Ensayo

Escuchar, narrar, absorber el horror


Nueva Sociedad 323 / Agosto 2026

El oído no tiene párpados: podemos cerrar los ojos, pero no dejar de escuchar. Quizá por eso la escucha es una de las herramientas básicas del periodismo y, en un país como México, quebrado por la violencia, también una de las más dolorosas. Escuchar puede llevar a acercarse tanto a quienes sufren el horror como a quienes lo perpetran, en busca de los datos y relatos que permitan entender la violencia. Pero esa escucha hiere y a veces obliga a parar para no perder la capacidad de seguir escuchando. ¿Cómo escuchar? ¿Cómo procesar el dolor? ¿Es posible equilibrar la escucha? Y al final de cuentas: ¿qué hacemos con lo que escuchamos?

Escuchar, narrar, absorber el horror

Para Valentina Glockner y Rossana Reguillo, de quienes aprendí
a escuchar y a quienes aprendo a escuchar en otras frecuencias.

En el verano de 2019 acudimos a la reserva de la biosfera El Cielo en Tamaulipas, el estado del noreste de México que en los últimos años había tomado notoriedad nacional por las miles de desapariciones que sucedían en sus carreteras y por las masacres de migrantes cometidas en sus campos. Un equipo de documentalistas –Gabriel Villegas, cineasta; Memo Llaguno, sonidista; Mónica González, fotógrafa y amiga, y yo– acompañamos a Graciela Pérez, que busca a su hija Milinaly, desaparecida cuando volvía de vacaciones con sus primos. 

Graciela nos hizo subir hasta la cima de una pequeña montaña, donde ella y su colectivo habían encontrado crematorios de cuerpos humanos, improvisados en la intemperie, aprovechando el caudal del río como drenaje, con tambos de metal y diesel. Camino a la cima pasamos un campamento abandonado, otro campamento abandonado, vimos cazuelas viejas, botas, ropa, restos de comida procesada, como latas de atún y crema para café. En algún momento me quedé con Memo, que extendía su boom como rama. Le pregunté por qué eligió ser sonidista y no fotógrafo. «Con la imagen tú decides qué encuadrar, qué tan abierto o cerrado es tu plano, qué ver y qué no. Con el audio no, no tienes esa decisión. Tú abres tu micrófono y todo sucede, todo existe». 

Me prestó los audífonos y prendió el boom: pájaros en primer plano, trinando, diversos; algún zumbido de abejas o avispas por ahí, algunas pisadas de personas que aún no se hacían presentes en el plano visual; a lo lejos, en otra lomita, el murmullo de Graciela rezando al monte, pidiéndole que por favor nos devuelva a los desaparecidos, a las personas que fueron asesinadas y calcinadas ahí. Y a la Virgen: Dios te salve, María, llena eres de gracia, líbranos de todo mal; más allá escuché el agua correr, y al fondo, el cotorreo de los policías que se quedaron haciendo un perímetro de seguridad. 

Podemos cerrar los ojos y no ver. Pero no existe un mecanismo fisiológico para cerrar los oídos y dejar de escuchar. «Todo sonido es lo invisible bajo forma de perforador de coberturas. (...) Inmaterial, franquea todas las barreras. El sonido ignora la piel, no sabe lo que es un límite: no es interno ni externo (...) Es el violador», escribió el escritor francés Pascal Quignard en El odio a la música (1996)1.

Mientras todos los demás sentidos tienen momentos de descanso, el oído debe mantenerse alerta para garantizar nuestra supervivencia. Gracias al oído, aventuran los antropólogos físicos, es que la especie humana ha podido mantenerse alerta y viva sobre la Tierra y no ser devorada por animales prehistóricos. Por eso el oído no tiene párpados.

El oído nos posibilita una relación con el mundo, pero también nos ata a él. Como lo intuyó Memo esa mañana de verano bajo El Cielo, no hay marco o filtro o hermetismo ante lo sonoro. Ante el sonido, escribió Quignard, nuestro cuerpo no tiene piel.

Quizá por esa capacidad de informarnos sobre el mundo y vincularnos a él, la escucha es una de las herramientas básicas del oficio periodístico, junto con la observación y la duda. La escucha nos permite acceder a la voz de las personas y a través de ellas a su conocimiento, a sus experiencias, a las reflexiones sobre sus actos o el efecto de los actos de otros en sus vidas. 

La escucha había pasado casi desapercibida en el oficio en México hasta hace un par de décadas, cuando la violencia de Estado y criminal se manifestó de manera brutal y se tradujo en cientos de miles de muertos, torturados, desaparecidos. Antes de esa violencia brutal, eran otras las cualidades celebradas en los rotativos y las redacciones: la verdad, la valentía, el acceso a los laberintos del poder. Antes de esa violencia brutal, los periodistas asumimos la escucha como algo casi automático: alguien habla y alguien oye. Pero nunca es así de simple. Incluso ahora, no es una obviedad decir que oír y escuchar no son lo mismo. El primero es un proceso fisiológico, casi automático de captar sonidos y traducirlos en significados a través del cerebro; el segundo implica la disposición y conciencia de estar ahí, en el lugar desde el cual se enuncia una historia. Escuchar implica un deseo no solo de saber, sino de comprender. Y en una sociedad tan quebrada, tan lastimada, tan desigual, comprender requiere acercar posturas radicalmente opuestas, por ejemplo, querer entender, cuando alguien mata a tu hijo, ¿qué se ha muerto antes en esa persona? O querer entender ¿cómo es la vida del torturador que cada noche acude a la cárcel a torturar a un esposo?

Una noche de agosto de 2010, Daniel Amaya y Mayra Contreras se presentaron en la redacción del periódico donde yo trabajaba. Habían viajado desde la frontera norte de México durante toda la noche y la mitad del día, en un autobús barato, porque necesitaban ser escuchados: decir que no era verdad lo que salía en las noticias, que señalaban a sus familiares como narcos y descuartizadores de policías.

Esa noche era mi guardia y me tocó entrevistarlos. Tomé mi libreta y los encontré en un cubículo pequeño con paredes de cristal, expuestos a la vista de todos. Venían con las mamás de otros acusados, todas urgidas por hablar, se interrumpían con frases desesperadas, atropelladas. Unas hablaban de la tortura que sufrieron los muchachos; otras, de la impotencia por no saberse escuchadas por el gobierno. Recuerdo cuando una de las mamás se enteró en esa entrevista de que los policías habían violado a su hijo con un arma larga. Recuerdo su grito, su cuerpo derrumbarse en seco sobre la silla. Recuerdo su incredulidad ante tal nivel de daño. ¿No fue suficiente detenerlos y golpearlos? Me recuerdo inútil frente a ellas: mis manos eran insuficientes para contener las palabras que llenaban la sala, se me escurrían de entre los dedos, se caían al suelo, se estrellaban. Mis oídos chiquititos, saturados para escuchar el llanto, la humillación, la decepción. 

La entrevista acabó casi tres horas después, me sentí exhausta. Era de noche y tenía que escribir una nota ese mismo día. No era el «trabajo» de escribir. Era cómo acomodar en mi cuerpo todo eso que había escuchado y cómo traducirlo para los lectores. Cómo hacer que la vida de esas personas, pobres, insignificantes, lejanas, anónimas, les importara. Cuando hablamos de violencia y experiencia, escribió el antropólogo colombiano Alejandro Castillejo, además del discurso, hay una dimensión de conocimiento que se transmite a través del remanente de ese discurso, lo que pareciera no relevante. Se pregunta Castillejo: ¿qué hacemos con su palabra en esos momentos límites de la vida?; ¿qué hacemos con sus silencios, sobre todo cuando se nos confían en la intimidad de un encuentro? Transmitir el testimonio de los otros es un compromiso profundo. 

Al paso de los días, Mayra, esposa de Rogelio, uno de los detenidos, pasaba sus noches revisando el Facebook del policía torturador que cada misma noche, a cientos de kilómetros de distancia de ella, acudía a la cárcel con tolete y pistola en mano. ¿Qué tuvo que vivir ese hombre uniformado para dañar a su esposo? ¿Cómo es el rostro del mal? Al paso de los años, los muchachos salieron libres. Le pedí una entrevista a Rogelio; me consideraba lista para escuchar el daño al que él y otros habían sido sometidos y leerlo como síntoma de algo mayor: como una prueba de algo mayor que hacía el Estado para legitimar el abuso de la fuerza. Pero Rogelio no pudo hablar. La tortura había logrado su cometido: anular la voz, la palabra. O yo no supe escuchar.

A veces la escucha implica apenas ayudar a que esa voz nazca. Como dice el filólogo y editor Rafael Mondragón, la escucha nos permite producir un lugar donde existe esa experiencia que pide a gritos ser amplificada. Es decir, la escucha genera las condiciones para que las personas puedan hablar, para que quieran o se ofrezcan a volver a esos lugares del dolor adonde fueron llevadas por la agresión, y para ese gesto se necesita silencio. El silencio no como una ausencia o indiferencia, sino más cercano a lo que dijo la compositora Pauline Oliveros: el silencio como la capacidad de vaciarnos para recibir. Es en ese silencio donde algo potente como una voz puede nacer. Algo importante sucede cuando, en medio de una violencia que busca dejarnos sin palabras ‒fracturar la voz, arrancarla‒, la escucha hace que esa voz nazca. Esa voz, esas palabras, esas metáforas que nos permiten condolernos, hacer colectivo el daño. Hacer que nos importen las vidas de los otros. 

Si bien es cierto que en los últimos años los periodistas reconsideramos la escucha como una de las herramientas más importantes, es preciso problematizarla, tensarla para entender su potencia política. John Gibler, en su libro Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero2, complejiza el acto de escuchar. Gibler reflexiona sobre cómo las preguntas que nos ayudarían a escuchar la experiencia del otro (para colectivizar el dolor, para que sus vidas nos importen) podrían parecerse a las preguntas del torturador (¿a qué se dedicaban?, ¿qué les hicieron?): golpes que no aceptan titubeos, que demandan momentos precisos, recuerdos nítidos, respuestas infalibles. Preguntas que extirpan lo que queda para que después nosotros escribamos una exclusiva o nos jactemos de ofrecer una «escucha terapéutica». Es preciso mantenernos en guardia contra la arrogancia altruista.

Gracias a la escucha de los periodistas conocemos los latidos, ecos y resonancias del presente. Gracias a esa disposición (y podría agregar indignación, templanza, deseo) sabemos que 72 migrantes fueron asesinados en una bodega en medio de sembradíos de sorgo, porque no quisieron sumarse al crimen organizado. Sabemos que un papá bajó a su pequeña hija de la bicicleta y la subió a una combi para que no se mojara, a pocas cuadras de casa, y que en esa combi fue violada y asesinada. Sabemos que los desaparecidos a veces son personas esclavizadas en medio de la montaña, comiendo únicamente, a lo largo del día, durante meses y años, una taza de agua con harina y azúcar para mantenerlos apenas vivos, lo suficiente para explotar su cuerpo en trabajo forzado. Si no hubiera alguien dispuesto a escuchar, incluso lo que rechazamos, no sabríamos que un soldado asume que morirá siendo violento porque fue en el Ejército donde aprendió a ser persona. Si no hubiera alguien dispuesto a escuchar, incluso lo silenciado, no sabríamos que la verdad histórica del gobierno sobre la desaparición de 43 estudiantes, en Ayotzinapa, en 2014, es en realidad la mentira histórica.


Leerlo afecta. Escucharlo afecta. Según estudios de la oficina de la ong internacional Artículo 19 para México, la exposición constante al trauma genera daño en los periodistas, como ansiedad, estrés postraumático, insomnio, miedo, depresión, desesperanza. 

La escucha daña. «Los periodistas mexicanos están heridos de escucha», escribió mi amiga, la antropóloga Rossana Reguillo, en su libro Necromáquina. Cuando morir no es suficiente3. Y agregó: «se agotan mis instrumentos de conocer y no hay escuchas».

¿Cómo no estar heridos de escucha? 


Si Marcela Turati escuchó a una mujer que le reclamó haber llegado tarde a atestiguar el dolor, cuando fueron descubiertas decenas de fosas clandestinas en Tamaulipas: «Periodistas, ¿ya para qué vienen? Si decíamos que en esa carretera desaparecía gente pero nadie nos hacía caso. Parecía que hablábamos desde el fondo del mar». 

Si Alejandra Guillén escuchó a un sobreviviente de un campo de desaparecidos contar, con la voz titubeante y entrecortada, cómo torturaban a los otros hombres que ahí estaban y cómo se sentía culpable por sobrevivir.

Si Paula Mónaco escuchó a los funcionarios que investigan las muertes de mujeres. «La mayoría de la escucha no fue preguntando a los policías y ministerios públicos, sino escuchándolos hacer, percibiendo sus emociones, platicando con ellos, pasar 60, 70 días dentro de la institución, para comprender su trabajo. Sí, la escucha hiere, pero creo que en este caso pude experimentar que la escucha mueve, sacude, me hizo salir del mismo cuarto lleno de espejos». 

Si yo escuché a Israel, un joven de 18 años que contó cómo pasó de ser ayudante en una carnicería a ser desaparecedor de cuerpos, cuando un líder narco vio potencial en su habilidad para realizar el desposte de vacas. Narra con detalle, pero sus palabras no me inquietan ni me conmueven, siento que no me afectan. Días después seguiré dándole vueltas a por qué sus palabras no tuvieron efecto en mí. «Fueron palabras sin alma», me digo en algún momento. A la fecha sigo pensando si eso fue consecuencia de bloquear la escucha o si a veces la palabra está vacía, no tiene capacidad de tocarnos. 

O a Ulises, cuando investigamos con Pablo Ferri para el libro La tropa4, y nos habló de un entrenamiento militar que consistía en ir a la selva durante dos semanas, convivir con una perra embarazada, asesinarla y comérsela cruda. El cuerpo siente las náuseas pero debe aguantarlas para cerrar el juicio, abrir el oído y sostener la conversación. Preguntar con asco, pero con curiosidad. ¿Y cuánto tiempo tardaron en matarla? ¿Y cómo lo hicieron si no tenían cuchillo? ¿Y qué hizo la perra, ladró, aulló, gruñó, se defendió? ¿Y qué hicieron ustedes, vomitaron, lloraron, se rieron? ¿Recuerda el sonido de las moscas sobre la sangre seca? ¿Qué siente ahora cuando escucha a un perro aullar? Preguntar para entender que ese entrenamiento no era tanto de sobrevivencia, sino de deshumanización. 

O a Chaplin, el policía. En un café céntrico, rodeado de jardines y jacarandás en flor, un ex-policía federal me cuenta sobre su trabajo en un estado del sur del país. Me cuenta de los muchachos secuestradores que detuvo, que asesinó y que sepultó en una fosa clandestina. Me cuenta de su desconfianza con el sistema de justicia y yo pienso cómo eso justifica ante sí mismo el crimen que cometió. Me habla de esa frase de Nietzsche, me muestra la imagen guardada en su teléfono: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti». 

O a Rodrigo, el perito, que para interpretar lo ocurrido en un campo de exterminio tenía que meterse en la cabeza de los malos y hacer el ejercicio de pensar como ellos. Pero que ese trabajo era mil veces preferible a meterse en la cabeza de las víctimas, porque ese dolor es insoportable. «Es más fácil ponerte en el lugar del mal que en el del dolor», me dijo. Quizá porque tenemos miedo. Miedo de estar en ese lugar de vulnerabilidad total, de sufrimiento, de horror.

La escucha es también una decisión política. Decidimos escuchar a quienes han perpetrado un daño, con curiosidad y crítica, no con la intención de hacer apología del horror, sino de obtener de ahí datos, relatos, experiencias que nos permitan entender las estructuras y causas de la violencia. Y escuchamos a quienes sufren esa violencia para entender los efectos del daño y trasladarlo y posibilitar que todos lo conozcamos y queramos comprometernos con que eso no vuelva a sucederle nunca más a nadie. «Narrar el horror y dotar al sinsentido de un mínimo de inteligibilidad» ha sido la tarea y el desafío de cronistas y periodistas en México, escribió Rossana Reguillo.

¿Cómo no estar heridos de escucha? Si conocí a Lourdes, que trabajaba en un puesto de comida en el sur de la Ciudad de México. La busqué porque ella había criado a su primera hija en condición de calle y yo escribía sobre las distintas condiciones en que las mujeres cuidan. En lo que parecía ser una entrevista normal, sobre precariedad de la vida, su llanto y su voz me fueron llevando a un laberinto oscuro, confuso, donde cada palabra daba una vuelta abrupta en la historia para terminar contando cómo ella misma, víctima de trata, había sido obligada por sus captores a enterrar el cuerpo de una compañera.

Si escuché a Araceli Rodríguez, que a su vez escuchó a un hombre contarle cómo torturó, asesinó y luego, en un páramo desolado, desapareció con sus compañeros el cuerpo de su hijo. «Un día fui a buscar un pedacito suyo, no encontré nada, ni un pedacito de sus huesos. Ahora es un campo de aguacates, me traje unos para saber que al menos mi hijo allí está alimentando la vida. A veces quisiera comerme un pedacito de ese fruto». Escuchar a una mujer escuchar que el cuerpo de su hijo, amado, cuidado cada día, fue torturado y lastimado.

O a José, el poeta, contar en una entrevista que fue secuestrado en las montañas del sur de México, sus días en el cerro, amarrado, embozado, obligado a cavar su propia fosa. Hablamos de las noches y los días, de los pájaros que lo despertaban cada día y de su intento de distinguir cada trinar para mantener la cordura; de los disparos y gritos que escuchaba a la distancia. En algún momento de la entrevista hablamos sobre los narcos que lo secuestraron, jóvenes casi todos, algunos de cara conocida. Casi al final, él reflexiona sobre víctimas y victimarios: «Todos pertenecemos a la misma especie».

Como dice Svetlana Alexiévich, la periodista ganadora del Nobel que reivindicó con su trabajo el valor del testimonio: escuchar implica despegarnos por un momento del mundo del yo y entender al otro desde su propia perspectiva.

Así como el soldado aprendió a ser persona en los cuarteles, yo lo aprendí, lo aprendo en el periodismo. Un día que estuve de viaje de trabajo, lejos de casa, me di cuenta de que tengo disposición para escuchar el dolor de afuera, el silencio de sus muertos, el eco de sus fosas, pero no para escuchar a mis hijas, el dolor de Emilia que en ese entonces sufría una enfermedad en la piel y a quien el ardor la hacía llorar todo el tiempo. La bruja con la que iba a hacerme limpias me dijo que tenía mi chakra del corazón muy cerrado, como una forma de protegerme del dolor de las historias que escucho, pero tan cerrado que me impedía escuchar a Emilia, que vivía en su cuerpo herido. Me propuso una limpia para dejar ir el miedo y la tristeza que me provocaba la escucha en el oficio. 

Un año más tarde soñé que herían a un policía con un balazo en la cara, que le reventaba el cráneo y el policía empezaba a morir y su cuerpo ya no se movía ni se quejaba, pero su cerebro seguía vivo, palpitando entre los fragmentos del cráneo, su cerebro activo hablaba y balbuceaba cosas, y yo tenía su cuerpo enfrente y no lo quería escuchar, no quería escuchar esas palabras de muerto y me tapaba los oídos, y él me hablaba y balbuceaba y yo me tapaba los oídos porque no quería escuchar esas palabras de muerto.

Estar herida de escucha es como vivir en carne viva y todo arde, todo duele. (Ante el sonido, escribió Quignard, nuestro cuerpo no tiene piel). Hay miedo y se pierde la posibilidad de creer, de la promesa. Duelen el viento y la luz. Duelen las risas y caricias de las niñas, mis hijas, se sienten injustas e inmerecidas. 

Recuerdo un 10 de mayo, cuando miles de mamás de desaparecidos caminaron por las calles de la Ciudad de México, como lo hacen cada año para politizar su dolor, el día en que un país entero festeja la maternidad divina, inmaculada, sacrificada. Ese día caminé en la marcha con libreta en mano, me acerqué a una mamá, anoté su nombre, el de su hijo, lugar, fecha de desaparición. Fui con otra y otra y otra y otra y mientras anotaba pensé en los pendientes domésticos, en el calor, en cualquier cosa, me distraje fácilmente. En algún momento me di cuenta de que no escuchaba con atención, de que parecía más una máquina grabadora que una periodista. Pensé que estaba saturada, que ya no me indignaba, ya no sentía dolor, ya no tenía sorpresa. Guardé la libreta y me replegué a una esquina, mirando la marcha desde lejos. Entendí que debía parar para recalibrar la escucha. 

Aprendí a escuchar siendo escuchada. Poniendo atención en el efecto que mis palabras tenían en los otros. Sintiendo la incomodidad de las frases que me interpelaban, expandiéndome hacia el lugar sorpresivo y desconocido que abría una nueva pregunta. Desconociéndome en la imagen que mi interlocutor construía de mí. Descubriéndome en otros intersticios de esa misma imagen. Despertando agotada durante varios días después de atender una entrevista que implicaba hablar del dolor. 

¿Qué significa parar para recalibrar la escucha? Parar no es del todo posible, nuestros oídos no tienen párpados. Pero quizá dejar de escuchar a soldados y acercarme a madres que cuentan cómo cuidan y han sido cuidadas y entender que entre esos relatos se filtran también otras formas de violencia, menos grotescas, pero cotidianas, que determinan la base en la que se sostiene un país; o acercar el oído a otras presencias, como las mujeres que fueron esclavizadas durante la Colonia hace 300 años en el mismo territorio donde hoy se encuentran fosas clandestinas y que intentan hablarnos desde las actas notariadas almacenadas en un archivo; o escuchar otra memoria del dolor, como las recetas favoritas de las personas desaparecidas. 

Es verdad que la escucha daña. Pero, como dice Roland Barthes, escuchar es reconocer el deseo del otro y ese deseo nos alumbra una manera distinta de pensar. Ese gesto, aparentemente minúsculo, nos regala a las personas involucradas la promesa de un lugar –temporal, pero continuo– donde vivir.

Nota de la autora: los trabajos periodísticos que nombro aquí fueron realizados por Lydiette Carrión, que investiga sobre feminicidios; Marcela Turati y Thelma Gómez, que investigaron y conversaron con sobrevivientes de campos de trabajo forzado; John Gibler, que evidenció la mentira histórica del caso Ayotzinapa, y Emiliano Ruiz, que escuchó a un poeta sobreviviente de desaparición.

  • 1.

    Pascal Quignard: El odio a la música. Diez pequeños tratados, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1998, p. 60.

  • 2.

    Ciudad de México, Tusquets, 2014.

  • 3.

    Barcelona, NED Ediciones, 2021.

  • 4.

    Ciudad de México, Aguilar, 2019.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista
ISSN: 0251-3552
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