Coyuntura

Chile frente al cambio de ciclo. Participación y preferencias electorales en las elecciones chilenas de 2013

El reciente proceso electoral en Chile representó importantes desafíos para el sistema político. El estreno de la inscripción automática y el voto voluntario generó una gran preocupación sobre el real comportamiento de la participación y las preferencias electorales de los chilenos. Este artículo se enfoca en tres puntos fundamentales a considerar luego de estos comicios: la prevalencia de una baja participación electoral junto con la incapacidad del sistema político para movilizar nuevos votantes; la oportunidad del segundo gobierno de Michelle Bachelet para llevar a cabo reformas demandadas por la ciudadanía; y el desafío de la derecha para mantener su influencia en el sistema político luego de la aplastante derrota en las urnas.

Chile frente al cambio de ciclo. Participación y preferencias electorales en las elecciones chilenas de 2013

Introducción

El 17 de noviembre de 2013, cerca de 6.696.229 personas acudieron a las urnas para votar por los candidatos presidenciales, parlamentarios y del consejo regional que guiarán los destinos de Chile en el periodo 2014-2018. A diferencia de anteriores elecciones, estos cargos se eligieron a través del mecanismo de inscripción automática y voto voluntario, innovación que generó algunos interrogantes sobre las estrategias, las proyecciones y los resultados de la competencia política en el país. Específicamente, estos interrogantes estuvieron vinculados a tres puntos fundamentales. El primero se relacionó con el nivel de participación electoral de estos comicios, en medio de una crisis de legitimidad del sistema político. El segundo se refirió a la capacidad de Michelle Bachelet para obtener los votos necesarios para triunfar en primera ronda. Los problemas de la coalición de gobierno para designar el candidato oficialista, sumados a una adhesión sostenida de Bachelet en las encuestas, permitían pensar que la candidata de la centroizquierda podía obtener más de 50% y retornar a la senda de los dos primeros gobiernos de la Concertación. Finalmente, el tercer interrogante tenía relación con la oportunidad de la centroizquierda para conseguir las mayorías dentro del Congreso, especialmente en un contexto de alta demanda ciudadana por cambios estructurales en el país.

Los resultados de los comicios del 17 de noviembre y el 15 de diciembre de 2013 (segunda ronda), lograron responder estos interrogantes. En primer lugar, los niveles de participación fueron claramente los más bajos del periodo post-autoritario, hecho que incluso levantó voces de cuestionamiento sobre la legitimidad del sistema y la conveniencia de mantener la voluntariedad del voto. En segundo lugar, no se concretaron las expectativas de Bachelet de ganar en primera vuelta. Si bien su votación alcanzó 46,67% (21% más que la candidata oficialista Evelyn Matthei), la postulante de la coalición de centroizquierda Nueva Mayoría no logró la mayoría absoluta, principalmente por el desempeño del también progresista Marco Enríquez-Ominami y los otros candidatos desafiantes (en conjunto obtuvieron 28,3%). En tercer lugar, la correlación de fuerzas en el Congreso favoreció de manera importante a los miembros de la Nueva Mayoría, pues alcanzaron 67 de las 120 plazas en la Cámara de Diputados y 21 de las 38 en el Senado.

¿Democracia de la abstención?

En Chile, las elecciones presidenciales y parlamentarias se realizan cada cuatro años. En el primer caso, si ninguno de los candidatos obtiene más de 50% de los votos, se debe acudir a una segunda ronda, como ha ocurrido en las cuatro últimas elecciones presidenciales. A diferencia de Patricio Aylwin (1990-1994) y Eduardo Frei (1996-2000), la competencia política ha llevado a dos vueltas a los presidentes Ricardo Lagos (2000-2006), Michelle Bachelet (2006-2010), Sebastián Piñera (2010-2014) y ahora nuevamente a Bachelet (2014-2018). Para el caso de las elecciones parlamentarias, los candidatos son elegidos a través de un sistema electoral por el que surgen dos parlamentarios por cada circunscripción, llamado comúnmente «binominal». Se trata de un sistema que tiende al statu quo, dado que si el primer candidato no logra duplicar los votos del segundo, ambas listas –mayoría y minoría– colocan un parlamentario cada una.

Por otro lado, el cambio en el mecanismo de inscripción electoral y votación ha sido una de las mayores innovaciones en esta elección. Si bien su estreno se concretó en los comicios municipales del año anterior, la prueba de fuego de su aplicabilidad estuvo en las presidenciales y parlamentarias de 2013. Antes de esta reforma, en Chile se utilizaba una combinación inusual de inscripción voluntaria y votación obligatoria, combinación que estaba generando efectos sostenidos de envejecimiento del padrón electoral –producto de la baja inscripción juvenil– y congelamiento en las propuestas programáticas de los partidos. En consecuencia, el cambio de sistema se justificó como una reforma que ayudaría a «refrescar» la política, al integrar a cerca de cinco millones de personas, en su mayoría pertenecientes a una generación que no alcanzó a inscribirse en el periodo épico del plebiscito de 1988.

Sin embargo, el pronóstico de las autoridades no se cumplió. La hipotética alza en la participación que permitiría esta reforma –y que revertiría la tendencia decreciente desde 1988– no se validó en la realidad. Más aún, tanto en las elecciones municipales como en las recientes presidenciales, la cantidad de votos válidamente emitidos respecto a la población en edad de votar no superó el 50%. El grá-fico 1 muestra esta tendencia a la baja: mientras 89,1% de las personas en edad de votar lo hizo en el plebiscito de 1988, en 2013 apenas 48,4% votaron en primera ronda y 41,1%, en la segunda.

Además de la baja en los niveles de participación electoral, algunos autores han sostenido que esa merma se combinó con el sesgo de clase provocado por el voto voluntario. Al igual que la literatura internacional que se ocupa de esas temáticas, estos autores observaron que la condición de pobreza fue una variable significativa en los niveles de participación y que el reciente sistema obstaculizó la representación de los más pobres. Para ellos, este mecanismo debilitó dos condiciones básicas de la democracia: la participación y la competencia. La participación, por cuanto se observó una merma importante en los mecanismos de elección de los representantes y una desafección electoral cada vez más evidente; y la competencia, porque el sistema de voto voluntario no dio paso a nuevas propuestas políticas en el Parlamento y el Poder Ejecutivo. Con todo, la discusión del sesgo de clase elevó voces que postularon la necesidad de cambiar el mecanismo por otro de carácter obligatorio.

El retorno de Bachelet

Primera ronda. El camino a la elección presidencial del mes de noviembre en Chile presentó eventos importantes que tuvieron cierta relevancia en el desarrollo de la competencia. El primero fue que la coalición de gobierno, la Alianza por Chile, compuesta por Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), se enfrentó al retiro y dimisión de dos candidatos presidenciales pertenecientes a la UDI, antes de definir la candidatura de Matthei. Así, en abril de 2013, el abanderado de la UDI, Laurence Golborne, presentó la renuncia por presiones políticas después de que se descubriera su participación en sociedades de inversión en paraísos fiscales. Esta renuncia se produjo justo antes de las primarias con RN, cuyo candidato era Andrés Allamand, lo que implicó un reemplazo rápido por una de las figuras más trascendentes del gremialismo: Pablo Longueira.