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Argentina: el regreso de los intelectuales públicos

El debate continúa. Corre el mes de marzo de 2013 y los intelectuales argentinos discuten sobre Malvinas, Hugo Chávez, el Papa, el catolicismo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner… y siguen las firmas. Son discusiones apasionadas. Y son noticia. Desde la recuperación de la democracia en 1983, numerosas personalidades de la academia y del pensamiento independiente, escritores, artistas y ensayistas estuvieron alrededor de la política, cerca del poder o en las antípodas, es decir, en la crítica. Pero sin duda alguna, la máxima exposición ante los reflectores de los intelectuales fue en la última década, con la llegada del kirchnerismo al poder. Y si bien ha habido idas y vueltas, han mantenido una presencia constante en el escenario central.

Argentina: el regreso de los intelectuales públicos

Néstor Kirchner, formado en la «razón práctica» del peronismo santacruceño, tuvo a lo largo de su vida una relación lejana con los intelectuales. Pero después de convertirse en presidente de Argentina, comenzó a recibir a algunos pensadores. Hubo una primera reunión en la Casa Rosada en 2003, en la que el especialista en historia intelectual Carlos Altamirano dialogó con Kirchner junto con el politólogo José Nun, el filósofo José Pablo Feinmann, el periodista Mario Wainfeld y el economista Héctor Valle. Pero de todos ellos, con quien Kirchner quería intercambiar ideas en profundidad era con Feinmann. «Yo le propuse: ‘olvidate del peronismo, hacé un partido de centroizquierda, con otro nombre, que no tenga nada que ver con el peronismo porque hoy el peronismo es un aparato mafioso sólidamente consolidado–, no es nada más que eso, y él lo sabía. Y él estaba totalmente de acuerdo. Me dijo: ‘hay que hacer un partido de centroizquierda’», recuerda muy entusiasmado Feinmann1. Pero la relación entre Kirchner y su intelectual preferido no siempre fue una luna de miel. También hubo cortocircuitos, alejamientos y reconciliaciones.

Si bien hubo pensadores, guías y escritores que acompañaban el rumbo político kirchnerista desde los primeros momentos (como Horacio Verbitsky –periodista estrella de Página/12–, el propio Feinmann, Nun u Horacio González –director de la Biblioteca Nacional–), recién en el segundo año de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se van a sumar intelectuales y artistas de todo el país y, al mismo tiempo, en la vereda de enfrente, se van a ubicar otros con una mirada impiadosa sobre la presidenta.

El segundo ciclo kirchnerista se inicia con la victoria de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales de 2007. La primera parte de este periodo, que llega hasta los comicios de renovación parlamentaria de 2009, comenzó a mostrar una producción importante de polémicas. El llamado «conflicto del campo» y la formación del colectivo intelectual oficialista Carta Abierta dieron pie a la conformación de otros grupos de debate y discusión.

Las discusiones tuvieron protagonistas tanto en los grupos de intelectuales independientes, que venían de otras experiencias de discusión, como el Club de Cultura Socialista, como entre aquellos que se agruparon en torno de partidos políticos o movimientos sociales o alrededor de un debate histórico político. Por allí circularon intelectuales de todas las edades y antigüedades; en definitiva, pensadores de la escena actual.

La «batalla cultural» del kirchnerismo

Cuando el gobierno decidió incrementar las retenciones a las exportaciones de soja y girasol y establecer un sistema móvil para determinar su valor, el sector empresario de la producción agroganadera organizó un paro agropecuario con bloqueos de rutas y masivas manifestaciones en la capital argentina. Fue una medida que derivó en un extenso conflicto que se extendió desde el 11 de marzo hasta el 18 de julio de 2008 y culminó con la derogación de la Resolución 125/08 por parte de la presidenta. Pensadores, escritores, periodistas, poetas y artistas sacaron el debate de las aulas, bibliotecas y mesas de café a la calle, para opinar y sentar posiciones respecto de un conflicto que llegó a plantear serias divisiones en la sociedad y recuperó antiguos clivajes como pueblo/oligarquía. La protesta del campo y la respuesta del gobierno nacional generaron apoyos y rechazos, y apasionadas intervenciones públicas.

En primer lugar, circuló una carta cuyos firmantes tomaban una clara posición contra las entidades rurales y de apoyo al gobierno kirchnerista. La firmaba un amplio y diverso grupo de intelectuales, artistas, profesionales del ámbito «psi» y actores, entre muchos otros. Allí señalaban por ejemplo: «Desde 2003 las políticas gubernamentales incluyeron un debate que involucra a la historia, a la persistencia en nosotros del pasado y sus relaciones con los giros y actitudes del presente»2. También aparecía una palabra clave en el lenguaje que se iba a utilizar en la batalla retórica contra el campo, que remitía a un golpe de baja intensidad:

Un clima destituyente se ha instalado, que ha sido considerado con la categoría de golpismo. No, quizás, en el sentido más clásico del aliento a alguna forma más o menos violenta de interrupción del orden institucional. Pero no hay duda de que muchos de los argumentos que se oyeron en estas semanas tienen parecidos ostensibles con los que en el pasado justificaron ese tipo de intervenciones, y sobre todo un muy reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental.3

También hubo otras miradas. «Ni con el gobierno ni con las entidades patronales del campo», era el lema de la carta de los intelectuales cercanos al ala izquierda trotskista. Allí se sostenía que «La disputa entre el gobierno nacional y las entidades patronales ‘del campo’ es una pelea entre dos sectores capitalistas que defienden intereses ajenos al pueblo trabajador». Entre los firmantes de este documento se destacaba el escritor Andrés Rivera, quien decía: «Los intelectuales están muy disgregados, es una enfermedad de este oficio solitario y no tenemos una organización donde podamos debatir y tomar posiciones y decidir si eso es posible»4. Mientras, el ensayista Nicolás Casullo, uno de los creadores de Carta Abierta, expresaba:

El papel del intelectual clásico, comprometiéndose políticamente con un problema, en este caso el lockout agrario, se da con otra intervención intelectual manifiesta y cada vez más decisiva en la actualidad, que es la del comunicador, periodista que fija también sus posiciones e intereses intelectuales bajo una retórica informativa. Creo que es importante el debate de escrituras de este conjunto, defendiendo una u otra posición.5

A su vez, la conocida ensayista Beatriz Sarlo –autora de La audacia y el cálculo6, un libro donde analiza el kirchnerismo– cuestiona el papel de Carta Abierta durante el conflicto. Buscando en el acervo maoísta de su militancia juvenil, pero esta vez atribuido al gobierno de Cristina Fernández y Néstor Kirchner, sostiene en una entrevista que

no hubo un esfuerzo en los intelectuales kirchneristas que firmaron las cartas, en caracterizar el frente rural. El Gobierno los emblocó como si hubiera leído A propósito de la contradicción, de Mao Tsé Tung; los convirtió en el enemigo principal. No hubo un esfuerzo por parte de los intelectuales para ver cuáles eran las clases y sectores sociales, o cómo podemos hablar de los antagonistas sociales hoy, cuáles eran las clases y los sectores que estaban allí presentes, y por qué milagro de la naturaleza, aquello que no se había unido nunca en el siglo XX en la Argentina, terminó unido en un conflicto completamente secundario, si lo vamos a ver desde una perspectiva histórica. Cinco puntos de retenciones era un conflicto secundario. ¿Cuáles cosas son las cosas que un grupo de intelectuales puede hacer para reconstruir el modo de hablar del antagonismo? Los intelectuales que apoyaron al kirchnerismo están muy por debajo de sus tareas intelectuales. Porque eso es también un modo nuevo de hablar del antagonismo.7

Bautismo de fuego

El colectivo Carta Abierta hizo su primera presentación el 13 de mayo de 2008 en la librería porteña Gandhi, con una mesa integrada por Horacio Verbitsky, Nicolás Casullo, Ricardo Forster y Jaime Sorín, quienes presentaron la primera «carta abierta», firmada por 750 intelectuales y artistas. Pese a su afinidad ideológica y a la presencia de Néstor Kirchner en algunas de las reuniones, en los primeros meses trataron de que se los conociera como una agrupación que si bien apoyaba al gobierno, mantenía una distancia crítica. Pero con el correr del tiempo y la llegada de nuevos integrantes, se pensó que había que fortalecer al gobierno desde todos los rincones de la militancia, y eso incluía a Carta Abierta.

Los movimientos previos a la reunión en Gandhi y a la asamblea en la Biblioteca Nacional se planearon desde la casa de Casullo. El filósofo pensaba que lo que él denominaba la «nueva derecha» se expresaba a través de un sector silencioso que había acumulado un gran poder y había generado una riqueza muy importante con las nuevas tecnologías. Hacía tiempo que hablaba de ese tema, y al mismo tiempo tenía muchas prevenciones con la forma en que el gobierno lo iba encarando. Llamó a Forster –con quien hacían la revista Confines–, a Jaime Sorín y a Horacio González, que ya era director de la Biblioteca Nacional.

La agrupación creció y se crearon varias comisiones de trabajo en las que se generaban actividades más allá de las reuniones quincenales. En su dinámica, se evidencia que Carta Abierta ha heredado cierta tradición discursiva del Club de Cultura Socialista, ahora mezclada con el espíritu de las asambleas de 2001-2002, en medio de la crisis argentina. El conflicto del campo fue, sin duda, su bautismo de fuego. Pero todavía quedaban varias batallas culturales y políticas para marcar presencia y discurso. Uno de los espacios de difusión fue el programa de televisión oficialista 678, que desde el canal estatal se propuso una contraguerra mediática contra los llamados «medios hegemónicos», liderados por el Grupo Clarín8.

La otra vereda

En febrero de 2008 nació el Club Político Argentino. Según expresaban en su página web, el Club nace «en un contexto político que ya estaba mostrando signos preocupantes de descomposición»9. Este grupo surgió antes de la crisis del campo y de la aparición pública de Carta Abierta, y uno de sus grandes impulsores fue el politólogo Vicente Palermo. «Reivindicar la política», de eso se trataba entonces. Aunque no hubo un ánimo confrontativo por parte del Club, muchos de sus miembros fueron expresando poco a poco su disidencia con el espíritu político de Carta Abierta. El Club ha invitado a políticos para exponer y polemizar. Con ellos se discutieron temáticas políticas coyunturales y generales. La presencia de intelectuales provenientes de diferentes troncos político-partidistas se dio por la credibilidad que tenía el Club como un espacio en el cual se pretendía debatir con instrumentos distintos de los convencionales, y con la posibilidad de disentir, cuestionar y replantear argumentos. Al respecto, sostenía el politólogo Juan Gabriel Tokatlian:

Puedo nombrar encuentros cuyo propósito era específicamente escuchar a protagonistas o de la vida intelectual o de la vida política o de la vida económica, sobre su forma de percibir la realidad política y el cuadro de situación que plantean en esta Argentina contemporánea. Hemos tenido otro tipo de reuniones donde debatimos mucho más colectivamente como miembros y sometemos algún tema a una fuerte controversia interna.10

Desde posiciones más radicalmente opositoras, el escritor Marcos Aguinis promovió el grupo Aurora, que reunió a un abanico de intelectuales, políticos, juristas y periodistas más cercanos a un pensamiento de centroderecha y derecha y, por sobre todas las cosas, abiertamente en contra del gobierno kirchnerista. El núcleo básico de Aurora estaba compuesto por referentes tradicionales del radicalismo, como el que fuera vicepresidente durante el mandato de Raúl Alfonsín, Víctor Martínez, y el ex-senador Hipólito Solari Yrigoyen. Pero también congregaba a intelectuales provenientes de otras fuentes, como el historiador Félix Luna, el ministro duhaldista y posterior diputado del PRO11 Jorge Vanossi (también de pasado radical), el constitucionalista Daniel Sabsay o el ex-dirigente «socialista democrático» René Balestra. «Aún prevalece la decadencia nacional que comenzó con el golpe militar de 1930»: así marcaba Aguinis su idea nuclear sobre el país presente, reactualizando el clásico imaginario decadentista del liberalismo conservador argentino. «Nuestros miembros provienen de distintas corrientes del pensamiento y somos independientes: no dependemos del Gobierno»12, afirmaron en un tiro por elevación para Carta Abierta.

La periodista y escritora Cristina Mucci decía en una entrevista que la Argentina de 2009 estaba muy dividida, con poca tolerancia hacia el que pensaba distinto, y eso también incluía a sus intelectuales. «Últimamente se han generado odios muy fuertes de intelectuales afines al kirchnerismo hacia Beatriz Sarlo, por sus posiciones críticas, cuando, en realidad, sus opiniones podrían ser una oportunidad para abrir un saludable debate con el grupo Carta Abierta»13.

En esta primera etapa no hay un diálogo directo entre la presidenta y los intelectuales. Pero poco a poco Horacio Verbitsky se va transformando en el oráculo que Cristina lee y con el que va a conversar a la distancia. También le van a llegar los documentos públicos de Carta Abierta y va a conocer las teorías sobre el populismo de Ernesto Laclau14 y de su esposa, la belga Chantal Mouffe. Son, también, las lecturas preferidas de Juan Manuel Abal Medina, un profesor de la Facultad de Ciencias Sociales que en ese entonces era vicejefe de Gabinete, y posteriormente llegó a jefe del Gabinete de Ministros, cargo que conserva hasta la actualidad.

Pero mientras se desarrollaban estos debates y estos combates, ocurrió un hecho que funcionó como un terremoto político. Ningún amanecer de la era kirchnerista fue tan estremecedor como el del 27 de octubre de 2010. Casi sin transición, los portales de los diarios y las placas de los canales de noticias pasaban del titular «Internaron de emergencia a Kirchner» o «Kirchner grave» al demoledor «Murió Kirchner». Los que se levantaron más tarde ese día se desayunaron con la muerte del ex-presidente. Sin anestesia. El «efecto duelo» alteraría radicalmente la coyuntura y le introduciría nuevas dosis de mística al proyecto kirchnerista. Nuevas reglas de juego se escribían en la disputa del poder. Nuevos actores surgirían.

Otros espacios intelectuales

En este contexto, Ricardo Alfonsín, hijo del ex-presidente Raúl Alfonsín, que había generado cierto entusiasmo en el radicalismo sobreviviente y en algunos grupos aislados de la centroizquierda, también intentó armar un grupo de reflexión. Durante unos pocos meses se organizó el «grupo de los lunes», en el que participaban intelectuales ya conocidos y ligados a la centroizquierda como María Matilde Ollier. La ex-asesora de Graciela Fernández Meijide –una importante dirigente del Frente para un País Solidario (Frepaso) en los años 90– sostenía que este Alfonsín «es una buena persona, que no es poca cosa; es un hombre decente; tiene ideas bastante cercanas a ese espacio que dejó vacante el Frepaso, tiene un perfil en esa línea»15. Durante algunas reuniones, la cabeza visible fue el prestigioso politólogo Guillermo O’ Donnell, quien se sinceró y dijo que «nos parece preferible una candidatura de Ricardo Alfonsín por la UCR [Unión Cívica Radical] en alianza con los socialistas y el GEN [Generación para un Encuentro Nacional], más otros sectores y votantes independientes que se agregarían»16.

Quienes también dieron su apoyo público a Alfonsín, además de Ollier y O’Donnell, fueron el ya mencionado Vicente Palermo, el historiador Luis Alberto Romero y el politólogo Marcelo Cavarozzi. A ellos se sumaban los economistas Adrián Ramos, Guillermo Rozenwurzcel y Eduardo Levy Yeyati; los politólogos José María Ghio, Gabriela Ippolito-O’Donnell, Carlos Strasser; el sociólogo Antonio Camou; los expertos en educación Juan Carlos Pugliese y Mario Giannoni, el ex-diputado nacional Rodolfo Rodil; el rector de la Universidad de San Luis, José Luis Riccardo; y la especialista en salud y género Mabel Bianco, entre otros. Incluso Beatriz Sarlo llegó a participar de una de las reuniones primigenias.

También la centroderecha buscó el apoyo de figuras intelectuales. Detrás del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, ha habido tres asesores o usinas de ideas. Una, la fundación Pensar que dirige Miguel Braun; la otra es la voz del ensayista Alejandro Rozitchner, y por último, y quizás la más importante, la influencia del ecuatoriano Jaime Durán Barba, gurú y asesor de imagen que le ha dado consejos certeros a la hora de tomar decisiones trascendentales. Las funciones de asesor de Rozitchner están vinculadas a las necesidades discursivas de Macri; está considerado como un intelectual asociado al partido y no tanto como parte de los equipos técnicos. Por otra parte, el ensayista Juan José Sebreli también ha participado de alguna reunión con Macri, aunque de manera limitada.

En el espacio de la izquierda, Proyecto Sur se erigió como una iniciativa surgida del político y cineasta Fernando «Pino» Solanas, quien junto con la socióloga Alcira Argumedo y el economista Claudio Lozano se convirtieron en las principales caras de la agrupación política. Todos ellos tienen un costado político-académico o de intervención pública en la esfera intelectual. Una voz intelectual clara y definida en ese escenario ha sido la de la socióloga Maristella Svampa, quien venía trabajando desde hace tiempo las implicancias del modelo minero que se comenzó a instalar en nuestro país desde los años 90, al que caracterizaba como «extractivista exportador». Junto con Mirta Antonelli, de la Universidad Nacional de Córdoba, abordó el tema de la minería a cielo abierto en Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales17, un clásico libro de intervención intelectual. Svampa sostuvo:

Desde mi perspectiva, una de las ventajas que tenía Proyecto Sur era que se trataba de algo más que un partido: era un espacio de convergencia de diferentes izquierdas (estaba lo mejor de la izquierda nacional popular, había elementos de una izquierda marxista y tanto en los jóvenes como en las organizaciones sociales del Conurbano, un activismo que se vinculaba con el nuevo ethos autonomista).18

En 2009, Martín Sabbatella fundó el partido político Nuevo Encuentro, una agrupación que fue el resultado de una reconocida gestión municipal en la ciudad de Morón elogiada incluso internacionalmente. El partido mantuvo un apoyo muy importante al kirchnerismo, y aunque en un principio permaneció distante para disponer de derecho a la crítica, finalmente en 2011 ingresó al partido de gobierno como una corriente más. En 2011 se publicó una solicitada en la que un grupo importante de intelectuales y artistas, entre ellos la totalidad de Carta Abierta, apoyaba la candidatura de Sabbatella en la provincia de Buenos Aires por encima de la del gobernador peronista Daniel Scioli.

También el trotskismo logró articular un espacio intelectual/universitario propiamente dicho. En abril de 2011 se presentó el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, y poco después Jorge Altamira y Christian Castillo oficializaron la fórmula presidencial. De allí surgió el apoyo de varios intelectuales que se plegaron a una campaña para votar por el Frente, que incluyó nombres como Eduardo Grüner, Carlos Mangone, Pablo Alabarces, Martín Kohan, Jorge Panesi, Enrique Carpintero, Pablo Pozzi y Hernán Camarero.

De repente, y cuando parecía que la falta de alianzas en un enrarecido espacio de centroizquierda tiraría por la borda las posibilidades electorales de algunos radicales, del solanismo y del socialismo sobreviviente, la candidatura del socialista Hermes Binner se definió, creció y jugó un buen papel en las elecciones presidenciales de 2011. Hacia allí fueron los votos y los apoyos de un nutrido grupo de intelectuales, muchos de ellos antikirchneristas, que en pocos días se asumieron como binneristas. Juntos, publicaron una solicitada en apoyo del Frente Amplio Progresista (FAP) titulada: «Por qué apoyamos a Hermes Binner», que contó con la firma de referentes culturales como Tomás Abraham, Beatriz Sarlo, Federico Andahazi, Osvaldo Bazán, Angélica Gorodischer, Fabián Casas, Guadalupe Noble, los escritores y periodistas Jorge Aulicino y Matilde Sánchez, entre otros.

La batalla por la historia

En las elecciones de 2011, Cristina Fernández de Kirchner fue elegida con 54% de los votos y dejó una oposición vapuleada y desorientada. ¿Qué se avizoraba en el horizonte? Sobre el final del año, la presidenta sorprende al crear por decreto el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, que se propone reescribir la historia argentina a través de algunos de los grandes personajes del pasado. Para esta tarea fue convocado el escritor Mario «Pacho» O’Donnell. El instituto tiene 33 miembros ad honórem, entre los que se destacan el senador Aníbal Fernández, los historiadores Mario Felipe Pigna, Hernán Brienza, Araceli Bellotta, Víctor Ramos y Luis Launay. La historiadora Hilda Sabato sostuvo críticamente que «el decreto demuestra una profunda ignorancia y una desvalorización prejuiciosa de la producción académica de los últimos 30 años en los que las figuras supuestamente ‘relegadas’ han sido profusamente estudiadas desde distintas ópticas». Sabato sostiene que el debate entre historiadores «liberales» y «revisionistas», con «héroes y villanos», ya fue superado por análisis más complejos, y que el decreto repone un «enfoque maniqueo» y avanza hacia una nueva «historia oficial» en la que se decide «quiénes son nuestros patriotas y quiénes no sirven»19.

Plataforma 2012

Ya comenzado el nuevo año, precisamente el día 4 de un enero que calcinaba, nació Plataforma 2012: intelectuales, artistas y actores reunidos para expresar su malestar cultural. El blanco definido y concreto: el gobierno nacional y el grupo Carta Abierta. Entre sus presencias más notables se encontraban Maristella Svampa, Roberto Gargarella, José Emilio Burucúa, Diana Kordon, Rubén Lo Vuolo, Patricia Zángaro y Lucy Edelman. El 6 de enero publicaron su manifiesto en el blog de Martín Caparrós en el diario El País de España20. Beatriz Sarlo firmó el primer manifiesto pero ya no participaría del grupo, lo que, por otro lado, generaba fuertes divisiones internas. En su declaración de principios, el colectivo sostiene:

Nos encontramos ante verdaderos escándalos de diferente naturaleza y calidad, que tienen como denominador común la impunidad en relación con las responsabilidades de quienes nos gobiernan. Y de manera paralela, asistimos a la construcción de un relato oficial, que por vía de la negación, ocultamiento o manipulación de los hechos, pretende investir de gesta épica el actual estado de cosas.21

Aunque la mayoría de los argentinos siguió el debate desde la playa, muy velozmente surgió la respuesta organizada de otro grupo de intelectuales surgidos bajo el nombre Argumentos, con la firma del antropólogo Alejandro Grimson y la escritora Florencia Abbate a la cabeza. En el texto de presentación, discuten con Plataforma 2012 sus postulados y, entre otras cuestiones, le responden de este modo:

«Se ha profundizado la desigualdad». Esto no puede afirmarse y menos aún al pasar. Los compañeros saben que hay distintas formas de estudiar la distribución del ingreso y que en cualquiera de ellas la desigualdad no se ha profundizado desde 2003 a la actualidad. La Asignación Universal, la ampliación de las jubilaciones, la reducción del trabajo precario (aún modesta para los objetivos que deben plantearse) ayudaron a eso. Las tan vapuleadas retenciones y el Impuesto a las Ganancias (aunque está pendiente una reforma impositiva) mejoran la distribución. Además, leyes como el matrimonio igualitario o del peón rural reducen otras desigualdades. Nos parece muy preocupante que se realice una afirmación tan grave sin análisis ni datos. ¿Acaso Plataforma no pretende convencer a los que piensan distinto?22

Hubo nuevas columnas de opinión en diarios y revistas de ambos grupos y también de Carta Abierta, en el caso de Horacio González que respondió desde Página/12 a las declaraciones de Plataforma23. Después, quedaron las pantallas calientes y la mayoría se tomó vacaciones. Fue un repliegue, un desensillar hasta que aclare. Durante 2012, Plataforma preparó documentos que tuvieron a Svampa y a Gargarella como sus principales exponentes.

El intelectual anfibio

«Estos son los que toman café todo el día con el Chacho», le dijeron a Beatriz Sarlo y a su acompañante a la entrada de un acto del Frepaso en la Federación de Box a fines de la década de 1990. En esa mirada despectiva se resumen ciertos prejuicios populares que indican que los intelectuales no reflejan el esfuerzo laboral, no tienen desgaste, no transpiran, su trabajo es invisible y prescindible. En el horizonte de la intelectualidad local aparecen algunas figuras nítidas, representativas, destacadas, que se han convertido en los protagonistas más notables de la historia intelectual en democracia. Por un lado, Beatriz Sarlo es la representante de un pensamiento crítico, capaz de arrojar misiles precisos contra el kirchnerismo. Opositora sin socios, encontró en el «proyecto K» un apasionante objeto de estudio y crítica. Desde sus columnas en La Nación bombardea permanentemente a quienes reconoce como los ganadores de una batalla cultural en la que la oposición no encuentra representantes. Es, sin duda, una intelectual muy destacada de esta época.

Horacio González es quien ha puesto letra, y también el cuerpo, a la defensa de la causa kirchnerista, y a la vez es capaz de marcar diferencias cuando la coyuntura no lo satisface. Comprometido no solo como funcionario sino como el principal referente de Carta Abierta, González acompaña desde adentro. Y aunque no ha sido confesor intelectual ni de Néstor Kirchner ni de Cristina, es un símbolo del kirchnerismo hecho teoría.

Por su parte, Maristella Svampa es una intelectual que se mezcló en las filas de los piqueteros, los movimientos sociales y la ecología política y puso en marcha lo que ella misma llama un tipo de intelectual «anfibio»: el que puede entrar y mezclarse con sus objetos de estudio, pero conserva la capacidad de salir y tomar distancia para el análisis. Y aunque la política partidaria la ha golpeado, produce en forma permanente y sus textos han inspirado políticas y a políticos.

No son los únicos modelos. Por el contrario, en el resto del mundo intelectual conviven y se multiplican otros tipos de pensadores que abarcan con la mirada y sus netbooks gran parte del universo político-social. Cada uno es un modelo distinto de análisis e interpretación y de intervención pública y, a pesar de las visiones críticas sobre los intelectuales, pueden esbozar diagnósticos muy precisos sobre cuestiones particulares.

En los primeros meses de 2013, dos hechos trascendentales para la historia mundial, regional y local, la muerte de Hugo Chávez y el nombramiento de un argentino como papa (que incluso dividió al kirchnerismo), devolvieron el fuego de la pasión a las polémicas entre intelectuales. El fervor por la discusión política se percibe en todos los ámbitos, aunque pocas veces las conclusiones sirvan de manera directa a los protagonistas de la política real.