Tema central

Cambio político y nuevo orden sociocultural

Bolivia atraviesa una coyuntura compleja que supone, también, una oportunidad histórica para conjugar el reconocimiento cultural de los sectores indígenas excluidos con un desarrollo económico equitativo y un nuevo orden institucional. Para superar este triple desafío, los líderes deberán privilegiar una lógica deliberante, de reconocimiento del otro y de búsqueda de resultados concretos, como sucedió con el seleccionado de fútbol que en 1994 logró clasificar para el campeonato mundial. Si Bolivia logra conciliar economía y sociedad, si construye un nuevo tipo de Estado y si consolida un pacto de igualdad en la Asamblea Constituyente, no solo podrá aspirar a un nuevo mundial de fútbol: también podrá demostrarle al mundo que un proceso de modernidad emancipatoria puede provenir de la periferia.

Cambio político y nuevo orden sociocultural

¿Qué es lo que está en juego hoy en Bolivia? Las chances de un salto, tanto en términos del desarrollo como de la democracia. Hay posibilidades de que se avance en el mejoramiento de los niveles de igualdad entre los diferentes grupos socioculturales, así como en un crecimiento económico socialmente incluyente. Asimismo, parece probable que la democracia, además de obtener logros considerables en cuanto al régimen político, genere avances sustantivos y de reconocimiento de un genuino pluralismo sociocultural. Es decir, parece posible lograr una mayor y una mejor distribución del poder y de los beneficios del desarrollo. Es posible, entonces, que se consolide un nuevo orden. Pero no es fácil.

Otra posibilidad es que se configuren escenarios de descomposición, crisis y caos. Las chances de que se produzca esta situación serán mayores si la lógica del enfrentamiento y la confusión política prima sobre la negociación y la construcción clara de acuerdos, es decir sobre la capacidad de deliberar, de escuchar al «otro», por parte de los diferentes líderes políticos y sociales del país. Es posible, incluso, que se generen escenarios de descomposición nacional. En ese caso, los diferentes líderes, en los hechos, estarían reafirmando la tesis «neocolonial» del «Estado fallido», reiterada por algunos analistas estadounidenses y de varios países de la región. Y hasta se justificaría la tesis de la «polonización» de Bolivia defendida por Augusto Pinochet –en referencia a la repartición de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética en los 40– e incluso las tesis ultramontanas que aspiran a escenarios de conflicto armado en Latinoamérica.

El nuevo orden es, pues, un camino plagado de intereses contrapuestos, de miradas parciales y de pasiones a veces incontrolables. En realidad, las chances de que se avance en una u otra dirección tendrán que ver, principalmente, con la capacidad política de los actores y los líderes con los que cuenta el país, pero también con las acciones, los intereses y las percepciones que tienen sobre el proceso boliviano los distintos actores internacionales. Y, desde luego, con la evolución de una economía crecientemente internacionalizada.

Parecen existir algunas referencias básicas, de bien común si se quiere, que permitirían impulsar con realismo democrático las reformas que se avecinan. Estas referencias están dadas por la conciencia social acerca de la diversidad estructural y sociocultural del país, así como por los sentimientos generalizados de la mayoría de los bolivianos respecto de las formas negociadas de resolución de los conflictos. Parece claro que no es posible una salida impuesta, lo cual supondría que las opciones necesariamente tendrán que ser acordadas. Y, por otra parte, también está claro que en el centro del proceso anida una demanda de mayor justicia distributiva. Bajo estos parámetros, las chances de que Bolivia avance son mayores. Todos los actores tendrían que estar comprometidos, pues todos son responsables. Por supuesto, esto no significa negar el conflicto: tan solo supone una nueva forma de procesarlo.De cómo se puedan conjugar los diferentes intereses político-culturales dependerá el curso de la historia. La oportunidad existe, y será más real en la medida en que se reconozca una nueva gramática de conflictos en la construcción de un nuevo orden, que ese nuevo orden privilegie una lógica deliberante y de búsqueda de resultados concretos y, sobre todo, que predomine un cierto código de comportamiento para construir el bien común, que se podría denominar «el equipo del 94».

Un escenario ideal de emancipación republicana supondría quizás que el movimiento indígena busque transformar a los excluidos en protagonistas sin generar nuevos tipos de exclusión. Más allá de identidades culturales arraigadas o cambiantes, la gran mayoría nacional ya optó desde hace muchos años –y opta cada día– por el derecho al reconocimiento cultural de unos y de otros. Eligió, además, la negociación en lugar del enfrentamiento. Esto significa que la sociedad optó y opta por la democracia. Se trata, empero, de una democracia que necesita renovarse mediante un nuevo orden institucional, con más participación ciudadana y una mejor representación política.

Como se sabe, no se avanza sin riesgos, pero tampoco es posible avanzar por atajos. La construcción de un nuevo orden cultural y social seguramente atravesará un largo ciclo histórico en el cual la sociedad, los gobiernos, los partidos y los actores se irán renovando. La misma realidad nacional irá cambiando. Es fundamental, entonces, contar con una visión del futuro como proceso pleno de obstáculos, donde la sociedad pueda mejorarse constantemente a sí misma.

La cuestión central, entonces, es cómo las capacidades políticas de los actores logran combinar el orden sociocultural con un nuevo orden político-institucional y un desarrollo económico relanzado. Las posibilidades son múltiples. Si el orden sociocultural busca cambiar las jerarquías étnico-culturales, territoriales y sociales en función de un principio estructurante equitativo, necesitará cambios institucionales que reflejen un principio de justicia distributiva, respaldada en un crecimiento económico que vaya más allá del gas y del uso de los recursos naturales, es decir, más allá del imaginario rentista tan arraigado en buena parte de las elites y de la sociedad boliviana. Si, por el contrario, los avances sociales son menores, los cambios institucionales y de desarrollo necesariamente quedarán en la superficie.

El peligro es pensar que avanzar en un ámbito implica necesariamente avanzar en los otros, o pensar que es posible avanzar rápidamente, en todos los aspectos, solo por la iniciativa de algunos o mediante una lógica de presiones. El cambio es complejo y obliga a una mirada amplia y a una práctica responsable. Resulta imprescindible aprender a navegar entre vientos contrapuestos, para lo cual será fundamental redefinir la idea del bien común a través de un espacio público transparente y, sobre todo, aprender a manejar los códigos, como hizo la selección de fútbol en 1994.