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Algunas reflexiones sobre los nuevos desafíos latinoamericanos

En los últimos años, América Latina demostró que es posible compatibilizar un alto crecimiento económico con avances sociales significativos. Sin embargo, el cambio de algunas condiciones externas, consecuencia de la crisis de Estados Unidos y la inflación mundial, obligan a reflexionar sobre la posibilidad de realizar algunos cambios. Es necesario, en primer lugar, revisar los sistemas tributarios, que en América Latina descansan básicamente en los impuestos sobre el consumo, y elevar la recaudación de los impuestos sobre la renta, de modo de lograr efectos más progresivos. Al mismo tiempo, es importante garantizar el incremento del gasto social registrado en los últimos años, pero también procurar una mayor eficiencia en la asignación de esos recursos. Solo así será posible compatibilizar el desarrollo económico con el bienestar social.

Algunas reflexiones sobre los nuevos desafíos latinoamericanos

Desigualdad es sinónimo de América Latina. Cuando se compara la región con otras zonas del mundo, la desigualdad aparece como el rasgo más característico. Las diferencias entre ricos y pobres, entre empleo formal e informal, entre privilegiados y excluidos, concentran la atención tanto de los análisis académicos como de los gobiernos. Varios motivos explican esta persistente desigualdad: desde razones históricas hasta la falta de voluntad política para resolverla. Sin embargo, la forma, la expansión y la gestión de nuestras economías son factores determinantes para entender el cuadro de desigualdad actual y las posibles formas de disminuirla.

El combate contra la desigualdad –y la lucha contra la pobreza– ha comenzado a ganar espacio en las políticas públicas, y así lo evidencian la creación y la expansión de diferentes programas sociales, como los de transferencia de renta. Es posible incluso que estos programas de transferencia de renta hayan contribuido a desplazar la atención de las necesarias políticas públicas de carácter universal, como las de educación y salud. Lo que es innegable, en todo caso, es que la creciente conciencia acerca de la necesidad de combatir la desigualdad ha cambiado la agenda del debate acerca de la política fiscal en América Latina. Frente al desafío de conciliar el financiamiento responsable con un gasto social creciente, la cuestión fiscal se convierte en el principal punto de interconexión entre las políticas económicas y sociales.

Conciliar políticas sociales más activas con políticas económicas que promuevan el crecimiento sin comprometer la estabilidad constituye el objeto de reflexión del presente trabajo. Se anticipa que no se pretende resolver en tan pocas líneas un problema tan vasto, sino ofrecer algunos elementos para contribuir al debate.

Si el desafío ya es complicado, se torna todavía más difícil al tener en cuenta los condicionamientos históricos. Basta recordar que, además de la desigualdad, otra característica típica de América Latina es que ha constituido un campo de pruebas para una amplia variedad de «modelos» no convencionales de políticas económicas. Desde inicios del siglo XX, la región alternó periodos de mayor o menor intervención estatal, apertura al comercio exterior, ingresos y fugas de capitales, expansión acelerada y fuerte retracción de la inversión pública, junto con la emergencia tardía de nuevas formas de protesta social. Esas políticas, calificadas como diferentes estilos de desarrollo, fueron clasificadas como «neoliberales», «reformistas» o «desarrollistas», entre otras definiciones (Bielschowsky/Mussi).Hasta fines del siglo pasado, se registraron sucesivas y graves crisis externas, que incluso golpearon a los países más importantes, como Brasil, Argentina y México, convirtiendo a la región en el epicentro de turbulencias que tuvieron efectos en la economía internacional. El nuevo siglo trajo un ciclo de rápida e intensa expansión económica, al menos desde 2002, empujada inicialmente por las exportaciones favorecidas por la aceleración del crecimiento mundial (aún mayor entre las economías emergentes, especialmente en China) y el consecuente incremento de los precios de los commodities. En un primer momento, el incremento de los ingresos públicos mejoró los resultados fiscales –el superávit se elevó y la deuda se redujo–, lo que luego permitió una expansión del gasto, desde los programas sociales hasta las inversiones en infraestructura. La bonanza externa se transformó en una bonanza económica, fiscal y social.

Pero la perspectiva de la región debería despertar al menos cierta preocupación. El origen de la bonanza (el sector externo) puede ser también el que provoque la tempestad: la desaceleración de la economía estadounidense y las fuertes turbulencias financieras internacionales que se viven hoy constituyen un peligro, aunque sea diferido, de una moderación e incluso de una inversión del ciclo de crecimiento. Ello sin contar el regreso de la inflación a escala internacional por la subida de los precios de los commodities, que ya no solo afecta al petróleo sino también a los alimentos, sin que sea posible todavía estimar si se trata de un fenómeno estructural o de un efecto de la especulación.

La tristemente histórica volatilidad económica y política de América Latina obliga a formularnos la siguiente pregunta: ¿se justifica el optimismo? (Machinea/Kacef). Algunos académicos –y la gran mayoría de los políticos– mantienen una visión optimista. Desde este punto de vista, el incremento de los precios de los commodities, aunque impacta en la inflación, puede transformarse también en un remedio para las economías latinoamericanas, teniendo en cuenta que la región es un importante productor agrícola y de minerales, para no hablar de los nuevos descubrimientos de petróleo. La crisis de las economías desarrolladas puede ser corta y no tan profunda. Además, la expansión de China y del resto de las potencias emergentes podría compensar la desaceleración de los países ricos. Irónicamente, la única certeza para América Latina es la fuerte incertidumbre. En este contexto, es difícil pedir moderación macroeconómica y prudencia fiscal a gobiernos que, después de años, por primera vez pudieron comenzar a enfrentar las demandas económicas y sociales reprimidas, especialmente con un gasto público que supera los estándares más altos de las últimas décadas. En ese sentido, este artículo defiende la idea de que existe una mayor madurez en la gestión de la política económica en la región y que las políticas sociales se han consolidado a punto tal que han reducido el supuesto conflicto entre lo social y lo económico. Sin embargo, es preciso reflexionar más y cuestionarse mejor el papel reservado al Estado en esa nueva trayectoria de desarrollo.

En efecto, hoy es necesario avanzar en nuevas reformas (por ejemplo, en el campo tributario y de la seguridad social). Y al mismo tiempo, para consolidar los avances sociales, será necesario mejorar la calidad del gasto.