Opinión

​Colombia después del No

Después del No, Santos y Uribe deben negociar. Pero para lograr la paz se necesita la movilización de la sociedad civil organizada

​Colombia después del No

Colombia vive momentos angustiantes. Luego del triunfo del No al Acuerdo entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) por tan solo 53.894 votos, queda un país fracturado. A los votantes del No y del Sí, absolutamente partidos por la mitad, se suma el 62,6% que no votó (de los 34.899.945 habilitados para votar, apenas 13.053.364 acudieron) por apatía, desconcierto, temor, hastío con las campañas tan polarizadas y por la tradicional abstención.

La distribución geográfica de la fractura es diversa. El No predomina en el centro urbano, en especial en Antioquia –la zona cafetera– y en los departamentos del sur cercanos a Venezuela donde nacieron las FARC y donde han tenido presencia durante medio siglo. También tiene partidarios en los barrios pobres donde se concentran desplazados. El Sí triunfa por margen escaso en tres grandes capitales como Bogotá, Barranquilla y Cali. Además encuentra apoyos en el Caribe, aunque la votación fue escasa por el huracán Matthew y por la indiferencia de las maquinarias políticas. En las periferias donde se concentró el conflicto y en parte de las zonas fronterizas, así como en lugares muy victimizados, también tuvo apoyos el Sí.

Razones de los resultados

El descontento, los errores, las manipulaciones y los miedos se combinaron para producir un resultado inesperado. Ni los promotores del No, a quienes solo les bastaba ganar con un voto, ni los del Sí, que necesitaban un resultado contundente para triunfar, hubieran avizorado un resultado semejante. Aunque el No es más que el uribismo, en el trasfondo de la votación se encuentra la agria disputa entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos.

En el resultado influyeron diversos factores. Entre ellos se destacan el debilitamiento económico del país por la caída de precios de las materias primas, la fuerte devaluación del peso, la urgencia de una reforma tributaria y el consiguiente malestar social. Algunos gremios –como Dignidades Campesinas, transportistas y taxistas contra Uber– sintieron que sus demandas no obtenían respuestas y llamaron a votar por el No.

También incidió la baja popularidad del presidente Santos, su estilo y su dificultad de comunicación con el país. Santos no explicó su manejo de los tiempos de la negociación ni la búsqueda de apoyo internacional, que sus contradictores presentaron como necesidad de aplausos. La publicidad del Acuerdo primó sobre una pedagogía explicativa. El abigarrado documento, de 297 páginas plagadas de reaseguros reiterativos, era difícil de digerir.

Al resultado aportó también el mal manejo gubernamental de coyunturas críticas, como la que suscitaron las cartillas de convivencia y educación sexual que preparaba el Ministerio de Educación, en respuesta a una exigencia de la Corte Constitucional que pretendía evitar la discriminación, en especial de la población LGBT. Algunas organizaciones de colegios privados, pastores cristianos, obispos católicos y el ex-procurador gestaron entonces una cruzada política contra lo que dieron en llamar «ideología de género», señalada como enemiga de los valores de la familia. La amplia movilización social que se produjo fue utilizada por el uribismo en favor del No al Acuerdo.

Las FARC cambiaron tardíamente su mensaje. Durante los cuatro años de negociación mandaron señales equívocas: se declararon víctimas y se negaron a reconocer sus responsabilidades, lo que consolidó el masivo rechazo acumulado por los secuestros y asesinatos y por su vinculación con el narcotráfico. La notable reducción de los índices de la guerra gracias a la tregua unilateral no fue suficiente para impregnar a la sociedad de un deseo de reconciliación. Solo en las semanas previas al plebiscito empezaron a devolver a los niños de sus filas, a pedir perdón a las poblaciones de Bojayá y Mapiripán, víctimas de masacres, y a familiares de diputados del Valle, asesinados; apenas la víspera anunciaron que declararían sus bienes al Estado y los usarían para reparar a las víctimas. El No ganó donde nacieron las FARC e incluso donde se concentraron para su última conferencia.

El ex-presidente y senador Uribe y su Centro Democrático (CD) recurrieron a la desinformación, a la manipulación, a la utilización del miedo y al aprovechamiento de la reacción religiosa conservadora para convertirse en los promotores del No. El gerente de su campaña, Juan Carlos Vélez Uribe, confesó al diario La República que la estrategia del CD consistió en no explicar el Acuerdo, tergiversar sus mensajes y suscitar que la gente votara indignada. A los estratos medios y altos les hablaban de reforma tributaria, impunidad y elegibilidad de líderes de las FARC; a los estratos bajos, de los subsidios que recibirían los ex-guerrilleros. Mientras, en el Caribe amenazaban con que el Acuerdo convertiría al país en otra Venezuela. Uribe regañó a Vélez y este se sintió obligado a renunciar al CD.

Uribe prometió que si su fuerza política ganaba la próxima elección presidencial de 2018, anularía inmediatamente el Acuerdo, lo que no impidió que, en ocasiones, hablase de renegociarlo. Intentó también debilitar el apoyo de las Fuerzas Armadas en las negociaciones pero, por fortuna, no lo logró, y la participación de estas fue decisiva para el logro del Acuerdo Final.

Las negociaciones fueron complicadas y no suscitaron apoyo social masivo. Encuestadoras y comunicadores no intuyeron el voto vergonzante por el No. El director de El Espectador lo explica así: «Los grandes perdedores también fuimos los medios de comunicación. Vimos el No como un asunto del senador Álvaro Uribe y del exprocurador Alejandro Ordoñez, como una cosa política, y resulta que genuinamente la gente tenía unos temores que nosotros no supimos medir. El periódico se casó con el Sí y nunca escarbó qué había en el No».

Ventanas que se abren

Los tres pronunciamientos claves en la noche del 2 de octubre fueron esperanzadores. Las FARC pidieron persistir con el Acuerdo. Santos llamó a voceros del NO a sentarse al día siguiente a procesar las diferencias, prorrogó el cese bilateral del fuego hasta el 31 de octubre y envió a La Habana a los negociadores. Uribe llamó a no ser triunfalistas, nombró a sus tres precandidatos presidenciales como voceros del CD y listó sus peticiones, algunas ausentes del Acuerdo: no a la reforma a tributaria, a la justicia transicional y a la participación política de ex-guerrilleros inmersos en delitos de lesa humanidad; sí a la propiedad privada y a los valores de la familia.

La primera reunión con los triunfadores la tuvo Santos, el 3 de octubre, con el ex-presidente Andrés Pastrana, quien al salir dijo: «Con el ‘No’ se unió a los colombianos. El 98% del país está convencido de la paz. Hay un documento base importante que es el de La Habana, hay cosas buenas que hay por rescatar y otras que hay que implementar».

Luego llegó Uribe, quien, al salir de la reunión, celebró la disposición del presidente y volvió a leer sus posturas inamovibles. Sus acompañantes (precandidatos del CD, una líder conservadora, el ex-procurador y un pastor religioso) volvieron el 6 a otra reunión donde pidieron que el gobierno les explicara el Acuerdo y ellos en ocho días presentarían sus propuestas.

El proceso debe ser veloz. Cada día que pasa anula un calendario preciso para el abandono y la destrucción de armas, así como para la preparación de los ex-combatientes para la vida civil. El Acto Legislativo que permita poner en marcha un proceso legislativo exprés y le otorgue facultades al Presidente para implementar el Acuerdo todavía está paralizado. En definitiva, corre riesgo el cese del fuego.

Las reuniones deben estar acotadas al Acuerdo e ir produciendo resultados inmediatos: excluir los asuntos que no se refieren a él, respaldar los puntos sobre los que no tienen objeciones sustantivas, procesar con las FARC precisiones razonables a puntos criticados como justicia y participación política, y concretar la refrendación de ese pacto por la paz para dinamizar los mecanismos de implementación del Acuerdo, que no han sido cuestionados, y el arranque del proceso con el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

El pacto nacional pronto podría tomar forma política y jurídica vía un nuevo plebiscito sobre el Acuerdo ya ajustado, o ir a una riesgosa asamblea constituyente, que aún con una competencia limitada al Acuerdo, tomaría como mínimo un año. El peligro es alto. Las señales al mundo de que hubo un salto al vacío tienen ya repercusiones económicas.

Se necesita un gran movimiento nacional dinamizado por universidades, agrupaciones de víctimas, organizaciones sociales y colectivos ciudadanos, que convoque a los partidarios del Sí y a los del No. El movimiento empezó a marchar en distintas ciudades para exigirles a los opositores, al gobierno y a las FARC precisar YA el Acuerdo Final. El Premio Nobel de Paz a Santos y la presión internacional pueden ayudar a resolver esta incertidumbre suicida.