Coyuntura

Bolivia después de las elecciones: ¿a dónde va el evismo?

El triunfo de Evo Morales en las elecciones del 6 de diciembre,con 64% de los votos, reconfigura por completo el campo político boliviano y consolida una hegemonía inédita desde 1952. Sin embargo, existe mucha confusión en cuanto a la caracterización precisa del proceso boliviano, entre quienes creen ver inexistentes devenires ecocomunitarios y antimodernos y aquellos que caen en una negación completa de las identidades indígenas. Este artículo sostiene que una aproximación político-sociológica permite echar luces sobre las bases sociales (y las ambivalencias) del actual proceso de cambio: en especial, permite identificar un nacionalismo popular, núcleo unificador del partido de gobierno que, aunque hoy se presenta con un rostro más indígena que en los años 50, recupera casi por completo los imaginarios modernizadores, industrialistas y desarrollistas del pasado.

Bolivia después de las elecciones: ¿a dónde va el evismo?

La aplastante reelección de Evo Morales en las elecciones del 6 de diciembre –con más de 64% de los votos– reconfigura por completo el campo político boliviano. Por primera vez desde los años de la Revolución Nacional de 1952, un partido logra una hegemonía tan amplia, controla ambas cámaras legislativas y, desde allí, tiene la posibilidad de incidir en la conformación del Poder Judicial. La llamada «media luna» se desarticuló como opción de resistencia regionalizada al proyecto nacional encarnado por Evo Morales, la oposición político-parlamentaria constituye un espacio fragmentado y sin liderazgos cohesionadores, y la influencia política del Movimiento al Socialismo (MAS) se extiende hacia las regiones orientales autonomistas. De allí que el debate actual en medios periodísticos y académicos se centre en las intenciones/posibilidades de radicalización del actual gobierno.

Las expresiones anticapitalistas o socialistas de Evo Morales pueden no obstante conducir al error. Una aproximación político-sociológica echa luces sobre las bases sociales (y las ambivalencias) del actual proceso de cambio: un nacionalismo popular, núcleo unificador del partido de gobierno, que hoy se presenta con un rostro más indígena que en los años 50 pero que, empero, recupera casi por completo los imaginarios modernizadores, industrialistas y desarrollistas, resumidos en la propuesta de «Estado productivo social protector» del vicepresidente Álvaro García Linera, y matizado con expresiones «pachamámicas», periféricas y bastante retóricas, de algunos sectores gubernamentales, sobre el «vivir bien», sin cuerpo en las políticas oficiales.

Con todo, la atracción romántica por los desbordes periféricos y las supuestas rebeliones ecocomunitarias y antimodernas –sazonadas convenientemente con una serie de imágenes del «indio insurgente»– está siempre disponible, en lo que Marc Saint-Upéry denominó «la esperanza a bajo precio» que suele encontrarse con relativa facilidad en el «extremo Occidente» latinoamericano. Ciertas corrientes descoloniales expresan a menudo este tipo de sensibilidades. Pero existe también un riesgo «etnofóbico» opuesto, de investigadores «demistificadores» reactivos a la visión idealizada del buen salvaje: el universalismo abstracto que, con la excusa de la desnaturalización de las identidades más o menos inventadas (pero, sobre todo, estratégicas), concluye que los indios no existen. Así, subestima un análisis más preciso de por qué, en ciertos contextos, esas identidades se activan, produciendo poderosos efectos políticos que, sin duda, las hacen existir: el empoderamiento indígena popular es hoy innegable y fuente de la enorme legitimidad, traducida en apoyo electoral, de Evo Morales. Pero ¿es posible una aproximación político-sociológica entre estas posiciones polares? Este es el esfuerzo de este artículo, en el que nos proponemos una «descripción densa» del proceso político-social inaugurado en 2006 con la llegada de Evo Morales al gobierno, tratando de ponderar tanto las innegables rupturas como las no menos evidentes continuidades con la rica historia nacional-popular que transitó Bolivia –intercalada con cíclicas restauraciones «liberales»– durante todo el siglo XX. Y, a partir de ello, ensayaremos algunas hipótesis relativas al devenir del evismo.

Los orígenes: el MAS o el cerco electoral a las ciudades

En 1995, el Congreso Tierra y Territorio aprobó la tesis del llamado «Instrumento Político», que dio lugar a un complejo movimiento construido a partir de las estructuras de los sindicatos campesinos. El núcleo duro de esa articulación de organizaciones rurales eran los cocaleros del Chapare, los colonizadores (hoy llamados «comunidades interculturales»), los campesinos de los valles de Cochabamba y la Federación de Mujeres Bartolina Sisa. La propia entidad matriz, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), adhirió a la iniciativa.

Aunque recubierto con un discurso indianista potenciado por la campaña «500 años de resistencia» (organizada contra los festejos oficiales por los cinco siglos de la conquista de América), el Instrumento Político expresaba un fuerte entronque histórico con la cultura sindical tradicional en el movimiento popular boliviano, que el sociólogo René Zavaleta ya había advertido. Una suerte de Tesis de Pulacayocampesina, adecuada a los nuevos tiempos, marcados por la fuerte hegemonía del neoliberalismo, el supuesto fin de las ideologías y una serie de luchas básicamente defensivas, y a menudo derrotadas, de los sectores subalternos bolivianos, golpeados por la crisis de la Central Obrera Boliviana (COB), que durante décadas actuó como entidad matriz. Si en 1947 la federación de mineros logró ingresar diputados y senadores a partir de su influencia política, social y electoral en Oruro y Potosí, el MAS-IPSP logró avanzar hacia la arena política nacional desde el Chapare cocalero y desde los valles de Cochabamba, a partir del liderazgo al principio compartido entre Alejo Véliz y Evo Morales. Y, como los mineros de entonces, los cocaleros comenzaron a sentirse –no sin razones– la vanguardia del movimiento popular.

En efecto, desde mediados de los años 80, las políticas de erradicación de la hoja de coca –impulsadas por los sucesivos gobiernos bajo presión estadounidense– generaron una geografía política y electoral sui géneris en el Chapare, ubicado en la carretera troncal Cochabamba-Santa Cruz. Allí la izquierda mantuvo su hegemonía pese a su retroceso nacional; sus posiciones fueron erosionadas por la fulminante crisis del gobierno reformista de la Unidad Democrática y Popular (UDP), la derrota del sindicalismo minero en 1985 (en la «Marcha por la Vida») y la nueva hegemonía neoliberal.

La «defensa de la hoja de coca», junto con la denuncia de la intervención estadounidense, determinaron una estructuración del campo político local teñida por los intereses corporativos de los cultivadores de coca, lo cual explica el triunfo local de Izquierda Unida –apoyada por los sindicatos agrarios– en las elecciones de 1989, en pleno apogeo neoliberal. Es decir, se trataba de un apoyo bastante instrumental de los cocaleros (pequeños propietarios rurales con cierta movilidad social) a una izquierda percibida como opuesta al «Imperio» que los acosaba, lo que permitía una expansión política del activismo sindical, cada vez más politizado en cuestiones nacionales. Y, de paso, la posibilidad de poner los pies en la arena política, en un aprendizaje que culminará con la mencionada puesta en marcha del propio Instrumento Político de los campesinos. No por azar, Evo Morales fue elegido diputado en 1997, por su circunscripción uninominal, con el porcentaje más alto de votos del país (61,8%). Tampoco es casual que, en poblaciones nítidamente cocaleras, la votación de Izquierda Unida bordeara el 80%. Es decir, un voto de características plebiscitarias no por razones «ideológicas» sino por ser percibida como la representación gremial de los cocaleros en el Congreso: todo el capital organizativo de los sindicatos era volcado a la lucha electoral.