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Clima, política de cambio climático y caballos muertos. Por qué la protesta rutinaria no es suficiente

Hay una máxima de los indígenas Dakota que dice: «Si descubres que estás montando un caballo muerto, ¡desmonta!». Sin embargo, respecto del cambio climático, se sigue una serie de repertorios, tanto desde los Estados –con las cumbres de las Naciones Unidas– como desde la sociedad civil, con formas de presión que no han dado resultados. Las líneas de argumentación son conocidas: de la fórmula «cambio climático + catástrofe = necesidad de acción del Estado» no se duda. Pero en verdad, la fórmula correcta debería ser: «inacción del Estado en la política de cambio climático + intereses económicos = emisiones en aumento».

Clima, política de cambio climático y caballos muertos. Por qué la protesta rutinaria no es suficiente

De la contundente certeza del cambio climático y las catástrofes que resultan de él suele derivarse la demanda de que la comunidad internacional actúe con responsabilidad. Hay que limitar el aumento de la temperatura global en este siglo para que sea, a lo sumo, superior en 2ºC al registrado durante toda la era preindustrial, y el tiempo apremia. No solamente los países anfitriones de las Conferencias de la Organización de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (en 2015, el acontecimiento tendría lugar otra vez en Francia), sino también Alemania y la Unión Europea deben tomar conciencia de su especial responsabilidad y asumir (nuevamente) un papel protagónico. Esta es la idea básica que siguen innumerables ONG en su compromiso de proteger la atmósfera terrestre. Se esfuerzan en recordarles sus obligaciones a las instituciones estatales nacionales, europeas e internacionales.

Pero ni los diferentes Estados, ni la UE ni la comunidad internacional en su conjunto parecen tener la voluntad de tomar medidas ambiciosas sobre cambio climático, o tan siquiera hablar con una sola voz. La situación dista mucho de ello, ya que a fines de 2013 el gobierno polaco, en simultáneo a la Conferencia de la ONU, agasajó al lobby internacional de la industria del carbón, e incluso separó de su cargo al ministro de Medio Ambiente durante las negociaciones sobre cambio climático. La disgregación interna de la política sobre cambio climático se inició hace ya años, comenzando por Copenhague (2009), siguiendo por Cancún (2010) y Durban (2011), hasta llegar a Doha (2012). La amplitud de ese fracaso no hace más que alcanzar siempre nuevos límites.

Protesta y alternativas

Es por ello que numerosas plataformas socioecológicas y organizaciones ambientalistas y de fomento al desarrollo se resisten últimamente a colaborar con las conferencias de la ONU sobre cambio climático. Fuera de los salones de reunión, abogan porque no se tome el cambio climático como una catástrofe ambiental que puede ser afrontada con instrumentos del mercado, sino como una crisis social y del sistema económico capitalista mucho más profunda. Por eso, durante la Conferencia sobre Cambio Climático de 2007, estas agrupaciones se organizaron en la red Climate Justice Now (Justicia Climática Ya), y en 2009, en Copenhague, en la liga de acción Climate Justice Action (Acción por la Justicia Climática).

En estas redes se vincula la cuestión ecológica con la social, tomando como nexo el tema central de la justicia climática. Además, se exige abordar las causas del cambio climático desde sus raíces políticas y económicas. Pero nadie quiere escuchar esto. Tampoco aquellas organizaciones ambientalistas y de fomento al desarrollo que se han instalado cómodamente en los salones de la ONU, dentro de la Red de Acción Climática (CAN, por sus siglas en inglés). Si bien su mensaje central es que la acción de los Estados y las conferencias anuales de la ONU carecen de alternativas, apoyan y legitiman un sistema de negociación que, con la aprobación del Protocolo de Kioto, debería avanzar en el terreno del derecho internacional, pero que año a año ha ido perdiendo su esencia multilateral. A pesar de ello, el Estado y la comunidad internacional siguen siendo los principales destinatarios en los que se cifran todas las esperanzas: hace ya tiempo que no se puede hablar de demandas. Las líneas de argumentación son conocidas: de la fórmula «cambio climático + catástrofe = necesidad de acción del Estado» no se duda. Pero jamás se probó que esa fórmula funcionara. En verdad, la fórmula correcta debería ser la siguiente: «inacción del Estado en la política de cambio climático + intereses económicos = emisiones en aumento». Las pruebas de ello se han vuelto últimamente abrumadoras.

Incluso en Alemania, las emisiones de gases de efecto invernadero subieron en 2012 con respecto a 2011. Por su parte, Estados Unidos, que jamás ratificó el Protocolo de Kioto, pudo disminuir sus emisiones mediante el uso cada vez mayor de gas natural recurriendo al llamado fracking en la extracción, lo cual conduce a tremendos problemas, aunque muy distintos, para los seres humanos y el ambiente.

Es necesario mirarse en el espejo

Por eso, ya es hora de hacer, también hacia el interior de la sociedad civil, un profundo análisis de las causas y de indagar con espíritu crítico las arraigadas rutinas de protesta. Después de años de reuniones en las que los Estados han fracasado y de los masivos bloqueos a iniciativas internacionales perpetrados por la propia comunidad internacional, habría que trabajar con las iniciativas, campañas y experiencias acumuladas hasta hoy para desarrollar sobre esa base nuevas ideas y estrategias en la lucha contra el cambio climático. Christoph Bals, gerente político de Germanwatch, parece presentirlo, cuando en un artículo para el Süddeutsche Zeitung menciona al jefe de negociaciones de Filipinas, Naderev Yeb Saño, quien durante la Conferencia de Varsovia y después del desastroso tifón Haiyan preguntó si no había llegado la hora de la desobediencia civil1. El repertorio de iniciativas de los actores de la sociedad civil y de los movimientos sociales es, por cierto, mucho más imaginativo que los constantes trabajos de preparación y colaboración en negociaciones que degeneran en farsa.

Pero primero vayamos a la cuestión de las causas. Greenpeace se mostró indignado con el gobierno polaco cuando este agasajó al lobby del carbón. Pero es precisamente allí donde radica el problema estructural de la política internacional sobre cambio climático. Dicha política se corresponde con la selectividad esencialmente problemática que suele ser propia de la política internacional: el punto central que orienta las negociaciones sobre cambio climático en la ONU es solamente el espíritu maléfico –esto es, las emisiones que aumentan año a año– que libera de la lámpara, o sea, del circuito productivo, nuestro sistema económico entrenado para lograr un crecimiento cada vez mayor. A lo cual se suman, a modo de nuevos temas centrales, medidas de adaptación, daños causados por el cambio climático (pérdidas y daños), REDD + (reducción de emisiones de carbono causadas por la deforestación y la degradación de los bosques) o servicios ecológicos. Nada de ello afecta el input del régimen energético basado en combustibles fósiles. Esto no es, de ninguna manera, la consecuencia lógica del cambio climático producido por los seres humanos, sino que se corresponde con la poderosa selectividad con que ciertos intereses fijan los temas.