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Balance y desafíos de las izquierdas continentales

En una gran parte de América Latina y el Caribe, partidos de izquierda –con diferentes tradiciones y proyectos ideológicos– han llegado al gobierno. Pese a los avances, se percibe un déficit estratégico a la hora de superar una primera etapa de reformas paliativas de los efectos del neoliberalismo. El artículo sostiene que si la izquierda latinoamericana y caribeña desea ampliar su fuerza sin perder el rumbo, tendrá que prestar más atención al debate sobre el capitalismo en el siglo xxi, así como al balance del socialismo del siglo XX y a la discusión estratégica. Esto incluye poner en la ecuación la relación entre las líneas políticas, la base social, el partido, el gobierno y el Estado.

Balance y desafíos de las izquierdas continentales

América Latina y el Caribe desempeñaron un papel importante en el desarrollo del capitalismo, más específicamente en el enriquecimiento de potencias aún dominantes en la actualidad, como Estados Unidos y algunos países europeos. El saqueo y la explotación de América Latina y el Caribe favorecieron la acumulación de riquezas que precedió a la industrialización capitalista de las metrópolis europeas. Luego, los países de la región no solo sirvieron como proveedores de materias primas, sino también como mercado consumidor de productos industriales y receptores de capitales exportados por las metrópolis.Esta relación de explotación se mantuvo a lo largo de la historia, sin importar cuál fuera el país que ejercía la hegemonía del polo metropolitano: Portugal, España, Holanda, Francia, Inglaterra o EEUU. La explotación de las metrópolis no obstaculizó el desarrollo de América Latina pero sí generó un tipo de desarrollo que reproduce las condiciones generadoras de la explotación, la dependencia externa y la desigualdad. En el límite, las metrópolis aceptaban e inclusive estimulaban el desarrollo, siempre que este último fuera asociado, subordinado, dependiente y periférico. En efecto, tanto la explotación como el desarrollo asumieron formas diferentes que dependían: a) de las condiciones naturales; b) de las características de las sociedades precolombinas y de las respectivas metrópolis; c) de los diferentes tipos y niveles de explotación, por lo tanto, de la actitud general de las clases dominantes y del comportamiento de los grupos sociales explotados.

Con frecuencia, las diferencias nacionales, subregionales, sociales, étnicas, culturales y lingüísticas son puestas al servicio del cuestionamiento de la existencia de una única América Latina y el Caribe. Así sucedió al comienzo del siglo XIX y continúa así a comienzos del siglo XXI, como se puede observar en el discurso de los sectores opositores a las políticas de integración, especialmente las impulsadas desde 1998 y plasmadas en instituciones como la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribe (Celac), etc.

Obviamente, no es posible desconocer o minimizar las profundas diferencias existentes entre los países de América Latina y el Caribe, parte de las cuales resultan de la acción de las metrópolis y de sus aliados en la región. La cuestión es notar que, desde el periodo colonial, la región ha manifestado un doble potencial: a) por un lado, un potencial de integración subordinada o, para ser más exactos, de desintegración en unidades nacionales autónomas y a veces enfrentadas entre sí, pero igualmente subordinadas a centros metropolitanos; b) por otro lado, un potencial de integración autónoma. Ambos destinos están incluidos entre los posibles futuros de América Latina y el Caribe: o bien se transforma en una región integrada desde afuera, a partir de los intereses y las necesidades de las potencias centrales o, por el contrario, se transforma en una región integrada desde adentro. Y en este segundo futuro posible se presenta un abanico de alternativas que van desde una integración con hegemonía ejercida por una nación de la región, en favor de los intereses de su propia clase dominante, hasta una integración con orientación socialista.Como sabemos, en el transcurso de los últimos cinco siglos prevaleció una variante dependiente, asociada y periférica de integración, combinada con desarrollos nacionales marcados por la desigualdad y las reducidas libertades democráticas. Durante ese tiempo, debido a las ya mencionadas conexiones, con cada crisis que ocurría en las metrópolis se acentuaba la lucha por la naturaleza del desarrollo nacional, la integración regional y las relaciones con el resto del mundo en la región. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, el ciclo de revoluciones burguesas en Europa creó un contexto propicio para las independencias latinoamericanas. Pero es bueno notar que parte de las repúblicas independientes, así como la monarquía brasileña, escaparon de la hegemonía ibérica rumbo a la hegemonía británica.

En la primera mitad del siglo XX, el conflicto interimperialista ayudó a abrir las puertas de una creciente industrialización, proceso que a su vez estuvo en la base del ciclo revolucionario y populista de los años 1930-1950, así como en el ciclo de golpes y dictaduras que se iniciaron en la década de 1960. Esta etapa de industrialización sucedió simultáneamente con el declive de la hegemonía británica y la consolidación de la hegemonía regional y mundial de EEUU.

La crisis internacional de los años 70, y más precisamente la actitud de EEUU frente a la crisis, desencadenaron un proceso regresivo a escala mundial del que no estuvieron exentos América Latina y el Caribe, caracterizado por el colapso de la socialdemocracia europea, de los nacionalismos africanos, de los desarrollismos latinoamericanos y finalmente del socialismo de tipo soviético; y marcado además por la crisis de la deuda externa y por el progreso del neoliberalismo.

En este nuevo contexto, el neoliberalismo se volvió hegemónico en América Latina durante las décadas de 1980 y 1990, lo que contribuyó a acentuar la dependencia, la desigualdad y el conservadurismo político. Así, en los años 90, la lucha por los intereses nacionales, populares, democráticos y socialistas en América Latina ingresó en una etapa de defensa estratégica. En otras palabras: se trataba de defender las conquistas logradas en el periodo anterior en un contexto marcado por la crisis del socialismo y por la ofensiva neoliberal.

A partir de la segunda mitad de los años 90, esta situación de defensa estratégica de las fuerzas populares coincidió, además, con un periodo de gran inestabilidad internacional, resultante de la combinación de dos fenómenos: la crisis del capitalismo y el declive de la hegemonía de EEUU. Por un lado, se puede observar una crisis de acumulación que se manifiesta directa o indirectamente en todos los terrenos: financiero, comercial, cambiario, energético, alimentario, ambiental. Por otro lado, se aprecia el reacomodamiento geopolítico derivado: a) de las dificultades enfrentadas por EEUU para mantener su hegemonía mundial; b) del agravamiento de las contradicciones intercapitalistas, en aumento luego de la derrota del bloque soviético; c) del fortalecimiento de potencias rivales, en especial de China. Se abre así un periodo de inestabilidad internacional –causada por la combinación de los fenómenos geopolíticos y macroeconómicos– que continuará marcado por crisis, guerras y revueltas sociales.