Entrevista

Claves de una remontada histórica

Entrevista a Beto Vasques


octubre 2026

La inesperada victoria de Luiz Inácio Lula da Silva frente a Flávio Bolsonaro fue posible gracias a la movilización de los sectores populares, la irrupción de una nueva generación de activistas y un giro en la disputa política en las redes sociales. En esta entrevista, el politólogo brasileño Beto Vasques aborda las dimensiones de esa victoria y analiza los retos de la izquierda para transformar la movilización electoral en un proyecto político duradero.

<p>Claves de una remontada histórica</p>  Entrevista a Beto Vasques
Getty Images News/Getty Images.

El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro triunfó en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas frente a Luiz Inácio Lula da Silva. Tres semanas después, el actual presidente protagonizó una remontada que pocos consideraban posible: obtuvo más de 64 millones de votos, alcanzó 51,79% de los sufragios válidos y consiguió un cuarto mandato presidencial. Entre una votación y la otra, las calles se llenaron de manifestantes, una nueva generación de activistas se incorporó a la campaña y el llamado «Ejército de Lula», organizado por el diputado André Janones, convirtió WhatsApp en un centro de coordinación política.

¿Qué hizo que sectores populares desencantados se movilizaran para votar al presidente? ¿Qué papel tuvieron las mujeres evangélicas, los jóvenes y los electores que rechazaban el regreso del bolsonarismo? ¿Qué dificultades enfrenta una izquierda que logró ganar las elecciones, pero deberá gobernar con un Congreso adverso? En esta entrevista con Nueva Sociedad, Beto Vasques analiza la elección, el nuevo protagonismo de las redes y los desafíos para transformar una movilización electoral en una fuerza política duradera. Beto Vasques, es profesor universitario, Coordinador del Laboratorio de Opinión Pública y Medios Digitales en la Escuela de Sociología y Política de San Pablo y Director del Instituto Democracia en Jaque.

La remontada de Lula fue tan inesperada que incluso una gran parte del Partido de los Trabajadores (PT) parecía resignada a la derrota después de la primera vuelta. ¿Qué cambió durante las tres semanas entre las dos vueltas y cómo se combinaron el rechazo a Flávio Bolsonaro, la defensa de la democracia y el apoyo propiamente lulista para revertir el resultado?

Antes de entrar en el resultado, me gustaría señalar la dimensión histórica de lo que pasó. Lula decidió jugarse todo. Si perdía contra Flávio Bolsonaro, el golpe habría sido devastador. Muchos podrían haberle aconsejado que se retirara, que preservara su trayectoria y evitara terminar su carrera con el riesgo de una derrota de esas características. Pero decidió competir. Lula ocupa un lugar excepcional en la historia brasileña. Es un dirigente que ha estructurado la escena política durante décadas, ganó cuatro elecciones presidenciales después de haber perdido las tres primeras y sigue despertando pasiones como ningún otro líder político. Me gusta definirlo como «el espejo incómodo» para los brasileños, que sintetiza a Brasil, con sus luces y sombras. Por ello, nadie permanece indiferente ante Lula. Esta elección consolidó todavía más ese lugar. No se trata simplemente de que volviera a ganar, sino de la dimensión política de esa remontada frente a una extrema derecha que se proponía regresar al poder.

Ahora bien, creo que el resultado se explica por un doble reencanto. Por un lado, el reencanto de los electores que defienden la democracia y rechazan el bolsonarismo. Por otro, el de los votantes más fieles de Lula, especialmente los sectores populares, que no estaban contentos con su gobierno. Son dos procesos distintos y complementarios.

En la primera vuelta no tuvimos una verdadera campaña presidencial. Puede sonar exagerado, pero la conversación pública giró alrededor de otros asuntos: la crisis del Banco Master1, las disputas en el Supremo Tribunal Federal, las controversias sobre sus integrantes, incluso temas religiosos asociados a la polémica sobre Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil2. De este modo perdieron peso las propias biografías de los candidatos, los legados de los gobiernos que representaban y los proyectos de futuro que proponían.

A mi juicio, esto favoreció a Flávio. Cuando se enfrentan dos candidatos con índices muy altos de rechazo, y uno de ellos es el presidente que busca la reelección, la elección tiende a convertirse en un plebiscito sobre la continuidad del gobierno. En un contexto internacional en el que tantos gobiernos son castigados en las urnas, en lo que se dio en llamar la «maldición de los oficialismos», esa dinámica era particularmente peligrosa para Lula. La evaluación del gobierno mostraba, a su vez, una pequeña ventaja de las opiniones negativas sobre las positivas. Y Flávio se impuso en la primera vuelta con una diferencia de casi 1,9 puntos porcentuales. Esa victoria inicial le dio todavía más impulso.

Podía percibirse un deseo de cambio que yo llamaría inercial, poco reflexivo y sin demasiado entusiasmo. No necesariamente se trataba de una adhesión apasionada a Flávio. Para muchos electores, «cambio» significaba apenas sacar al PT del gobierno. Era un significante casi vacío: se quería cambiar, pero no se había discutido hacia dónde ni para qué. La segunda vuelta alteró ese escenario.

La campaña comenzó a hablar de la trayectoria de Flávio Bolsonaro, del gobierno de su padre y de lo que él prometía hacer. Se puso sobre la mesa la gestión de la pandemia, la tentativa de golpe de Estado en 2022-2023, el riesgo de un agravamiento de la pobreza y, más en general, la posibilidad de un nuevo retroceso democrático. Flávio había hablado de modificar la Constitución sin explicitar los cambios o de liberalizar nuevamente la circulación de armas, y una parte del electorado empezó a preguntarse si ese era realmente el cambio que deseaba. Esto permitió llenar de contenido la palabra «cambio», ya no en abstracto, sino pensando en el gobierno de Jair Bolsonaro.

Hubo entonces dos grandes ejes en esa recapitulación. El primero fue la defensa de la democracia: la separación de poderes, la independencia de la justicia y los límites al poder presidencial. El segundo fue la preocupación por una regresión de derechos, desde las libertades de las mujeres y de las personas LGBTI+ hasta la protección de los pueblos indígenas, sobre todo en la Amazonia. A eso se sumaba el temor a la persecución de los adversarios, la sociedad civil, los movimientos sociales y la prensa. Son cuestiones distintas, pero en conjunto ayudaron a activar a un electorado que no necesariamente se identificaba con Lula ni con el PT y que, sin embargo, no quería volver al bolsonarismo.

La movilización popular y de izquierda fue determinante. Pero también existió un movimiento, bastante más silencioso, de sectores liberales que habían acompañado a Lula en 2022 y que esta vez estaban distanciados de su figura y del gobierno. Durante gran parte de la campaña permanecieron callados. Algunos solo en los últimos días firmaron manifiestos o reconocieron que volverían a votarlo. No querían alinearse con el PT, pero decidieron impedir el regreso del bolsonarismo. Esa contribución existió, aunque fue mucho menos visible que en 2022. Esta vez fue la juventud, seguida tanto por la gente común como por sectores de la izquierda organizada, la que tomó las calles y las plataformas digitales de una manera inédita.

Usted habla de un segundo movimiento, menos visible, que fue el reencuentro de Lula con una parte de su electorado histórico. El presidente había recuperado políticas sociales y mejorado algunos indicadores, pero seguía encontrando malestar entre los sectores históricamente más fieles. ¿Por qué se había debilitado ese vínculo? ¿Qué hizo que esos votantes, incluidos algunos que pensaban abstenerse o votar en blanco, volvieran a acompañarlo en la segunda vuelta? ¿Pesó más el temor a perder derechos y conquistas o la identificación afectiva con Lula?

Ese segundo movimiento es fundamental y, a mi juicio, se está discutiendo menos de lo que merece. Lula tenía un problema precisamente entre los sectores que históricamente habían sido su principal base electoral: los votantes del Nordeste y las familias cuyos ingresos no llegan a un salario mínimo, en especial los hogares monoparentales encabezados por mujeres. Son los más pobres, muchas veces personas socialmente invisibilizadas. En esos grupos Lula solía conseguir porcentajes cercanos a 70%, pero en la primera vuelta una parte importante no lo acompañó.

¿Por qué? Porque estaban enojados. El gobierno había mejorado indicadores sociales y había recuperado políticas importantes, pero para esas personas el costo de vida seguía siendo muy alto y la violencia urbana era una preocupación cotidiana. La percepción de inseguridad y las dificultades para llegar a fin de mes pesaban mucho más que cualquier balance macroeconómico. A veces se produce una incomunicación: el gobernante siente que está haciendo un enorme esfuerzo por mejorar la vida de la gente y no entiende por qué esa gente no se lo reconoce. Y el elector, a su vez, siente que sus dificultades concretas no son suficientemente atendidas.

Sin embargo, en los últimos días hubo una suerte de reconciliación entre Lula y sus electores. En el Nordeste, Lula había conseguido cerca de 62% en la primera vuelta y terminó por encima de 69% en la segunda, una proporción similar a la de 2022. Lo más llamativo es que las encuestas previas no captaron completamente ese movimiento. Mi hipótesis es que operó una suerte de espiral del silencio: votantes cautivos de Lula, antes descontentos, que no necesariamente anunciaban su decisión, terminaron regresando a él.

No lo digo como una intuición aislada. Mi interpretación parte de sistematizar lo que fui escuchando en estudios de redes y grupos focales; todavía no podemos demostrar con certeza qué produjo cada desplazamiento electoral. Pero en el último debate televisivo, por ejemplo, se vio a un Flávio Bolsonaro soberbio, que trató a Lula de manera despectiva. Mi impresión es que una parte del electorado popular reaccionó pensando algo así: «Podemos estar enojados con Lula y criticarlo, pero ese hijo de papá no tiene autoridad para humillarlo». Se activó la necesidad de defender a alguien que, pese a todo, consideran propio.

También apareció una cuestión material muy concreta: el temor a perder conquistas. A los aumentos del Bolsa Família y a la actualización de las jubilaciones y del salario mínimo se añadieron nuevos logros, como el fin de la escala 6x1, es decir, seis días de trabajo por uno de descanso, y su reemplazo por la escala 5x2, de cinco días semanales. A eso se sumó la promesa de Lula de hacer gratuito el transporte público los fines de semana a partir de 2027. Para una familia de bajos ingresos, esas medidas pueden cambiar la organización de la vida diaria y tienen además una dimensión aspiracional: acceder a un tiempo libre que, por lo general, solo disfrutan las clases medias. En el último tramo, la disyuntiva dejó de ser simplemente continuidad o cambio y pasó a ser qué derechos podían conservarse y cuáles estaban en riesgo.

Hay otro dato notable: entre las dos vueltas aumentó de manera significativa la participación. Casi cinco millones de personas que se habían abstenido o votado en blanco o nulo decidieron emitir un voto válido; también se redistribuyeron los votos de los candidatos que habían quedado fuera de la segunda vuelta y Lula obtuvo un porcentaje de ellos mayor al esperado. Hubo incluso electores que pasaron de Flávio a Lula entre las dos vueltas. Así se entiende el salto desde una derrota por más de dos millones de votos en la primera vuelta hasta una victoria por más de cuatro millones en la segunda.

Yo distingo tres tipos de votantes que cambiaron de opción. Está el pendular progresista, que duda entre votar a Lula o quedarse en su casa; el pendular conservador, que oscila entre Flávio y la abstención; y un tercer grupo, verdaderamente indeciso entre las alternativas. Los tres se movieron. Los primeros salieron a votar a Lula, una parte de los segundos prefirió no participar y algunos de los terceros cambiaron su voto hacia Lula. La defensa de la democracia, el temor a la violencia y la protección de derechos sociales fueron decisivos para ese último grupo.

Una de las grandes novedades de la segunda vuelta fue el regreso de las movilizaciones callejeras, con una fuerte presencia juvenil. En muchos casos no fueron las estructuras sindicales o partidarias las que marcaron el ritmo. ¿Cómo se alimentaron mutuamente la calle y las redes? ¿Qué permitió transformar ese entusiasmo en participación política y, finalmente, en votos?

Para entender la campaña hay que mirar dos dimensiones que son inseparables: comunicación y movilización. Durante demasiado tiempo las analizamos como si una sucediera en internet y la otra en las calles. En esta elección, esa frontera prácticamente desapareció. La movilización desbordó a la campaña oficial y, a la vez, la comunicación digital amplificó lo que estaba sucediendo en las manifestaciones.

La primera semana después de la votación inicial fue muy particular. Flávio Bolsonaro actuaba como si ya tuviera asegurada la victoria. En el campo del PT había desconcierto y se buscaban responsables de la derrota: el asesor de comunicación, la estrategia, la campaña. Mientras los dirigentes discutían, una parte de la sociedad decidió pasar a la acción. La gente salió a la calle sin una convocatoria centralizada. Había una sensación muy fuerte de que no se podía permitir el regreso de otro Bolsonaro.

A mí me impresionó especialmente la composición de esas movilizaciones. Durante muchos años, las manifestaciones de la izquierda brasileña habían dependido fundamentalmente de los sindicatos y de militantes de generaciones mayores. Esta vez vimos una gran cantidad de jóvenes, muchos de los cuales no provenían de las organizaciones tradicionales. Era algo que no veía en Brasil desde hacía mucho tiempo. Me recordó, en cierta medida, los primeros momentos de Podemos en España, cuando aparecieron jóvenes que se incorporaban a la vida política sin pasar por las estructuras tradicionales.

Esos jóvenes no separaban la organización de una marcha de su actividad en las redes. Algunos de mis estudiantes se encontraban durante la semana, preparaban carteles, intercambiaban ideas por WhatsApp, acordaban consignas, iban juntos a las manifestaciones, grababan videos, tomaban fotografías y después seguían conversando en internet. Yo suelo resumirlo así: dos horas en la calle podían convertirse en dos días de movilización digital. El acontecimiento no terminaba cuando la gente regresaba a su casa. Continuaba a través de imágenes, relatos, memes y convocatorias a nuevas acciones. Participaron también comunidades digitales que no habían surgido alrededor de la política partidaria, como grupos de seguidores del K-pop [el pop coreano] y de bandas como BTS. Eso ayudó a producir otros lenguajes, otras formas de identificarse con la campaña y una circulación de contenidos que iba mucho más allá de las cuentas oficiales del PT. Las redes alimentaban las movilizaciones y las movilizaciones proporcionaban contenido, entusiasmo y legitimidad a las redes. No fueron dos éxitos paralelos: cada uno fortaleció al otro.

Hubo una disputa en un terreno muy amplio. Durante años, la extrema derecha se había presentado como audaz, transgresora, entretenida, capaz de captar la atención de los jóvenes. Mientras tanto, la izquierda aparecía muchas veces solemne, rígida, incapaz de producir entusiasmo. En la segunda vuelta eso cambió. Circularon memes, imágenes, figuras populares, mensajes humorísticos y formas de participación que volvieron atractiva la identificación con Lula. No se trató simplemente de comunicar mejor una propuesta electoral. Se comenzó a disputar qué era deseable, qué resultaba divertido, dónde estaba la energía de la sociedad. En otras palabras, se disputó la producción de sentido.

El último día también fue importante la movilización para que la gente fuera a votar. El bolsonarismo tiene estructuras de presión electoral muy fuertes, desde redes locales de poder, como las milicias en Río de Janeiro, hasta ciertos liderazgos religiosos. Esta vez hubo, del otro lado, personas que buscaron a vecinos, familiares o amigos, ayudaron a quienes tenían dificultades de movilidad e insistieron para que nadie se quedara en su casa. Aun con problemas de transporte en algunas ciudades -con denuncias de reducción deliberada de la flota de ómnibus por parte de las alcaldías de San Pablo y Salvador, que llevaron a la intervención de la Justicia Electoral-, se produjo un esfuerzo colectivo excepcional. Esa articulación entre las calles, las redes y la movilización del voto fue una de las grandes claves de la victoria.

Durante años, el bolsonarismo pareció tener una gran ventaja en la comunicación digital, mientras el PT y las organizaciones de izquierda mostraban dificultades para coordinar sus mensajes. En la segunda vuelta, André Janones impulsó el llamado «Ejército de Lula», organizado alrededor de un canal de WhatsApp que reunió a más de diez millones de personas -y hoy es mirado con envidia por la izquierda global-. ¿En qué consistió realmente su innovación? ¿Cómo se relacionó esa operación con la movilización espontánea y con la militancia tradicional? ¿Hasta qué punto puede atribuírsele una parte decisiva de la remontada?

Es comprensible que ahora todas las izquierdas quieran llevarse a Janones a sus países, casi como si fuera un amuleto. Pero sería un error imaginar que todo se explica por una persona o por una herramienta tecnológica. Janones es uno de los grandes ganadores de estas elecciones: tiene un enorme mérito, y lo que hizo será estudiado en las facultades de comunicación de todo el mundo. Aun así, lo hizo en un contexto de movilización y de temor a un nuevo gobierno bolsonarista. Sin ese combustible político, el dispositivo digital no habría tenido la misma fuerza.

Conviene recordar cómo cambiaron las formas de organización en WhatsApp, que en Brasil se utiliza de forma muy masiva. En 2018, la extrema derecha aprovechó la posibilidad de enviar mensajes masivos, muchas veces desde números desconocidos, y de reenviar contenidos sin grandes restricciones. Después fueron adquiriendo importancia los grupos y las listas de difusión. En esta elección, en la que la plataforma ya no permite enviar mensajes a listas ilimitadas de personas, Janones utilizó una nueva funcionalidad, los canales de WhatsApp, que permiten reunir a millones de seguidores en un solo espacio. El «Ejército de Lula» superó los diez millones de integrantes y se convirtió en un centro desde el que se organizaban acciones coordinadas en distintas plataformas.

Pero la innovación no fue únicamente técnica. Janones identificó dos objetivos. El primero fue la coordinación de los mensajes, lo cual suele ser problemático en la izquierda. Consiguió que muchas personas hablaran del mismo asunto, con un enfoque compartido y en un mismo momento. Así podían instalar temas en la conversación pública en lugar de limitarse a reaccionar frente a la agenda de la extrema derecha.

El segundo logro fue dar organización a una participación digital que normalmente es dispersa. Muchos militantes rechazan reproducir un hashtag creado por otro, compartir un video ajeno o seguir instrucciones porque sienten que pierden autonomía. En esta ocasión, el deseo de impedir el regreso del bolsonarismo produjo una disposición inusual a actuar colectivamente. Personas muy distintas aceptaron las «misiones» que se difundían en el canal, compartían contenidos en Instagram, contribuían a los trending topics en X y multiplicaban mensajes coordinados. No se trataba solo tener seguidores: era convertirlos en participantes activos y organizados de una campaña.

Una de las cosas que más me impresionó fue la capacidad de orientar la conversación pública. Una semana antes de la segunda vuelta, Roberta Luchsinger, investigada por la Policía Federal y vinculada con un hijo de Lula, dio una entrevista a CNN Brasil en la que anunció que pensaba delatar al presidente y a su hijo, y la campaña de Flávio buscó instalar el tema. Janones pidió a sus seguidores que no amplificaran ese asunto, que no hicieran clic ni lo compartieran, y organizó acciones simultáneas: una transmisión en vivo, mensajes coordinados en las redes y hashtags en X. El episodio, que en otro momento habría sido el tema central de los últimos días de campaña, terminó ocupando un lugar marginal en los noticieros, sin llegar a dominar la agenda. La producción de sentido se convirtió en producción de realidad, es decir, en la capacidad de definir qué es relevante y qué no, y, por lo tanto, qué merece ocupar la conversación pública. Esta vez fue Janones quien lo hizo. La extrema derecha de todo el planeta viene haciéndolo desde hace una década, con mucha eficacia y grandes cantidades de mentiras.

Además de esa coordinación, creo que Janones recuperó tres dimensiones subjetivas que la derecha radical había trabajado mucho mejor durante la última década: pertenencia, entretenimiento y protagonismo. Pertenencia, porque una comunidad digital tan grande puede hacer que una persona no se sienta aislada políticamente, incluso en un momento de derrota o desánimo. Entretenimiento, porque la participación política dejó de limitarse a compartir declaraciones solemnes y se llenó de humor, ironía y creatividad. Y protagonismo, porque personas que nunca habían tenido un papel en una campaña sintieron que podían intervenir de inmediato en un acontecimiento histórico.

Eso último es especialmente importante. Un joven puede acercarse a una organización de izquierda y encontrarse con una estructura jerárquica y aburrida, donde debe esperar años antes de ser escuchado o de asumir una responsabilidad. En ciertos espacios de extrema derecha ocurre lo contrario: alguien llega, plantea una idea y encuentra de inmediato reconocimiento, aunque la idea sea disparatada, mientras se divierte. Esa capacidad de ofrecer participación y entretenimiento, y de hacer sentir importante a una persona, tiene una enorme fuerza. Durante la segunda vuelta, la izquierda brasileña recuperó algo de esa energía. Y no rehuyó la ironía. Muchos se reían de sí mismos por formar parte del «ejército» de Janones y por seguir las instrucciones de quien Lula, el día de la victoria, llamó «nuestro general». Esa autoironía se tradujo, de forma espontánea, en una multiplicación de memes que hicieron la campaña más atractiva y «sexy».

De todos modos, sería equivocado transformar la experiencia en una receta universal. Un canal puede tener muchos suscriptores y no lograr grandes efectos. Lo decisivo fue que se combinó con las manifestaciones, con una campaña que empezó a hablar de temas sustantivos y con un electorado dispuesto a involucrarse. Janones dio organicidad a una fuerza social que ya estaba moviéndose. Por eso hablo de comunicación y movilización como dos partes del mismo proceso.

La ofensiva digital planteó, además, una discusión sobre los métodos. El «Ejército de Lula» consiguió disputar la agenda pública y, en ocasiones, desplazar asuntos que la campaña de Flávio Bolsonaro intentaba instalar. Pero Janones también abrió un debate sobre la posibilidad de utilizar maniobras de distracción y sobre cómo responder a una extrema derecha que durante años recurrió a noticias falsas y ataques coordinados. ¿Se puede librar una guerra de comunicación tan intensa sin reproducir esas prácticas? ¿Dónde está la frontera entre una campaña combativa que utiliza hechos verdaderos y una operación de desinformación? 

Sí, creo que se puede hacer una campaña digital muy dura sin basarla en noticias falsas. Esa fue, en gran medida, nuestra experiencia. Janones dijo algo así como: «Estamos haciendo lo que ellos siempre hicieron, pero mientras ellos utilizan noticias falsas, nosotros utilizamos hechos verdaderos». Durante la segunda vuelta también circularon materiales como la serie de videos de la iniciativa del colectivo Revelando, que abordaba la trayectoria de Flávio Bolsonaro, el gobierno de su padre y sus propuestas. Había buenos guiones y figuras conocidas, y esos contenidos ayudaron a discutir asuntos que habían quedado al margen durante la primera vuelta.

Ahora bien, ustedes me recuerdan algo que Janones también dijo que, si hacía falta un rumor para distraer al adversario y hacerlo gastar energía, podía utilizarse. Y ahí no voy a hacerme el ingenuo. Si por noticia falsa entendemos un rumor lanzado para despistar al otro campo, esa posibilidad entra en la discusión. Otra cosa muy distinta sería inventarle a Flávio una acusación monstruosa y sin fundamento. No estoy hablando de eso. Pero tampoco creo que podamos librar una disputa de estas características desde la mera pureza. La extrema derecha lleva años utilizando recursos agresivos, y la izquierda tiene que aprender a combatirla, desde una posición más ética pero efectiva.

Janones lo explica con una imagen que me parece muy gráfica: jugamos en la cancha del adversario, con sus reglas, su árbitro, su pelota y buena parte de su público. Ahí están Meta y la plataforma X de Elon Musk. No se puede ignorar esa desigualdad. Es como pretender enfrentar a un equipo que juega de manera muy dura sin aceptar que habrá que disputar cada pelota. No se trata de renunciar a las diferencias políticas, sino de entender en qué terreno se está jugando. El campo progresista de diferentes países sigue teniendo entre sus principales agendas la regulación de los medios, la transparencia algorítmica y la «apertura de alamedas digitales», como el debate sobre la interoperabilidad entre plataformas. Pero mientras sigamos jugando con las reglas de Meta, no podemos ser ingenuos. Es importante destacar que Meta tuvo un papel nefasto en esta elección: hubo casos reiterados que, según denunció la campaña de Lula, favorecieron a Flávio. El propio Consejo de Supervisión de Meta criticó las fallas recurrentes de la empresa en la moderación de contenidos electorales en el país. Y no pasó inadvertido que, en medio de esas denuncias, su jefe de asuntos globales, Joel Kaplan, anunciara su salida de la empresa. Meta reconoció problemas en Brasil, pero los atribuye a «fallas», aunque se hayan repetido y, según la campaña de Lula, siempre en la misma dirección.

También hay una trampa en la discusión sobre la libertad de expresión. La extrema derecha puede presentarse como su defensora y acusarnos de censores cuando queremos poner límites a los delitos en internet. Yo no me considero un censor, pero hay cosas que no aceptaría que se dijeran cara a cara y que tampoco me parece aceptable naturalizar en internet. La difamación es un delito, se cometa en las redes o fuera de ellas. Tenemos mucho que discutir sobre las plataformas y sus reglas, y sobre los límites del debate público. Pero mientras tanto debemos actuar en este terreno y, insisto, no podemos ser ingenuos.

La extrema derecha brasileña había logrado construir liderazgos juveniles muy potentes, como el de Nikolas Ferreira, con más de 25 millones de seguidores en Instagram, mientras la izquierda parecía apoyarse en organizaciones y dirigentes cada vez más envejecidos. Sin embargo, esta elección mostró una presencia muy fuerte de jóvenes en las calles y también nuevas figuras en el Congreso, como Erika Hilton y Ana Elisa Santos Silva, que construyeron buena parte de su relación con el electorado a través de las redes. ¿Estamos ante un cambio generacional en la izquierda brasileña? En ese caso, ¿qué significado tiene?

Lo primero que diría es que cayó, casi a la fuerza y a golpe de videos cortos en las redes, una de las últimas gerontocracias políticas: la brasileña. Durante años, las dirigencias partidarias no cedían espacio a las nuevas generaciones. En otros países la edad promedio de sus dirigentes había empezado a bajar, pero en Brasil eso parecía imposible. Las redes sociales abrieron una vía por la que los jóvenes pudieron llegar directamente a públicos enormes y disputarles votos a políticos consagrados.

El caso de Ana Elisa Santos Silva me parece excepcional. Tiene 21 años, es una joven negra de Minas Gerais, pertenece al Partido de los Trabajadores y fue elegida diputada federal con más de medio millón de votos. Es una nativa digital. Después de la elección dijo en la televisión algo muy interesante, dirigido a las adolescentes negras. Algo como: «Si hoy tienen 16 años, dentro de cuatro tendrán 20 y quiero mostrarles cómo prepararse para ser diputadas». Lo importante es que esas figuras no solo consiguen votos: también invitan a otros jóvenes a imaginarse haciendo política. Erika Hilton es otro ejemplo de esa novedad. Se trata de una mujer trans del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), la mujer más votada de la historia para la Cámara de Diputados, con casi 1,6 millones de votos. Estos resultados están sacudiendo a la vieja política. De hecho, las dirigencias tradicionales del Congreso ya discuten reformas a las reglas electorales, en parte porque perciben que los políticos que se hicieron conocidos a través de las redes pueden desplazarlos. Es una transformación enorme: la disputa generacional ya no ocurre solo en las organizaciones partidarias, sino directamente en las urnas.

Por eso me interesa hablar de algo más profundo que la habilidad para hacer videos. Son formas distintas de entrar en la política y relacionarse con el electorado. Durante mucho tiempo vimos a la extrema derecha utilizar las redes para construir liderazgos juveniles; ahora aparecen jóvenes de izquierda capaces de alcanzar votaciones muy altas por esa vía. Eso modifica la composición de la representación y obliga a los partidos tradicionales a enfrentarse con una realidad que no habían previsto.

El bolsonarismo mantuvo durante años una influencia considerable entre los evangélicos, especialmente a través de redes de iglesias y discursos sobre la familia y los valores morales. Sin embargo, una parte de ellos parecen haber reconsiderado su voto. ¿Qué explica ese movimiento y qué nos dice sobre la diversidad interna del electorado evangélico? ¿Cómo puede el PT disputar ese espacio sin reducirlo a una cuestión religiosa ni acercarse a las iglesias únicamente cada cuatro años, durante las campañas?

En el voto evangélico hay dimensiones materiales y subjetivas que debemos considerar juntas. No es solamente «la economía, estúpido». Los debates sobre la familia y los valores importan, por supuesto, pero también importan el trabajo, el endeudamiento y las condiciones de vida. Una parte de ese electorado, especialmente entre las mujeres, reaccionó ante decisiones y propuestas muy concretas del gobierno de Lula.

Pienso en el Bolsa Família, en el endurecimiento de la posición contra las armas, en la prohibición de las apuestas en línea («bets»), en la actualización de las jubilaciones y del salario mínimo por encima de la inflación y en el fin de la semna de seis días laborables. Las apuestas endeudaron a muchísimas familias: son una catástrofe. La cuestión de las armas también pesa, y reducir la semana laboral permite fortalecer la interacción familiar. Esos asuntos ayudaron a que algunas mujeres evangélicas se acercaran a Lula al final de la campaña pese a que la mayoría de los evangélicos votaron por Bolsonaro (así como la mayoría de los católicos lo hicieron por Lula). No se trata de un apoyo que pueda explicarse solamente por la religión.

Pero existe además una dimensión subjetiva muy difícil de disputar. ¿Cómo se conversa con personas que reciben permanentemente mensajes de que Lula quiere imponer el aborto, acabar con la familia o perseguir a los creyentes? A mi juicio, ahí la regulación de los medios digitales es decisiva. Si no se modifica ese entorno, la desinformación seguirá llegando todos los días a esas comunidades, más allá de lo que haga el gobierno en materia social. Y el PT no puede comportarse como si cada elección fuera un Mundial de fútbol: entrar en una iglesia cada cuatro años, hacer proselitismo y desaparecer después. Los evangélicos se dan cuenta de eso. Hace falta continuidad en las políticas concretas, pero también enfrentar esa batalla en el terreno de la comunicación. No basta con recordar la existencia de un electorado evangélico cuando llega la campaña.

Lula deberá gobernar con un Congreso muy inclinado hacia la derecha y negociar con el centrão, mientras intenta sostener la movilización que lo llevó a la victoria. ¿Qué margen tiene para impulsar un programa de izquierda? ¿Cómo pesa la huida de Flávio Bolsonaro a Estados Unidos, donde recibió la protección de Donald Trump, en la coyuntura política que se abre?

Durante años, el antipetismo fue una de las identidades políticas más poderosas de Brasil. El bolsonarismo consiguió hegemonizarlo, aunque no todos los electores contrarios al PT fueran bolsonaristas. Al mismo tiempo, se formó un campo contrario al antipetismo en el que el lulismo desempeñó un papel articulador. La primera vuelta parecía consolidar todavía más la autoridad de Flávio dentro de la derecha. La derrota y, sobre todo, su fuga cambiaron ese panorama. Una parte de la derecha pragmática comenzó a tomar distancia y a acercarse nuevamente a Lula, mientras dentro del bolsonarismo se abrió una disputa por la sucesión y el liderazgo: una lucha fratricida por la herencia de los Bolsonaro.

Aquí se enfrentan quienes seguirán defendiendo a los hijos de Bolsonaro y quienes quieren conservar el electorado bolsonarista sin someterse a ellos. Entre estos últimos aparecen Michelle Bolsonaro y el gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas. Flávio, con su fuga, cometió a mi juicio una suerte de suicidio político: expuso la inclinación golpista de la extrema derecha. Eso puede ayudar a que una parte de la derecha tradicional, que había quedado rehén del bolsonarismo, se anime a tomar distancia. La gran tarea pendiente en la política brasileña, y en gran parte del mundo, es reconstruir un polo de derecha democrática, adversario de la izquierda, pero sin golpismo ni teorías conspirativas. No sabemos si eso va a ocurrir: hay una lucha interna muy dura por delante.

Para Lula, el problema es cómo aprovechar esa división sin quedar atrapado en las exigencias de la derecha tradicional. Su capacidad de negociar es enorme, pero deberá formar una mayoría parlamentaria con fuerzas que pueden condicionar mucho su programa. Necesita estabilidad y, al mismo tiempo, tiene por delante decisiones económicas difíciles. El reto es equilibrar la responsabilidad fiscal con la responsabilidad social; es decir, hacer que el ajuste fiscal no recaiga sobre los trabajadores, precisamente los sectores que volvieron a movilizarse para impedir el triunfo de la extrema derecha. Ahí aparece una contradicción que no se resuelve solamente con habilidad negociadora.

Lula dijo que quiere gobernar con las calles y las redes. Esa frase tiene un significado muy fuerte después de esta elección. Ya vimos que una movilización social puede hacer retroceder iniciativas legislativas, como ocurrió con las protestas contra el proyecto que buscaba blindar a los parlamentarios frente a investigaciones. Pero también sabemos que utilizar esa presión puede tensar las alianzas con las fuerzas de derecha y centroderecha de las que depende el gobierno. Habrá que encontrar un equilibrio: construir acuerdos sin desmovilizar a la sociedad, y sostener una agenda social sin que el costo de la gobernabilidad recaiga siempre sobre los mismos.

Hay, además, una cuestión estratégica para el futuro del PT, especialmente con un Lula que acaba de cumplir 81 años. Esta elección dejó una gran enseñanza: los siete partidos que se unieron para respaldarlo demostraron que la unidad era posible. Estuvieron juntos el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), el Partido Verde (PV), la Red Sostenibilidad (Rede), el Partido Socialista Brasileño (PSB) y el Partido Democrático Laborista (PDT). Pero hay un reto todavía mayor: que esa coalición electoral se transforme en una federación de partidos, en un frente estable. Si hubiesen estado federados, podrían haber obtenido más diputados que el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro.

Se necesita construir esos espacios con responsabilidad histórica, sin hegemonismos, con generosidad e inteligencia política y respetando la diversidad. Si las distintas tradiciones de izquierda consiguen formar un frente permanente sin borrar sus diferencias, juntas serán mucho más fuertes. Lo que se aprendió en Brasil debería valer también para las izquierdas de otros países.

  • 1.

    La entidad fue liquidada por el Banco Central en noviembre de 2025 por un fraude que dejó un agujero de miles de millones de reales, y su dueño, Daniel Vorcaro, fue detenido. En 2026, los datos de su teléfono revelaron vínculos con la mitad de los ministros (jueces) del Supremo Tribunal Federal —encuentros, contratos de abogacía, eventos financiados por el banco—, lo que derivó en un enfrentamiento abierto dentro de la Corte [N. de la R.].

  • 2.

    En la recta final de la primera vuelta, a partir de un comentario en GloboNews que el canal luego corrigió, se viralizó la versión falsa de que Flávio Bolsonaro pretendía quitarle a Nuestra Señora Aparecida el título de patrona de Brasil; lo que circulaba era, en realidad, un proyecto de ley presentado en 2007 por otro diputado. Flávio lo desmintió y el caso llegó a los tribunales. Lula, sin nombrarlo, aludió al tema en un acto en Belém al afirmar que nadie iba a burlarse de la Virgen, y Janja, su esposa, publicó una foto del presidente con una imagen de la patrona [N. de la R.].

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