Opinión

«Big data» y capitalismo El poder de procesar datos

El fenómeno del big data es consustancial a un modo de entender la sociedad que concibe a los individuos como entes cuantificables. Quienes procesan datos detentan el poder.

«Big data» y capitalismo / El poder de procesar datos

En la década de los 20 el presidente mexicano Plutarco Elías Calles recibió en su residencia a una familia de inmigrantes polacos que tenían un hijo realmente excepcional. El niño podía resolver operaciones matemáticas más rápido que la máquina más avanzada de su tiempo. Con apenas 12 años cumplidos, el chico recibió una beca completa para realizar el doctorado en matemáticas en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Su padre, sin embargo, se negó. Lo salvaba, de esa manera, de su propia precocidad.

Mi abuelo no hubiera podido competir con los servidores de Google. Desde que se inventó la primera computadora, la capacidad para procesar grandes cantidades de datos se ha incrementado de manera exponencial. No se trata solo de una cuestión de capacidad. Contamos con más información que en toda la historia de la humanidad: si esta fuera impresa en libros, cubrirían todo el terreno de Estados Unidos en pilas de 52 libros de altura.

El fenómeno de la cuantificación sobrepasa, sin embargo, el ámbito computacional. Hace dos años, la revista norteamericana The Atlantic publicó la historia de un científico cuya misión en la vida fue medir todo lo relacionado con su cuerpo (la cantidad de sudor que exhalaba al correr, los nutrientes de cada una de sus comidas, los contenidos de sus heces). Los desarrolladores de los nuevos aparatos para medir estas funciones corporales –graduados de ciencia computacional de MIT– son, junto con varios fans del fitness y algunos pacientes en condiciones crónicas, parte de un club que se se reúne cada semana para comparar el tamaño de sus bases de datos. A tal grado ha llegado el afán por cuantificarse a sí mismos que existen libros inspiracionales escritos por gurús de negocios sobre cómo medir una vida «bien vivida».

La cuantificación es provechosa. Al menos en esta etapa de capitalismo avanzado. Parte de la fortuna del ex-alcalde de Nueva York Michael Bloomberg proviene de la venta de una plataforma electrónica que ofrece información financiera de gran complejidad en tiempo real a inversionistas de bolsa. El personaje principal de la novela Cosmópolis, de Don De Lillo es uno de estos agentes de bolsa que nunca se despega de los datos. Su limusina cuenta con pantallas que exhiben números corriendo todo el tiempo, debajo de su mano cruza, cada mili segundo, la información más actualizada a escala mundial. «Nuestros océanos y nuestros cuerpos estaban contenidos en estas pantallas. Se podían conocer. En su totalidad.»

«Se podían conocer. En su totalidad». Para los sociólogos de la Escuela de Fráncfort, los alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer, estas dos oraciones resumen el mito bajo el cual operan la Ilustración y la expansión del capital. La necesidad de segmentar el mundo en unidades claras y distintas ­para formar un modelo del mismo mundo corresponde a la necesidad de administrar territorios lejanos. La creencia en la razón como eje alrededor del cual se desarrolla la historia es la fuerza que alimentó fenómenos como la colonización. La metáfora es visual: lo que se opone a luz de la razón debe ser sometido. En ocasiones, evidentemente, por medio de la fuerza física.

No debe de sorprender, entonces, que el Imperio Británico se haya dado en su día la minuciosa tarea de segmentar y categorizar sus posesiones. El Museo Británico, con sus división en salas dedicadas a áreas geográficas y etnias claramente segmentadas, refleja la relación del Imperio con los terrenos administrados. A falta del contexto original –muchos de estos objetos, hay que recordar, viajaron por medio mundo para ser exhibidos allí– se asignan constelaciones de metainformación alrededor de cada pieza. Esta información permite el desarrollo de constelaciones de relaciones entre las unidades, lo que crea ideas de conjuntos cerrados de «culturas». Una vez exhibidas en el museo, las identidades parecen pertenecer a categorías estables que siempre han estado ahí. No hay resistencia. La ilusión de transparencia está completa.

El ideal de completa visibilidad vía la segmentación se transformó, tras diversas colonizaciones, en un recurso de instituciones de orden nacional. Las encuestas y las bases de datos han sido, desde el desarrollo mismo de los Estados nacionales, recursos para el control de los contribuyentes. La crítica al pensamiento técnico-racional de Adorno y Horkheimer se enmarcaba, evidentemente, en un contexto fanático de esta ideología, cuando las tarjetas informáticas de IBM eran utilizadas por los nazis para clasificar a la población dentro de los campos de concentración. En este contexto extremo la diferencia entre una categoría u otra, dentro del sistema del Estado, era la diferencia entre la vida y la muerte.

En los años 70, Henri Lefebvre y los situacionistas desarrollaron una posición inédita: demostraron cómo la incursión del capital en la vida cotidiana fomentaba la creación de nichos de mercado y la promoción de publicaciones y medios hiperespecializados (según raza, género, etc.). Las nuevas tecnologías de datos constituyeron las «tecnologías del yo», según la definición de Michael Foucault: arenas fundamentales en la creación de las conciencias políticas. Entre los ejemplos contemporáneos, es destacable el de la movilización desatada en torno de la categoría «hispano», relativamente nueva dentro de la larga historia del censo de la población en EEUU y que, al amalgamar poblaciones de diferentes países de America Latina, ha generado una nueva y contradictoria identidad transnacional.

Internet ha radicalizado este proceso. Existen hoy diversos puntos correlacionables con los más complejos algoritmos para predecir los más extravagantes patrones de consumo. Las bases de datos son tan extensas que es necesario «minarlas» (curiosa palabra esta, que hasta hace poco se utilizaba para hablar de la extracción de recursos materiales y ahora también refiere a la búsqueda de patrones en bases de datos extensísimas). A tal grado ha llegado el fetiche por el procesamiento de datos que se ha designado un término para este poder computacional: muchos de los evangelistas del Big Data sostienen que ya no es necesaria la teoría para explicar la realidad sino que, por el contrario, hay que dejar que los datos hablen «por sí mismos». En las publicaciones sobre el advenimiento del big data se produce, así, un giro utópico. Se expresa, en definitiva, esta capacidad de procesar como frontera: se trata de un territorio virgen, de un espacio neutral desde donde se construye una nueva sociedad.

El fenómeno del big data promueve lo que varios críticos llaman «la vista desde ninguna parte»: se constituye la creencia en un universo de información al que es posible extraerle el contexto cotidiano para comprenderlo más cabalmente, por medio del análisis matemático. Se trata de una visión geográfica nacida de la Ilustración, aplicada ahora al paradigma informático. El mundo computacional se vuelve una metáfora del mundo social.

Los datos no están esperando que vayamos a extraerlos. Sin embargo, la tecnología utilizada para medir es creada con este presupuesto. Antes de poder minar datos, debe haber un giro interpretativo que nos permita concebirlos como tales. Pero el contexto donde se inserta la herramienta de medición es cualitativamente irreductible. Su traducción a datos es un acto de poder político que cambia radicalmente el significado de lo que se está traduciendo.