Tema central

Apuntes sobre la identidad y lo latino

¿Cómo puede alguien articular su autofiguración en un espacio en el que el lenguaje, los signos culturales y otras tecnologías de expresión lo ubican en un lugar de marginalidad, de un no yo o de un yo incompleto? A partir de una escena de la película Brokeback Mountain, Ben Sifuentes-Jáuregui analiza aquí los nuevos rumbos que han tomado los estudios latinos: el repaso crítico por algunos de los ensayos incluidos en este número de NUEVA SOCIEDAD funciona como epílogo de la edición y permite, a la vez, obtener nuevas conclusiones sobre el complejo lugar de lo latino en Estados Unidos.

Apuntes sobre la identidad y lo latino

En la recién estrenada y controvertida película de Ang Lee, Brokeback Mountain (difundida en América Latina con los títulos En terreno vedado y Secreto en la montaña), basada en un cuento de Annie Proulx, hay una escena que me causó mucha ansiedad. No me refiero a las escenas románticas entre los protagonistas, Jack y Ennis, que desataron un debate homofóbico en los círculos de la derecha estadounidense, sino al momento en que Jack decide viajar a la comunidad fronteriza de Ciudad Juárez para encontrar «what he needs» (aquello que necesita). Al llegar, encuentra a un joven guapo, quien después de un intercambio de miradas lo llama «señor», y ambos desaparecen en un callejón oscuro. El desasosiego que me causó esta escena tiene que ver con el hecho de que, dentro del imaginario político, social, cultural y sexual de Estados Unidos, México –y quisiera precisar más aún, la frontera como espacio liminal– funciona como el lugar para delimitar la diferencia misma y la otredad. ¿Por qué la frontera sigue funcionando como metáfora de la transgresión? Formulo esta pregunta a manera de introducción a otra serie de cuestiones: ¿cómo se logra una agencia propia, cómo articula un sujeto su autofiguración en un espacio hegemónico cuando el lenguaje, los signos culturales y otras tecnologías de expresión están siempre orientados a marcar su marginalidad, ese espacio oscuro de un no yo, o de un yo incompleto? En el caso de la película, vale preguntar: ¿podría el anónimo joven mexicano verse y apreciarse como sujeto (y ciudadano en su plenitud) si fuera él quien cruzara la frontera hacia EEUU? En otras palabras, la direccionalidad del cruce permite que cualquier sujeto lleve consigo un sinnúmero de identidades, pero también que adquiera y ponga en movimiento otras que faciliten o limiten cualquier expresión yoica o sentido de agencia individualista, lo cual es irónico, ya que es este individualismo lo que clásicamente ha definido lo americano (American-ness) por excelencia. He decidido usar este ejemplo de Brokeback Mountain para enmarcar algunos comentarios sobre esta colección de artículos sobre los latinos en EEUU, no para descartar el potencial del filme como una obra maestra cinematográfica, sino para que recordemos y consideremos que en este momento, después de tantas décadas –más de un siglo– de migraciones desde América Latina hacia EEUU, lo latino permanece como «lo otro». Y pensando en esta condición es posible matizar la importancia central de los estudios latinos (Latino Studies) en la academia estadounidense, pero también ver sus implicaciones para el resto de América Latina, en el contexto de una globalización avasalladora.

El trabajo crítico de los estudios latinos ha sido ciertamente interdisciplinario. No está vinculado a una de tantas disciplinas tradicionales –historia, literatura, antropología, ciencias políticas, entre otras– sino conceptualizado temáticamente y sobre la base de los cruces entre dos o más disciplinas. Es fundamental entender que el análisis crítico de los estudios latinos parte precisamente de estar «entre dos espacios», de hacer las veces de un encabalgamiento, que no solo provoca sino que requiere de lo dialógico. Los temas se enfocan en debates y discusiones sobre las migraciones y la colonialidad, la identidad o, si se prefiere, las identidades, la expresión y la producción cultural y artística, los espacios urbanos como contexto social, y la política. En los artículos de Duany, Flores, Negrón-Muntaner, Poblete, Escalante Gonzalbo y Yúdice, el tema de la identidad y los latinos aparece como algo de suprema importancia. Es sobre esto que me gustaría organizar mis comentarios.

Identidad e identificación

La identidad, como tantas otras cosas, nada más «ocurre» y es difícil de entender. Yo argüiría que entender la identidad, su figuración y su circulación es gran parte de la tarea intelectual y política de los grupos latinos en EEUU, o de cualquier grupo étnico o minoritario. Ciertamente, podemos pensar cómo los cubanos en Miami, los puertorriqueños en Filadelfia o el Bronx o los chicanos en Los Ángeles o Chicago han concebido identidades culturales basadas en sus países de origen y luego, recientemente, han comenzado a indagar el potencial político de una identidad panlatina. Este proceder de lo particular a lo universal es solamente una parte de la ecuación, ya que las estrategias para reclamar una identidad son muchas, y a veces hasta contradictorias. Sin embargo, podríamos proponer que cualquier articulación de la identidad está destinada a ser reducida a una de dos tendencias. Por un lado, entramos en el ejercicio de afirmar una identidad, para luego compactar la comunidad o el grupo, sacrificando así la importancia del yo; por otro lado, observamos una valorización del sujeto (de un yo) relacionado mediante un proceso interminable de reconocimiento, diferenciación o negación del otro. Ambos acercamientos o conceptualizaciones de la identidad parecen estar atados a esos dos polos: yo y grupo, o a alguna variación entre los dos, «yo» como/contra/ante/etc. (las preposiciones son interminables) «el grupo». Nos preguntamos entonces: ¿cómo se puede negociar o evitar el dilema de tener que seleccionar entre o limitarse a las macronarrativas de la identidad (social, política, sexual, nacional, etc.) que poderosamente urgen cierta prioridad como fundacionales a la integridad del yo? En lugar de fijarse en la identidad, Diana Fuss teoriza el proceso mismo de la identificación, un concepto psicoanalítico que se define como la internalización del otro, que reemplaza un objeto perdido desde adentro. Siguiendo la obra de Jean-Luc Nancy, Fuss define la identidad como «‘el yo que se identifica a sí mismo’. La identificación es el mecanismo psíquico que produce el autorreconocimiento. La identificación habita, organiza y hace que la identidad se vuelva algo concreto». Por ejemplo, podemos fácilmente argüir que la identidad latina es multifacética y compleja, y también que la idea y el ideal de ser «latino» son puestos en marcha de manera diferente por cada uno. En otras palabras, la manera en que cada uno se identifica (o no) con la, en apariencia, estable identidad de latino o latina necesariamente va a variar. Esta variación o fluidez corresponde exactamente al trabajo de la identificación. Por lo cual, Fuss anticipa que