Ensayo

América Latina y la acumulación originaria. Menos papistas que las papas

¿Tenemos en cuenta el aporte de la papa americana a la acumulación originaria? Para los pobres de Europa, el «descubrimiento» de esta parte del mundo tuvo que ver menos con el oro arrancado de las «Indias Occidentales» que con la modesta papa. Este ensayo destaca las negaciones y afirmaciones latinoamericanas del lugar que esta ocupó y algunos de sus itinerarios entre las crónicas de la Conquista, los debates de la ciencia, la Enciclopedia, las ingenierías de poder y algún poema. Un ensayo sin duda inspirado en emancipatorias «epistemologías-otras» desde el Sur y en aromas «especiales», y que cuenta con la libertad de versar sobre un libro imaginario.

América Latina y la acumulación originaria. Menos papistas que las papas

Transitamos épocas de afirmaciones latinoamericanas, de «epistemologías-otras» descolonizadoras, alternativas, poscoloniales. Por ejemplo, el «buen vivir» o sumak kawsay, planteo holístico en el que se ponen de relevancia valores alternativos a los clásicos conceptos de crecimiento o desarrollo, el reconocimiento social y cultural de códigos de conductas éticas e incluso espirituales en la relación sociedad-economía-naturaleza, la recuperación de ancestrales ideas de reciprocidad y redistribución.

Época de cambios o cambio de época (lo dirá el tiempo), pisamos territorios posneoliberales. Deberíamos hacer un esfuerzo intelectual para reemplazar tanto prefijo. Finalmente esta parte del mundo ha sido privilegiada en análisis evolucionistas de «deberes ser» o «cómo deberíamos ser» espejados en los itinerarios de una modernidad modélica, subyugados bajo el imperio de prefijos que casi siempre fijan ausencias, carencias, incompletudes. ¿Cómo pensarnos afirmativamente desde un Sur epistémico?

Para no decepcionar de antemano al lector: antes que una serie de respuestas a la cuestión, este es un ensayo acerca de un libro imaginario. Muchos tenemos o hemos tenido algún libro imaginario. Ese que no emprendemos por tantas razones: la falta de tiempo, las presiones institucionales del sistema científico, las propias limitaciones o, sencillamente, la pereza.

Imaginemos por un momento la tradicional Kartoffelsalat sin Kartoffel para los alemanes, o esos knishes cargados de sensibilidades y símbolos para el pueblo judío, sin papa. Puro oxímoron. ¿Y unas italianísimas pastas sin salsa de tomate? Más lujurioso o glotón: la vida sin chocolate. Más profesional: la industria automotriz como la conocemos sin el Hevea brasiliensis (más conocido como caucho). También están las drogas, claro: el tabaco y la cocaína. ¿También la Coca Cola? Para evitar malintencionadas interpretaciones, aclaremos que el ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, David Choquehuanca, afirmó que no era cierto que se fuera a prohibir la Coca Cola en Bolivia el 21 de diciembre de 2012. Pero no nos desviemos. Europa no conocía la «risueña» papa, el maíz creador, el chile picante, el globoso tomatl, la religiosa coca, el «sangrante» caucho. Tampoco los frijoles, el zapallo, la palta, entre muchos otros productos.

Simplificando bastante el argumento, el «descubrimiento» de América tuvo su origen en la búsqueda de pimienta, no de metales preciosos. O mejor, de exquisitas especias como el azafrán, el jengibre, la canela, la nuez moscada, el cardamomo, la menta o la cúrcuma, imprescindibles para conservar o maquillar los sabores más bien intensos de aquellos alimentos servidos en las mesas nobles, pero también presentes en farmacopeas alquimistas que curaban dolores de los cuerpos, e incluso de las almas. Cuando los turcos cerraron las puertas del Mediterráneo a las flotas de Génova, Pisa y Venecia en su camino a la India, se impuso buscar otras rutas. Era un muy rentable negocio para la burguesía en ciernes: la pimienta se cotizaba por unidades, la canela valía casi tanto como el oro. Estaba, además, el inquietante asunto de la redondez de la Tierra. No habría que minimizarlo. Muchos fueron quemados en la hoguera por refutar el «cielo de las fijas». Eppur si muove es uno de los orígenes de la ciencia moderna.

Cristóbal Colón confirmó, con su excelencia en las artes de navegar, la redondez del planeta. Pensó –con menos conocimiento– que había encontrado pimienta en lo que él consideraba la India. Se llevó a España las semillas de unos chiles que fueron plantados no sin esperanza y ceremonia. Los jardineros reales advirtieron que no se trataba de lo mismo. Sin embargo, no fue ese el equívoco más grande de Colón.

La existencia descomunal de oro y plata eclipsó ese origen «especial». Los cronistas hablan con cierta decepción ante productos indianos tan ordinarios. Extraordinarios en verdad, pero rudimentarios para esos gustos colonialistas: la papa, el tomate, el maíz. Incluso esa bebida de cacao y agua, al parecer afrodisíaca, que tomaba Moctezuma y ofreció como tesoro muy preciado al falso Quetzalcóatl encarnado en Hernán Cortés, quien no supo apreciar el gesto.

Mucho después, Hegel sancionó que el Nuevo Mundo no tenía historia. Y la naturaleza tampoco estaba a la altura: los ríos no habían formado su lecho, sus «leones, tigres y cocodrilos» eran más pequeños, más débiles y más impotentes, sus animales comestibles, menos nutritivos. Esta parte del mundo era «un país de nostalgia para todos los que están hastiados del museo de la vieja Europa».

Desde los comienzos de la Modernidad, entonces, las representaciones de esta parte del mundo marcaron la desviación de América Latina bajo el imperio de los «sub» o los «pre» (subdesarrollo, precapitalismo, por ejemplo). Hacia mediados del siglo XVIII, los viajeros y científicos, tales como el conde de Buffon, Cornelius de Paw, el abate Guillaume-Thomas Raynal y William Robertson, señalaban la minusvalía física y geográfica de América. Thomas Jefferson recopiló listas de especies americanas, que midió con precisión para refutar a Buffon. Más concreto, Benjamin Franklin en París, cenando con Raynal, demostró de manera más empírica que todos los americanos presentes eran más altos que sus interlocutores franceses.

En nuestra América, la contestación de los viajeros científicos contribuyó a afianzar el sentimiento antimetrópoli de los criollos, que crecía al compás de la presión tributaria borbónica. Un aporte importante fue el del jesuita novohispano Francisco Javier Clavijero, quien se rebeló contra las «calumnias» de Buffon y De Paw. Como contraparte, propuso una reivindicación de la igualdad de los indios y, en un estilo muy idealista, construyó una versión épica de la civilización mexica estableciendo comparaciones con pueblos antiguos de enjundioso grado de evolución cultural. Sin embargo, Clavijero concluía su relato en el momento mismo de la caída de Tenochtitlán, desvinculando su análisis del espinoso e inoportuno proceso de conquista. Pero, para los fines de la construcción de una tradición y de un relato alternativos a los de España, la Historia antigua de México (1780), como afirmó David Brading, puede asociarse al impacto de los Comentarios reales (1609) del Inca Garcilaso. Otro tanto ocurrió con Fray Servando Teresa de Mier en su Historia de la Revolución de la Nueva España (1813). Casi tres siglos después de que el papa Paulo III en su bula Sublimis Deus (1537) sancionara de manera infalible la humanidad de los naturales y decretara que eran pasibles de ser evangelizados, Fray Servando elaboró la teoría de que América habría sido convertida al cristianismo por Santo Tomás antes de la llegada de los europeos, restando a España uno de los pilares legitimadores de la Conquista: la evangelización de los naturales. El audaz Sermón de Tepeyac le valió el exilio.