Crónica

¿Basura o comida? Las siete vidas de los alimentos en El Salvador

En El Salvador, 9% de la población vive en la pobreza extrema con menos de un dólar diario mientras más de 50% de la basura es de origen orgánico. No todo ese porcentaje es alimentos pero basta compartir la jornada con los pepenadores que viven apostados en el camino que conduce al mayor relleno sanitario del país para ver que en la basura hay muchísima comida desperdiciada, desde bolsas de papas fritas, masa para pizza y botellas de soda selladas, hasta huevos y barriles con pollitos vivos.

¿Basura o comida? Las siete vidas de los alimentos en El Salvador

Uno tras otro, hasta llegar a cinco, pasan los camiones repletos por delante de cuatro jóvenes -son cinco, si se cuenta al que está con una borrachera que lo tiene casi inconsciente- sentados bajo la ramada a la orilla de la calle mal pavimentada. De repente, un camión de basura logra sacarlos de la plática sobre el saldo del teléfono o de por qué se emborrachó el compadre. Ese camión que los hace reaccionar en segundos lleva, entre otras cosas, pollitos vivos.

La forma de operar es casi siempre la misma. Los baches del camino obligan a los conductores a reducir la velocidad, lo suficiente para que los jóvenes afiancen primero un pie y luego el otro en el camión. Los muchachos toman lo que les cabe en las manos y cuando pueden se auxilian con cualquier objeto que encuentran dentro del camión para acaparar más: bolsas, cajas, pedazos de guacal o retazos de ropa. Se bajan unos metros más adelante, casi siempre sonrientes, satisfechos con el botín conseguido.

En un barril recortado colocan unos 30 pollitos, algunos ya medio muertos. Brenda, la que más logró agarrar, mueve el recipiente de un lado a otro bajo de la ramada para evitar que otro joven, que apenas logró tomar tres, le robe su parte. Él ya hizo varios intentos y no logró quitarle ni uno. No tarda mucho en llegar una mujer para llevarse 15 pollitos a cambio de tres dólares. Brenda criará en su casa los que no logre vender.

“Ya crecidos, los comemos. Aquí nada se pierde.”

Nada se pierde. Si los pollos hubieran llegado hasta el relleno sanitario de MIDES (Manejo Integral de Desechos Sólidos), ubicado en el municipio de Nejapa, en San Salvador, a unos cuatro kilómetros de esta ramada, habrían muerto triturados, asfixiados o aplastados. Poco se sabe de los motivos por los que la granja de origen los desechó. Están vivos y si no se venden, se comen.

Los pepenadores no solo buscan aluminio, plástico y textiles. Churumba, en resumen. Estos jóvenes se hacen llamar recicladores porque reutilizan incluso los alimentos que otros descartan.

De lunes a sábado, frente a la ramada y en dirección hacia MIDES, transitan unos 500 camiones. Los recicladores no se suben a todos porque no todos les interesan.

“A veces están los policías en la esquina pero no están todos los días”, dice Brenda.

En el código de los recicladores la única regla de oro es que “nada se pierde”. La basura que la ciudad no se ocupa de reducir y depurar es el gran caldo de cultivo para esta actividad, que no solo es sobrevivencia sino también negocio.

Los pollos entretienen a la hija de Brenda, de un año y medio. Brenda tiene 18 años. Esta mañana deja los pollos a cargo de otra joven y me dice que dejemos la ramada para ir más adelante sobre la calle mal pavimentada. Asegura que sus compañeros de faena hallaron algo bueno en un camión al que ella no se pudo trepar por estar pendiente de su hija y de los pollos. Mientras camina a paso rápido por la calle mal con la niña en brazos y bajo el sol, le queda aliento para contarme que se subía a los camiones en marcha incluso cuando estaba embarazada y que no lo dejó hasta que sintió los dolores de parto. Brenda proviene de una familia de recicladores. A ella y a sus hermanos les daban de comer salchichas y cualquier otra cosa que encontraran en los camiones que trasladaban desde las empresas de alimentos los productos listos para desechar. No conoce otra manera de ganarse la vida.

MIDES instaló el relleno sanitario de Nejapa en 1999. Así comenzó la eliminación de los botaderos a cielo abierto en El Salvador, un país de 20 kilómetros cuadrados, 5,7 millones de habitantes y un problema de basura crónico que solo en el área metropolitana de San Salvador, donde habitan casi tres millones de personas, se resume en la generación de 1.200 toneladas diarias de desechos.

Esos botaderos eran la fuente de trabajo -e incluso el hogar- de decenas de familias que revolvían la basura durante todo el día hasta encontrar materiales que pudieran revender. Al menos así ocurría en la versión oficial, porque lo que sucedía en la realidad era que las familias también recuperaban comida y otros elementos para su propio uso y consumo. Con la inauguración del relleno sanitario se les ofreció a las familias alternativas de subsistencia. La basura, sin embargo, fue y sigue siendo atractiva debido a las pocas iniciativas de depuración que existen en el país.

Mientras camina presurosa hasta el lugar en el que sus compañeros ya se reparten lo que ella estima que son bolsas provenientes de una pizzería, Brenda lo confirma:

“Siempre hallamos cositas que nos sirven”.

Solo un kilómetro de calle está pavimentado: el tramo inicial, que se desprende en un desvío de la carretera que conduce de San Salvador a Nejapa. Una de las prerrogativas de la comunidad antes del establecimiento de MIDES fue que asfaltaran los cuatro últimos kilómetros que recorren los camiones por sembradíos y colonias, donde habitan cientos de familias. A 15 años de aquel inicio, el estado de la calle es una deuda junto con la construcción de una clínica y una escuela, entre otros beneficios que aún no se cumplieron.

El lugar en el que dos jóvenes destripan bolsas con masa para pizza está cerca de donde acaba el tramo pavimentado. Están a mitad de la calle, bajo un sol que quema con fuerza a causa del reflejo vaporoso del asfalto mal mantenido. Ya revisaron todo y hoy no hay nada rescatable. La masa se estropeó en el traslado, está seca, se resquebraja y no les interesa. Brenda parece desilusionarse por un momento pero enseguida se da vuelta y camina de regreso a la ramada. Los restos de la masa y las bolsas quedan aventados, a merced de perros y moscas.

Brenda no estudió más allá de tercer grado. Lleva la vida entera reciclando. Del papá de la niña sabe poco, que por ahí anda, en las mismas que ella, recogiendo y destripando bolsas con basura. De sus hermanos dice que varios ya se han quebrado huesos en su intento por abordar los camiones con desechos.

“Aquel chiquitillo que va allá ya se quebró los dos brazos.”

Ella es una de las más enérgicas del grupo y la única que muestra apertura a hablar con desconocidos. Los demás van con calma y reservas. Claramente no confían en mí.