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Argentina: el regreso de los intelectuales públicos

El debate continúa. Corre el mes de marzo de 2013 y los intelectuales argentinos discuten sobre Malvinas, Hugo Chávez, el Papa, el catolicismo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner… y siguen las firmas. Son discusiones apasionadas. Y son noticia. Desde la recuperación de la democracia en 1983, numerosas personalidades de la academia y del pensamiento independiente, escritores, artistas y ensayistas estuvieron alrededor de la política, cerca del poder o en las antípodas, es decir, en la crítica. Pero sin duda alguna, la máxima exposición ante los reflectores de los intelectuales fue en la última década, con la llegada del kirchnerismo al poder. Y si bien ha habido idas y vueltas, han mantenido una presencia constante en el escenario central.

Argentina: el regreso de los intelectuales públicos

Néstor Kirchner, formado en la «razón práctica» del peronismo santacruceño, tuvo a lo largo de su vida una relación lejana con los intelectuales. Pero después de convertirse en presidente de Argentina, comenzó a recibir a algunos pensadores. Hubo una primera reunión en la Casa Rosada en 2003, en la que el especialista en historia intelectual Carlos Altamirano dialogó con Kirchner junto con el politólogo José Nun, el filósofo José Pablo Feinmann, el periodista Mario Wainfeld y el economista Héctor Valle. Pero de todos ellos, con quien Kirchner quería intercambiar ideas en profundidad era con Feinmann. «Yo le propuse: ‘olvidate del peronismo, hacé un partido de centroizquierda, con otro nombre, que no tenga nada que ver con el peronismo porque hoy el peronismo es un aparato mafioso sólidamente consolidado–, no es nada más que eso, y él lo sabía. Y él estaba totalmente de acuerdo. Me dijo: ‘hay que hacer un partido de centroizquierda’», recuerda muy entusiasmado Feinmann1. Pero la relación entre Kirchner y su intelectual preferido no siempre fue una luna de miel. También hubo cortocircuitos, alejamientos y reconciliaciones.

Si bien hubo pensadores, guías y escritores que acompañaban el rumbo político kirchnerista desde los primeros momentos (como Horacio Verbitsky –periodista estrella de Página/12–, el propio Feinmann, Nun u Horacio González –director de la Biblioteca Nacional–), recién en el segundo año de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se van a sumar intelectuales y artistas de todo el país y, al mismo tiempo, en la vereda de enfrente, se van a ubicar otros con una mirada impiadosa sobre la presidenta.

El segundo ciclo kirchnerista se inicia con la victoria de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales de 2007. La primera parte de este periodo, que llega hasta los comicios de renovación parlamentaria de 2009, comenzó a mostrar una producción importante de polémicas. El llamado «conflicto del campo» y la formación del colectivo intelectual oficialista Carta Abierta dieron pie a la conformación de otros grupos de debate y discusión.

Las discusiones tuvieron protagonistas tanto en los grupos de intelectuales independientes, que venían de otras experiencias de discusión, como el Club de Cultura Socialista, como entre aquellos que se agruparon en torno de partidos políticos o movimientos sociales o alrededor de un debate histórico político. Por allí circularon intelectuales de todas las edades y antigüedades; en definitiva, pensadores de la escena actual.

La «batalla cultural» del kirchnerismo

Cuando el gobierno decidió incrementar las retenciones a las exportaciones de soja y girasol y establecer un sistema móvil para determinar su valor, el sector empresario de la producción agroganadera organizó un paro agropecuario con bloqueos de rutas y masivas manifestaciones en la capital argentina. Fue una medida que derivó en un extenso conflicto que se extendió desde el 11 de marzo hasta el 18 de julio de 2008 y culminó con la derogación de la Resolución 125/08 por parte de la presidenta. Pensadores, escritores, periodistas, poetas y artistas sacaron el debate de las aulas, bibliotecas y mesas de café a la calle, para opinar y sentar posiciones respecto de un conflicto que llegó a plantear serias divisiones en la sociedad y recuperó antiguos clivajes como pueblo/oligarquía. La protesta del campo y la respuesta del gobierno nacional generaron apoyos y rechazos, y apasionadas intervenciones públicas.

En primer lugar, circuló una carta cuyos firmantes tomaban una clara posición contra las entidades rurales y de apoyo al gobierno kirchnerista. La firmaba un amplio y diverso grupo de intelectuales, artistas, profesionales del ámbito «psi» y actores, entre muchos otros. Allí señalaban por ejemplo: «Desde 2003 las políticas gubernamentales incluyeron un debate que involucra a la historia, a la persistencia en nosotros del pasado y sus relaciones con los giros y actitudes del presente»2. También aparecía una palabra clave en el lenguaje que se iba a utilizar en la batalla retórica contra el campo, que remitía a un golpe de baja intensidad:

Un clima destituyente se ha instalado, que ha sido considerado con la categoría de golpismo. No, quizás, en el sentido más clásico del aliento a alguna forma más o menos violenta de interrupción del orden institucional. Pero no hay duda de que muchos de los argumentos que se oyeron en estas semanas tienen parecidos ostensibles con los que en el pasado justificaron ese tipo de intervenciones, y sobre todo un muy reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental.3

También hubo otras miradas. «Ni con el gobierno ni con las entidades patronales del campo», era el lema de la carta de los intelectuales cercanos al ala izquierda trotskista. Allí se sostenía que «La disputa entre el gobierno nacional y las entidades patronales ‘del campo’ es una pelea entre dos sectores capitalistas que defienden intereses ajenos al pueblo trabajador». Entre los firmantes de este documento se destacaba el escritor Andrés Rivera, quien decía: «Los intelectuales están muy disgregados, es una enfermedad de este oficio solitario y no tenemos una organización donde podamos debatir y tomar posiciones y decidir si eso es posible»4. Mientras, el ensayista Nicolás Casullo, uno de los creadores de Carta Abierta, expresaba:

El papel del intelectual clásico, comprometiéndose políticamente con un problema, en este caso el lockout agrario, se da con otra intervención intelectual manifiesta y cada vez más decisiva en la actualidad, que es la del comunicador, periodista que fija también sus posiciones e intereses intelectuales bajo una retórica informativa. Creo que es importante el debate de escrituras de este conjunto, defendiendo una u otra posición.5

A su vez, la conocida ensayista Beatriz Sarlo –autora de La audacia y el cálculo6, un libro donde analiza el kirchnerismo– cuestiona el papel de Carta Abierta durante el conflicto. Buscando en el acervo maoísta de su militancia juvenil, pero esta vez atribuido al gobierno de Cristina Fernández y Néstor Kirchner, sostiene en una entrevista que