Cómo el mesianismo se apoderó de Israel
septiembre 2026
Israel vota el 27 de octubre en medio de una «guerra» que ya dejó miles de muertos en Gaza. Desde 1977 la derecha nacionalista gobierna el país con pocas interrupciones, mientras la corriente colonial mesiánica —minoritaria en votos pero cada vez más influyente— impuso su relato. Entre emigración, crisis de salud mental y una campaña calificada como la más sucia de la historia, no todo se reduce a que el incombustible Benjamin Netanyahu gane o pierda la contienda electoral.
El próximo 27 de octubre, los israelíes votarán para elegir la nueva Knéset (Parlamento), justo el último día que permite la ley. Desde el 7 de octubre de 2023, cuando el movimiento Hamás atacó pueblos y aldeas cercanos a la diminuta franja con un saldo de más de 1.200 muertos, Israel continúa su guerra en Gaza. La cifra del lado gazatí se acerca a los 73.000 muertos, según Amnistía Internacional, sin contar los cientos de miles de personas con discapacidades físicas y/o psíquicas y los 2 millones de desplazados (85% de la población).
En Israel, el número de soldados y civiles afectados por «síndrome de estrés postraumático» varía según las fuentes. Pero, señala Eyal Fruchter, presidente del Consejo Nacional para el Seguimiento Postraumático, «las cifras son inequívocas». Israel se enfrenta a «una crisis nacional» nunca vista en guerras anteriores. En cuanto al número de ciudadanos israelíes que abandonan el país, sería de 86.500 en 2023, 91.000 al año siguiente y 90.900 en 2025. A este ritmo, se alcanzará rápidamente el 4% de la población judía. Es muy significativo. Pero Netanyahu ya lo había dicho el primer día. Esta «guerra» iba a ser larga.
El fin del Israel «progresista»
El Estado de Israel fue proclamado en 1948. Durante sus primeros treinta años, fue dirigido por la izquierda laborista. Salvo una breve fase en 1967, antes, durante y después de la Guerra de los Seis Días, en la que Israel se apoderó de los territorios ocupados hasta hoy (Jerusalén Este, Cisjordania -perteneciente a Jordania-, los Altos del Golán -pertenecientes a Siria-), el país fue gobernado por el Partido de los trabajadores de la Tierra de Israel (Mapai), junto con otros partidos de izquierda y partidos religiosos. Con el tiempo, ese dominio se fue erosionando. Tras la victoria de junio de 1967 sobre los ejércitos árabes, surgió muy rápidamente una corriente favorable al «Gran Israel». Esta noción significaba, implícitamente, la preservación de los territorios conquistados, sobre todo Cisjordania, con sus innumerables lugares bíblicos.
Los partidarios del Gran Israel eran herederos de una de las vertientes del sionismo, un movimiento nacionalista nacido en Europa del Este a finales del siglo XIX, que propugnaba la creación de un «Estado judío» en Palestina. Dentro del sionismo, la corriente llamada «revisionista», minoritaria y ultranacionalista, siempre reivindicó un Israel muy amplio. En 1948, rechazó la partición de la Palestina bajo mandato británico entre judíos y árabes. Exigía la totalidad del territorio de Palestina «desde el mar hasta el río» -es decir, la totalidad del territorio a repartir-.
Precursor del actual Likud [La Consolidación], el eslogan del partido Herut [Libertad], que encarnaba el revisionismo, fue «dos orillas tiene el Jordán» (dando a entender que ambas le pertenecían). En otras palabras, aspiraba a gestionar un territorio que fuera desde el Mediterráneo hasta más allá del Jordán. Estas ideas resurgieron tras la victoria israelí de 1967. Un movimiento de connotación mesiánica comenzó a impulsar la idea de un Israel que anexionara los territorios palestinos ocupados. El objetivo prioritario era Cisjordania, corazón de los relatos bíblicos. Pero el Golán sirio, el sur del Líbano, el desierto del Sinaí… todo era susceptible de ser capturado.
Desde entonces, la historia política israelí, elección tras elección, se ha escrito a través de las leyes y actos que modifican la relación de Israel con el territorio que ocupa, normalmente mediante la repetición de hechos consumados contrarios al derecho internacional. A partir de 1978, cuando Israel se comprometió a devolver el Sinaí a Egipto, se fue estrechando un vínculo cada vez mayor con los gobiernos estadounidenses, tanto demócratas como republicanos, lo que otorgaba a Israel una especie de impunidad absoluta en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Un ejemplo muy conocido y recurrente: casi cada vez que se presentaba una propuesta que denunciaba la ilegalidad del asentamiento permanente de colonos judíos en territorio ocupado por Israel, y los despojos y expulsiones que los siguen, Washington vetaba la propuesta en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Los primeros treinta años de existencia del Estado de Israel estuvieron, pues, dirigidos por los laboristas, mayoritarios en la opinión pública. Israel se presentaba como un régimen democrático (aunque impuso a los palestinos la ley marcial hasta 1966). Su prestigio internacional era enorme. El kibutz encarnaba un «verdadero socialismo», diferente del soviético. Se olvidaba, o se desconocía, que ese país había nacido de la expulsión generalizada de sus habitantes, los palestinos. Que los kibutz, socialistas para sus propios miembros, se creaban sobre todo según planes previos de apropiación de tierras palestinas, muchas veces robadas. Los kibutz representaban 3% de la población del país, pero aportaban una cuarta parte de los generales. Fueron ellos -los Moshé Dayán, los Isaac Rabin- quienes expulsaron a 85% de los palestinos que vivían en 1948 en las tierras donde fundaron su Estado. Pronto serían jefes del Estado Mayor. No eran de extrema derecha. Eran socialistas. Socialistas para sí mismos y colonizadores para los demás. Y, precisamente, fueron ellos, los socialistas, quienes dispusieron de las principales fuerzas que llevaron a cabo la Nakba, «catástrofe» en árabe, término con el que los palestinos designan su desplazamiento y despojo masivos durante la guerra de 1947-1949.
La hegemonía laborista duró hasta las elecciones de 1977. Pero el primer punto de inflexión se produjo en junio de 1967. La victoria bélica israelí permitió conquistar nuevos territorios, algunos de los cuales, como Jerusalén Este, fueron pronto anexionados. En los años posteriores a 1967, todos los debates giraban en torno de una misma pregunta: «¿qué hacer con los nuevos territorios ocupados?». Las palabras pronunciadas por el general Charles De Gaulle el 27 de noviembre de 1967, pronosticando una guerra eterna si Israel no devolvía los territorios conquistados, resultaron premonitorias. Cuanto más pasaba el tiempo, más se manifestaba la resistencia, y más reprimía Israel a los «terroristas».
En diez años, la opinión pública se inclinó hacia otro lado. Por primera vez, en las elecciones de 1977, Menájem Beguín, líder del Likud, obtuvo la victoria. Desde entonces, hace ya casi medio siglo, la derecha nacionalista chovinista solo ha perdido el poder durante seis años de cincuenta. El último primer ministro «de izquierda», Ehud Barak, perdió el poder en marzo de 2001, hace ya una generación. No solo la izquierda no ha vuelto a gobernar el país, sino que no ha dejado de perder influencia. La alianza laborista todavía contaba con 32 escaños de 120 en el Parlamento en 1977. En 2022, el Partido Laborista ya solo tenía cuatro. Y su aliado habitual, el Meretz [Vigor] (izquierda socialdemócrata sionista), ni siquiera logró superar el umbral del 3,25% de los votos para mantenerse en la Knéset. En julio de 2024, el Partido Laborista se fusionó con Meretz en una nueva fuerza política denominada Los Demócratas. En cambio, medio siglo después, el Likud, hoy encabezado por Netanyahu, seguía contando con una cuarta parte de los escaños del Parlamento (32 de 120).
Lo ocurrido en medio siglo, y sobre todo en los últimos 25 años, se explica por la evolución radical que ha experimentado la sociedad israelí. Cuando Beguín se convirtió en primer ministro, formó una coalición mayoritaria prometiendo aún más beneficios al sector religioso de la opinión pública, que en ese momento todavía era bastante reducido. El principal partido religioso sionista de entonces, el Partido Nacional Religioso (Mafdal), aliado tradicional de los laboristas, se pasa a la derecha. Una corriente en su seno comienza a aglutinar a todo el campo mesiánico alrededor de un objetivo: «no ceder ni un centímetro» de territorio ocupado de la Tierra Santa. Pese a algunos reveses puntuales, este campo se irá solidificando progresivamente.
El resultado es la creación de un partido anexionista que propugna la expulsión de la población palestina de Cisjordania. Moledet [Patria] está dirigido por Rejavam Zeevi, un general retirado conocido por su racismo desenfrenado contra los palestinos, y un rabino mesiánico, Benny Elon. Es el año 1988, y por primera vez un partido propugna abiertamente el «traslado» de los palestinos. Electoralmente, este partido cosecha poco éxito (solo dos diputados). Pero su impacto no es desdeñable. A partir de entonces, la idea de una nueva expulsión de los palestinos -en Israel se dice «traslado», lo que suena menos radical- queda expuesta ante la sociedad israelí.
Cuatro años antes, un rabino proveniente de Estados Unidos llamado Meir Kahane, un hombre de una violencia extrema tanto en sus gestos como en sus palabras, había sido inhabilitado para presentarse a la Knéset por «racismo». Pero la perspectiva de una expulsión de los palestinos propugnada por un ex-general y un buen número de rabinos que dirigen respetables yeshivot (escuelas talmúdicas) no suscita objeción alguna. Quince años más tarde, Zeevi y su sucesor, el rabino Elon, serían ministros en gobiernos de derecha. A partir de entonces, el «traslado» de los palestinos se convierte en un tema habitual de debate. ¿Hay que expulsarlos a todos? ¿Solo a los de Cisjordania? ¿O meterlos en reservas? Hay partidarios y detractores del «traslado», y también indecisos, aunque los primeros no dejan de crecer. Prácticamente nadie en Israel cuestiona la ilegitimidad de las preguntas planteadas en estas encuestas recurrentes.
Fuck history: los éxitos de la batalla cultural
Poco a poco, se impone la idea de llevar a cabo una nueva limpieza étnica para «resolver el conflicto palestino». ¿Cómo hacerlo? Predominan dos ideas: expulsarlos o meterlos en bantustanes. No se ve otra solución. Que se vayan, eso es todo lo que se quiere. Vivir entre nosotros, sin ver árabes. La idea se va arraigando cada vez con más fuerza en las mentalidades.
En 2017, una cineasta israelí, Anat Even, realizó un documental sobre Manshiyeh, un barrio elegante de la ciudad de Jaffa, a orillas del Mediterráneo. Filma a un guía que le explica la historia del barrio a un grupo de estudiantes de urbanismo y a su profesor. Cuenta que Manshiyeh había sido un barrio pobre, habitado por inmigrantes judíos llegados de Marruecos. Fueron expulsados a finales de los años 60 para transformar ese barrio deteriorado en una zona de veraneo. En ese momento, el profesor de la Universidad de Tel Aviv le dice: «Señor, usted olvida que veinte años antes hubo otra expulsión en el mismo lugar, la de los palestinos». «Es cierto -responde el guía-. Pero ¿para qué hablar de eso?». «Porque es historia», replica el profesor. «Fuck history», salda el guía. Me importa una mierda la historia…
Esta anécdota apuntaba a un cambio fundamental. Desde los años 50, los jóvenes israelíes han sido educados en una idea impuesta por Ben Gurión, el fundador del Estado y líder histórico del Mapai. Tanto en las escuelas como en la propaganda oficial, había que insistir en que en 1948 los palestinos se habían marchado «voluntariamente». Israel no cargaba con ninguna culpa, salvo algunos raros excesos, pero los árabes también los habían cometido. De la Nakba no se hablaba, o se denunciaba como una «mentira árabe». Por supuesto, los dirigentes conocían la verdad. Difundían la negación, y eso convenía muy bien a una población judía israelí que quería mantener una imagen que combinara moralidad y posición de víctima. La anécdota del «Fuck history» me hizo tomar conciencia del cambio que se estaba produciendo: la negación histórica de la Nakba desaparecía; era sustituida no solo por su aceptación desacomplejada, sino también por su promoción. Ahora, una de las frases que más se escuchan en Israel, tanto entre el pueblo llano como en las altas esferas, es: «Ben Gurión cometió un error garrafal en 1948. Debería haberlos expulsado a todos». Debería haberse continuado la limpieza étnica hasta el último palestino…
Esta mentalidad se ha vuelto masiva en Israel. Las encuestas otorgan una inmensa mayoría -entre 80% y 90%- a la opinión judía favorable a una expulsión generalizada de los palestinos, tanto los de Gaza como los de Cisjordania. En la derecha, hay propuestas que buscan expulsar también a los palestinos con ciudadanía israelí. Porque, desde la masacre del 7 de octubre de 2023, todo se ha vuelto lícito en Israel. El ministro de Patrimonio, Amichai Eliyahu, propone lanzar una bomba atómica sobre Gaza. El de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, propugna «matar a 30 o 40 palestinos cada noche», sin duda para empujarlos a huir. El de Defensa, Israel Katz, promueve a diario el «traslado». Estos discursos ya existían antes, en los círculos de colonos más activistas. Ahora han llegado a los niveles más altos del poder. Netanyahu los necesita para mantener una mayoría, pero en realidad el primer ministro no piensa de forma muy distinta a sus socios más genocidas.
La corriente colonial radical, y en particular su fracción mesiánica, ha sido la gran vencedora de dos décadas de evolución de la sociedad israelí. El 7 de octubre le ha permitido difundir masivamente y sin ambages las ideas más aterradoras. No es que esta corriente haya crecido de manera contundente en el electorado. En las elecciones de 2022, la lista conjunta entre los partidos Sionismo Religioso, Poder Judío y Noam obtuvo 14 escaños (de los 120 que componen la Knéset). Hoy la fracción colonial, mesiánica y fascistizante -que incluye además al nuevo partido Tu Pueblo Israel- obtendría, según las últimas encuestas, entre 13 y 17 escaños. Un posible avance, por tanto, pero poco espectacular. Lo espectacular es que ha logrado ganar la batalla cultural dentro de la población judía.
¿Cómo ha ocurrido esto? La historia comienza en agosto de 2005, cuando el entonces primer ministro, Ariel Sharón, ordena una retirada unilateral de Israel de la franja de Gaza, evacuando por la fuerza a los colonos que poblaban 21 asentamientos judíos. Sharón tiene entonces dos motivaciones: a) se necesitan 60.000 soldados para proteger a 8.000 colonos, un precio demasiado alto, sobre todo teniendo en cuenta que, en términos de residencia efectiva, en realidad solo son 5.000. Y sobre todo, b) la decisión logra dividir al campo palestino. Al-Fatah dirige Cisjordania, Hamás, Gaza. Así separados, piensa, cualquier perspectiva de Estado palestino quedará anulada. Pero para la fracción colonial mesiánica, la retirada resulta insoportable. Se embarca entonces en una campaña de conquista de la opinión pública que, hay que reconocerlo, resultará un éxito rotundo.
Los mesiánicos centraron su batalla cultural en dos ámbitos: la educación pública y el ejército. Ya dominaban una parte del sector educativo religioso. Se dedicarán entonces a colocar el máximo número posible de docentes de su corriente en las escuelas públicas. Los resultados serán notables. En veinte años, el discurso mesiánico se impone profundamente en las mentes de las nuevas generaciones. La idea de que el Estado de Israel fue fundado como refugio para los judíos oprimidos es sustituida por la de la Tierra Santa entregada por Dios a su pueblo -y solo a él-. El número de personas que llevan kipá aumenta de forma muy notable, sobre todo entre los más jóvenes.
En cuanto a la conquista de las altas posiciones militares, un dato numérico lo dice todo sobre la transformación del ejército israelí. Desde siempre, ha acogido en sus filas a jóvenes muy piadosos que aceptan el servicio militar. Algunos se incorporaban a las yeshivot hesder (academias militares religiosas), que ofrecían una formación que combinaba manejo de armas y estudios bíblicos. En 1967 había tres. En 1990, trece. Hoy se cuentan más de 90. La inmensa mayoría de estas academias ha pasado a estar bajo el control de los rabinos más mesiánicos. La educación que allí se recibe se basa en el supremacismo judío -en particular contra los árabes y los musulmanes-. En 2019, el rabino que dirige la yeshivá Bnei David (Hijos de David) explicó a los reclutas que «la ideología de Hitler era 100% correcta, pero [que] apuntaba al objetivo equivocado». Con ello quiere decir que el führer debería haber exterminado a los musulmanes, no a los judíos. Un caso más reciente: el rabino Eliezer Kashtiel declaró en el Canal 13 de televisión: «Creo en el racismo». Y añadió que «los árabes tienen un problema genético». En estas escuelas, este tipo de declaraciones son cotidianas. Y quienes las difunden no sufren sanción alguna.
¿Cómo sorprenderse de que, tras la masacre del 7 de octubre de 2023, varios rabinos hablaran de inmediato de una «voluntad divina»? Había comenzado la «guerra contra Amalec». Amalec, en la Biblia, encarna el peor enemigo de los hebreos: un pueblo que hay que exterminar hasta el último amalecita. Es un mandato divino. La Biblia cuenta que los hebreos tuvieron que hacerlo cuando conquistaron Jericó, donde Yahvé les ordenó destruir toda vida, hombres, mujeres, ancianos, niños y bebés. Y así lo hicieron (según el texto, solo se salvó Rajab, la prostituta que había abierto las puertas de la ciudad).
Los discursos que apelan al genocidio se activaron desde el primer día de la «guerra» en Gaza: los palestinos fueron calificados de animales, la evocación de Amalec estaba en todas las bocas, incluida por supuesto la de Netanyahu. En las redes sociales, en los debates televisivos, los llamados a masacrar a los palestinos son innumerables y permanentes hasta hoy. En cuanto a los espectáculos de los humoristas, que abundan en Israel, su lenguaje -en muchos casos- es de un espantoso racismo antiárabe, antimusulmán y también antiinmigrante. Y, la mayoría de las veces, de una vulgaridad lamentable.
Estos discursos racistas, y muy rápidamente de connotación genocida, no son exclusivos de los partidarios de la extrema derecha colonial. Se extienden a los demás partidos, de derecha y de centro. La izquierda prácticamente ya no existe, y la expresión «maldito izquierdista» se ha convertido en un insulto habitual. Elites y pueblo llano por igual se hunden en la idea de que hay que «acabar» con los palestinos. Según algunas encuestas, esta opinión llega hasta el 90% de los judíos israelíes, aunque la fracción mesiánica puede que solo reúna alrededor de 15% del electorado. Lo que importa es que sus ideas se han instalado sin resistencia en la opinión pública. Para el campo colonial mesiánico y el «pensamiento kahanista», la victoria cultural parece un hecho.
Una campaña «asquerosa»
Hoy, la depuración de Cisjordania se juega cada día, mientras los israelíes están centrados en un único asunto: apoyar o no a Netanyahu. Gadi Eisenkot, un ex-jefe del Estado Mayor que pretende, junto con otros partidos, derribar al actual primer ministro, se apresuró a tranquilizar a los israelíes asegurando que nunca habrá un Estado palestino. «Sería una recompensa al terrorismo», «una ilusión», repite en su campaña. En un artículo reciente, Amira Hass, periodista del diario Haaretz, escribió: «La posición de Gadi Eisenkot sobre el Estado palestino, en definitiva, no tiene ninguna importancia. Lo que está en juego hoy es la existencia misma del pueblo palestino». Porque, desde el 7 de octubre, todos los días, y de manera cada vez más activa, los matones pogromistas que pueblan los asentamientos israelíes en Cisjordania devastan las aldeas palestinas con la protección del ejército israelí. Cuentan con el apoyo del gobierno y del Parlamento; leyes y decretos se votan sin cesar, todos en la misma dirección. Para la periodista israelí, sus actos deliberados no dejan lugar a dudas: «la desaparición de los palestinos es la solución de pesadilla que se concreta cada día». Pero ¿quién la escucha? Salvo algunos raros medios -el diario Haaretz, el periódico digital Local Call-, lo que ocurre en Cisjordania no aparece en las portadas -salvo cuando las víctimas son judías-.
La campaña electoral, por su parte, se resume en una pelea de gallos. ¿Ganará Netanyahu? Debería ganar, pero parece estar en una posición delicada. Según una encuesta, 83% de los israelíes, incluso dentro de su propio bando, considera que es el principal responsable del 7 de octubre. El 8 de septiembre, Haaretz publicó una investigación demoledora sobre el hecho de que, diez días antes de esa fecha fatídica, Netanyahu había recibido una llamada del emir de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, en la que le advertía que «una situación explosiva estaba a punto de producirse». El emir esperaba que, pese a su reacción reservada, Netanyahu se tomara el mensaje en serio. Ninguno de los dos imaginaba que el primer ministro escucharía el mensaje sin informar a los altos responsables de defensa. Ni los jefes del ejército ni los de los servicios de seguridad interior y exterior habrían sido puestos al tanto de la advertencia de Bin Zayed.
Corre el rumor de que lanzará una nueva guerra para anular las elecciones y salvarse momentáneamente (está siendo procesado en cuatro causas penales). Es muy poco probable, ya que se interpretaría como una confesión de culpabilidad. Pero si pierde, ¿quién lo reemplazará? Eisenkot ha creado su propia formación, Yashar [Íntegro]. Acusa a Netanyahu no tanto de haber emprendido sus guerras, sino de haber fracasado en ellas. Por cierto, Eisenkot es el creador de la «doctrina Dahiya», una doctrina militar que quien luego sería jefe del Estado Mayor entre 2015 y 2019 formuló en 2006. Sostiene que, para vencer en las «guerras asimétricas» (por ejemplo, Tsahal, el ejército israelí, contra Hamás), la única opción es destruirlo todo, golpear duramente a los civiles para lograr erradicar al enemigo. Ya como ex-militar, fue, al comienzo de la «guerra en Gaza», uno de los tres asesores cercanos de Netanyahu, antes de distanciarse de él.
El otro candidato para desbancar a Netanyahu es Naftali Bennett, un ex-primer ministro que solo gobernó un año, entre 2021 y 2022. Comenzó su carrera como presidente de Yesha, el organismo representativo de los colonos israelíes en los Territorios palestinos… En septiembre de 2010, polemizó con el diputado palestino en la Knéset Ahmad Tibi. Exasperado, Bennett le espetó: «Ustedes todavía se subían a los árboles cuando ya existía un Estado judío». Desde entonces, ha hecho una carrera política y moderado su discurso. Supremacista judío declarado, este nacionalista religioso y ambicioso se ha abierto a una alianza con los laicos. Ha creado un nuevo partido, Yajad [Juntos], que espera acabar con Netanyahu. Nada más…
Lo cierto es que la campaña es lamentable, «la más asquerosa de la historia de Israel», la calificó el periodista Nadav Eyal en el Yedioth Ahronoth, el gran diario popular. Gira en torno a una «bomba fétida de teorías de la traición», apunta. Unos y otros señalan a los «traidores» internos que permitieron que se perpetrara la masacre del 7 de octubre, cuando no se les acusa directamente de haberla organizado. Las imputaciones más vulgares y desmesuradas abundan en debates literalmente infectos. En la derecha, es una carrera por ver quién profiere las propuestas más claramente genocidas. Entre el Likud, los partidos mesiánicos y ciertos partidos religiosos tradicionales, ahora a menudo cuesta distinguir qué los diferencia en cuanto se habla de los palestinos. El centro, la centroizquierda y la derecha hostil a Netanyahu (que se manifiesta en el partido laico pero hipercolonialista Israel Nuestro Hogar), esperan aliarse para poner fin al régimen actual. Entre ellos, muchos se manifestaron antes de la guerra contra la voluntad de Netanyahu de paralizar la Corte Suprema. Temen que, si el régimen actual perdura, el país se hunda en una deriva autoritaria -respecto a los ciudadanos judíos, se entiende-.
Para ello, se van construyendo futuras coaliciones, cuyo único cemento es la oposición a Netanyahu. Este parece estar en apuros. Pero, ¿quién sabe? Un día las encuestas dicen que su aura se desmorona. Al día siguiente, que se recupera. Todas estas maniobras políticas se distinguen por una constante: la casi total ausencia de debate sobre el futuro político y geopolítico. ¿Palestina? ¿Qué Palestina? Salvo el partido de los palestinos israelíes, la Lista Conjunta, que esta vez ha logrado aglutinar sus tendencias (las encuestas le otorgan entre 11 y 14 escaños), ningún otro se preocupa por lo esencial.
En el fondo, dicho de manera general, la sociedad israelí se divide en cinco corrientes desiguales. La primera, ahora la más numerosa, se adhiere a las ideas más terribles: la guerra hasta la erradicación de los palestinos. Y la guerra en todas partes, mientras se gane: en Irán, en el Líbano, en Siria, mañana en Turquía… ¿Cómo? Por todos los medios. La segunda reúne, en una coalición heterogénea a quienes desearían que la idea de deshacerse de los palestinos se llevara a cabo, pero ya no creen demasiado en la «victoria total», con quienes están preocupados por las derivas autoritarias actuales -control de la justicia, de los medios, de la educación, etc.- que afectan cada vez más a sus propios ciudadanos judíos. En cuanto a la cuestión palestina, ya se verá más adelante. Este bloque podría resultar vencedor el 27 de octubre, pero es mucho menos sólido políticamente que las derechas extremas. Juntas, estas dos corrientes son ampliamente dominantes en el electorado.
Existen otras tres corrientes minoritarias. Una de ellas, mencionada más arriba, agrupa a ese electorado que, por cansancio o hastío, abandona el país. Lo hacen a menudo más por inquietud que por rechazo a Israel. «No quiero que mis hijos vivan en un país eternamente en guerra» es una frase habitual en esta corriente. Este grupo suele estar compuesto por personas educadas, incluso muy educadas. Las universidades israelíes han expresado públicamente su temor por un rápido deterioro de las capacidades de investigación del país. Una cuarta corriente es importante. Son 21% de palestinos ciudadanos de Israel, herederos de sus antepasados; ese 15% de la población que no fue expulsada durante la Nakba. Entre los diputados judíos, su presencia en el Parlamento se percibe cada vez más como ilegítima. Finalmente, la última corriente es la de los israelíes que condenan el carácter colonial y despótico de su país, aquellos que hoy utilizan el término «genocidio» para referirse a Gaza. Están marginados, pero son muy activos. Pesimista, Yehuda Shaul, uno de los fundadores de la ONG Breaking the Silence, que recoge los testimonios de soldados sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por el ejército, estima en 15.000 el número total de miembros de las diversas ONG israelíes que, con un coraje admirable y en medio de una hostilidad creciente, intentan proteger las vidas y los derechos de los palestinos. 15.000 representa un tercio del número de votos necesarios para obtener un escaño en la Knéset. Así, si se excluye a los ciudadanos palestinos, los israelíes están mayoritariamente bajo la influencia de una ideología colonial.

