Coyuntura

Algunas tareas y unos cuantos desafíos

José Miguel Insulza asumió como secretario general de la OEA luego de un traumático proceso de negociaciones y en un contexto particular, caracterizado por el ascenso de líderes de izquierda en muchos países de la región. Al frentede un organismo con escaso poder propio, que depende en buena medida de la voluntad política de sus integrantes, Insulza deberá articular intereses diversos si quiere tender puentes entre Estados Unidos y América Latina. Tiene por delante el desafío de enfrentar la tendencia de algunos países a «externalizar» conflictos como herramienta de política interna, y la misión de fomentar el diálogo entre vecinos distanciados por motivos territoriales. \'ss

Algunas tareas y unos cuantos desafíos

Introducción

La tarea que enfrenta el nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, es tanto o más compleja que la larga y extenuante campaña que lo llevó a asumir ese cargo hace algunos meses. No es un misterio que la OEA ha perdido gravitación en la solución de problemas regionales y que tiene problemas administrativos y financieros que limitan severamente su accionar. En definitiva, ya no es un foro al que los países más influyentes (Estados Unidos, Brasil, México) presten mucha atención al momento de abordar materias de interés hemisférico.

Sin embargo, precisamente por esto la elección de Insulza resultó ser la más adecuada, si en verdad se pretende dar un nuevo rol al organismo en la resolución de los problemas más apremiantes que afectan a la región. Ex-ministro de Relaciones Exteriores chileno, Insulza tiene una amplia experiencia académica y gubernamental en temas hemisféricos, ha demostrado dotes notables como negociador y proviene de un país con una alta credibilidad regional e internacional, tanto por las reformas internas emprendidas como por una política exterior que busca contribuir al reforzamiento de los llamados «bienes públicos internacionales». De hecho, fue Insulza, durante sus años de canciller, quien reforzó la idea de que un país inserto en la globalización, como Chile, debe también asumir «responsabilidades internacionales» y contribuir a la construcción de un mundo en donde imperen las reglas y el estado de derecho.

El rol de Estados Unidos

Varias son las tareas a las que deberá abocarse el secretario general durante su mandato. En primer lugar, la Secretaría General, y la organización en sí misma, carecen de poder. Dependen del respaldo y la colaboración de los integrantes de la OEA, especialmente de los países que más gravitan en el ámbito regional. Por tratarse de un organismo hemisférico, el papel de EEUU es fundamental: en este sentido, es una señal positiva que, pese a que Insulza no era su primera opción, Washington no se haya opuesto y finalmente haya dado su voto para su elección. El nuevo secretario general deberá seguir trabajando, sin embargo, para convencer a los países más influyentes sobre la necesidad de fortalecer el rol de la OEA en el manejo de los principales temas regionales.

Si el gobierno de EEUU ha hecho una buena lectura del papel que puede jugar Insulza, entonces entenderá que puede actuar como un «puente» valioso para contribuir a resolver tensiones en la región. Y podrá comprender, también, que esto sintoniza con sus intereses, en la medida en que siempre ha sido una de sus consideraciones estratégicas asegurar un hemisferio, si no amigable, al menos pacífico y estable, de manera de no tener que distraer recursos y capacidades de otras zonas del mundo más peligrosas y vitales para su seguridad y su prosperidad.

Ahora bien, para que Insulza pueda desempeñar exitosamente ese rol, EEUU deberá entender que el secretario general tiene necesariamente que ser percibido como un actor imparcial, capaz de tomar en consideración los intereses de todos los involucrados en temas de incumbencia común. Las críticas del presidente cubano Fidel Castro en su asunción, por ejemplo, deben considerarse como una advertencia típica en un conflicto asimétrico, donde el actor más débil teme ser arrinconado y asume una postura beligerante para evitar que todas las presiones se centren sobre él. En este sentido, es importante la capacidad de EEUU para calibrar adecuadamente lo que es posible y legítimo en un contexto regional que está girando progresivamente hacia «la izquierda» (aunque se trate de distintas izquierdas), al igual que su voluntad para distinguir entre sus intereses permanentes y ciertas predilecciones ideológicas que no contribuyen a lo anterior.

Como se vio recientemente en la Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata, el sentimiento antiestadounidense ha crecido significativamente en los últimos años, lo cual ratifica los resultados de un estudio realizado hace poco por la empresa Latinobarómetro. Esto tiene que ver tanto con el rechazo a las políticas globales (especialmente a la guerra en Irak) y regionales de la administración Bush, como con las consecuencias del Consenso de Washington, cuyas prescripciones son vistas por muchos como la causa del deterioro económico y el aumento de las desigualdades en la región. En este sentido, el secretario general de la OEA ha recordado recientemente en una entrevista que, si bien América Latina no es la región más pobre, sí es la más desigual del mundo; como sabemos, la acumulación de expectativas frustradas es una receta clásica para la posterior irrupción de nuevas convulsiones sociales.

En los próximos meses se realizarán elecciones en varios países de América Latina, y no es un misterio que en el Departamento de Estado norteamericano se observa con inquietud la posibilidad de que se forme un nuevo «eje revolucionario» que, además de Cuba y Venezuela, integraría a Bolivia (con la elección de Evo Morales) y Nicaragua (si triunfa Daniel Ortega). Más allá de cuánto hay de mito o enfoque interesado en esta descripción, lo cierto es que ello incrementaría las tensiones ya existentes en la región. Hoy se presenta en América Latina una verdadera «geometría variable» de conflictos: si en temas comerciales esto se manifestó en el enfrentamiento entre los países del Mercosur y Venezuela, por una parte, y aquéllos partidarios del ALCA, por la otra, en otros temas las divisiones adquieren un carácter más bien político e ideológico, o de liderazgo regional, como algunos interpretan la actual rivalidad entre Brasil y México.

Las tensiones regionales

Las situaciones de inestabilidad y gobernabilidad precaria que hoy predominan en muchos países alientan la tentación constante de «externalizar» conflictos, para distraer y cohesionar así sociedades con un alto nivel de fragmentación y conflictividad social. La repentina reaparición de problemas vecinales que se creían resueltos o al menos congelados, como se ha visto recientemente en zonas limítrofes de Perú y Chile, o de Colombia y Venezuela, es una de las tantas expresiones de este fenómeno. En el pasado, esto derivó en guerras abiertas, como la de Ecuador-Perú en 1995, o en situaciones en que se estuvo al borde de un conflicto armado, como el caso de Argentina-Chile en 1978. En todos estos ejemplos, el componente doméstico jugó un papel preponderante en los conflictos desatados. Si bien hoy no se percibe una situación inminente de este tipo, sí hay escalada de tensiones que incentivan nuevas adquisiciones militares, y que además retrasan o dificultan los procesos de complementación e integración económicas que paralelamente tienen lugar en la región. Esto se ha agravado, además, por un tema de fondo que no es nuevo en América Latina: la coexistencia de regímenes con orientaciones ideológicas contrapuestas, cuyas rivalidades generan inestabilidad y dificultan una estrategia concertada de largo plazo para abordar los principales desafíos en la actual agenda internacional (una pugna que se hizo manifiesta en Mar del Plata y en el posterior desencuentro entre los presidentes Hugo Chávez y Vicente Fox).