Opinión

Anatomía de un contraste De la centralidad gubernamental a la fragmentación

Las maquinarias narrativas del kirchnerismo y del macrismo manifiestan diferencias profundas. El tránsito de una a la otra ha generado cambios en la opinión pública argentina

Anatomía de un contraste / De la centralidad gubernamental a la fragmentación

¿Qué cambió en Argentina a partir de las últimas elecciones? ¿Se trata de una alternancia de gobierno o de una discontinuidad más profunda? Si estuviéramos frente a una discontinuidad: ¿existen signos visibles sobre su orientación y alcance? Empujado por tales incógnitas, en el presente artículo avanzaré apoyado sobre tres elementos: una hipótesis, un conjunto de datos y una propuesta interpretativa.

Algo más que un cambio de gobierno

La hipótesis alude a la naturaleza del cambio en curso, cuya profundidad vuelve insuficientes las figuras de alternancia o cambio de gobierno a la hora de conceptualizar la asunción del gobierno de Cambiemos y la derrota del kirchnerismo. En este sentido, el «22N» –la fecha concreta en la que se desarrollaron las elecciones– no originó únicamente un cambio de gobierno sino que también produjo desplazamientos sísmicos en el subsuelo de la opinión pública, es decir, desplazamientos en la cultura política de los argentinos.

Si la opinión pública es, evocando la metáfora epidérmica de Elisabeth Noelle-Neumann, «nuestra piel social» –tejida por la negociación entre opiniones y percepciones sobre las opiniones mayoritarias– la cultura política puede ser pensada como la anatomía interior de valores, actitudes y orientaciones ideológicas. Al estar expuesta directamente al entorno, la piel reacciona ante cualquier alteración ambiental con bastante facilidad y visibilidad. Por el contrario, la cultura política se comporta de manera menos perceptible y más arisca al cambio. Mientras la temporalidad de la opinión pública es la coyuntura y su hábitat es la agenda, la cultura política se mueve por etapas históricas y se aloja en los rincones menos visibles de la opinión pública.

Desde esta perspectiva, el kirchnerismo, además de tres gobiernos sucesivos, constituyó un particular ecosistema cultural, vigente hasta diciembre del año pasado y en sintonía con un Zeitgeist populista de gravitación regional. Su salida de la Casa Rosada lo desplaza del centro de gravedad discursivo de la vida pública argentina, y en su reemplazo llega un nuevo staff de gobierno pero también, y sobre todo, irrumpe un nuevo narrador de la realidad, el macrismo. El cambio en curso entraña, en síntesis, una discontinuidad histórica cuyo devenir aún no podemos ni quisiera bosquejar.

Junto a la profundidad del cambio reside la pregunta sobre su alcance: ¿se trata de un fenómeno exclusivamente nacional o de un episodio que forma parte de un proceso más amplio? Independientemente de la respuesta factual, la derrota del kirchnerismo ha sido significada como un primer paso del declive final del «giro a la izquierda» en la región. Asimismo, el triunfo de Cambiemos ha sido interpretado como el esbozo de un nuevo tiempo político –¿y cultural?– en Latinoamérica. Por otra parte, la campaña electoral de Mauricio Macri es considerada, por las fuerzas políticas que en los distintos países compiten contra los procesos populistas, como un benchmark, como el caso a imitar. En virtud de su profundidad –relativa a la cultura política– y de su alcance –efectos regionales– el cambio requiere ser pensado como una ruptura entre dos etapas distintas. A continuación intentaré bosquejar algunos contornos del contraste.

Los datos de una ruptura

Fundamentos muy sólidos respaldan el argumento según el cual aún es temprano para advertir signos de un cambio sísmico como el que propongo en la hipótesis de partida. Sin embargo, la comparación de los resultados de dos encuestas nacionales realizadas sobre la población argentina en 2015 y 2016 («antes y después») alumbran un pronunciado contraste, al que en el balbuceo interpretativo final vincularé con el cambio en la retórica gubernamental, esto es: con el tránsito de la narrativa kirchnerista a la macrista.

Además de las típicas preguntas para monitorear la zigzagueante evolución de la opinión pública (percepciones de la economía, evaluación del desempeño del gobierno, imagen de los principales actores políticos), existen algunos indicadores de carácter más subterráneo a través de los cuales podemos descender al subsuelo de la opinión pública y espiar distintas áreas de la cultura política. Se trata de indicadores más de «época» que de coyuntura. La elección de las variables que utilizaré para acreditar la discontinuidad aludida está inspirada en un artículo de Oscar Landi («El poder fragmentado»), en el que el autor retrata las nuevas formas de la cultura política de los 80 a partir de las percepciones de los argentinos sobre quién tenía el poder en aquella etapa; variable a la que llamaré «distribución percibida del poder». Pasemos a los números.

El siguiente gráfico muestra las respuestas a la pregunta «Entre las siguientes opciones, ¿cuál es el sector con más poder en Argentina?». Hacia la izquierda del gráfico se despliegan los resultados surgidos en la encuesta de 2015 y hacia la derecha, los datos de 2016.


Dos mediciones no alcanzan para reflejar una tendencia, pero sí son suficientes en este caso para revelar un marcado contraste: al comparar los resultados se advierte un pronunciado desempoderamiento relativo del gobierno nacional dentro del conjunto de la «cadena alimenticia». Repasemos los principales números con la mirada puesta sobre las diferencias: en 2015, 55% de los argentinos consideraba que el gobierno nacional (de Cristina Fernández de Kirchner) era el actor más poderoso de la escena; mientras que esa proporción se encoge considerablemente en el mapa político del 2016: solo 22,9% señala al gobierno nacional (ahora en manos de Mauricio Macri) como el sector de mayor autoridad. Al tratarse de una variable «de suma cero», la hemorragia de poder percibido que sufre el Ejecutivo nacional favorece a otros actores que avanzan varios casilleros: medios, empresarios, sindicatos y Poder Judicial mejoran significativamente sus capitales de poder con respecto a la fotografía del 2015. Existe una única intersección, un único rasgo idéntico entres dos fisonomías tan distintas: me refiero al destacado lugar de los medios de comunicación, a os que evidentemente la sociedad no percibe como el escenario aséptico donde «otros» disputan el poder, sino como uno de los principales actores políticos de la arena pública.

En síntesis, una dimensión importante relativa al vínculo entre los ciudadanos y la esfera pública –¿quién tiene el poder?– sufre un visible desplazamiento. Los siguientes esfuerzos interpretativos estarán orientados a sugerir cuál podría ser el principal factor explicativo de la pérdida de poder percibido del gobierno nacional.

Los orígenes narrativos del cambio

Cualquier dato es compatible con diferentes interpretaciones, puesto que entre los datos y las lecturas no existe una relación natural como muchas veces se sugiere. Tenemos, entonces, un dato: el gobierno nacional bajo el ecosistema kirchnerista era percibido por el 55% como el actor más poderoso mientras que en el 2016 el gobierno de Mauricio Macri es ubicado en esa posición únicamente por el 22,9% de los argentinos. Existen tres rutas interpretativas para transitar: la «ochentosa», la «politológica» y la narrativa; esta última opción será donde pondré el acento explicativo.

La lectura ochentosa advertiría un paisaje corporativizado donde el gobierno nacional, el poder político, constituye un actor débil, dotado de bajas dosis de «legitimidad y eficacia». Por su parte, la lectura politológica vincularía el resultado de la encuesta con los recursos institucionales de Cambiemos (vis a vis los del Fpv el año pasado), enfatizando su discreta presencia parlamentaria y la escasez de distritos amarillos en la política subnacional.

Por mi parte, creo que las percepciones que recoge la encuesta no aluden a la diferencia entre un gobierno fuerte y un gobierno débil, ni muchos menos conciernen a aspectos institucionales. Me inclino por interpretar las modificaciones en la «distribución percibida de poder» como reacciones de la opinión pública ante una profunda transformación discursiva del entorno: el cambio en la retórica gubernamental que supone el tránsito de la narrativa kirchnerista a la macrista. Dejando de lado el fetiche de época entre Relato (vertical y negativo) vs Conversación (horizontal y positivo), lo cierto es que kirchnerismo y macrismo se comportan, al gobernar, como ambiciosos narradores de la realidad, que derraman sobre la opinión publica sus atajos cognitivos, es decir sus maneras de entender el mundo, sus representaciones sobre la sociedad y el Estado, sus valores sobre el nexo entre vida privada y vida pública y los sentido atribuidos al acto de Gobernar. En cada uno de estos rincones de la retórica gubernamental encuentro divergencias profundas que muy esquemáticamente describo a continuación:

En la narrativa kirchnerista, el combustible del gobierno era la voluntad, mientras que desde la narrativa macrista Gobernar equivale a gestionar soluciones técnicas. Dos lenguajes distintos: épica de la decisión frente a racionalidad de la solución. La relación entre Estado y sociedad también luce muy distinta. En la narrativa kirchnerista el Estado precede a la biográficas individuales (CFK dixit: «¿Acaso en 2001 la gente no se esforzaba y por eso le iba mal?») mientras que en narrativa macrista el centro de gravedad de la sociedad son el individuo y sus aspiraciones. Expresado bajo dos fórmulas: acumular poder para agrandar el Estado frente a achicar el gobierno para agrandar al individuo. La vida pública, en la retórica kirchnerista de gobierno, aparecía como un campo de batalla surcado más por intereses que por emociones e inevitablemente conflictivo. En la representación macrista, la esfera pública es un territorio de actitudes e intenciones, donde los conflictos son vestigios de mentalidades antiguas.

En definitiva, en la narrativa kirchnerista la recuperación de la autoridad (presidencial) se presentaba como un activo orgullosamente exhibido. En cambio la narrativa macrista, liberal con acento posmaterialista, convive de manera más incómoda con el concepto de poder político. Bajo el nuevo ecosistema discursivo, intereses, conflicto, voluntad y poder desaparecen como protagonistas semánticos de la retórica gubernamental, lo cual derrama sobre la opinión pública y modifica sus percepciones con respecto al lugar del gobierno nacional en el ranking del poder. Esto es, desde la narrativa macrista, los datos sobre un gobierno «desempoderado» podrían presentarse como el signo de una distribución más equilibrada del poder, sanamente despojada de hegemonías. Sin embargo, la historia política argentina –y la lectura de Oscar Landi– conduce a que interpretemos el dato más en clave de fragmentación que de virtuoso equilibrio.

El cambio de gobierno produjo un cambio sísmico por el cual una etapa histórica regida simbólicamente por la narrativa kirchnerista está siendo reemplazada por una nueva narrativa macrista, cambio que impacta sobre las percepciones y actitudes que regulan el vínculo de los ciudadanos con el sistema político. Hasta el momento el siglo XXI argentino ha tenido dos grandes protagonistas políticos, vinculados entre sí por una rivalidad fundada en el contraste: macrismo versus kirchnerismo, dos auténticas maquinarias narrativas.