Opinión

Brexit: la peor salida

Con el Brexit no ganó el pueblo ni la soberanía, sino los fascistas y los filonazis, los autoritarios que promueven la frontera como panacea.

Brexit: la peor salida

Los insumisos están a la derecha de la geografía europea. Agricultores, desempleados, jubilados, personal de clase media, almaceneros, obreros y artesanos componen el vasto ejército que, desde hace años, llena las urnas de las extremas derechas europeas y de los partidos euroescépticos. Ese sólido patrón electoral provocó el mayor seísmo en el proceso de construcción continental con el voto a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. La identidad social que nutre el voto contestatario es exactamente la opuesta a quienes respaldan la Unión: los rebeldes son mayores, de clase media y baja, están desconectados de la cultura global, sueñan con el retorno de un imperio perdido y con la restauración de la supremacía blanca. Cayeron en las redes retóricas que se desplegaron en Francia a partir de la década de los 80 con el renacimiento de la extrema derecha del Frente Nacional, y luego en Italia con la Liga del Norte. Los adeptos a la Unión Europea son jóvenes, urbanos, hiperconectados, trabajan en las redes, mueven dinero, están embebidos en la dimensión multicultural de las sociedades modernas y su interlocutor no es el terruño sino el mundo. Para los primeros, el presente y el porvenir son una amenaza, para los segundos una oportunidad. El mundo de la ciudad cosmopolita, de los bancos, de los políticos y el establishment contra el país profundo. En Londres, 75% de ese electorado votó a favor de la permanencia del Reino Unido en el seno de la Unión Europea. Son los otros votantes quienes sacaron de la Unión a la segunda economía del grupo. Esa ruptura atraviesa a buena parte de los países de la Unión Europea. En Francia, a apenas 15 kilómetros de París, se vive en otro país donde los tecnócratas de Bruselas, el Parlamento Europeo, el Eurogrupo, el Banco Central Europeo o la Comisión Europea y los extranjeros son poco menos que enviados del diablo. La sensación de que la europeización y la inmigración han provocado una pérdida de derechos, de bienestar y soberanía se mezcla con el sentimiento potente de que, además, la identidad se ha diluido en el proyecto europeo. Los populistas de extrema derecha han tejido su narrativa en el flujo de esas emociones. Y han triunfado. El Brexit no es en ningún caso un voto «anti liberal» sino una manifestación de xenofobia radical.

Cuando se conocieron los resultados del referéndum, Nigel Farage (líder del Partido Por la Independencia del Reino Unido) apeló a esas emociones subterráneas, mezcla de nacionalismo simplista y discurso contra las elites y los invasores extranjeros: para el líder de los euroescépticos ingleses, aquella fue la victoria de «la gente real, la gente normal, la gente decente». El famoso jersey con las banderas europeas que la ex-primera ministra británica Margaret Thatcher lució durante el referéndum de 1975 parece una pieza de museo. En mayor o menor medida, los populismos emocionales de la extrema derecha militan por la nostalgia imperial, pero a solas, sin los demás países de la Unión. Gran Bretaña fue una isla imperio por sus propios méritos. La Unión Europea, en los términos actuales, le está impidiendo volver a hacerlo. No importa la verdad, no importa si en 1973, cuando Gran Bretaña adhirió a la entonces Comunidad Económica Europea, su PIB era uno de los más bajos de la Comisión Económica Europea. El escenario es paradójico: todos disparan contra aquello que los benefició. En su edición del día de la consulta, el The Daily Mail —diario fervientemente comprometido con el Brexit— les sugería a sus lectores que le preguntaran a la gente joven en España, Grecia o Francia si «el euro ha sido la columna vertebral de su prosperidad».

A Europa y al Euro le disparan por los dos lados: la extrema derecha con sus canticos xenófobos y proteccionistas, y las izquierdas más pronunciadas con sus críticas legítimas a una construcción política que cedió su soberanía a la financiera. «El Euro es enemigo de los pueblos», decía en 2012 el actual jefe de Gobierno griego, Alexis Tsipras. En estos días, el líder del Frente de Izquierda francés, Jean-Luc Mélenchon, dijo que «la idea de una Unión Europea fue asesinada por la casta de eurócratas y la política de austeridad impuesta por el gobierno alemán». La Europa ultraliberal, tecnocrática, sin proyecto político común ni plan concertado para enfrentar crisis mayores como la migratoria hizo de su sueño un campo de huérfanos que se refugiaron en la casa de los nuevos padres tutelares :el euroescepticismo y el nacionalismo. Esos dos componentes desplazaron incluso la legitimidad de las críticas acervas que la izquierda le hace al funcionamiento de la Unión, a su liberalismo a ultranza. Aunque muchos en el mundo celebren el Brexit como una victoria del pueblo contra las élites y el ultraliberalismo, esa alegría y el mismo referendo británico son un despropósito. No ganó el pueblo ni la soberanía, sino los fascistas y los filonazis, los xenófobos y los magulleros, los autoritarios que promueven la frontera como panacea. Ganaron el muro de Donald Trump y los disparates de Marine Le Pen. Dentro de la UE, no había país mas soberano que el Reino Unido: no estaba dentro de la zona euro, por consiguiente, mantenía el control sobre su moneda y su presupuesto: su política extranjera era tan libre como la de los demás países de la UE. Prueba de ello, durante la última guerra de Irak (2003), Gran Bretaña se alió con Estados Unidos mientras la mayoría de los demás países, con la excepción de España, se opuso a ella. Es cierto que las instancias europeas imponían normas sanitarias, comerciales y medioambientales fuertes. Sin dudas, Gran Bretaña se sacará de encima ese manto burocrático pero, al mismo tiempo, perderá el acceso al mercado europeo, el cual constituía el principal destino de sus exportaciones. El argumento esgrimido por los brexistas según el cual una vez fuera de la Unión el país podrá elegir «el tamaño y la curva de las bananas» (Boris Johnson, ex-intendente de Londres y cabeza del voto a favor del Brexit) es un disparate. El tema mayor de la separación ha sido la libre circulación de las personas, espantapájaros que ha servido de base discursiva a la extrema derecha francesa en el último cuarto de siglo. Así aparecieron en todo el país grafitis contra los inmigrados europeos, principalmente los rumanos y los polacos. El voto, de hecho, no fue contra la «Europa liberal». Es un error tan común como grosero. Resultó un voto al revés: Inglaterra votó contra una Europa a la que considera demasiado liberal en materia de inmigración y restrictiva en el campo económico y social.

El nacional soberanismo es una quimera, un mejunje para engañar a jubilados nostálgicos. Donald Trump y los ganadores del Brexit tienen una importante deuda no solo con la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen y su padre, Jean Marie Le Pen, sino con el ex consejero político de Nicolas Sarkozy, Patrick Buisson. Éste fue quien primero quien teorizó el tema de la frontera y lo puso en circulación antes y durante la campaña electoral para las elecciones presidenciales de 2012, que el ex-mandatario perdió frente al socialista François Hollande. En aquellos años, Buisson decía: «La frontera es lo que protege a los más pobres. Los privilegiados no necesitan al Estado para construir fronteras. No necesitan de nadie para comprarlas. Fronteras espaciales y de seguridad: viven en los buenos barrios. Fronteras escolares: sus hijos frecuentan los mejores establecimientos. Fronteras sociales: su posición los pone al abrigo de todos los desordenes de la globalización y en una situación en la cual pueden cosechar los beneficios»1. Ese es el encaje de novia del Brexit y no un supuesto voto castigo al euro liberalismo. Esa idea ha sido declinada en tres disciplinas: la política con Marine Le Pen y Buisson, la socio filosófica con la idea conspiracioncita de «el reemplazo» promovida por el escritor francés Renaud Camus, para quien las sociedades europeas están siendo reemplazadas por una población no europea (musulmanes, africanos), y la ficción a partir de la novela de Michel Houellebecq, Sumisión, en la cual Francia termina gobernada por un partido político musulmán que pinta versículos del Corán en los muros de la Universidad de la Sorbona.

La filosofía del «exit» se apoya en esto. Hoy se empieza también a hablar en Francia de un Frexit, muy diferente al famoso Grexit que amenazó a Grecia cuando no podía hacer frente a los compromisos con sus acreedores y muy similar al Brexit. «¡Esto es Inglaterra! ¡Los extranjeros afuera!». Ese grito racista que sacude hoy el país del Brexit tiene su traducción en francés con la famosa «prioridad nacional» inventada por el Frente Nacional. No hay que engañarse con lecturas morales o ideológicas: ha sido un voto contra los otros, no en contra de un sistema financiero. Se trató de la primera experiencia concreta de un rechazo colectivo a la inmigración, incluso cuando es blanca, o sea, proveniente de los países del Este de Europa. Lo peor es que ni siquiera se sabe aún si lo que la mayoría aprobó en las urnas se aplicará en la realidad. El poder político inglés arrastra las brumas de la catástrofe y atrasa la aplicación del artículo 50 del tratado de Unión mediante el cual se activa el proceso de salida de un país. Está al mismo tiempo buscando cómo no perder las ventajas de la Unión Europea y ver si no hay una forma de amagar una salida para arraigarse mejor. La autentica identidad política de los brexistas es el populismo rancio empapado en un conservadurismo nacionalista xenófobo. Se trata de un populismo radical y violento, sin comparación con el tan mentado «populismo de izquierda» que los portavoces del liberalismo empresarial, con el escritor peruano Mario Vargas Llosa a la cabeza, denuncian como el responsable de todas las calamidades de la historia moderna. Este es una perla negra que le ha ofrecido a las democracias más antiguas del planeta un despliegue destructivo en tiempo real y en un país cuya historia ha sido radicalmente opuesta a los de la Europa continental que se arrodillaron ante el nazismo.

Nadie sabe qué ocurrirá. ¿Habrá realmente un Brexit completo?. ¿Y paras las extrema derechas europeas, la experiencia británica acaso marca el comienzo del ocaso o el auge imparable? La aventura inglesa tiene costos humanos, políticos y financieros enormes. Se activó un dispositivo cínico y destructor. Quienes gestionan los destinos humanos desde las finanzas están haciendo los cálculos del costo final. Ahí está la aún incierta cifra del futuro. Los británicos se metieron solitos en la bolsa de gatos de una crisis política y económica tan gratuita como inédita. «Take back control», clamaban los fanáticos del Brexit. Salió al revés. Abrieron un dique descontrolado. La demagogia populista de la peor calaña le ofreció en bandeja a la democracia más vieja del mundo el arma con la que une estrecha mayoría desconectada la hirió durablemente.

  • 1.

    Entrevista en Le Monde, 14/03/2012.