Tribuna global

Capitalismo decente. Una contribución progresista al debate sobre la reforma económica mundial

El término «capitalismo» está de vuelta en la calle. En un mundo que se mueve al ritmo de la crisis, se discute todo tipo de enfoques sobre el tema. En contraste con los debates de la primera década de este siglo, de pronto se han comenzado a examinar nuevamente con seriedad políticas alternativas a una liberación absoluta de los mercados. En ese marco, este artículo se propone reflexionar y ofrecer algunas propuestas tendientes a poner en marcha un proceso posneoliberal, que los autores llaman «capitalismo decente», a partir de una mirada que no se enfoque solo en los mercados financieros, sino que analice el sistema en su conjunto y ofrezca alternativas de carácter global.

Capitalismo decente. Una contribución progresista al debate sobre la reforma económica mundial

Sacudida entre un crecimiento en alza y crisis feroces, América Latina es una importante fuerza motriz de la economía mundial, y al mismo tiempo, un polvorín. Equilibrar las economías latinoamericanas es fundamental tanto para el desarrollo de la región como para el desarrollo y la estabilidad del resto del mundo. Algo más de 20 años después de la «década perdida» y tras una serie de crisis en los años 90 y 2000, la economía mundial recibió otro golpe que dejó en claro que todas las economías son frágiles no solo en relación con su exposición a las finanzas globales, sino también en cuanto a los desequilibrios económicos dentro de los países y entre ellos. El concepto algo obsoleto de sostenibilidad debe llenarse de nuevo contenido y de otras dimensiones, para que las economías funcionen mejor y produzcan mejores resultados. En Europa, el desarrollo de un «capitalismo decente» es el motor económico para construir una «buena sociedad» basada en el crecimiento estable, la equidad y la sostenibilidad. El núcleo conceptual de un modelo económico de ese tipo es, por definición, la multidimensionalidad del progreso y el crecimiento. Ningún país o región va a desarrollarse de manera aislada. Antes bien, el discurso sobre una «economía cerrada» tropieza con la perspectiva planetaria en la que tiene que forjarse cualquier modelo económico. Por esa misma razón, es necesario entablar un diálogo progresista entre las regiones, en lugar de jugar a echarse mutuamente la culpa. En lo que sigue, describiremos en forma sintética los argumentos y pilares principales de un modelo de capitalismo reformado para debatir entre las diferentes regiones; lo hemos llamado «capitalismo decente».

Discutir el capitalismo

El término «capitalismo» está de vuelta en la calle. Colapso, desmantelamiento, reforma, reparación, restauración: en el contexto de la crisis reciente se discute todo tipo de enfoques sobre el tema. El debate ha recibido mucho más impulso hoy que en la década pasada, a pesar de que ya hemos asistido a una cantidad de crisis de igual tenor. En contraste con los debates de la primera década de este siglo, de pronto se han comenzado a examinar nuevamente con seriedad políticas alternativas a una liberación absoluta de los mercados. En la práctica, sin embargo, la brecha entre la retórica regulatoria y la reforma real de nuestras economías es todavía considerable. Nuestros sistemas siguen en riesgo de inestabilidad permanente. Si continuamos operando con las disfunciones del capitalismo actual, las crisis seguirán siendo la norma antes que la excepción. Para muchos de nosotros será imposible llevar una vida decente en condiciones de creciente inseguridad, desigualdades y presión en términos de salarios, empleos, educación de los hijos y previsiones para la vejez. Un grado excesivo de desigualdad en la distribución del ingreso y de inseguridad personal no solo es perjudicial para una buena vida; también es económicamente peligroso e ineficiente. Las causas de las crisis económicas y la desigualdad creciente –que son síntoma y raíz de inseguridad personal y sistémica, pero también de ineficiencia– son diversas.

La mayoría de los libros de economía de la corriente que domina hoy la disciplina se enfocan en el factor más evidente de la crisis: los mercados financieros. Buena parte de las obras publicadas en el contexto de la crisis sugieren que existe una falla grave en esta esfera del capitalismo. Y, de hecho, las finanzas han jugado un rol crucial en la mayoría de las crisis económicas que se experimentaron desde la década de 1990. Los mercados financieros son a la vez gigantescos amplificadores de los desequilibrios que se registran dentro de cada economía y entre economías, y una fuente de tales desequilibrios. En consecuencia, iluminar las grietas en el campo financiero es el punto de partida lógico para reparar, o superar, nuestro sistema capitalista actual. Corregir de raíz la influencia y las funciones de los mercados financieros es también el punto de anclaje de cualquier proyecto político progresista. Sin embargo, es preciso ser muy cuidadoso y no aceptar con demasiada facilidad el argumento de que las grietas, a fin de cuentas, no son tan graves. Detrás del complejo discurso financiero sobre el control de los swaps de incumplimiento crediticio (credit default swaps) y de los títulos valores respaldados por activos (asset-backed securities) se oculta a veces la intención de convertir a determinados actores o instrumentos financieros en chivo expiatorio, para mantener intacta la estructura básica del sistema. Como el economista Nouriel Roubini y el historiador Stephen Mihm, ambos estadounidenses, pensamos que es necesaria una mirada más amplia del capitalismo. También coincidimos en que apegarse a ideologías o prejuicios tales como la simple creencia en que el libre mercado solucionará siempre los problemas económicos reduce demasiado la perspectiva de lo que no funciona en el capitalismo de hoy. Como sostienen Roubini y Mihm: «Es necesario dejar la ideología afuera y observar las cosas de una manera menos apasionada».

Es preciso un enfoque sobrio y abarcador de las disfunciones económicas actuales, porque los excesos del sector financiero son solo una parte de los problemas de fondo que enfrentan las economías y las sociedades y que han contribuido a la crisis reciente. Hay al menos tres dimensiones de la inestabilidad que se relacionan con las finanzas, pero van más allá del límite de las inestabilidades del sistema financiero. En primer lugar, se han intensificado los desequilibrios entre sectores dentro de cada economía. Una expresión de esto es el alto endeudamiento tanto de los hogares como de los gobiernos, como consecuencia de burbujas inmobiliarias y de otros tipos, que fueron alimentadas por el sistema financiero. En segundo lugar, nunca antes han sido tan grandes los desequilibrios internacionales; considérense por ejemplo los casos más notorios: el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos y el superávit de China, Alemania o Japón. En tercer lugar, junto con la desregulación financiera, el principio de creación de valor para los accionistas se volvió dominante en el gobierno corporativo. Esto condujo a que el manejo de las empresas se orientara al corto plazo y al pago de altas bonificaciones a los gerentes, a costa del desarrollo sostenible a largo plazo de compañías y firmas.