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Ciudades justas. Los problemas del mundo necesitan soluciones urbanas

Vivimos en un mundo cada vez más urbano. Las previsiones de la ONU señalan que en 2050 más de 70% de la población mundial vivirá en ciudades. Más de la mitad del crecimiento urbano total tendrá lugar en China y la India, que se están erigiendo en centros de crecimiento económico. Por eso, en un contexto de cambio climático, resulta necesario volver sobre el concepto de ciudades sostenibles y justas; no basta con construir nuevas ciudades ecológicas –como se intenta hoy en día–, sino que es preciso transformar las existentes. Las oportunidades de progreso que porta la urbanización son numerosas, pero si los actuales «experimentos» no funcionan, las (mega)ciudades de todo el mundo desaparecerán, sumergidas en residuos, tráfico y pobreza.

Ciudades justas. Los problemas del mundo necesitan soluciones urbanas

Problema y solución, todo en uno: el destino de las ciudades modernas

Estamos viviendo en una era urbana: solo en el siglo pasado, la población que vive en ciudades de todo el mundo ha crecido de 200 millones a casi 3.000 millones. Probablemente haya que sumar otros 3.000 millones en 2050, continuando con una tendencia que se ha acelerado desde finales de la década de 1980. Las previsiones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) señalan que en 2050 más de 70% de la población mundial estará viviendo en ciudades1. Hoy, una de cada dos personas vive en un entorno urbano. El rápido crecimiento de la población ha ido acompañado de un aumento en el número y en el tamaño de las ciudades, y ha creado el fenómeno de las «megaciudades»: áreas urbanas con una población de 10 millones o más de habitantes. Actualmente, existen 19 megaciudades en el mundo y la mayoría de las nuevas está en países en vías de desarrollo2. Se espera que la cifra aumente a 26 hacia 2025 y que 12 de ellas se localicen en países asiáticos en vías de desarrollo3. En consecuencia, más de la mitad del crecimiento urbano total tendrá lugar en China y la India, que se están erigiendo a su vez en centros dinámicos de la economía mundial, teniendo en cuenta que el impulso principal de la urbanización es sin duda económico.

Hoy en día, 75% de la producción económica del mundo se concentra en las ciudades; en los países en vías de desarrollo, la cuota correspondiente está creciendo a grandes pasos4. En muchos de estos países, la parte urbana del PIB ya ha excedido el 60%. Por ese motivo, la competitividad económica urbana es un factor crítico a la hora de atraer inversiones extranjeras y capital humano, que a su vez son imprescindibles para impulsar la mejora de infraestructuras físicas y sociales. En medio de esta dimensión económica, las ciudades exitosas afrontan además una dimensión temporal: deben seguir evolucionando en forma constante a fin de mantener su relevancia y seguir siendo competitivas a escala global. En países como China y la India, esta evolución tiene lugar de una forma casi natural debido a un trabajo de construcción masiva de carreteras, puertos y bienes inmuebles. Se pronostica que la superficie total construida en países en vías de desarrollo se triplicará entre 2000 y 2030: de 200.000 km a 600.000 km. Esto implica la construcción de 400.000 km adicionales a lo largo de un periodo de 30 años, lo que equivale a la superficie urbana total del mundo a partir del año 20005.

De este modo, el panorama urbano general da lugar a retos sin precedentes: los más importantes son abordar el crecimiento de población informal; proporcionar acceso a recursos como agua potable y electricidad, así como vivienda, infraestructura social y servicios sanitarios; imponer un control de la contaminación urbana más estricto; e introducir formas de movilidad con un uso menos intensivo de combustibles fósiles.

Las ciudades de todo el mundo son centrales en el proceso de crecimiento e innovación económica y social. En su tarea como laboratorios de observación del funcionamiento de las dinámicas políticas y económicas y donde se ponen a prueba nuevas soluciones técnicas y políticas públicas en un ambiente denso e interconectado, se tornan importantes agentes de cambio. Por eso, es el tipo de urbanización, y no la ciudad en sí misma, lo que determina el curso del desarrollo sostenible. Pero ¿qué define exactamente una ciudad funcionalmente «sostenible»?

Desarrollo urbano sostenible: ¿opción o necesidad?

El término «sostenibilidad» es una de las palabras más (mal) usadas de este siglo. Si bien se lo menciona originariamente en la silvicultura, el estudio del Club de Roma «Límites del crecimiento» (1972) fue un preludio del uso internacional de la palabra. Por primera vez, este informe consideraba las ciudades en su interconexión global como ecotopos extensos cuyas condiciones vitales tienen un vasto impacto en generaciones futuras. En un contexto urbano, la definición más ampliamente difundida fue la que dio la Comisión Brundtland (1987), que añadió una dimensión social y económica al enfoque humano-ecológico de la sostenibilidad. Más tarde, la Carta de Aalborg (1994) y la Conferencia de las Naciones Unidas Hábitat II en Estambul (1996) asignaron a los municipios una responsabilidad especial en el camino hacia un desarrollo urbano sostenible6. No obstante, a pesar de los muchos otros estándares y directrices internacionales que siguieron, incluida la Agenda 21 (Declaración de Río, 1992), el concepto de sostenibilidad urbana sigue siendo bastante impreciso. Por consiguiente, tal vez la distinción más obvia relativa al desarrollo urbano sostenible sea la transformación verde de las mega(ciudades) existentes, como demuestran casos de estudio del Distrito Federal en México, Mumbai o Estocolmo, en comparación con nuevos proyectos de ecociudades, del estilo de la ciudad ecológica de Ras al-Jaima (Emiratos Árabes Unidos) o Donghang (cerca de Shanghái)7. Pero ¿tendrá esta última visión –la planificación de ciudades desde cero– el potencial para ser replicable, y con ello servir de modelo realista para el desarrollo urbano futuro?

Analicemos un ejemplo del desierto: el ambicioso proyecto de la ciudad de Masdar, en Abu Dabi. Tramada en conjunto por la empresa alemana Transsolar (de Stuttgart) y diseñada por Foster & Partners, Masdar será, supuestamente, la primera ciudad autárquica en el plano energético y libre de emisiones de CO2. Entre sus políticas está la prohibición de todo tipo de factores contaminantes, una reducción de 80% en el consumo de energía de la ciudad y un objetivo de 100% de generación de electricidad renovable. Asimismo, la ciudad de 6 km sigue el ejemplo de la guía de diez puntos compilada en los estándares de sostenibilidad One Planet Living del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), que incluyen, por ejemplo, transportes respetuosos del medio ambiente y el objetivo de no generar residuos, apelando al reciclado consecuente de todos los materiales. Una vez que se la inaugure en 2020, Masdar quiere ofrecer un hogar a 50.000 ciudadanos. No obstante, es razonable preguntarse si la idea de construir una ciudad en mitad de un inhóspito desierto para una clientela internacional no es sencillamente insostenible. En 2008, los problemas financieros originados en la crisis global provocaron la suspensión de las obras. El proyecto, con un costo de 22.000 millones de dólares, estuvo a punto de fracasar. Pero aun si la ciudad de Masdar se convierte en un nuevo modelo urbano sostenible, tendrá una importancia limitada en un mundo en el que la mayor parte de la población vive al día. Para esas personas, la sostenibilidad no tiene una relevancia inmediata, ya que su prioridad evidente es la lucha por la supervivencia.