Coyuntura

Algunas tendencias y datos sobresalientes

El éxito de los intentos reeleccionistas, el avance político de las mujeres y la cuestionada capacidad de los organismos electorales en algunos países son algunos rasgos importantes del intenso proceso de elecciones que vivió América Latina en los últimos 14 meses. En un contexto macroeconómico estable y en el marco de un crecimiento razonable, hay motivos para ser optimistas. Pero, aunque la situación ha mejorado y el riesgo de una nueva ola autoritaria parece lejano, es necesario consolidar instituciones legítimas y eficaces y promover la cultura democrática, únicos diques de contención frente a la antipolítica, los liderazgos mesiánicos y los riesgos del neopopulismo.

Algunas tendencias y datos sobresalientes

Introducción

Entre noviembre de 2005 y finales de 2006, América Latina desplegó una intensa e importante agenda electoral. Durante ese lapso, dos países del Cono Sur (Brasil y Chile), los cinco de la región andina (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela), tres de América Central (Costa Rica, Honduras y Nicaragua) y México –es decir, 11 países latinoamericanos– celebraron elecciones presidenciales, cuyos resultados han delineado un nuevo mapa político regional. Además, se llevaron a cabo comicios legislativos concurrentes en nueve países, no simultáneos en Venezuela (un año antes de las presidenciales) y parcialmente concurrentes en Colombia (dos meses antes de las presidenciales). A esto se suman dos elecciones de medio periodo, en El Salvador y República Dominicana, dos referendos, en Bolivia y Panamá, y la elección boliviana para la Asamblea Constituyente.

Esta intensa agenda electoral se da en un momento en el que pareciera que América Latina se encuentra en un punto de inflexión histórico respecto de lo vivido en los últimos 28 años, es decir, desde el inicio de la tercera ola democrática. La región atraviesa hoy una situación mixta, en la que conviven buenas y malas noticias, pero en el contexto de un optimismo moderado debido en gran parte al buen momento macroeconómico.

Entre las buenas noticias, se pueden señalar los últimos cuatro años de crecimiento económico, los avances registrados en algunas áreas sociales y la continuidad del proceso democrático, pese a sus déficits. En oposición a estos datos positivos, se observan la crisis de credibilidad que afecta la política, los partidos y los parlamentos; la desigualdad en la distribución del ingreso y la exclusión social; la persistencia de la pobreza –que, pese al crecimiento económico, sigue afectando a alrededor de 41% de la población– y el resurgimiento de brotes nacionalistas y populistas de nuevo cuño.

El presente artículo analiza algunos de los principales resultados y tendencias luego de las elecciones de los últimos dos años y, en el final, esboza algunas conclusiones.

El supuesto giro a la izquierda

Los sucesivos triunfos electorales en Argentina, Brasil, Venezuela y Uruguay llevaron a numerosos observadores y analistas a suponer que la región sufrió un vuelco a la izquierda. Esta tesis –y el significado exacto de la palabra «izquierda», algo que se venía debatiendo desde hacía tiempo– cobró nueva fuerza a finales de 2005, con la contundente victoria de Evo Morales en Bolivia, y a inicios de 2006, con el triunfo de la Concertación en Chile. La posibilidad de que durante 2006 la izquierda lograra otros triunfos –Ollanta Humala en Perú y Andrés Manuel López Obrador en México–, las victorias de Luiz Inácio «Lula» da Silva en Brasil, Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador y la reelección de Hugo Chávez en Venezuela alimentaron esta percepción errónea, que los hechos posteriores y una lectura más cuidadosa de la realidad regional se encargaron de desmentir. Además, en ningún momento se precisó con claridad de qué izquierda se trataba, como tampoco se quiso reconocer que las diferencias entre estos gobiernos o candidatos de «izquierda» eran muchas veces más importantes que sus coincidencias.

La tesis del «giro a la izquierda» latinoamericano comenzó a desvanecerse a partir de las elecciones en Honduras (noviembre de 2005), Costa Rica (febrero de 2006) y Colombia (mayo de 2006), en las que se impusieron fuerzas políticas liberales, de centro o de derecha. Poco después, las derrotas de Humala en Perú y López Obrador en México fortalecieron la percepción de que, más que un giro hacia la izquierda, lo que estaba ocurriendo, como bien apuntó el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, era un giro hacia el centro, hacia la democracia, hacia la moderación frente a los excesos de las políticas neoliberales.

A la luz de las diferentes fuentes citadas, coincidimos con las opiniones que señalan que la lectura de lo que está ocurriendo en la región ha sido superficial, apresurada y simplista. Como expresa Francisco Rojas Aravena, «izquierda y derecha, hoy por hoy, no reflejan las identidades esenciales de los nuevos líderes, ni representan los cambios que están ocurriendo en el mundo». Desde nuestro punto de vista, no existe evidencia sólida para afirmar que la región está dando un giro hacia la izquierda. Esta división izquierda-derecha, además de su desfase en el tiempo, genera más confusión que claridad. Lo correcto, como ha señalado el ex-presidente chileno Ricardo Lagos, es afirmar que la región, más que hacia la izquierda, gira hacia la profundización del sistema democrático.

La falsa dicotomía derecha-izquierda se ve también claramente reflejada en la reciente encuesta de Latinobarómetro 2006. Interrogada acerca de sus preferencias ideológicas con una escala de 0 a 10 –que otorga un 0 a la izquierda y un 10 a la derecha–, la mayoría de los latinoamericanos se situó en 5,4, es decir, ligeramente a la derecha. Como detalle curioso, en la «izquierdista» Venezuela el rango fue de 5,6, lo que parece sugerir que muchos venezolanos no izquierdistas votaron a Chávez. Los únicos países latinoamericanos en los que la mayoría se situó a la izquierda del centro fueron Chile (4,9), Bolivia (4,8), Uruguay (4,7) y Panamá (4,6). «En aquellos países donde triunfaron candidatos izquierdistas, lo hicieron con los votos del centro», sostuvo en el informe de dicha encuesta Marta Lagos, responsable de Latinobarómetro.

En el mismo sentido se pronunció el periodista Andrés Oppenheimer, quien considera insostenible la envejecida defensa del ya antiguo maniqueísmo derecha-izquierda.

Existen muchos países donde líderes «izquierdistas» siguen la exitosa apertura económica chilena, y unos pocos donde líderes petro-populistas despilfarran dinero sin preocuparse por construir una base sólida de crecimiento a largo plazo. La próxima vez que escuche que Latinoamérica está virando hacia la izquierda, diga que sí, pero añada que en la mayoría de los países la izquierda está virando hacia la derecha.

El sistema electoral: «ballottage»

En las elecciones presidenciales realizadas desde noviembre de 2005 hasta diciembre de 2006 se utilizó ampliamente el mecanismo del ballottage, sistema que genera posiciones a favor y en contra. Sus defensores destacan dos ventajas fundamentales: la primera es que fortalece la legitimidad electoral del presidente, no solo porque garantiza un umbral electoral mínimo, sino también porque permite que sea el electorado el que dirima la contienda en caso de que ningún candidato supere ese porcentaje en la primera vuelta; la segunda, una consecuencia de la anterior, es que tiende a fortalecer la gobernabilidad democrática, ya que garantiza un presidente con amplio respaldo popular y promueve la formación de coaliciones electorales entre la primera y la segunda vuelta, que luego podrán fácilmente transformarse en coaliciones de gobierno.

Quienes critican el ballottage sostienen que la segunda vuelta rara vez cumple con estas promesas, ya que la supuesta legitimidad derivada del amplio respaldo electoral puede ser artificial e inestable. Argumentan, además, que la segunda vuelta genera menos incentivos para el voto estratégico, dado que los electores pueden votar por su candidato favorito en la primera ronda, aunque tenga escasa probabilidad de triunfo, sin preocuparse demasiado por la posible victoria de un candidato indeseable. De acuerdo con este punto de vista, el sistema favorece un aumento en el número de partidos, lo que en el largo plazo tenderá a fragmentar al electorado.

Más allá de este debate, lo cierto es que el ballottage se ha incorporado a la legislación de la mayoría de los países de América Latina. Trece de ellos lo han regulado –Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Perú, República Dominicana y Uruguay– aunque con diferencias importantes entre sí. Solo cinco países carecen de este sistema: Honduras, México, Panamá, Paraguay y Venezuela.

Con respecto a los recientes procesos electorales, de las 11 elecciones presidenciales celebradas entre noviembre de 2005 y diciembre de 2006, ocho se hicieron bajo el sistema de ballottage. De ellas, en cuatro fue necesaria una segunda vuelta (Brasil, Chile, Ecuador y Perú), mientras que en las otras el resultado se definió en la primera ronda (Bolivia, Colombia, Costa Rica y Nicaragua).

El «gobierno dividido» y el riesgo de bloqueo

La existencia de regímenes presidenciales en todos los países, en la mayoría de los casos con sistemas multipartidistas, más allá de las significativas diferencias entre ellos, hace que la relación entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo tenga gran relevancia para el funcionamiento o el bloqueo del sistema.

En ese sentido, es importante verificar si los resultados de las elecciones han configurado presidentes con mayoría propia o «gobiernos divididos», ya que de ello depende en buena medida el margen de maniobra y acción de cada presidente, en especial en lo que refiere a la gobernabilidad. Los sistemas presidenciales latinoamericanos tienen su soporte en una mayoría propia (la de su propio partido) o bien en una coalición (varios partidos). La fragmentación social y política de muchos países hace más difícil construir mayorías que permitan sustentar y reforzar las capacidades de gobernabilidad.

Los resultados electorales muestran las dificultades para construir mayorías políticas. De los 11 presidentes electos, solo cuatro –Morales, Michelle Bachelet, Álvaro Uribe y Chávez– cuentan con mayoría legislativa propia. En los siete países restantes (Brasil, Ecuador, Costa Rica, Honduras, México, Nicaragua y Perú), el gobierno deberá procurar acuerdos –temporarios o, preferiblemente, de mayor alcance– para impulsar su programa y evitar la parálisis que suele aquejar a los presidentes latinoamericanos, muchas veces obligados a ejercer su mandato en situaciones de «gobierno dividido». Ésta es también la situación en que se encuentra el presidente de El Salvador, Antonio Saca, ya que, pese a su triunfo en las elecciones de mitad de mandato, no logró la mayoría absoluta. Por el contrario, Leonel Fernández, en República Dominicana, obtuvo mayoría parlamentaria.

Entre la continuidad y la alternancia

Un repaso de las elecciones desde una óptica general –es decir, analizando los resultados no solo de las presidenciales sino también de las parlamentarias, así como los referendos y la elección constituyente– muestra que al oficialismo le ha ido muy bien. Esto quizás se deba al buen momento macroeconómico que vive la región.

El análisis de las 11 elecciones presidenciales demuestra que el oficialismo ganó en cinco países –Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela–, mientras que fuerzas opositoras resultaron vencedoras en Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Honduras, Nicaragua y Perú. Del lado del oficialismo hay que registrar que tres de las cinco victorias se dieron en el marco de reelecciones consecutivas (Brasil, Colombia y Venezuela). En Chile, por su parte, volvió a ganar la Concertación (por cuarta vez consecutiva desde el retorno de la democracia en 1990) y en México triunfó el Partido Acción Nacional.

En materia de democracia directa, el oficialismo también fue el claro vencedor de los dos referendos celebrados. El primero de ellos, el referéndum autonómico del 2 de julio en Bolivia, donde el «No» impulsado por el gobierno obtuvo 57%, frente a 42% del «Sí». El segundo fue la consulta popular acerca de la ampliación del Canal de Panamá, del 22 de octubre, en la que la opción defendida por el oficialismo obtuvo 77,8% de los votos. Finalmente, otro proceso electoral de gran importancia celebrado durante este periodo fue la elección de representantes a la Asamblea Constituyente en Bolivia, el 2 de julio, que también ganó el oficialismo por un amplio margen.

La participación electoral

La tendencia a la participación no es uniforme. Los resultados muestran que en seis países (Chile, Colombia, Costa Rica, Honduras, México y Nicaragua) los niveles de participación electoral disminuyeron con respecto a la elección inmediatamente anterior. Destacan entre éstos Honduras y México, donde bajaron 11% y 5%, respectivamente. Por el contrario, cinco países (Bolivia, Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela) vieron incrementados sus niveles de participación. Los casos más significativos fueron el de Venezuela, donde aumentó 18,8%, y Bolivia, con 12%.

El promedio de la participación electoral en las 11 elecciones presidenciales fue de 72,14%. Al medir la incidencia de estos resultados sobre el promedio histórico de participación electoral de América Latina en elecciones presidenciales, se observa un leve efecto positivo en el promedio general, al pasar de 69,94% en el periodo 1978-2004, a 70,19% en 1978-2006.

A partir de todo ello podemos afirmar que no existe una clara tendencia regional a la disminución de la participación en las elecciones presidenciales. El importante aumento de la abstención en varios países fue compensado por el incremento de la participación en otros, sobre todo en los de la región andina, y especialmente en Venezuela, Bolivia, Perú y Ecuador.

La fiebre reeleccionista

América Latina vive una fiebre reeleccionista en sus dos modalidades: inmediata y alterna. De las 11 elecciones presidenciales celebradas, en siete países –Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Perú y Venezuela– los presidentes buscaron la reelección. Diferenciando cada modalidad, los procesos electorales de Bolivia, Costa Rica, Nicaragua y Perú fueron casos de reelección alterna. A excepción del boliviano Jorge Quiroga, los restantes tres ex-presidentes (Arias, Ortega y García) obtuvieron un nuevo mandato. Por su parte, en los tres casos de reelección inmediata, Lula, Uribe y Chávez también lograron su objetivo.

Con una mirada más general, el análisis de estos datos en el ámbito regional muestra que en 63% de las elecciones presidenciales celebradas durante este periodo estuvo presente la figura de la reelección, que resultó exitosa en seis de siete elecciones.

Estos resultados alimentan el debate acerca de la conveniencia o el perjuicio de la reelección. Sus críticos sostienen que expone al sistema político al riesgo de una «dictadura democrática» y refuerza la tendencia hacia el liderazgo personalista y hegemónico inherente al presidencialismo latinoamericano. Apuntan, además, que los segundos periodos son por lo general de mala calidad.

Los defensores de la reelección, por el contrario, argumentan que es democrática en la medida en que posibilita a la ciudadanía elegir con mayor libertad a su presidente y responsabilizarlo por su desempeño, ya sea premiándolo o castigándolo. Señalan que, en América Latina, los ejemplos de Fernando Henrique Cardoso en Brasil (inmediata) y de Julio María Sanguinetti en Uruguay (alterna) constituyen experiencias moderadamente positivas de las dos modalidades de reelección, aunque sus primeros mandatos fueron mejores que los segundos. De cualquier forma, nunca antes desde el retorno de la democracia la región había vivido tantos casos de presidentes reelegidos.

Los estrechos resultados

De las 11 elecciones presidenciales analizadas, en cuatro países (Costa Rica, Honduras, México y Perú) los reñidos resultados generaron denuncias e impugnaciones ante los organismos electorales y la opinión pública. En tres de estos cuatro casos (Costa Rica, Honduras y Perú), las diferencias fueron solucionadas por las vías institucionales. En México, por el contrario, el resultado no fue aceptado por el partido opositor, el Partido de la Revolución Democrática, lo que generó una grave crisis poselectoral. En general, estas últimas elecciones parecerían mostrar un retroceso en cuanto a la administración electoral en varios países de la región. El manejo técnico de las elecciones y las dificultades de los organismos electorales para oficializar los resultados generaron en algunos casos graves dudas hacia estas instituciones, tanto en relación con su imparcialidad como respecto a su eficacia técnica en el escrutinio y en la transmisión de los datos finales. En una región donde las denuncias de fraude, manipulación e ineficacia de los órganos electorales habían disminuido de forma importante, el cuestionamiento a estas instituciones y a la transparencia de las elecciones constituye un serio retroceso institucional.

La participación política de la mujer

El proceso electoral 2005-2006 generó avances significativos en la participación política de las mujeres. Éstos se iniciaron en las elecciones generales de Honduras, donde la aplicación de una nueva normativa sobre la cuota de género (de 30%) produjo un incremento de la participación de las mujeres en el Congreso, que pasó de 6% en el periodo anterior a 23% en la actual conformación. El efecto positivo continuó con las votaciones en Chile, donde Michelle Bachelet se convirtió en la primera mujer en ocupar la Presidencia de ese país. En términos generales, el número de mujeres elegidas en los congresos nacionales aumentó en casi todos los países. Aunque el avance más notable fue el de Honduras, otro caso importante es el de Perú, donde el porcentaje de mujeres subió de 18% a 29%. En el resto de los países de la región, los cambios en el porcentaje de mujeres elegidas para el Parlamento han sido de menor escala, e incluso se han registrado algunos casos de descenso como, por ejemplo, en las cámaras bajas de Bolivia y Colombia.

Otros aspectos relevantes

El tema del financiamiento de la política y su relación con la corrupción ha estado presente, en mayor o menor medida, en la mayoría de los procesos electorales celebrados en América Latina. En efecto, los escándalos ligados al manejo de dinero en la política, el aumento del costo de las campañas, principalmente por el gasto en los medios de comunicación –sobre todo la televisión–, así como las debilidades de la legislación y los sistemas de control, han hecho de este tema uno de los principales factores a considerar a fin de garantizar la equidad y la transparencia en la competencia electoral.

Un segundo tema que ha cobrado relevancia durante este intenso calendario electoral es el de las encuestas de opinión pública. Varias de las elecciones celebradas durante este periodo demuestran las dificultades de estos sondeos de opinión para adelantar las tendencias y los resultados. Como expresa Carlos Fara, las elecciones de estos últimos 14 meses estuvieron llenas de sorpresas. ¿No era que Morales no tendría mayoría propia? ¿No era que Arias arrasaría en Costa Rica? ¿No era que Alan García no podría volver a la Presidencia en Perú? ¿No era que Manuel López Obrador ganaría claramente las elecciones en México? ¿No era que Correa triunfaría en Ecuador en la primera vuelta?

Tras alcanzar un gran protagonismo como fuente de información sobre las preferencias del público, los fracasos de los pronósticos electorales en Bolivia, Brasil, Costa Rica, Ecuador y México, entre otros países, ubicaron las encuestas en el centro del debate político en América Latina. En Bolivia, días antes de las elecciones, los sondeos de opinión otorgaban a Evo Morales una intención de voto de aproximadamente 34%. Al final, se impuso con 54%. En Costa Rica, las encuestas situaban a Oscar Arias con una amplia ventaja sobre los demás candidatos, lo cual no se reflejó en el resultado final, ya que ganó por una diferencia mínima, de apenas 18.169 votos (1,12%).

La principal explicación de estas falencias radica, como hemos señalado en un artículo anterior, en las ya conocidas limitaciones de las encuestas como instrumentos de medición, limitaciones que se acrecientan en contextos muy volátiles, con grados de indefinición importantes y con altos niveles de voto oculto. Por otro lado, cada vez es mayor la proporción de ciudadanos que se interesan por las elecciones cuando faltan pocas semanas o días, o que toman su decisión en el mismo momento del comicio. De ahí la importancia de que los responsables de las encuestas adviertan sobre las dificultades que encontraron en cada caso, de modo de registrar el nivel de volatilidad e informar debidamente sobre él. Pero por desgracia esto casi nunca sucede.

Por último, debe subrayarse el tema de las campañas electorales y su creciente «americanización». Un fenómeno en aumento, que se caracteriza por la personalización de la política, la preeminencia del candidato sobre el partido, el uso progresivo de la televisión y la descalificación del opositor por encima de las ideas en el marco de «campañas negativas». En esta línea se desarrollaron las campañas en Brasil, Costa Rica, Nicaragua, México y Perú.

Un comentario final

Tras una serie de crisis institucionales en varios países de la región, que hicieron que 14 presidentes tuvieran que dejar el poder anticipadamente, América Latina ha vivido un intenso periodo electoral que ha puesto de manifiesto la voluntad de los ciudadanos de buscar respuestas políticas a través de las urnas y los procesos democráticos. En los últimos 14 meses, no solo ningún presidente ha tenido que suspender su mandato de manera abrupta, sino que, como se ha visto, las elecciones han sido el instrumento de expresión de la voluntad ciudadana.

Además, pareciera que la tentación autoritaria de viejo cuño, caracterizada por los golpes de Estado, ya no es una alternativa y, más bien, ha sido suplantada por una tendencia al neopopulismo. Como señala el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), «los movimientos de oposición no tienden hoy hacia soluciones militares sino hacia líderes populistas que se presentan como ajenos al poder tradicional y que prometen perspectivas innovadoras». Según el documento, el malestar de nuestros pueblos no sería «con» la democracia sino «en» la democracia. Y, como hemos afirmado en reiteradas ocasiones, los problemas «en» la democracia se solucionan con más y mejor democracia.

Por ello, como sostiene Peter Hakim, el mayor peligro para la democracia en América Latina no es que haya políticos demagógicos, militares con ambiciones desmedidas ni ideologías autoritarias. La mayor amenaza es el desempeño mediocre continuo, y la incapacidad de los gobiernos para hacer frente a las necesidades y demandas de sus ciudadanos.

Por otra parte, si bien las democracias latinoamericanas han demostrado su resistencia pese a los pronósticos que les auguraban una corta vida, y a pesar de que han manifestado una vitalidad electoral nunca antes conocida, lo cierto es que su consolidación es mucho más compleja y demanda mucho más tiempo que lo que inicialmente se pensó. Como advierte Natalio Botana, después de casi tres décadas de transición, muchas de ellas todavía no han echado raíces en el Estado, en la sociedad y en los partidos políticos. Hemos avanzado, con limitaciones, al primer umbral, la dimensión electoral, donde se registran más avances. Pero aún falta mucho por avanzar en la consolidación de la república, el equilibrio de poderes y el estado de derecho.

De ahí la importancia de avanzar de manera firme en el fortalecimiento y el perfeccionamiento de la institucionalidad política, contar con instituciones representativas, legítimas y eficaces y actores comprometidos con ellas. En otras palabras, tanto las instituciones como los liderazgos políticos importan, y mucho, no solo para la supervivencia de la democracia, sino también para su calidad. Esto revela la importancia de un enfoque mixto, que combine la dimensión institucional y el comportamiento de los actores, pues ciertamente los contextos culturales y los liderazgos no solo cuentan al momento de diseñar las instituciones, sino también a la hora de manejarlas y hacerlas funcionar. Instituciones representativas y fuertes, acompañadas de liderazgos de calidad y de una cultura democrática, son los mejores diques de contención para la antipolítica.