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Club Atlético Revolución. Sankt Pauli, el equipo «anticapitalista»

¿Quién dijo que el fútbol es el opio de los pueblos? En la zona roja de Hamburgo hay un club que se define como antirracista, antifascista y antihomofóbico. En las gradas de su estadio cuelgan banderas con el rostro del «Che» Guevara. Es seguido por punks, prostitutas y poetas. En el fc Sankt Pauli todo es exótico: tuvieron el primer presidente de un club de fútbol que se declaró abiertamente homosexual, algunos de sus jugadores participaron en las Brigadas de Solidaridad con la Revolución Sandinista y otros han hecho pretemporadas en Cuba. Su merchandising lleva la consigna «Ama al Sankt Pauli, odia el racismo» y su financiación procede, casi íntegramente, del aporte de los socios.

Club Atlético Revolución. Sankt Pauli, el equipo «anticapitalista»

1. Prostitutas, cabarets, avisos de neón, vagabundos y okupas. Un museo del sexo, decenas de bares donde la cerveza se impone por sobre el café. Ni rastros de las habituales tiendas de dulces que, en el imaginario colectivo, dominan las calles alemanas. Solo sexo, alcohol y desmesura. Estos son los extramuros del país de Kant, el rincón donde la civilización es resistida por heroicos ciudadanos en pie de guerra.

La región lleva el nombre de Sankt Pauli. Y es la zona roja de Hamburgo. Su calle principal –Reeperbahn–, ubicada en las cercanías del puerto, es el sitio donde los piratas hamburgueses anclan el exceso y la lujuria. Die sündige Meile (la milla del pecado), como se la conoce, vio nacer, entre otros, a los Beatles, entre gritos de éxtasis y mesas voladoras.

El héroe de la ciudad no es un maestro de escuela, ni un viejo dirigente político, mucho menos un empresario. Es un vagabundo. Su nombre era Holger Hanisch, y es reconocido y recordado por su dedicación al activismo gay y por la fundación en el viejo hospital del Puerto del Cafée mit Herz (Café con Corazón), sitio de ayuda a los sin techo.

Heavys sentimentales, punks románticos, prostitutas enamoradas. Eso es Sankt Pauli.

2. El FC Sankt Pauli es el equipo de fútbol de la ciudad y el club emblemático de la izquierda planetaria. El logo popular que lo identifica –un cráneo con los huesos cruzados– remite a los luchadores de esta ciudad portuaria. Fundado oficialmente en 1910, el Sankt Pauli no tiene como característica los éxitos deportivos ni los grandes resultados. ¿A quién podían importarle? Lo trascendente fue y es el apoyo de la clase trabajadora, el grito libertario de los compañeros de bar, cancha y rebeldía.

Pese a su larga historia en la defensa de los más nobles ideales, el club comenzó a acrecentar su reputación de «equipo rebelde» desde la década de 1980, cuando sus directivos decidieron trasladar los terrenos del club al muelle de Sankt Pauli, en las cercanías de la zona roja. El traslado provocó el crecimiento de una novedosa afición en la que destacaban punks, vagabundos, seguidores del heavy metal, socialistas, comunistas y anarquistas; y en la que no faltaban prostitutas, cantautores y hombres de letras.

3. Sus estatutos lo definen como una asociación deportiva «antifascista, antirracista y antihomofóbica». Las camisetas de la tienda oficial rezan la consigna «Ama al Sankt Pauli, odia el racismo». La venta de camisetas con nombres de los jugadores está terminantemente prohibida. Cuando el equipo ingresa en el campo de juego, los fanáticos cantan «Hell Bells», el tema de la banda heavy AC/DC; ante cada gol convertido por sus jugadores estalla el tema de Blur «Song 2». Los grupos musicales Bad Religion y Asian Dub Foundation le declaran su amor. Turbonegro, la banda punk noruega, compuso un tema que es ya, para los fanáticos, un himno nacional. El área VIP del estadio Millerntor no está reservada para magnates ni grandes empresarios, sino para los fanáticos, los Ultras del Sankt Pauli. La reputación del club crece a cada minuto y ya llega a tener más de 500 asociaciones de fanáticos en el mundo entero.

4. Hay quienes están convencidos de que no es necesario soñar con la sociedad comunista. Alcanza con simpatizar con el Sankt Pauli. Los socios del club parecen ser los obreros idealizados por Karl Marx. Ya no son dirigidos sino dirigentes. O ambas cosas, como corresponde a una relación dialéctica. Su poder es clave para mantener a los directivos en sintonía con los ideales y principios del club, y esto se verifica en las decisiones adoptadas durante los últimos años.

La prohibición de publicidad en las pantallas gigantes de TV presentes en el estadio y la negativa del club a vender camisetas con nombres de jugadores para no favorecer el individualismo deportivo son decisiones adoptadas en consonancia con la lucha permanente de socios e hinchas.

Otro suceso de destacada importancia es el que tuvo como protagonistas a las bellas y aguerridas simpatizantes del Sankt Pauli. Como buenas herederas de Rosa Luxemburgo, lucharon denodadamente por erradicar todo rasgo de machismo en las filas de su amado club. Hasta que, en 2002, consiguieron que la dirigencia retirase del estadio los carteles de publicidad de la revista masculina Maxim por considerarla denigrante para el género femenino.

Pero la protesta de las socias fue más allá. El Susis Show Bar del Reeperbahn había conseguido hacerse de un palco en el estadio, pagando 65.000 euros por temporada. Cada vez que el Sankt Pauli metía un gol, las strippers se iban sacando la ropa. Si el equipo ganaba, se desnudaban por completo. Así, las jóvenes eran más protagonistas que los propios jugadores del club. La reprimenda no tardó en llegar: las socias denunciaron el acto como discriminatorio para su género y los socios, como discriminatorio para los hombres alejados del palco. ¿Por qué ellos no podían ver con claridad esos cuerpos? Finalmente, por la protesta de los aficionados, la dirigencia ordenó la supresión de los bailes nudistas durante los partidos.

Dirigentes revolucionarios y socios en pie de guerra. Una combinación que distingue al Sankt Pauli.5. El estadio Millerntor es la casa del Sankt Pauli. Cada fin de semana, los simpatizantes del club lo transforman en sinónimo de alegría, festejos y locura. En sus tribunas ondean las banderas piratas y trapos con la cara del «Che» Guevara. Además, se exhiben pancartas desde lo más alto de los estribos con cruces esvásticas nazis tachadas por una línea roja. En el Millerntor los fascistas tienen la entrada prohibida.

Construido entre 1961 y 1970, el estadio tuvo originalmente capacidad para 32.000 espectadores y hoy vive un proceso de reconstrucción y ampliación. En 2011, los dirigentes del Sankt Pauli definieron la estrategia económica para lograr su cometido. No contrataron a especialistas en marketing ni en finanzas: simplemente lanzaron un bono contribución entre los socios del club para financiar las nuevas tribunas. El Bono Sankt Pauli 2011/2018, con un interés de 6% anual, se agotó en solo cuatro semanas. Más de 5.000 inversores rojos, financistas punks y economistas rebeldes dieron al Sankt Pauli una poderosa inyección económica. «Ni siquiera los más optimistas contaban con este éxito. Es un resultado magnífico para nuestro club y una maravillosa prueba de confianza de los inversores en la comisión directiva», afirmó el vicepresidente Tjark H. Woydt1.

El estadio fue, sin embargo, objeto de polémicas entre los miembros del club. La decisión de rebautizarlo Wilhelm Koch en la década de 1970, en homenaje al ex-presidente del club, fue rápidamente revocada ante el conocimiento del hasta entonces ignorado dato de que Koch había formado parte del Partido Nazi. En 1999 la dirigencia adoptó la decisión de volver a su antiguo e histórico nombre: Millerntor. Y, por iniciativa de los socios, resolvió no modificar nunca más el nombre del estadio.

6. Sin embargo, una característica asemeja al Sankt Pauli al resto de los clubes de fútbol, y es la de poseer un equipo rival. Su antagonista es el Hansa Rostock, club con el que no manifiesta tanto una diferencia futbolística como ideológica. Rostock –una localidad ubicada a orillas del mar Báltico que fue sede de la industria naval y aeronáutica nazi y que luego pasó a formar parte de la Alemania comunista– es un bastión de la ultraderecha. Allí el neonazismo encuentra gran cantidad de apoyos y las bandas de skinheads dominan el espacio público. Toda una afrenta para los fanáticos del Sankt Pauli, que se dejan en cambio coloridas crestas punk que se tiñen cada vez más de rojo, acorde con las mentes que las sostienen.

Deniz Naki, delantero alemán de padres turcos, se transformó en 2010 en uno de los máximos ídolos del Sankt Pauli, cuando al celebrar un gol se dirigió hasta la tribuna de los hinchas del Rostock –con el que se enfrentaban y en cuya cancha se disputaba el encuentro–, muchos de ellos neonazis, e hizo la señal de que les iba a cortar el cuello. Las cosas no terminaron allí. Apenas el partido hubo terminado, Naki decidió plantar bandera. Colocó una del Sankt Pauli sobre el césped del equipo rival.

La historia entre el Sankt Pauli y el Rostock es para los primeros la historia de la «lucha de clases». Y en ella parece no haber conciliación posible.

7. Los dinosaurios se extinguieron hace 5.000 años, pero todavía quedan algunos en Hamburgo. Los hinchas del Sankt Pauli lo saben bien, porque vivieron a su sombra durante más de 50 años hasta que, con su poderosa afición y sus gestos rebeldes, lograron imponerse sobre esa especie destinada, sin dudas, a la desaparición. Los dinosaurios son los hinchas del Hamburger Sport Verein (HSV), el otro club con el que los piratas mantienen una evidente rivalidad. El HSV es el histórico club de la región y se lo vincula al modo tradicional del deporte, a la comercialización y al capitalismo. En los partidos entre ambos clubes, los simpatizantes del HSV suelen colgar pancartas con la palabra Hass (odio), mientras que los punks anticapitalistas del Sankt Pauli responden con el insulto más grave que pueden propinar: «burgueses». La crítica se dirige contra un modelo de fútbol comercial y capitalista que el Sankt Pauli rechaza. Y que ni sus dirigentes ni sus socios están dispuestos a aceptar.

8. Quienes más han presionado por mantener el espíritu rebelde del club han sido los Ultras, los hinchas caracterizados del Sankt Pauli. Lejos de asemejarse a las hinchadas violentas de otros equipos, los Ultras se sienten pacifistas y antireaccionarios. Dentro del Millerntor hacen estallar a la afición con las canciones de AC/DC y Blur. Sus gritos y cánticos se combinan con las banderas piratas y con estampas con la cara del «Che». «Somos antifascistas y antirracistas consecuentes», declaran. Fuera del estadio tienen un sitio de reunión: el Jolly Roger, un bar punk ubicado en Reeperbahn. Como guardianes de la épica y el cambio, ríen y gritan, entre cervezas, rememorando épocas más o menos gloriosas. Pero no es la gloria lo que los aglutina. Es la identidad de ser, contra viento y marea, idealistas y románticos.

En el Jolly Roger, un domingo previo al partido en casa, se puede sentir el ánimo de los piratas del Sankt Pauli. Los borrachos se visten solemnemente para la ocasión con las insignias de la calavera de huesos cruzados, y el bar se muestra como un salón lleno de etiquetas, bufandas y productos del club. Antes, los rebeldes se reunían en cuevas o sótanos. Los revolucionarios organizaban acciones directas en pisos pequeños, fuera del alcance de la policía. Convocaban a sus amigos del exterior y en veladas internacionalistas preparaban la futura revolución mundial. Para los hinchas del Sankt Pauli no es necesario. Lo hacen en la libertad del Jolly Roger, convocando a los simpatizantes de los clubes hermanos: el Celtic, ligado a la izquierda escocesa, y el Livorno, vinculado a la tradición comunista italiana.

9. El Sankt Pauli no es solo fútbol. Sus valores –el antifascismo, el antirracismo, la tolerancia y la lucha contra la desigualdad– trascienden el campo de juego. Los vecinos de la zona roja lo saben bien. Ninguna organización de derechos humanos, ningún partido político de izquierda ni ninguna asociación civil ha salido a la calle a defender los derechos de las minorías sexuales y étnicas como lo han hecho los socios y simpatizantes del Sankt Pauli. Cuando faltan equipos médicos en los hospitales, cuando es necesario remodelar un cabaret o un bar de strippers, cuando hay que ampliar o mejorar las aulas de una escuela, cuando hay que restaurar las zonas más antiguas de la ciudad, allí están los piratas organizando partidos a beneficio. Y, durante la época invernal, es frecuente verlos consiguiendo ropa y comida para los homeless y vagabundos y sacando a los niños de la intemperie.

Para los vecinos del Reeperbahn, el Sankt Pauli es una suerte de Cáritas exótico que ayuda a la comunidad de la que se siente parte. No precisan, además, rezar padrenuestros ni tocar las puertas de la iglesia para conseguir la solidaridad. Alcanza con tomar unos tragos de cerveza y gritar por el club más importante de la izquierda mundial.10. Si el antirracismo y el antifascismo son las señas de identidad del club, no menos importante ha sido su constante política internacionalista. En 2006, cuando la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) preparaba la Copa del Mundo que se celebraría en Alemania, los dirigentes e hinchas del Sankt Pauli –haciendo las veces de trotskistas conscientes de la necesidad de extensión de su revolución– se propusieron desarrollar un campeonato alternativo. Así como en el campo de la economía el Foro Social Mundial vino a ser la respuesta crítica al Foro Económico Mundial, la FIFI Wild Cup (la Copa Salvaje de la Federación de Independientes del Fútbol Internacional) representó la acción contestataria al mundial oficial. El torneo contó con la participación de selecciones nacionales sin reconocimiento de la FIFA, como las del Tíbet, Zanzíbar y Groenlandia. Y, por supuesto, contó con los piratas, que pasaron a llamarse, en esa competición, República de Sankt Pauli.

La revolución –al menos la futbolera– no puede producirse en un solo país. Es por ello que en esta larga batalla internacionalista, los miembros y simpatizantes del Sankt Pauli han llegado a dar muestras de fraternidad inimaginables en el ámbito del deporte. En la década de 1980, varios jugadores del equipo se alistaron en las Brigadas de Solidaridad con la Revolución Sandinista y viajaron a Nicaragua para dar su apoyo al proceso dirigido por Daniel Ortega y Tomás Borge. En 2005 hicieron lo propio con Cuba, donde realizaron su pretemporada, que se coronó con un partido entre el Sankt Pauli y la selección de la isla rebelde, a través del cual los bucaneros pretendían expresar su solidaridad con el gobierno de Fidel Castro.

Además, la colaboración de los piratas con la Welthungerhilfe, una ONG alemana que apoya con alimentos a los ciudadanos de bajos recursos en el mundo entero, es creciente. Junto con ellos, el Sankt Pauli ha desarrollado campañas como «Viva con agua de Sankt Pauli», que permitió llevar agua embotellada a Ruanda y otros países de África.

11. Soy tan fiel a mi club como infiel a mis amantes. Mi club demuestra que se puede ser gay y viril.2

No son las frases de un fan. No son las sentencias de un aficionado. Son las máximas del ex-presidente del Sankt Pauli, Corny Littmann, el primero en el mundo en declararse abiertamente homosexual y asumir su cargo vestido de mujer. Littmann, que abandonó su puesto hace cuatro años, es otro ingrediente en la loca historia del club. Este empresario teatral vinculado al circuito under de Hamburgo cobró fama al celebrar el ascenso del Sankt Pauli a la primera categoría en el año 2010. El festejo no fue otro que una fiesta con bailes de fortachones y musculosos strippers y travestis, y con las putas del Reeperbahn como lujosas invitadas. A Littmann –que está casado con un tenor tunecino– también se lo pudo ver semidesnudo en una playa junto a quien era arquero del Sankt Pauli, Benedikt Pliquett, quien en lugar de cubrirse los genitales con un traje de baño tradicional lo hacía con una sunga con cabeza de chancho.

En su gestión como presidente del Sankt Pauli, entre 2002 y 2009, Littmann consiguió sanear económicamente el club. Pero, sobre todo, logró darle aún más pimienta a su exótica cultura.

12. Al Sankt Pauli, la esencia obrera no le ha impedido soñar con lo más alto. Y por eso en 2010 logró ascender a la primera división de la Bundesliga. Y la exitosa campaña fue coronada con una catarata de festejos. Dado que este es un club rojo –y no solo por la pertenencia a la izquierda–, la empresa erótica Orion fabricó, como parte de las celebraciones, 20.000 preservativos con el escudo del Sankt Pauli. Los dirigentes del club se explicaron: hay que enseñarles a los ciudadanos la responsabilidad del uso de preservativos, la educación sexual es un pilar del club3.

Aunque en solo un año volvieron a la segunda categoría, los bucaneros mantuvieron y realzaron su espíritu rebelde. El 14 de abril de 2012, durante un partido que el Sankt Pauli disputaba contra el Union Berlin en la carrera por el ascenso, el jugador pirata Marius Ebbers anotó un gol con la mano. Pero inmediatamente se arrepintió: se acercó al árbitro y pidió la anulación del tanto. Los dirigentes del Sankt Pauli defendieron al jugador: la ética es, para los bucaneros, una parte indispensable de la cultura deportiva.

13. «Es el equipo de la clase trabajadora», dice Butje Rosenfeld, ex-jugador del club4. «Hay cosas mucho más importantes que ganar. Lo necesario es que los obreros se sientan parte de las decisiones», acota Wolfgang, un hincha caracterizado5. Opiniones que revelan que el Sankt Pauli no es un equipo más. Es el club de los proletarios alemanes.Según Oliver Bock, jefe de redacción del fanzine Der Übersteiger,

el Sankt Pauli está logrando acercar al fútbol a muchas personas que uno no se imaginaría interesadas en este deporte. Los críticos del Sankt Pauli pueden argumentar que es solo una actitud fashion y cool y, de hecho, yo mismo conozco a muchas personas de izquierda a las que el Sankt Pauli les desagrada por esa razón. Pero hay que diferenciar entre el núcleo duro y los que acaban de subirse al carro.6

Por eso, en un mundo en el que el fútbol es dominado por las grandes empresas y el capitalismo financiero internacional, el ejemplo del Sankt Pauli no parece menor. Como diría el «Che»: crear dos, tres… muchos Sankt Pauli. Esa es la consigna.

  • 1.

    «El St. Pauli se financia con seis millones de euros de sus aficionados» en El Mundo, 9/12/2011.

  • 2.

    «Tabú y pasión» en Rio Negro, 30/6/2006; Jorge Moreno: «El St. Pauli, un club distinto» en Depor.pe, 26/8/2010.

  • 3.

    Der Übersteiger No 103, 5/2011.

  • 4.

    Quique Peinado: «Punk, anarquismo y condones para la Bundesliga» en Marca, 10/5/2010.

  • 5.

    Der Übersteiger No 98, 2/2010.

  • 6.

    James Brennan: «fc St Pauli: a Symbol of Non-Conformity» en 4men Magazine, 15/7/2011, disponible en http://gulfnews.com/sport/football/fc-st-pauli-a-symbol-of-non-conformity-1.836344.