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Biblia, buey y bala… recargados Jair Bolsonaro, la ola conservadora en Brasil y América Latina

La llegada de Jair Messias Bolsonaro al Planalto plantea un giro político en la región y serios desafíos al progresismo continental. El proyecto del presidente electo entronca con la tradición desigualitaria que caracterizó el modelo brasileño de capitalismo jerárquico y autoritario. Ahora, más que el peligro de que surjan otros Bolsonaros en la región, el riesgo es una «bolsonarización» de los discursos políticos, en el marco de una amplia reacción antiprogresista.

Biblia, buey y bala… recargados / Jair Bolsonaro, la ola conservadora en Brasil y América Latina

Nota: una versión preliminar de este artículo apareció en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur No 233, 11/2018, con el título «Brasil y la revolución conservadora».


«¿Qué expresa esta opción por Bolsonaro? ¿Un antipetismo radical? ¿Un apoyo a la vuelta de los militares? ¿Una onda conservadora ligada a la intolerancia religiosa? ¿Un sentimiento anticomunista? Sí, porque aunque ya no exista comunismo sabemos que sí hay anticomunismo». En un largo perfil de Jair Messias Bolsonaro publicado en la revista Piauí, André Singer, autor de Os sentidos do lulismo1, captaba un fenómeno que comenzaba a delinearse con nitidez: el germen de una candidatura de extrema derecha «que no puede ser ignorada»2. Pero entonces, el ex-capitán del Ejército3 aparecía en una encuesta realizada en el mes del impeachment de Dilma Rousseff como «aislado en la franja de los electores más ricos». Y aunque los pronósticos coincidían en que no podría ganar, todos reconocían que una porción del electorado se había radicalizado –Bolsonaro recordó jocosamente durante el impeachment al torturador de la dictadura Carlos Alberto Brillante Ustra como el «terror de Dilma»– y la extrema derecha ya se había implantado en el escenario electoral. A partir de allí lo que pudo observarse fue una impresionante expansión del apoyo a Bolsonaro hacia diversas capas sociales, en una ola conservadora que terminó proyectándolo como un candidato de los grupos de poder pero con arraigo popular. En la «ecología política» construida tras la destitución de Rousseff, marcada por la crisis de los partidos de la centroderecha tradicional y el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva, Bolsonaro dio expresión política a un movimiento que, como señaló el periodista Breno Costa, constituyó una «revolución conservadora desde la sociedad»4. Y, en ese contexto, las resistencias contra la extrema derecha se debilitaron; figuras como el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso se mostraron prescindentes y otros como Ciro Gómez, ex-ministro de Lula y tercero en la elección, evitaron un apoyo claro al candidato del Partido de los Trabajadores (pt), Fernando Haddad, en lo que hubiera sido una suerte de frente democrático contra la «amenaza fascista».

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El triunfo de Bolsonaro –a quien sus seguidores llaman «el Mito»–, con 55% de los votos, más de 57 millones, marca un desplazamiento en el denominado «giro a la derecha» latinoamericano. Hasta ahora el cambio de clima respecto a la «marea rosada» era vehiculizado por proyectos antipopulistas de matriz republicana-conservadora, como ocurrió con Mauricio Macri en Argentina. Al menos en el discurso, estos proyectos proclaman la vuelta al pluralismo, a la independencia de poderes y a la democracia liberal plena; una suerte de «vuelta a la normalidad» alterada por el populismo. Bolsonaro, por el contrario, expresa el desembarco de la «derecha alternativa» en la región. La Alt-Right, uno de cuyos publicistas es Steve Bannon, fue parte de la coalición político-social que llevó a Donald Trump al poder y tiene ramificaciones en las extremas derechas europeas. En Brasil, el populista –si vale esa expresión– es Bolsonaro, que se impuso sobre Haddad, un socialista moderado que forma parte del «partido de los profesores». «El capitán Bolsonaro es un patriota brasileño y creo que un gran líder para su país en este momento histórico», expresó Bannon, quien está empeñado en construir una suerte de internacional de la extrema derecha. De hecho, el hijo del presidente electo, Eduardo Bolsonaro, se reunió con el ex-estratega de Trump y aseguró que existe «la misma visión del mundo» y del combate contra el «marxismo cultural». Bolsonaro «es la clase de líder que solo aparece cada dos generaciones y puede recuperar el país, claramente un populista y nacionalista», afirmó por su parte Bannon en una entrevista publicada por el diario Folha de S. Paulo. La lucha contra el «marxismo cultural»5 es uno de los caballitos de batalla de las nuevas derechas: su argumento es que, tras el fracaso del socialismo real, la izquierda –inspirada por los escritos de Antonio Gramsci– hizo un giro hacia la cultura y, desde allí, se recompuso como fuerza hegemónica, de la mano de la lucha contra los valores tradicionales encarada por el feminismo y los movimientos lgbti.

Los movimientos contra la «ideología de género» se extienden por toda la región y tienen varios nodos, desde intelectuales o activistas «masculinistas» que interpelan a los varones que no quieren «deconstruirse» –y que ven en crisis su posición en la sociedad– hasta las iglesias evangélicas conservadoras –no solo las grandes y más mediáticas como la Iglesia Universal del Reino de Dios, sino una multitud de pequeñas iglesias barriales que permiten a sus fieles reconstruir comunidades reales o imaginadas, apostar a la «teología de la prosperidad» y sacar provecho de visiones más cotidianas de los milagros, con mejoras, en muchos casos, de su vida material–, sin olvidar a los sectores conservadores de la Iglesia católica. El joven activista ultraconservador argentino Agustín Laje es una de las expresiones de esta cruzada, que combina rechazo a los movimientos feministas y sus reclamos –incluida la legalización del aborto– con la demanda de «otra lectura» de las dictaduras militares en Argentina y en la región. En Brasil, fue notable, por ejemplo, la manifestación organizada contra una conferencia de la académica feminista Judith Butler en San Pablo en 2017. «Niño nace niño», «No a la ideología de género» y «Quemen a la bruja», decían algunas de las pancartas. «No queremos ese tipo de subversión de la sociedad aquí en Brasil», sintetizó uno de los manifestantes. Y aunque la protesta frente a su conferencia fue pequeña, Butler fue insultada en el aeropuerto al grito de «puerca», «abortista» y «malvada», y una petición virtual en contra de ella recibió más de 350.000 firmas6.

Se trata, en síntesis, de un movimiento antiprogresista que promueve la lucha contra la erosión de los valores jerárquicos/tradicionales, que muchos viven como una crisis de las últimas seguridades que parecen quedar frente a un futuro cargado de incertidumbre: la familia «tradicional», la coincidencia entre identidad de género y sexo, la religión… y así asistimos a una suerte de «rearme moral» del antiprogresismo, que busca pasar a la ofensiva después de los avances globales de los últimos años. No casualmente, la supuesta existencia de un «kit gay» que Haddad repartiría entre los niños en las escuelas fue una de las fake news más efectivas de la campaña bolsonarista7. «[Desde la izquierda] no pueden frenar lo que ha empezado: es el tiempo de la derecha», posteó Laje en su cuenta de Twitter en ocasión del atentado contra Bolsonaro, y obtuvo alrededor de 4.000 retuits y 8.000 likes. Pero no se trata solo del terreno virtual, sino también de redes físicas y ciclos permanentes de conferencias, como una reciente en Guayaquil contra el «marxismo cultural». La lucha contra lo «políticamente correcto» hoy tiene réditos electorales y viene ampliando la frontera de lo decible. De hecho, Bolsonaro dijo que prefería un hijo muerto antes que un hijo gay, justificó en varias oportunidades el uso de la tortura y tuvo diversas manifestaciones racistas antes y durante la campaña.

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Este discurso conservador fue formulado en el lenguaje del anticomunismo de la Guerra Fría, que habla del peligro de los «rojos» y de la necesidad de barrerlos del mapa político y del propio país, y se anudó a un mensaje de exterminio de la delincuencia, con llamados a la justicia por mano propia, y a un discurso anticorrupción inundado de un fuerte antipetismo. Se trata de discursos que van más allá de Brasil, pero que en el gigante sudamericano se entroncaron con la tradición desigualitaria que caracterizó su modelo de capitalismo jerárquico y autoritario.

Acerquemos un poco la lupa: el discurso del exterminio ancla sus raíces en la historia de la sociedad brasileña y en las demandas de seguridad actuales, pero con Bolsonaro se articuló con una estética de las armas propia de la Asociación Nacional del Rifle estadounidense y con una lista de ex-policías y militares que duplicó la presencia de la «Bancada de la Bala» en el Congreso8. El «sargento Fahur», de la Policía Militar, fue el diputado más votado del estado de Paraná: uno de sus lemas era «Bandido en el cajón, alegría para mi corazón», y aunque no compitió por el psl por el que se postuló Bolsonaro, es parte de su espacio. En cuanto al presidente electo, ya en 2017 había declarado, y lo repitió en campaña, que «policía que no mata no es policía»9, con lo que dio un cheque en blanco a unas fuerzas de seguridad que no se caracterizan por su prudencia a la hora de utilizar las armas.

Más sorprendente es el éxito de un discurso anticomunista propio de los años 50, como si la bandera roja del pt expresara un compromiso con un proyecto anticapitalista radical. Ese tipo de discursos podían tener sentido en Colombia, con Álvaro Uribe, o en Perú con Alberto Fujimori –dos líderes con algún aire de familia con Bolsonaro–, ya que en esos dos países el conflicto interno entre el Estado y las guerrillas daba alguna corporeidad a la «amenaza comunista». Pero en el caso de Brasil, la experiencia del pt fue en extremo moderada, a punto tal que Rousseff era considerada por la izquierda como demasiado tecnocrática y hasta casi «neoliberal». Esto no impidió a los bolsonaristas construir la imagen de un Lula que, desde su celda en Curitiba, manejaba el regreso de los comunistas al poder. Lula pasó, así, de vegetariano a carnívoro –en los términos con que Álvaro Vargas Llosa dividió a las izquierdas regionales–: cuando dejó la Presidencia era elogiado dentro y fuera del país como el presidente que cambió Brasil, beneficiando a los pobres sin quitarles a los ricos.

En uno de los actos de campaña, en la Avenida Paulista, en San Pablo, Bolsonaro envió un mensaje desde su celular en el que llamó a una «limpieza nunca vista» de los «rojos», a dejar que Lula se pudriera en la cárcel y a caratular como terroristas a los movimientos Sin Tierra y Sin Techo10. En varias fake news distribuidas por millones se advertía sobre un golpe comunista en marcha para impedir la victoria democrática de Bolsonaro. Es más: en uno de sus últimos spots de campaña, el eje de su ataque fue el Foro de San Pablo, que desde los años 90 es un punto de encuentro de los partidos de izquierda de la región. Según esta publicidad, mientras en Berlín caía el Muro, en América Latina los «comunistas» se estaban organizando para llegar al poder, lo que finalmente ocurriría años después. Y el candidato de la extrema derecha venía ahora a acabar, desde las raíces, con estas experiencias que tuvieron a Lula como uno de sus referentes.

La cuestión de la corrupción –otro eje central de la última campaña– viene persiguiendo al pt desde el mensalão –que involucró mensualidades pagadas a diputados de diversos partidos para lograr la aprobación de proyectos de ley11–. El pt formó parte, sin duda, de esquemas tradicionales de financiamiento de la política que no cambiaron, y los casos de corrupción acabaron por debilitar su perfil ético-político; a su vez, el hiperactivismo de jueces celebrity como Sérgio Moro a menudo termina generando una dinámica política que no solo no mejora la calidad de la democracia, sino que en definitiva construye una plataforma de lanzamiento para outsiders antidemocráticos, antipolíticos o salvadores de la patria. Así, el Lava Jato no fue solo contra el pt, como a veces se dice, pero no es menos cierto que hubo buenas dosis de selectividad contra el pt por parte de la Justicia y una condena a Lula da Silva con bases jurídicas ampliamente cuestionadas.

Los progresismos continentales reflexionaron poco sobre la ética pública y terminaron a menudo entregando esas banderas a representantes de las derechas, como Mauricio Macri, miembro de la «patria contratista» argentina –su familia se benefició históricamente con la obra pública–, o el banquero Guillermo Lasso en Ecuador, que estuvo cerca de llegar a la Presidencia en las últimas elecciones. No es verdad, como se sostiene a menudo, que las luchas anticorrupción sean solo contra gobiernos de izquierda: en Guatemala hubo una lucha de masas contra la descomposición del Estado, hasta niveles de verdadera podredumbre moral, bajo un gobierno de extrema derecha como el del general Otto Pérez Molina12; en México, Andrés Manuel López Obrador ganó con una campaña fundamentalmente «honestista», y un reciente referéndum anticorrupción en Colombia –boicoteado por Álvaro Uribe– fue motorizado por la izquierda; por no hablar del papel del rechazo social a la corrupción en el nacimiento de fuerzas «amigas» de América Latina como Podemos en España. A menudo, especialmente en su versión nacional-popular, los progresismos desestiman la cuestión de la construcción de una nueva ética pública como un problema «liberal» propio de almas bellas o de repetidores del discurso de los medios hegemónicos o las agendas imperiales. Sin embargo, es posible identificar un tipo de «republicanismo desde abajo» en toda la región, que incluye una cierta economía moral de lo que debe ser la función pública junto con ideas de alternancia en el poder estatal (como ocurrió en Bolivia en el referéndum de 2016). Dicho esto, el nombramiento de Moro como ministro de Justicia de Bolsonaro terminó por echar un manto de duda sobre todo el proceso, más aún cuando se conocieron conversaciones entre los bolsonaristas y el magistrado en plena campaña electoral en las que ya habría recibido el ofrecimiento13. No hay que olvidar, tampoco, que Moro filtró, con un preciso timing, antiguas grabaciones del ex-ministro de Finanzas de Lula, Antonio Palocci, en la última semana de campaña para la primera vuelta de las presidenciales14. Es decir, rechazar la teoría de la conspiración como explicación «fácil» de los retrocesos progresistas no debe llevar a invisibilizar las conspiraciones realmente existentes, y en Brasil hubo varias, empezando por la propia destitución de Rousseff.

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Sin duda, algunos grupos de poder alentaron el triunfo de Bolsonaro pero, al mismo tiempo, las redes sociales –especialmente WhatsApp– tuvieron más incidencia que las apariciones del candidato en los grandes medios. Y el apoyo del poderoso obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios a su postulación operó después –como recordaba Pablo Semán en una mesa redonda reciente– de que la candidatura del postulante de ultraderecha concitara un fuerte apoyo en una multitud de pequeñas iglesias barriales. La campaña brasileña careció, al mismo tiempo, de imágenes de futuro. Fue una especie de lucha de dos retroutopías: la progresista de Haddad, candidato de O Brasil feliz de novo, que prometía un regreso a los años «felices» de Lula, cuando Brasil era algo más inclusivo y tenía más peso en el terreno internacional, frente a la autoritaria de Bolsonaro, quien prometió llevar al país 50 años atrás, es decir a las viejas jerarquías y la dictadura, no se sabe si en una línea «desarrollista», como quieren aún algunos militares que lo apoyan, o ultraliberal, como propone su gurú económico Paulo Guedes, en un matrimonio de conveniencia con el ex-capitán. Guedes es, actualmente, el factótum de un potencial eje Brasilia-Santiago de Chile: el próximo superministro de Bolsonaro dictó clases en la capital chilena durante la dictadura y tejió redes con los Chicago boys –como él mismo– que entonces daban forma al «modelo chileno»15. Y el presidente Sebastián Piñera, pese a sus «grandes diferencias» en otros aspectos, viene elogiando las propuestas económicas de Bolsonaro16. En la campaña presidencial que llevó a este último al poder no hubo «poesía del futuro», sino intentos por buscar algún anclaje histórico en un momento en que Brasil se encuentra a la deriva, muy lejos de sus pretensiones de potencia con incidencia en el concierto global. La camiseta de la selección fue el símbolo último al que se aferraron los bolsonaristas (junto a armas y biblias por doquier) como un intento de construir la comunidad del «verdadero pueblo», el que rechaza la bandera roja, la «ideología de género» y la corrupción y busca la «limpieza» social de Brasil.

La Bancada del Buey, la Biblia y la Bala –como se llama a la articulación parlamentaria de terratenientes, pastores y ex-uniformados– encontró en Bolsonaro la posibilidad de poner en marcha una revolución conservadora de más amplio alcance y, por ahora, sin un rumbo muy claro fuera de sus aspectos antidemocráticos. Tras el Lava Jato, los únicos elementos «limpios» que aparecían eran la Justicia y las Fuerzas Armadas. El juez Moro o el popular ex-presidente del Supremo Tribunal Federal, Joaquim Barbosa, no quisieron competir por la Presidencia, pero sí lo hizo un ex-capitán cuyo pasado gris, como militar y como diputado durante décadas, está muy lejos del «mito», acompañado por el general retirado Hamilton Mourão. El pt, por su parte, resistió como pudo, y Lula intentó a último momento transferirle su carisma al ex-ministro y ex-alcalde Haddad. Pero el huracán Bolsonaro superó todos los pronósticos iniciales. El candidato logró «desdiabolizarse» y romper los techos de cristal y los cordones sanitarios que suelen armar los electores contra extremistas de derecha –aunque, como se ve en Europa, estos vienen siendo cada vez menos efectivos–. Queda por ver si Bolsonaro formará parte de la internacional de la extrema derecha. Se puede anticipar un acercamiento a los Estados Unidos de Trump, a la Italia del neofascista Mateo Salvini –quien ya lo elogió– y a un Israel crecientemente corrido hacia la ultraderecha con Benjamin Netanyahu, quien ya tiene profundos vínculos con las iglesias evangélicas conservadoras que impulsan el traslado de las embajadas de los países latinoamericanos a Jerusalén, en línea con Trump. Bolsonaro ya anunció que trasladará la embajada, y desde el gobierno de Netanyahu se encargaron de señalar que Bolsonaro es un «amigo de Israel». En una foto de dos años atrás, posteada por uno de ellos, se ve a los hijos de Bolsonaro con camisetas del Mossad y de las fuerzas de defensa israelíes. «País de 1o mundo valoriza suas ffaa e polícias», escribió Eduardo Bolsonaro en su cuenta de Twitter.

Dado el tamaño de Brasil, el giro político operado el 28 de octubre representa peligros ciertos para América Latina. Pero más que la pregunta sobre si «es posible que surjan otros Bolsonaros» –recurrente en estos días–, el riesgo más inmediato es una «bolsonarización» de los discursos políticos. Es interesante observar el festejo de muchos de los llamados libertarios –que preteden ignorar la contradicción entre sus posiciones ultraliberales y anti-Estado y el discurso fascistizante del ex-capitán–, pero el efecto Bolsonaro no se limita a ellos: el caso del senador argentino peronista Miguel Ángel Pichetto clamando por dejar de ser «un país de idiotas» por recibir demasiados migrantes17, o el entusiasmo de parte de la oposición boliviana con los resultados en Brasil18 muestran un nuevo ambiente de «izquierdofobia» que anuncia potenciales retrocesos en toda la región.

  • 1.

    A. Singer: Os sentidos do lulismo. Reforma gradual e pacto conservador, Companhia das Letras, San Pablo, 2012.

  • 2.

    Consuelo Dieguez: «Direita, volver» en Piauí No 120, 9/2016.

  • 3.

    En ese entonces estaba cerca del Partido Social Cristiano (PSC), liderado por el pastor evangélico y líder de la Asamblea de Dios Everaldo Dias Pereira. En las últimas elecciones, Bolsonaro usó la sigla del Partido Social Liberal (PSL).

  • 4.

    B. Costa: «Quién es quién en el ejército de Jair Messias Bolsonaro» en Nueva Sociedad, edición digital, href="http://www.nuso.org">www.nuso.org>, 10/2018.

  • 5.

    Júlia Zaremba: «Cérebro por trás de ascensão de Trump, Bannon quer espalhar marca pelo Brasil e o mundo» en Folha de S. Paulo, 25/10/2018.

  • 6.

    «Agreden a la feminista Judith Butler en aeropuerto de Brasil» en Milenio, 11/11/2017.

  • 7.

    C. Dieguez: ob. cit.

  • 8.

    «Brasil eligió el Congreso más conservador de su historia democrática» en France 24, 12/10/2018.

  • 9.

    Ségio Rozo: «‘Policial que não mata não é policial’, diz Bolsonaro» en O Globo, 27/11/2017.

  • 10.

    Jeferson Ribeiro: «Bolsonaro quer tipificar invasão de propriedade por MST e MTST como prática terrorista» en O Globo, 21/5/2018.

  • 11.

    «El escándalo que persigue a Lula» en BBC Mundo, 7/4/2013.

  • 12.

    Edelberto Torres Rivas: «Guatemala: la corrupción como crisis de gobierno» en Nueva Sociedad No 257, 7-8/2015, disponible en www.nuso.org.

  • 13.

    Talita Fernandes: «Moro foi sondado por Bolsonaro ainda durante a campanha, diz Mourão» en Folha de S. Paulo, 1/11/2018.

  • 14.

    Ricardo Della Coletta: «Moro libera delação onde Palocci diz que Lula sabia de corrupção na Petrobras» en El País, 2/8/2018.

  • 15.

    Malu Gaspar: «O fiador» en Piauí No 144, 9/2018.

  • 16.

    Belén Domínguez Cebrián: «Sebastián Piñera: “En lo económico, Bolsonaro apunta en la buena dirección» en El País, 9/10/2018; «Después de apoyar a Jair Bolsonaro, ahora Sebastián Piñera dice que tiene ‘grandes discrepancias’ con el candidato brasileño» en Infobae, 10/10/2018.

  • 17.

    Ignacio Ortelli: «Pichetto: ‘No se puede ser más el país idiota del continente’» en Clarín, 27/10/2018.


  • 18.

    Carlos Morales Peña: «Bolsonaro anima aopositores a Evo y anticipa otra relación con Bolivia» en El Deber, 3/11/2018.