse en una fuerza política muy conservadora y, en algunos casos, decisiva. En ciertos sectores sociales, Duque es visto como una especie de Dmitri Medvédev: este, escogido por Vladímir Putin entre 2008 y 2012 como presidente de la Federación Rusa (dado que Putin ya había gobernado los dos periodos permitidos por la Constitución entre 2000 y 2008), facilitó que el nuevo zar ruso, desde el cargo de primer ministro, gobernara en cuerpo ajeno y, luego, volviera al poder en 2012. Pero esta lectura, según muchos analistas, resulta inadecuada. El nuevo presidente sería más centrista y más moderado que el líder del Centro Democrático, Uribe, y, conforme con esta opinión, va a gobernar con una nueva generación política más joven y menos contaminada por la política tradicional. Incluso, en el sector más ultraconservador del uribismo se teme que Duque sea una repetición de Juan Manuel Santos, quien terminó gobernando sin los auspicios de su mentor Uribe. El debate está abierto.


Petro: ¿el Nicolás Maduro de Colombia?

El «fenómeno Petro» ha dejado asombrados a los analistas. Un candidato muy poco carismático –no es ni un Juan D. Perón ni un Hugo Chávez– y que había obtenido solamente tres senadores y pocos representantes a la Cámara en las elecciones celebradas en el mes de marzo logró, sin embargo, aglutinar a la totalidad de las corrientes progresistas y de izquierda en torno de su candidatura: animalistas, ambientalistas, agrupaciones lgbti, movimientos de izquierda, organizaciones sindicales y, en particular, la juventud reacia a la participación política, todos se volcaron masivamente a su favor y produjeron un auténtico pánico en las elites tradicionales. Petro logró, sin duda, canalizar las aspiraciones de cambio de sectores muy significativos de la población colombiana. Basta mencionar que su votación fue la más importante alcanzada por un candidato de izquierda o con posturas alternativas en la historia reciente de Colombia, tal como se puede observar en el cuadro 4.


Petro se vio favorecido por una reciente reforma política que le permite al candidato presidencial derrotado en la segunda vuelta alcanzar una curul como senador y al postulante a la Vicepresidencia, ocupar una en la Cámara de Representantes5. Pero esta reforma, copiada del modelo parlamentario británico, en el cual el líder de la facción mayoritaria del Parlamento asume el rol de jefe de la oposición, ¿puede funcionar en un sistema presidencial multipartidista? Ya comienzan a aparecer las primeras fisuras: otros líderes de izquierda, como el prestigioso senador del Polo Democrático Jorge Enrique Robledo, han anunciado que no reconocen el liderazgo de Petro. En todo caso, nadie duda de la importancia para la siempre precaria democracia en Colombia de que la oposición política pueda gozar de garantías especiales.

¿Va a impulsar Petro, como líder mayoritario de las corrientes opositoras, una oposición moderada o una radical? Algunos analistas consideran que va a intentar situarse en un espacio de centro-izquierda, dada la proximidad del pesado espejo venezolano (y, más recientemente, del nicaragüense) y teniendo en consideración que muchos de sus aliados se ubican en este espacio y no van a compartir un discurso beligerante. Menos aún en un clima de posconflicto, que exige para su éxito un diálogo nacional constructivo. Otros analistas, por el contrario, sostienen que Petro va a jugar a la confrontación, combinando los debates en el Congreso –en donde, tras varios periodos como representante a la Cámara y como senador, se mueve con soltura– y la protesta activa en otros espacios. Según estos detractores, sus rasgos «mesiánicos» y «autoritarios» lo inducirían a explotar el culto latinoamericano al caudillo populista y providencial. Amanecerá y veremos.

En todo caso, no es posible sostener que la división política haya correspondido exactamente a una división social, es decir, los «de arriba» en la escala socioeconómica con Duque y los «de abajo» con Petro. La división fue más ideológica y, en buena medida, regional. Petro venció en los cuatro departamentos de la Costa Pacífica (Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó) –duramente afectados por los cultivos ilícitos y la persistencia de la violencia– y en algunas de las principales ciudades del país, incluida Bogotá, gracias al voto de los jóvenes. Duque, por su parte, ganó en la región central y oriental del país y sus electores pertenecían a todos los estratos socioeconómicos.

Uno de los factores que determinaron el triunfo electoral de Duque fue, sin duda, la situación de Venezuela y, en particular, el impacto de la migración. Los emigrantes, cuya cifra puede rondar el millón de personas, han generado un inmenso «ejército industrial de reserva» lleno de necesidades, que vende su mano de obra a precios irrisorios. Y algunos empleadores inescrupulosos, de manera insensible y en abierta contravención del Código Laboral, están aprovechando esta mano de obra barata para reducir los costos de producción y mejorar sus márgenes de ganancia en detrimento del empleo formal. Este fenómeno explica, entre otras razones, el voto a favor de Duque en los estratos más afectados y en los departamentos fronterizos con Venezuela, en los cuales alcanzó una mayoría sin atenuantes.

Un futuro incierto

Tras los pocos días transcurridos desde las elecciones presidenciales, estamos observando dos actitudes que, a mi modo de ver, eran previsibles: por un lado, Petro ha anunciado una oposición en regla y, por otra, Duque ya ha ofrecido un ramo de olivo para intentar desactivar una polarización extrema que pueda afectar su capacidad de gobierno. Sin duda, es muy arriesgado prever desde ahora el grado de dureza de la oposición que va a impulsar Petro y, mucho menos, si va a lograr consolidarse como jefe de la oposición o si sus adherentes se van a fragmentar, como ha sido la tradición de la izquierda en Colombia. En todo caso, su éxito en las urnas ha constituido una señal inequívoca del profundo deseo de cambio que existe en la sociedad colombiana y, en ese orden de ideas, no es improbable que Duque se vea obligado a escuchar ese medio país que no está dispuesto a continuar esperando eternamente por una sociedad más justa y más igualitaria.

En el año próximo tendrán lugar las elecciones regionales para designar alcaldes, gobernadores, diputados para las asambleas departamentales y concejales municipales. Estas elecciones van a servir de termómetro para medir si Petro se ha consolidado y si puede aspirar con fuerza a la Presidencia de la República en las próximas elecciones, dentro de cuatro años. Asimismo, estos comicios servirán para medir si Duque ha respondido, o no, a las aspiraciones de cambio que anidan en la sociedad colombiana, o si va a sufrir el duro castigo que vivieron las elites venezolanas por su indolencia para responder a los clamores populares.

En Colombia, mucho más que en el resto de América Latina, la guerrilla había copado el espacio de la izquierda y los partidos de este signo no lograban superar bajos umbrales. La guerrilla absorbía a los mejores cuadros y la lucha armada dejaba poco espacio para la expansión y expresión de los movimientos sociales y sindicales. Daniel Pécaut hablaba de «una lucha armada al servicio del statu quo social y político»6. Sin duda, el fin de la confrontación armada con las farc y, ojala más temprano que tarde, con el eln puede significar la irrupción con fuerza de los sectores alternativos como una opción de poder real.

Uno de los temas que generan mayor ansiedad en Colombia es si el nuevo mandatario va a poner en riesgo los Acuerdos de Paz con las farc y las negociaciones en curso con el eln en La Habana. Es muy probable que sus duros discursos de campaña a favor de revisar los acuerdos alcanzados con las farc y el marco de la negociación con el eln muestren una tendencia hacia la moderación, pues para el país entero –incluidos los sectores que respaldaron al candidato del Centro Democrático– sería una auténtica catástrofe un reavivamiento del conflicto armado interno. A mi modo de ver, la paz es ya irreversible con las farc e imprevisible con el minoritario eln. Ni siquiera Santos logró avanzar de manera seria con este grupúsculo tan radical.

  • 1.

    Daniel Mera: Pospolarización. El reto de un centro democrático, liberal y reformista, Gente Nueva,
    Bogotá, 2018.

  • 2.

    Pacto o acuerdo político entre liberales y conservadores vigente en Colombia entre 1958 y 1974.

  • 3.

    Además de haber conservado la denominación FARC, sigla que despierta malos recuerdos en amplios segmentos de la población, el propio seudónimo del máximo líder de las FARC –adoptado hace muchos años en homenaje a un alto oficial soviético héroe de la guerra contra las tropas hitlerianas en la «Gran Guerra Patria»– suma otra carga negativa.

  • 4.

    Juan Fernando Londoño y Gloria Cecilia Gallego: Ubicación ideológica de los colombianos, CEDAE, Bogotá, 204.

  • 5.

    La Ley Estatutaria de Estatuto de Garantías para los Partidos de Oposición, aprobada este año y ya avalada por la Corte Constitucional, permitió tras 11 proyectos de ley frustrados desde la aprobación de la Constitución de 1991 (artículo 112) llenar este vacío. El impulso final en esta ocasión fue que los derechos de la oposición fueron acordados en los Acuerdos de Paz con las FARC en La Habana.

  • 6.

    D. Pécaut: «Una lucha armada al servicio del statu quo social y político» en Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, Bogotá, 2015.