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Alternativas a la crisis global de la alimentación

La actual crisis global puede ser pensada como una «crisis de alimentación», como un pasaje de la gastronomía a la «gastro-anomia», del comer junto al otro al «picoteo», a menudo en solitario... pero una modificación de los hábitos alimentarios conlleva un cuestionamiento más general a los sistemas de producción, distribución y consumo asentados en intereses poderosos que no funcionan como una conspiración de supervillanos sino como tendencias impersonales guiadas por la macroeconomía y la técnica. En ese marco, ni la ilusión tecnológica ni la ilusión pastoril parecen capaces de salvarnos de un devenir poco auspicioso.

Alternativas a la crisis global de la alimentación

Nota: este artículo sintetiza uno de los capítulos de Una historia social de la comida (Lugares, Buenos Aires, en prensa).

Nuevamente leemos en los informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (fao, por sus siglas en inglés) de 2015 que la disponibilidad alimentaria fue, y será al menos por el próximo lustro, superior a las necesidades promedio. Esto quiere decir que cada habitante del planeta Tierra dispondría –al menos estadísticamente– de más calorías de las que necesita para llevar una vida activa y sana. El problema de estas estadísticas que advierten que, observando producción y población global, todos podrían comer (refutando otra vez el augurio malthusiano), es que son estimaciones agregadas de los datos que proveen los países, algunos de los cuales ni siquiera censan su población y mucho menos su producción, sino que la estiman. Se trata, además, de promedios mundiales, detrás de los cuales se ocultan los extremos nacionales. Al analizarlas descubrimos que, al menos desde el lado de la producción, no hay razones que justifiquen los 800 millones de subalimentados y que hay pocas razones para los 1.500 millones de personas con sobrepeso (de las cuales 30% son decididamente obesas). En realidad, estas cifras deberían servir para problematizar esta cuestión, no para clausurarla con la alegría de que todos pueden tener la panza llena. Estas publicaciones nos dicen que algo está mal en la alimentación actual, que produce estos resultados aparentemente contradictorios.

Vamos a señalar los campos donde pensamos que radican los problemas, para luego abordarlos brevemente. En la esfera de la producción, enfrentamos una crisis en la disponibilidad que –como ya señalamos– no pasa por la cantidad de alimentos, sino por su calidad y por la sustentabilidad del modelo de producción. En la distribución, enfrentamos una crisis de equidad que significa que los alimentos no van adonde se necesitan, sino adonde los compradores pueden pagarlos. En el consumo, enfrentamos una crisis de comensalidad, ya que han colapsado las culturas alimentarias: el comensal se convirtió en un consumidor solitario y la gastronomía, en gastro-anomia.

Esta crisis es global porque si bien en principio es la crisis de las sociedades capitalistas de la órbita occidental, sus efectos se extienden a todo el mundo, arrastrando a otras sociedades, organizadas sobre la base de otros principios pero que habitan el mismo planeta. Aunque los pigmeos Mbuti de la selva lluviosa africana no coticen sus alimentos en bolsa, las directrices de la Organización Mundial del Comercio (omc) que legitiman la agricultura extensiva de monocultivo químico o la fabricación tóxica los afectan de todos modos: sufren el cambio climático, les cae lluvia ácida, sus ríos son contaminados y se encuentran en medio de guerras económicas por los recursos de su territorio. Es estructural porque, como nunca en la historia de la cultura alimentaria humana, todas las áreas están comprometidas de manera simultánea. Y es paradojal porque hay alimentos suficientes, tecnologías apropiadas y razones concretas para que se produzca, distribuya y consuma de otra manera.

Hemos señalado que, del lado de la producción, la crisis no pasa por la disponibilidad: hay suficiente energía para todos. Pero otra cosa es la composición de esa energía: 70% proviene de hidratos de carbono, azúcares y aceites refinados, lácteos y grasas. Precisamente los alimentos que las guías alimentarias promovidas por la Organización Mundial de la Salud (oms) recomienda comer en menores cantidades, ya que se los considera causantes de enfermedades no transmisibles que aquejan a las sociedades actuales. Pero peor es la falta de sustentabilidad, porque con estos métodos ni la agricultura ni la ganadería ni la pesca garantizan la producción futura.

La agricultura intensiva de monocultivo químico ha logrado aumentar exponencialmente los rendimientos, pero sus costos sociales y ambientales también han sido gigantescos. Aunque en las últimas décadas los aumentos se debieron antes al mayor rendimiento por hectárea que a la extensión de la frontera agraria, la búsqueda de tierras vírgenes continúa y se avanza sobre bosques nativos, humedales e incluso desiertos. Por eso es que hay tanta prisa por recortar reservas de biosfera para que las generaciones futuras todavía puedan conocer lo que fue un paisaje nativo.

La diversidad se ve amenazada cuando entendemos que de las 250.000 plantas superiores clasificadas solo 20.000 son comestibles, pero hoy apenas 15 especies producen 90% de los alimentos consumidos y únicamente tres (maíz, arroz y trigo) proveen las dos terceras partes de la energía y más de la mitad de las proteínas que se consumen en el mundo1. Además, se ha producido una monstruosa reducción de la variedad intraespecífica: en 1903 en Estados Unidos se cultivaban 307 variedades de maíz; en 1983, solo 12, y hoy, con el avance de la variedad transgénica bt, la gama se redujo a cinco. Tal vez por esto los bancos de semillas han proliferado: Bóveda Global de Semillas de Svalbard, Millenium Bank Seeds Project (Gran Bretaña) o el Instituto Nacional de Tecnología Agraria (inta) de Pergamino (Argentina). Bajo este modelo de agricultura, los granos toman más agua que los humanos (además de que tienen efectos contaminantes). Aun a kilómetros, los cursos de agua llevan el exceso de agroquímicos que producen efectos deletéreos en la flora (eutrofización de lagunas costeras) y la fauna (por ejemplo, muerte de ranas, pájaros y peces). Es un tipo de producción altamente dependiente del petróleo (recurso no renovable), no solo por el gasoil que mueve la maquinaria y el transporte, sino por las largas cadenas de hidrocarburos que se necesitan para producir la química asociada (fertilizantes, pesticidas, etc.), cuyos efectos se hacen sentir no solo sobre la producción, sino también sobre la población rural y la que se asienta a muchos kilómetros de distancia, a través de los residuos que persisten en los alimentos y que enferman a los consumidores2. El efecto de los agroquímicos ha transformado las áreas rurales en los lugares más insalubres del planeta3. Pero además se profundizó la degradación en los suelos que debería proteger, ya que los sobreexplota reponiendo solo una fracción de los nutrientes que extrae (a eso se lo llama agricultura «de minería o extractivista»). Esta manera de producir está legitimada por sus altísimos rendimientos y porque externaliza sus costos sociales y ambientales, que son asumidos por toda la sociedad. Y por todo el planeta, en tanto contribuye con 20% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

  • 1.

    Vaclav Smill: Alimentar al mundo. Un reto para el siglo xxi, Siglo xxi, Madrid, 2003, p. 272.

  • 2.

    Mónica Muñoz-de-Toro, Milena Durando, Pablo M. Beldoménico, Horacio R. Beldoménico, Laura Kass, Silvia R. García y Enrique H. Luque: «Estrogenic Microenvironment Generated by Organochlorine Residues in Adipose Mammary Tissue Modulates Biomarker Expression in eralpha-positive Breast Carcinomas» en Breast Cancer Research vol. 8 No 4, 2006.

  • 3.

    aavv: «La salud ambiental de la niñez en la Argentina: evaluación de la exposición a plaguicidas organofosforados en niños de colonos tabacaleros», Sociedad Argentina de Pediatría (sap) / Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (acdi) / Asociación Argentina de Médicos por el Medio Ambiente, 2008.