Opinión

Chavismo: entre la renovación y las rupturas internas

Nicolás Maduro parece estar surfeando la gigantesca crisis venezolana con mayor tranquilidad. Sin embargo, en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) aparecen críticas y llamados a rectificar el rumbo del gobierno. El chavismo se debate entre la «rectificación» y las rupturas internas.

Chavismo: entre la renovación y las rupturas internas

A pesar de los ataques de la mayoría de los gobiernos de América Latina, del activo trabajo del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, de águilas y halcones norteamericanos, de la injerencia y de las sanciones de gobiernos de Europa, el gobierno venezolano hoy se muestra estable en el poder. Surfea olas difíciles como la hiperinflación, la paralización parcial de su industria petrolera y los periodos de violencia callejera que duraron meses.

Por su parte, la oposición –que viene de abstenerse en las presidenciales de mayo– luce ausente del espectro político nacional. Muchos de sus líderes están en el exterior y no se sabe bien por qué ni hasta cuándo. Parecen haber agotado sus municiones políticas. Además, se alarga su espera de acciones radicales del gobierno norteamericano, como por ejemplo un embargo petrolero o una intervención militar. De hecho, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, declaró a principios de junio: «Tenemos los votos para suspender a Venezuela de la OEA». Sin embargo, no lo logró, lo que evidencia ciertas debilidades de Estados Unidos para imponer su política en torno a Venezuela.

Las protestas callejeras así como los saqueos a camiones y a establecimientos comerciales que sucedieron a principios de año se han apaciguado por completo. Este momento de comodidad de Maduro y del gobierno venezolano puede verse como un respiro en medio del vendaval. Pero quizá comporte su mayor riesgo. Más allá de la imagen autoritaria que se le atribuye al chavismo, su diversidad y talante interpelativo suele salir a relucir en momentos de estabilidad política, como los que han sucedido a unas presidenciales en las que Maduro obtuvo la victoria por forfait. El momento postelectoral, si bien no produce muchas expectativas en la población, está permitiendo al chavismo un debate interno que puede debilitarlo peligrosamente o, por el contrario, cohesionarlo.

Perspectivas autocríticas en el chavismo

Han sido muchas las voces que han reclamado cambios en la dirección del gobierno y del partido. Es pertinente recoger algunas de ellas para comprender la situación a profundidad.

El ex-vicepresidente de Chávez y actual ministro de Educación, Elías Jaua, ha realizado exigencias en torno al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Pidió elecciones internas y demandó a su directiva ‒incluido Maduro, su presidente‒ poner el cargo a disposición de las bases. Isaías Rodríguez, primer vicepresidente de Chávez y ex-vicepresidente de la Asamblea Nacional Constituyente hasta finales de 2017, criticó la «vanidad» y el «infantilismo» de quienes no son capaces de soportar la crítica cuando «no hay mucho que celebrar». Refiriéndose al oficialismo, expresó: «No esperamos las autocríticas que no llegaron ni llegarán, pero tampoco aguardamos la maquinaria insolente que aplaste las nuevas ideas y los nuevos planteamientos». La lluvia de críticas en el interior del chavismo comenzó apenas un día después de la jornada electoral, con un texto del reconocido periodista Nestor Francia, donde tachó de «pírrica» la victoria de Maduro y llamó la atención sobre la considerable disminución del voto chavista. Su alerta levantó una nube de críticas que demostraron que en el chavismo no hay una sola lectura sobre el resultado electoral.

El intelectual Luis Britto García, quizá el de mayor prestigio en la izquierda venezolana, escribió un artículo titulado «Felicitaciones señor presidente», donde solapadamente compara el actual discurso económico de Maduro con el del expresidente Carlos Andrés Pérez. La comparación es, nada menos, con el principal enemigo del chavismo, quien introdujo –en 1989 y luego de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional– un paquete de ajuste económico que sumió al país en una profunda crisis que llegó a su nivel más álgido con la explosión social conocida como «Caracazo». Una de las críticas más radicales ha sido difundida por el asesor del Banco Central de Venezuela y autoridad académica en el tema petrolero, Carlos Mendoza Potellá, quien sugiere un radical cambio de estrategia en la forma de planificar la explotación del crudo. Su análisis cuestiona la visión de Chávez sobre el mineral, visión que tiene su centro de atención en la Faja Petrolífera del Orinoco, lo que para el académico no pasa de ser una «ilusión» si se toman en cuenta los altísimos costos que conllevan. A su vez, en un reciente artículo, el diputado constituyente del PSUV, Earle Herrera, ha alertado que sin los errores de la oposición el chavismo habría perdido no solo estas, sino varias elecciones anteriores.

«¿Cuándo Maduro va a llamar a los revolucionarios a conversar? (...) no conversa con esos dos millones y medio de personas que eran voto duro chavista y ahora no están votando por él… ¿Cuándo es que va a escuchar a los sectores revolucionarios?», comentó Maripili Hernández, ex-ministra de Chávez, reclamando que el diálogo convocado por Maduro ‒que se ha concretado con sectores de oposición y que ha concluido recientemente en decenas de excarcelaciones de presos vinculados con hechos de violencia opositora‒ se amplíe hacia los sectores del chavismo descontento. Hernández apunta a la merma electoral de las presidenciales, en las que el triunfo de Maduro deslució frente a una abstención que alcanzó 54%. La cantidad de votos que logró (6.190.612 votos) demostró que era un candidato derrotable si lo comparamos con los votos obtenidos por la oposición en las legislativas de 2015 (7.726.066 votos) y tomando en cuenta los que perdió el chavismo en contraste con las anteriores presidenciales de 2012 con Chávez de candidato (8.191.132 votos) o con el mismo Maduro en 2013 (7.505.338 votos).

¿Habrá «rectificación» en el PSUV?

Para contener las críticas, Maduro llamó a un congreso del PSUV que culminará el 24 de julio. Ha puesto especial énfasis en abrir un proceso de «crítica y autocrítica» proponiendo una «renovación» o «nuevo comienzo». En un discurso efusivo ante la Asamblea Nacional Constituyente señaló: «No estamos haciendo lo suficiente ni lo estamos haciendo bien, hace falta una gran rectificación profunda, hace falta hacer las cosas de nuevo». Días más tarde pidió una «reorganización total» del PSUV. No obstante, aún no ha dado respuesta a las demandas de sus compañeros, como el llamado a elecciones internas y la entrega de su cargo en el partido a disposición de las bases.

Vale acotar que las últimas elecciones para elegir la directiva del PSUV fueron el 9 de marzo de 2008. Los resultados generaron incógnita en la calificación del liderazgo por parte de las bases, puesto que algunas figuras de peso no estuvieron entre los quince más votados, como Diosdado Cabello ‒hoy vicepresidente del partido y «hombre fuerte» del chavismo‒ quien quedó relegado al puesto 17. En ese evento, Nicolás Maduro obtuvo el puesto número 11. Ambos fueron superados electoralmente por personajes de perfil público no partidista, como la periodista Vanessa Davies y el abogado Carlos Escarrá. Unas elecciones internas hoy podrían dar un vuelco a la estructura chavista. Pero es innegable que el resultado electoral del 20 de mayo fortaleció al PSUV desde varias perspectivas. No solo porque lo llevó al triunfo sobre la oposición, sino también porque demostró ser el único partido de peso entre los aliados chavistas con los 5.267.109 votos aportados al frente de partidos oficialistas. Es decir, 85% de los votos para Maduro.

En estos comicios el PSUV contaba, por primera vez, con un importante competidor surgido del propio chavismo, el movimiento Somos Venezuela, quien emergió con ingentes recursos publicitarios y fue relacionado explícitamente con un programa de bonificación directa a millones de personas, llevado a cabo por el gobierno durante la precampaña y la campaña. Este movimiento ‒dirigido por la actual vicepresidenta del país, Delcy Rodríguez‒ obtuvo 6% de los votos de Maduro. Ninguno de los demás partidos aliados llegó a 2%. Si la intención de Somos Venezuela era disputar un espacio al PSUV, no lo logró.

Pero la potencia del PSUV puede corroborarse en la comparación con la situación actual de otros movimientos de izquierda de América Latina, protagonistas del llamado ciclo progresista de comienzos de siglo. En momentos en que la derecha no requiere de golpes militares, sino que asistimos a un proceso de judicialización de la política, encarcelamiento de Luiz Inácio Lula Da Silva y acusaciones judiciales diversas contra Cristina Fernández de Kirchner y Rafael Correa, e incluso a crisis mayores como la de Daniel Ortega en medio de las actuales protestas, es difícil pensar que los líderes del gobierno lleguen a considerar que han hecho un mal trabajo en cuanto a su perpetuación en el poder político. El PSUV cuenta con una fortaleza institucional, política y electoral difícil de comparar. Por no hablar de su solidez en el campo militar.

Muchos se preguntan, en efecto, cómo es posible tal poder en la situación actual de crisis económica e hiperinflación. Los fallos de la oposición son la principal respuesta, pero no la única. El trabajo político y el carisma de Chávez es quizá la principal causa. Pero no hay que desconocer que el gobierno de Maduro ha sostenido políticas sociales de peso en la distribución de alimentos, construcción de viviendas y atención a la tercera edad, y mantiene muy bajos los precios de los servicios públicos (que en la práctica son casi gratuitos). Mientras, la oposición cataloga de «populistas» estas políticas –y cada cierto tiempo recurre a la violencia de calle en medio de llamados ideológicos de extrema derecha, los sectores populares han rechazado ese llamado y no temen el proceder de un gobierno de oposición en el supuesto de que tomara el poder. Hoy el PSUV cuenta con 18 de las 23 gobernaciones, 306 de las 335 alcaldías y la totalidad de curules de la Asamblea Nacional Constituyente. Este órgano debe redactar una nueva Constitución probablemente este mismo año. Estas fortalezas comparativas pueden permitirle al gobierno y al PSUV preguntarse para qué renovarse.

¿Es factible un debate real?

No es la primera vez que sucede un debate cuando unas elecciones han sido perdidas o ganadas por pequeño margen. Ya sucedió en 2007 y 2010. Luego de ambos eventos electorales (una reforma constitucional y unas legislativas), Chávez pidió abrir un proceso de rectificación interna, lo que intenta hacer Maduro hoy. A partir de 2010 y tomando en cuenta un texto del intelectual Reinaldo Iturriza, Chávez llamó a la «rectificación» del PSUV. Declaró que debía transformarse de un partido/maquinaria (pragmático y meramente electoral) en un partido/movimiento basado en la relación directa con las necesidades de la gente, que busque empoderar y dar poder a los sectores subalternos y combatir la burocratización: «La superación de la lógica del partido/maquinaria y la recuperación de la lógica del partido/movimiento permitiría la reagrupación de fuerzas dispersas e incluso desmovilizadas y desmoralizadas».

Estos cambios tardaron en llegar y Nicolás Maduro, a raíz de la muerte de Hugo Chávez (quien retomó la lucha contra la ineficiencia y la burocracia en sus últimas alocuciones) heredó la deuda de profundizar esta lógica. En el texto Dale más gasolina: chavismo, sifrinismo y burocracia publicado en 2015, planteamos la encrucijada en la que se encontraba el chavismo. Tras emerger como un movimiento «salvaje» y contestatario contra las lógicas partidistas, corruptas y excluyentes, en ese texto analizamos cómo el chavismo fue sufriendo un proceso de burocratización o domesticación, similar al que ocurrió en otros procesos revolucionarios, lo que le ha reducido su espectro electoral que aún mantiene por su férreo control de la institucionalidad, pero sobre todo por las incongruencias de la oposición.

En aquellas oportunidades, la rectificación no tomó ribetes estratégicos, aunque se focalizó en espacios concretos como la construcción de viviendas. Es posible que la población venezolana y las bases chavistas consideren difícil que ocurra un viraje, pero la muerte de Chávez y el auge de la crisis ha dejado un vacío de sentido que podría provocar terremotos políticos dentro y fuera del chavismo. Puede que este debate sea un signo de ello. O que simplemente sea un paréntesis en el camino a una larga perpetuación en el poder, tomando en cuenta que la Asamblea Nacional Constituyente tiene la tarea de redactar una nueva Constitución durante este año.

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