La "Doctrina Reagan" en los conflictos del Tercer Mundo. Opticas europeas
Nueva Sociedad 89 / Mayo - Junio 1987
La nueva doctrina de intervención en el Tercer Mundo de la administración Reagan encierra una paradoja: propugna el unilateralismo de Estados Unidos, su no dependencia tanto de los aliados como de los organismos internacionales para actuar, pero, al mismo tiempo, necesita a esos aliados para poder librar las "guerras totales" en los niveles de la diplomacia, el comercio, la información y, también, la infraestructura militar. En el siguiente ensayo se dan algunos ejemplos de cómo reaccionan contradictoriamente - los países de Europa occidental ante los requerimientos belicistas de la "Doctrina Reagan". Al mismo tiempo que se analizan determinados aspectos internos de las sociedades europeas que sirven de apoyo indirecto al intervencionismo - el rechazo al Tercer Mundo, el racismo -, se ilustra la actitud de algunos gobiernos en casos concretos como han sido el ataque de Estados Unidos a Libia, en abril de 1986, y el acoso, también, de ese país, a Nicaragua.
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A principios de 1986, mientras se debatía en el Congreso de Estados Unidos la ayuda a la contra, un grupo de periodistas, políticos, escritores, y artistas europeos publicó un anuncio pagado en Le Monde y el New York Times pidiendo que esa ayuda militar fuese aprobada. Hace veinte años hubiera sido difícil conseguir firmas y apoyos que no fueran las de la derecha tradicional para desestabilizar a un régimen revolucionario del Tercer Mundo. Pero, desde los años sesenta, muchas cosas han cambiado en Europa occidental, hasta el límite que la administración Reagan encuentra ahí fuerzas políticas y sociales que apoyan activamente su política exterior de agresivo intervencionismo.
La mayor parte de los numerosos análisis que han surgido en los últimos años sobre la nueva doctrina de intervención de Estados Unidos –denominada de Guerras o Conflictos de Baja Intensidad (CBI)–, se orientan, fundamentalmente, a la forma en que el gobierno de este último país la impulsa al amparo de la llamada “Doctrina Reagan”, las herramientas militares que pone en marcha para ello (por ejemplo, reestructurando las fuerzas armadas para contar con unidades ligeras), y la resistencia a esa doctrina, tanto en el Tercer Mundo como dentro de Estados Unidos (1). Es, sin embargo, importante considerar otro factor: la relación de Estados Unidos con sus aliados europeos (sin olvidar que Canadá forma parte, también, de la Alianza Atlántica, y el progresivo alineamiento que está practicando Japón con la política exterior reaganiana); más específicamente con los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
En un mundo cada vez más interrelacionado, resulta evidente que los pasos que dé la política exterior de Estados Unidos en el futuro tendrán una necesaria repercusión en sus vínculos con Europa occidental. Mucho más, cuando se aprecia que los influyentes neoconservadores estadounidenses presionan para que el gobierno de su país practique el “aislacionismo” combinado con un nítido liderazgo en la Alianza (2). Irving Kristol, uno de los más destacados intelectuales neoconservadores, considera que los países miembros de la OTAN deben “coordinarse” para que siempre prevalezca el espíritu de solidaridad por sobre los desacuerdos. Pero esa coordinación está regida, según este autor, por Estados Unidos. Para Kristol, fiel exponente de las tendencias vigentes en buena parte de la administración, desde que fue creada la OTAN, en 1949, se asumió que, siendo Estados Unidos “el miembro más poderoso y grande, y dado que tenía un extraordinario compromiso –arriesgar su existencia nacional para defender la integridad territorial de otras naciones–, los países de Europa occidental deberían, naturalmente, ser comprensivos con la política estadounidense en áreas fuera de la OTAN” (3).
Considera Kristol, así mismo, que los aliados europeos están demasiado influidos por ideas socialistas, mientras que Estados Unidos ha sido más refractario a ellas. Y aquí encuentra la raíz de todas las divergencias: como las ideas socialistas tienen una doble cara –beligerantes hacia adentro y pacifistas hacia afuera–, la política exterior europea ha sido, a la vez, defensiva y parroquial. Más aún, su pasado colonial ha conducido a que los europeos se sientan culpables. Por el contrario, en Estados Unidos se conservan los ideales individuales: ahí, “el pueblo todavía cree que su propio futuro –y su sistema político, social, y económico; su estilo de vida–, es una alternativa viable e intrínsecamente deseable para todas las otras naciones” (4).
En la cuestión intervencionista que se deriva de este mesianismo –que según Johan Galtung tiene una base nítidamente religiosa– (5), y en particular sobre la crisis centroamericana, Kristol se muestra amenazante: “Estados Unidos no va a mantener su compromiso de defender a Europa occidental, con riesgo de aniquilación nuclear, si ésta última no se compromete, igualmente, a la defensa de los intereses estadounidenses”. Lamenta, a partir de ahí, la ayuda económica que algunas naciones de la Alianza prestan a Nicaragua, y sostiene que si su gobierno decidiera realizar una intervención militar, Europa debería callar y asentir. El consenso para esta arrogancia lo encuentra en que “la opinión popular en Estados Unidos está entrando en un período de desilusión con los aliados, y de impaciencia respecto a las restricciones que tales aliados ejercen sobre nosotros” (6).
Soberanía limitada
Algunos analistas políticos consideran que, en efecto, Europa occidental puede desempeñar un papel de moderación a la política exterior de Estados Unidos. Esta es, en general, la acción que determinados sectores de la socialdemocracia, los partidos comunistas, y movimientos sociales de Europa occidental le exigen a sus gobiernos. También, lo que determinadas naciones asediadas por Washington reclaman, por ejemplo, Nicaragua. Complementario de esta posición, es el análisis que indica que Estados Unidos está quedando aislado y cada vez con mayores contradicciones con sus aliados por culpa de su política hacia Nicaragua. “Los aliados de Estados Unidos –dice un estudio del Institute for Policy Studies, de Washington– condenan las actividades militares dirigidas contra Nicaragua y temen el impacto que pueda tener sobre la OTAN una invasión estadounidense directa a ese país” (7).
Las perspectivas de que Europa occidental pueda jugar ese papel de contención en el Tercer Mundo son, sin embargo, todavía limitadas. Es preciso contar con una fuerza económica, política, y diplomática en el área, o las áreas, en crisis que las naciones europeas no tienen. Más concretamente, ni la Internacional Socialista, y menos aún los debilitados partidos comunistas ni los muy jóvenes partidos Verdes y movimientos sociales, cuentan con una infraestructura para actuar, por ejemplo, en América Latina. Así, en general, las expectativas superan la realidad (8). Sin embargo, hay ejemplos e iniciativas que permiten no ser totalmente pesimistas. El caso sueco, con su política de ayuda al Tercer Mundo y neutralidad con los bloques, se ha mantenido a lo largo de muchos años. El comercio entre Europa occidental y América Latina ha decrecido –si seguimos con el mismo caso– pero no así entre Nicaragua, principal objetivo de la guerra de intervención de Estados Unidos, y las naciones europeas occidentales. En 1984, éstas últimas absorbían el 26.3 por ciento del comercio nicaragüense, casi 9 puntos más que en 1980 (17.6) (9). Otro factor importante es que, tanto el Frente Sandinista como otros grupos revolucionarios de América, han aprendido la lección de Cuba. O sea, que intentan no ser víctimas del juego bipolar –pasar de la dependencia de Estados Unidos a un compromiso dependiente con URSS–, y tratan de diversificar su comercio exterior, sus importaciones tecnológicas, y hasta sus valores culturales.
Pero, además de contar con medios para trabajar en las regiones en crisis, Europa occidental se enfrenta a otra grave cuestión para llevar a cabo esa misión de contención, esto es, la de su propia dependencia del poder estadounidense. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa del Oeste pasó a ser un subsistema dentro de la reestructuración de las relaciones internacionales que entonces se produjo bajo el liderazgo de Estados Unidos, en el mundo llamado [...] periferia. Al cabo de cuarenta años, esa relación se ha transformado, pero no hasta el punto que la dependencia se haya quebrantado. La definición de Mary Kaldor, al recapitular la historia de la Alianza Atlántica sigue, por lo tanto, vigente: “el atlantismo no era estrictamente una filosofía internacional, tenía que ver con el compromiso de las naciones europeas occidentales, con las economías de libre empresa, y con las luchas políticas internas de los años cuarenta contra los partidos socialistas y comunistas” (10). Con la legitimación de una economía de mercado, y el liderazgo de Estados Unidos, también se aceptó que este país pasaba a desempeñar el papel de relevo en el antiguo mundo colonial europeo.
Las contradicciones entre los aliados a los dos lados del océano constituyen hoy una larga lista que va desde el comercio (tanto de bienes civiles como militares), hasta la diferente percepción que se tiene de las naciones del Este europeo y URSS, pasando por el creciente unilateralismo de la política exterior estadounidense y la mayor presencia de Europa occidental en áreas del Tercer Mundo, como Francia en el norte de Africa y Chad, y la Comunidad Económica Europea en América Central. Ante estos problemas, Europa occidental sigue guardando unas buenas maneras, generalmente no correspondidas por Estados Unidos, que un día impone sanciones económicas a la Comunidad por el ingreso de España y Portugal en la misma, y otro presiona a los aliados en la lucha contra el terrorismo, mientras vende armamento a Irán y transfiere las ganancias a la contra (11). Esto se debe a la “soberanía limitada” –concepto muy de moda actualmente en Europa– de las naciones europeas. Y, precisamente, porque las próximas dos décadas deberán ser clave para el futuro europeo, en el sentido que alcanzarán cotas mayores de soberanía o se someterá más a los imperativos estadounidenses, es que los signos contrarios que se presentan ante la Doctrina Reagan son importantes de analizar.
La amenaza totalitaria
Existen síntomas de un apoyo y consenso a la política exterior de Estados Unidos, hasta el punto de configurar un “frente europeo neoconservador”. Entre ellos, hay que citar el giro radical de muchos ex-intelectuales y figuras de la izquierda hacia posiciones conservadoras cuando no abiertamente reaccionarias. También, el creciente racismo, vinculado a un fuerte “antitercermundismo”; la aceptación progresiva de las acciones de la OTAN fuera del área marcada por el Tratado de Washington; y el consenso con el discurso antiterrorista de la administración Reagan.
La derecha europea, en general, y muchos políticos e intelectuales considerados hasta muy recientemente en las filas de la izquierda –André Glucksmann, Edgar Morin, Fernando Claudín, Jorge Semprún, entre otros, y muy particularmente Agnes Heller, exiliada húngara y discípula de Lukacs–, han aceptado con entusiasmo la teoría del totalitarismo. Como categoría de análisis, ésta nació después de la Segunda Guerra Mundial al identificarse al stalinismo con el nazismo, pero el concepto había sido acuñado varias décadas antes. Se define como totalitario a un régimen que se hace fuerte a través del sistema de partido único, una ideología globalizadora que se impone por el terror y el control de los medios de comunicación, y la presencia de un líder. Algunos de los estudiosos que dedicaron sus esfuerzos a estudiar y conceptualizar este fenómeno fueron C.J. Friedrich, Hannah Arendt, y Raymond Aron. Más recientemente, la ex-embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, y el investigador francés Edgar Morin se han ocupado de él (12).
En lo fundamental, los partidarios en los años ochenta de la teoría del totalitarismo consideran que hay que hacer una división tajante entre las dictaduras o autocracias “tradicionales” o “autoritarias”, y aquellas “totalitarias o comunistas”. Las primeras respetan los valores tradicionales, especialmente el de la propiedad privada, y pueden evolucionar hacia la democracia parlamentaria. Los ejemplos citados son España, Portugal, Argentina, Uruguay y Grecia, entre otros. Las segundas no tienen posibilidad de cambio desde dentro. “Desde 1977 –escribe el neoconservador Charles Krauthammer–, ningún régimen totalitario ha revertido hacia la democracia excepto a punta de bayoneta. Por el otro lado, los regímenes autoritarios han caído como moscas” (13).
Para los partidarios del totalitarismo no existe la historia ni los datos. La URSS de Mijail Gorbachov sigue siendo la misma que la de Stalin, la revolución cubana es inmóvil, no ha habido cambios en Vietnam desde que el vietcong entró en Saigón, los soviéticos han invadido ayer mismo Afganistán y no han hecho ninguna propuesta para retirarse, y la China de los últimos años es igual a la que inaugurara Mao Zedong, o la de los años de la “revolución cultural”. Por otra parte, los miles de desaparecidos en Centroamérica y el Cono Sur, las brutalidades del régimen del apartheid, el costo social que tienen los proyectos económicos ultraliberales que imponen las “autocracias tradicionales”, la censura, la utopía neofascista de Pinochet, son calificadas como moderadas. Las cifras de los anuarios de Amnistía Internacional no son tenidas en cuenta.
Mario Stoppino recuerda, en el “Diccionario de Política”, que “algunos autores consideran que totalitarismo es un epíteto emotivo de la lucha ideológica y política más que un concepto descriptivo de la ciencia, que ha tenido esencialmente la función de justificar la política estadounidense durante la guerra fría y que conviene, por lo tanto, expulsarlo del análisis político” (14). Según Stoppino, el concepto puede servir para las experiencias concretas del fascismo europeo del siglo XX y el stalinismo –subrayando las diferencias entre ambos–, pero poco más.
Para justificar el intervencionismo, la teoría del totalitarismo realiza un breve y sesgado viaje por la historia reciente. Dado que en los años setenta URSS alcanzó la paridad nuclear con Estados Unidos –o sea que siguió estando en posición de inferioridad cuantitativa y cualitativa, pero con una capacidad de respuesta nuclear que rompía el monopolio del que Estados Unidos había gozado al principio de la guerra fría– y, dado también que en esa década hubo una serie de revoluciones en el Tercer Mundo, los conservadores y neoconservadores estadounidenses elaboraron una respuesta que fue a materializarse en la Doctrina Reagan. “Desde 1974 hasta 1980, explica Fred Halliday, hubo una tercera ola (de revoluciones) que cubrieron no menos de catorce países, a lo largo de todo el espectro geográfico del trópico sur: Vietnam, Camboya y Laos, en Indochina; Afganistán e Irán, en Asia Central; Etiopía en el nordeste de Africa y Zimbabwe en el sur; las cinco colonias portuguesas –Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Santo Tomé, y Cabo Verde–; y Granada y Nicaragua, en el hemisferio occidental” (15).
La teoría intervencionista dice que, precisamente porque URSS estaba impedida de atacar en el frente europeo central –debido a la disuasión occidental nuclear–, lanzó una ofensiva en el Tercer Mundo –la lista que enuncia Halliday– amparada en su paraguas nuclear. “El hecho irónico es, explicaba George Shultz en una Conferencia sobre Guerra de Baja Intensidad en la National Defense University, que estos nuevos y difusos desafíos (Angola, Vietnam, Etiopía, Nicaragua, etc.) han proliferado, en parte, debido a nuestro éxito en disuadir las guerras nucleares y convencionales. Nuestros adversarios no pueden prevalecer contra nosotros en ninguno de esos tipos de guerra. Por lo tanto, han hecho la cosa más lógica: han cambiado hacia otros métodos. La guerra de baja intensidad es su respuesta a nuestra fuerza nuclear y convencional –una maniobra por los flancos, dicho en términos militares” (16).
Esta maniobra se realiza a través de “gobiernos títeres” de URSS o “movimientos de liberación nacional” que, siguiendo el razonamiento, no respetan ninguna ley, y a los cuales hay que enfrentar con sus mismas técnicas y prácticas. “El mundo está hoy en guerra, explicó el secretario de Defensa de Estados Unidos, Caspar Weinberger, en otra Conferencia sobre CBI. No es una guerra global, si bien se desarrolla alrededor del globo. No es una guerra que movilice ejércitos, pero no por ello es menos destructiva. No es una guerra que se rija por las leyes de la guerra, más aún, la ley en sí misma, como un instrumento de la civilización, es un blanco de esta peculiar variedad de agresión” (17).
Olvidar el tercermundismo
La doctrina del totalitarismo obliga a elegir entre la democracia y ese tipo de régimen represivo sin salida posible. En Francia, uno de los más activos difusores de esta ideología ha sido el comentarista político Jean-François Revel (18). El Tercer Mundo, según sus textos y los de otros publicistas, es el sitio de donde proviene ahora el mayor peligro. Zona mitificada del planeta en los años sesenta y setenta, ahora debe ser controlada y vigilada. El cambio de perspectiva sobre la periferia del sistema mundial se debe a varios factores. Una razón ajena al Tercer Mundo es que los límites que imponía el modelo de Estado gaullista –en el caso francés– y franquista –en España– a los sectores medios, especialmente profesionales, para su incorporación a la gestión del poder en alguno de sus múltiples niveles, los conducía a buscar opciones de liderazgo fuera de sus fronteras (19). También contribuyeron fracasos revolucionarios como en Camboya e Irán, o el dramático caso de los boat-people del Sudeste Asiático.
En Francia, la nueva derecha organizó asociaciones como Médicos sin Fronteras (MSF) que ha sido muy dinámica en los últimos años en un activo comunismo y antitercermundismo, amparado en un supuesto apoliticismo. En 1985, MSF organizó, por ejemplo, un coloquio en París en el que participaron mayoritariamente representantes de la política reaganiana e intelectuales franceses que tanto celebraron “la muerte del marxismo”, como atacaron a los “tercermundistas” consumados, el agrónomo/ecologista René Dumont, y la experta en cuestiones de alimentación Susan George. La periodista Diane Johnstone escribió que en el coloquio se llegó “a la sorprendente afirmación de que el estado catastrófico del Tercer Mundo es culpa de la misma gente que ha estado prediciendo la catástrofe con la esperanza de evitarla” (20).
Por su parte, Claude Julien, director de Le Monde Diplomatique, publicación que lleva una lucha casi solitaria contra la Nueva Derecha y las corrientes antitercermundistas, considera que, primero, se traza una caricatura de los defensores del Tercer Mundo para, a continuación, condenarlos. “Los promotores de Libertad sin Fronteras (Fundación de MSF) y sus expertos sostienen que los tercermundistas serían una especie de abogados de que se hagan transferencias masivas de capital hacia el Tercer Mundo; una especie de Plan Marshall para el Tercer Mundo. Pero hay que tener los pies sobre la tierra: las transferencias de créditos hacia el Tercer Mundo han sido iniciativa de la banca privada y comercial y no de unos supuestos militantes destacados del tercermundismo” (21).
La ofensiva contra el Tercer Mundo va unida al ataque contra las Naciones Unidas y los organismos internacionales en los que los países poderosos del Norte consideran que se ven limitados en sus acciones militares y económicas. “El argumento utilizado, dice Julien, es que este sistema (la base multilateral) da una mayoría automática al Tercer Mundo. La crítica así formulada está destinada a preservar un sistema de relaciones bilaterales en el cual es evidente que los países más ricos pesan más que sus interlocutores” (22). Y, lógicamente, el frente se extiende hasta las llamadas e iniciativas para una reordenación del sistema económico mundial. Los dos informes de las Comisiones Internacionales –presididas por Willy Brandt y Michael Manley, respectivamente (23)– han sido objeto de constantes ataques.
El círculo se va cerrando con el racismo. En Francia, Dinamarca, España, Suiza, y la República Federal de Alemania, ha crecido la ola que clama por el antiigualitarismo. Los altos índices de desempleo han generado leyes restrictivas para la inmigración laboral y de refugiados. Los ataques indiscriminados contra objetivos civiles por parte de grupos del Cercano Oriente sirven para agitar el fantasma del terrorismo árabe. “Los gobiernos de derecha –explica la revista South– le han dado amplios poderes a sus policías, y los inmigrantes son el principal blanco, como lo demuestra la experiencia francesa. Los grupos ultraderechistas se ensañan contra el diferente” (24). El racismo cerril de la ultraderecha no es el predominante –aunque en Francia ha logrado llegar al Parlamento con el Frente Nacional, de Jacques Le Pen–, sino que va incluido en la lucha por la hegemonía cultural, practicando un “gramscismo de derechas”, como explicó GRECE (Groupement de Recherche et d’Etudes pour la Civilisation Européenne), creada en 1969 y que ha alimentado intelectualmente un “realismo biológico” y parte de la Nueva Derecha. El pensamiento conservador europeo está adoptando un discurso que incluye la diferenciación. “La Nueva Derecha –explica la profesora de sociología Ruth Levitas, de la Universidad de Bristol–, puede no ser, en sí misma, una evidencia de la gran movilización que está detrás de las ideas racistas, pero puede, sin embargo, contribuir a una situación en la cual una movilización de ese tipo sea posible” (25). Y Gill Seidell, de la Universidad de Bradford, al analizar el discurso de la derecha británica y la intervención en la cultura, concluye: “para la Nueva Derecha, la nación está constituida por la homogeneidad de la cultura, y el problema de la raza yace en el hecho de la diferencia cultural. Las culturas extranjeras (no inferiores, simplemente diferentes) necesariamente minan la cohesión social; esto deriva de la naturaleza humana. Tales culturas deben, por lo tanto, ser eliminadas, sea por asimilación o expulsándolas” (26).
Con la derecha francesa ocurre un fenómeno similar al del conservadurismo estadounidense: los grupos políticos y publicistas que hace una década eran considerados extremistas estrafalarios han logrado instalarse en la Casa Blanca o tienen un lugar bajo el cielo parlamentario, y son habituales comentaristas en los principales medios de comunicación social. Ambos conservadurismos se apoyan y entrelazan. Y, en algunos casos, colaboran para asestar “golpes quirúrgicos” sobre un enemigo.
Con la ayuda de los amigos atlantistas
En la mañana del 15 de abril de 1986, los ciudadanos británicos se despertaron con la inquietante noticia de que su país estaba implicado en el ataque que a las 2 de la madrugada había realizado Estados Unidos contra Libia. Varias bases que esta última nación posee en el Reino Unido fueron utilizadas de diferentes formas para que los cazabombarderos F-111 volaran hasta Trípoli y Bengazi, mataran a 39 personas –incluyendo a una hija adoptiva del coronel Gaddafi–, hirieran a otras 90, y destruyeran numerosos objetivos civiles, entre ellos las sedes diplomáticas de Francia, Austria y Finlandia. El gobierno británico, avisado con antelación por el embajador de Estados Unidos en la ONU, el general Vernon Walters, aprobó y mantuvo en secreto ante el resto de la Comunidad Europea la intención estadounidense de llevar a cabo la Operación el Dorado Canyon.
En España, la noticia del ataque también generó inquietudes, ya que algunas de las bases que Estados Unidos gestiona en ese país fueron puestas en máxima alerta. El coronel Gaddafi había advertido que ante una agresión a Libia, se respondería atacando las instalaciones de Estados Unidos en el Mar Mediterráneo. Testimonio de que el coronel podría llegar a cumplir lo comprobaron los pacíficos 4.500 habitantes de la isla italiana de Lampedusa, que fue atacada por Libia el 15 de abril. Por otra parte, los vecinos de la base española de Zaragoza vieron en los días anteriores a la operación bélica que varios aviones cisterna estadounidenses KC-135 salían con destino desconocido. Poco después se sabría que acompañaron en su recorrido nocturno hacia Libia a los F-111, rodeando la Península Ibérica, para suministrarles combustible en vuelo. Mientras esto ocurría, oficiales españoles y de Estados Unidos seguían la trayectoria de los bombarderos en las pantallas de los radares en las instalaciones de Estados Unidos en España (27).
El gobierno francés y el español no permitieron que los aviones F-111 cruzaran su espacio aéreo. De todos modos, un F-111 aterrizó en una base española debido a una avería. La declaración oficial francesa fue ambigua y, en cierta forma, le adjudicó la responsabilidad del ataque a las víctimas: “Francia lamenta que la escalada intolerable del terrorismo haya conducido a una acción de represalia que relanza por sí misma la espiral de la violencia” (28). El gobierno español condenó el ataque, al igual que el italiano, pero ambos estuvieron de acuerdo en que Libia promocionaba el terrorismo. Las actitudes ambivalentes de estas naciones –Francia, Italia y España– son reflejo de una de las posturas que Europa occidental adopta frente a la Doctrina Reagan: apoyo limitado pero esencial en lo que respecta a la legitimación política, y condena más o menos explícita de los métodos.
Ante las presiones que durante meses realizó la administración Reagan para que la Comunidad Europea adoptara sanciones contra Libia, el 14 de abril –y ante la inminencia de una acción armada que ya había tenido su preludio el 24 y 25 de marzo con las maniobras y ataques de la VI Flota estadounidense a cañoneras libias–, los doce miembros de la Comunidad Europea (CE) aprobaron una serie de sanciones más bien formales, con la excepción de no seguir exportando armas a Trípoli. Una tarea económica, por otra parte, a la que se habían aplicado con entusiasmo España, Italia, Gran Bretaña y Francia (29). El razonamiento que prevaleció fue aceptar los argumentos de Estados Unidos en el sentido de que Libia auspiciaba el terrorismo internacional y, así, tratar de contener a Washington con las sanciones económicas. Geoffrey Howe, ministro de Asuntos Exteriores británico, con un gran cinismo (ya que en esa fecha conocía la intención de Estados Unidos de atacar), declaró que “en Londres no sorprendería una acción militar de Estados Unidos en el caso que los europeos no hiciéramos nada”. Pero al presidente Reagan y sus asesores les interesaba, siguiendo las reglas de las guerras de baja intensidad, luchar en todos los frentes, con el militar, el económico, y el propagandístico o psicológico en primer lugar.
Para llevar adelante la batalla, Washington se sentía seguro de la limitada respuesta europea. Por una parte, estaba la aceptación de la argumentación y la cruzada antiterrorista liderada por Washington. Ocho días después del ataque, el fiscal general de Estados Unidos, Edward Meese –quien meses después aparecería como un defensor de la operación de venta de armas estadounidenses a Irán–, viajó a La Haya para reunirse con varios ministros de Justicia e Interior de la CE, y coordinar las medidas contra Libia, y la cooperación en materia policial y de espionaje (30). En segundo lugar, el secretario general de la OTAN, Lord Carrington, había declarado a una cadena de televisión de Estados Unidos, cuatro días antes del ataque, que ese país contaría “con la comprensión y apoyo” de los europeos si “se decidía a tomar represalias contra Libia” (31). En tercer lugar, casi nadie dudaba en los medios de comunicación que Libia auspiciaba el terrorismo.
La confirmación del apoyo la encontró Estados Unidos cuando una moción de censura, presentada en el Consejo de Seguridad de la ONU para condenar el ataque militar presentado por un grupo de naciones no alineadas, fue rechazada por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia. También, cuando comenzaron las expulsiones de ciudadanos y diplomáticos libios de Europa occidental, a partir del 20 de abril. Igualmente importante fue que la República Federal de Alemania no condenara el ataque, lo que provocó que Jochen Vogel, presidente del grupo parlamentario del Partido Socialdemócrata (SPD), lamentara que “la voz de Europa no tiene, evidentemente, ningún peso para la actual administración norteamericana” (32). En mayo, en la cumbre de los “grandes” países industriales, celebrada en Tokio, Reagan logró que se apoyara su campaña antiterrorista.
Los apoyos oficiales, radicales o ambiguos –generalmente contradictorios–, chocaron con la reacción de la sociedad civil y la oposición. En Gran Bretaña, Italia, Alemania occidental, España, Austria, Grecia y Chipre, hubo grandes manifestaciones y provocó condicionamientos sobre asuntos de política interior. Hay una relación directa entre el ataque a Libia, la actitud favorable del gobierno conservador británico, y el apoyo masivo que recibió la propuesta de una defensa no nuclear planteada en el Congreso del Partido Laborista. Igualmente, la atención que está teniendo el Mar Mediterráneo y las bases de Estados Unidos que existen en sus costas es mucho mayor desde abril. Se produce, por lo tanto, un doble movimiento: de un lado, las sociedades les reclaman, mayoritariamente, a sus gobiernos una mayor oposición a la política exterior estadounidense y, por otro, esos gobiernos, como representantes de élites de poder militar, económico, y político, se ven seriamente comprometidas con Estados Unidos.
La paradoja señalada la sintetiza la periodista Diane Johnstone al decir: “más llamativamente que nunca, Europa occidental no concuerda con la política de Estados Unidos, pero está muy acostumbrada a seguir el liderazgo de ese país para poder elaborar su propia política (...) los líderes europeos han fallado en desarrollar algún método para enfrentar esta situación compleja, en la cual el gobierno libio no es, seguramente, inocente de todo (en particular de atentar contra los oponentes del régimen de Gaddafi en Europa). Lo que se necesita es algún método de separar las acusaciones falsas de las verdaderas. Pero, para Europa, eso significaría desafiar a Estados Unidos” (33). Varios meses después de que la CE había aceptado todas las informaciones de la administración Reagan sobre Libia y el terrorismo, salió a la luz que el Consejo de Seguridad Nacional (NSC), con el teniente coronel Oliver North y el vicealmirante John Poindexter a la cabeza, había organizado una operación de acoso a Libia, y que había realizado una campaña de desinformación orientada a convencer a Gaddafi, pero también a la opinión pública de Estados Unidos y Europa occidental, que el régimen libio estaba a punto de ser derrocado por un grupo opositor interno (34).
Las pruebas sobre la culpabilidad libia, por otra parte, nunca han aparecido. Pocos días después de la agresión a ese país, el ex-canciller Helmut Schmidt escribió que “los organismos alemanes creen que los indicios existentes son sólo insuficientes” (sobre la implicación libia en el atentado contra una discoteca en Berlín, a principios de abril, que mató a un soldado norteamericano, que, según la administración Reagan, está altamente probada) (35). A principios de septiembre, un asesor del canciller alemán Helmut Kohl declaró al International Herald Tribune que Estados Unidos debía mostrar las evidencias sobre esa implicación libia en pasados y futuros ataques, si es que la tenía. Y el ministro del Interior austríaco, Karl Blecha, por su lado, dijo a la prensa que “no hay el más mínimo dato que implique a Libia” (en los atentados de los aeropuertos de Viena y Roma, en enero de 1986), y que Washington había prometido pruebas que nunca llegaron (36). En este contexto, la pregunta que se hizo Richard Cohen, comentarista del Washington Post, al conocer las revelaciones del escándalo “Irangate”, resulta más que coherente: “¿Mintieron también respecto a Libia?”. Y de ser así, los aliados europeos fueron conducidos a una grave encerrona (37).
Mirando fuera del área de la Alianza
Después del ataque de Estados Unidos a Libia, en abril de 1986, el ex-secretario de Estado, Henry Kissinger, escribió un artículo, ampliamente difundido en la prensa internacional, pidiendo una reforma dentro de la OTAN, y sugiriendo que los aliados deberían encontrar una nueva fórmula para las operaciones fuera del área de la Alianza (38). Desde fines de los años setenta, Estados Unidos está intentando y presionando dentro de la OTAN para que ésta acepte acciones armadas fuera de los límites señalados por el Tratado de Washington y que sean ejecutados por alguno de los miembros de la organización. En 1980, por ejemplo, el entonces secretario de Estado, Alexander Haig, señaló que “el globo, en su conjunto, es ahora una preocupación de la OTAN”.
La tendencia a extender la influencia de la Alianza comenzó durante la crisis del petróleo en los años setenta, con la caída del Sha de Irán y la invasión soviética a Afganistán, en 1979. Más recientemente, la idea cobró nueva fuerza y fue legitimada en las reuniones de la OTAN del 13 y 14 de diciembre de 1984, y 6 y 7 de junio de 1985, desde la perspectiva de dar apoyo en infraestructura a un aliado que vea amenazados sus intereses en alguna zona fuera del área del Tratado. William Arkin, director del Programa de Estudios de Armas Nucleares del Institute for Policy Studies, considera que “por una parte, la idea es atractiva por el argumento del peligro soviético; y, por otra, cuadra con la nueva manía antiterrorista y de los conflictos de baja intensidad” (39). Desde Europa occidental comienzan a levantarse voces en favor de estas acciones. Jan Reifenberg, corresponsal diplomático del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribe que los problemas internos de la Alianza Atlántica “resultan evidentes cuando no consigue dar continuidad, con acciones propias, a la proyección del poderío norteamericano en áreas que están fuera de la jurisdicción del Tratado del Atlántico Norte, con lo cual queda demostrado que la OTAN es, en términos generales, incapaz de desarrollar su estrategia defensiva en un ámbito global” (40).
Esta incapacidad puede ser interpretada de dos formas, sea porque deja en manos de Estados Unidos la posibilidad de intervención, o porque la OTAN, siguiendo las sugerencias de Kissinger, debería reformular su ámbito de acción. “Más allá de ciertas reticencias –dice Arkin–, acerca de la estrategia de Estados Unidos, los miembros de la OTAN no han respondido consistentemente a ella. Por lo tanto, aún con la ausencia de un consenso político sobre la naturaleza del peligro o un acuerdo acerca de las respuestas más apropiadas para la Alianza, el resultado ha sido una creciente libertad para las acciones unilaterales de Estados Unidos en nombre de la OTAN” (41).
A Washington, en verdad, no le interesa que Europa occidental realice “acciones propias” fuera del área, sino que prefiere que le brinde apoyo en bases, centros de mando, control electrónico, y tropas que, eventualmente, puedan ocupar el lugar de las suyas si tuviera que desplazar contingentes a alguna región del Tercer Mundo. El ataque a Libia en abril, en este sentido, es un buen ejemplo.
Las contrariedades de Washington
Si Libia a representado un punto clave en la historia reciente de las relaciones Europa occidental/Estados Unidos, el caso de Nicaragua y Centroamérica no ha sido de menor importancia. Ya la política exterior de los primeros años del gobierno socialista francés de François Mitterrand causó irritación en Washington. Las dos iniciativas más espectaculares hacia América Latina fueron la venta de un reducido número de armas francesas a Nicaragua (dos helicópteros, dos patrulleras, y ametralladoras, con una cláusula prohibiendo la reexportación), en diciembre de 1981, y el reconocimiento del Frente de Liberación Farabundo Martí, de El Salvador, a nivel diplomático. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Caspar Weinberger, declaró entonces que se sentía “muy decepcionado”, y un funcionario de la administración Reagan calificó la política francesa de “bofetada en plena cara”. El espacio que Francia trataba de ganar en el Tercer Mundo, y la idea de apoyar a Nicaragua para que no siguiera el camino de Cuba, y cayera en una fuerte dependencia de URSS, fue rechazada por Estados Unidos y ejerció una fuerte presión, hasta que la venta de armas a los sandinistas no se repitió. En marzo de 1982, el International Herald Tribune comentaba que Mitterrand “no asaltará a Washington con otra sorpresa política” (42).
Al igual que en el caso libio, la actitud europea no es uniforme. Todos los partidos de derecha y conservadores siguen la línea de Estados Unidos, en el sentido de atacar al sandinismo como un régimen totalitario, y apoyar a la contra. Esto significa que presionan, cuando no están en el poder, para que Nicaragua no obtenga créditos en Europa y se clausure el comercio con esta república centroamericana. El intercambio comercial, sin embargo, ha crecido en los últimos años, y en las reuniones de San José y Luxemburgo (septiembre de 1984 y noviembre de 1985) entre la Comunidad Europea y los países centroamericanos, las abiertas presiones de Estados Unidos sólo fueron parcialmente apoyadas por Gran Bretaña y la República Federal de Alemania, pero no pudo prosperar la propuesta de aislar a Nicaragua del conjunto de países de la región, y no negociar con ella. Como contrapartida negativa, hay que decir que los acuerdos preferenciales que pedía Centroamérica no fueron alcanzados, y que el monto de la ayuda aprobada por la CE para la región tampoco cumplió las expectativas (40 millones de ECU) (43). Sin embargo, estas dos reuniones, y el compromiso de que ambas partes se reunirán una vez al año, ha abierto una puerta a una relación más estable entre Europa occidental y una de las zonas históricamente dominadas por Estados Unidos.
Otros momentos en que Europa occidental ha tomado iniciativas propias o no ha adherido a las presiones de Washington ha sido en la condena a la invasión estadounidense a Granada, en 1983, cuando se criticó que la CIA minara los puertos de Nicaragua, en 1984 –y Francia colaboró en la desactivación–, apoyando la iniciativa de Contadora, votando en favor (Francia y la República Federal de Alemania) de varios dictámenes contrarios a Washington en la sentencia del Tribunal de La Haya en el caso entre Managua y Estados Unidos, y ampliando los mercados para productos nicaragüenses o las ayudas en el momento del embargo, que impuso Estados Unidos –actitud que tomaron Austria, Suecia, Francia, Italia, Holanda, Irlanda, Bélgica y la República Federal de Alemania (44). También, España mantiene un activo intercambio comercial y líneas de crédito con Nicaragua.
Los datos negativos se constatan, por ejemplo, en la utilización que la prensa conservadora y los políticos de la derecha hacen del caso nicaragüense –y cubano, obviamente– como ejemplo de la expansión del totalitarismo. También, en las facilidades que ha tenido el brazo político de la contra, la Unión Nicaragüense de Oposición (UNO), en abrir oficinas en España, la República Federal de Alemania y Gran Bretaña, y en estructurar una red de apoyo a través de la prensa, intelectuales, comités de solidaridad, y la colaboración oficial. En los países citados, y pese a las amplias denuncias que, además, como en el caso español y británico, vinculan a UNO y los líderes de la contra con el Partido Conservador y Alianza Popular (partido de la derecha española), los gobiernos no tomaron ningún tipo de iniciativa diplomática para hacer saber al de Estados Unidos que era ilegal que un grupo terrorista como la contra abriera oficinas con dinero de la CIA en Europa occidental (45).
La propaganda para influenciar la opinión pública está contemplada y estudiada en la doctrina de baja intensidad. Por ejemplo, en un manual del ejército de Estados Unidos se lee que deben desarrollarse “acciones psicológicas” –que incluyen la propaganda en los medios de comunicación y prensa–, “hacia las audiencias enemigas, amigas, y neutrales, con el fin de crear actitudes y un comportamiento favorable que permita alcanzar objetivos políticos y militares” (46). En Suiza, la embajada de Estados Unidos ha presionado sobre el Parlamento, a través de los medios de prensa, y de forma directa sobre los ministros de Desarrollo y Cooperación, y de Exteriores, para que se suspenda la modesta ayuda de 5 millones de francos suizos que recibe Nicaragua. El objetivo es que Suiza, país simbólico de la neutralidad, al retirar la ayuda, le quite legitimidad a la revolución sandinista. Roman Berger, del Tagesanzeiger, relaciona, por otra parte, la negativa del gobierno suizo a responder a las presiones de Washington con el asesinato, a manos de la contra, de un cooperante suizo en junio de 1986 (47).
También en Suiza encontramos otro buen ejemplo. En octubre de 1986, la ciudad de Ginebra fue sede de un coloquio internacional sobre “Perspectivas sobre los Derechos Humanos en América Central”, auspiciado por la Fundación Cánovas del Castillo –perteneciente al partido derechista mayoritario en España, Alianza Popular, y que ya había invitado meses antes a los líderes de la contra a una reunión auspiciada por la CIA en Madrid (48), la Fundación Simón Bolívar, de Bogotá, la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, y The Interamerican Security Educational Institute, de Washington. Entre los participantes se encontraban el representante de Estados Unidos ante la ONU, Vernon Walters; Monseñor Bismarck Carballo, y Monseñor Pablo Antonio Vega, ambos de Nicaragua; Arturo Cruz, líder de la contra; el embajador de Guatemala en Estados Unidos, José Antonio Montes; el escritor peruano Mario Vargas Llosa; y el delegado de la Cánovas del Castillo, el español Emilio Beladiez.
El último de los mencionados es también miembro del comité rector del Consejo Internacional de Seguridad (CIS), organismo financiado por la Iglesia del reverendo coreano Sun Myung Moon, y con vínculos con la Liga Anticomunista Mundial. El objetivo del CIS es “conseguir una mayor toma de conciencia y una comprensión más amplia del hecho que domina actualmente la situación internacional, es decir, del proyecto de hegemonía total perseguida por URSS y sus correas de transmisión en el mundo”. Beladiez –Marqués de Conquista Real– participó en un seminario en París consagrado “al examen de la confrontación entre la democracia y el totalitarismo a escala global”. En el citado seminario estuvieron presentes el ex-presidente de Costa Rica, Mario Echandi; Charles Lichenstein, ex-representante adjunto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU y miembro del grupo de la ex-embajadora Jeane Kirkpatrick, y Joseph Luns, ex-secretario general de la OTAN (49).
La crisis del “Irán/Contra-gate” abre ahora muy buenas posibilidades, tanto para un cambio de sentido en la política exterior de Estados Unidos, como para que en Europa occidental las fuerzas progresistas busquen una alianza con los diferentes sectores que persiguen ese cambio en el poderoso aliado al otro lado del Atlántico. El futuro de la relación Norte-Sur, y de las tendencias autoritarias y conservadoras dentro de las sociedades de las naciones centrales del sistema mundial, estarán en juego en los próximos tiempos.
Notas
* Este texto se basa en dos conferencias del autor, presentadas en octubre de 1986, en el Congreso de la Latin American Studies Association, Boston, y en la Universidad de New York.
(1) Ver, por ejemplo, Klare, Michael T.: “La Nueva Doctrina de Intervención Norteamericana”, Le Monde Diplomatique en español, marzo, 1986; Miles, Sara: “The Real War. Low Intensity Conflict in Central America”, NACLA Report on the Americas, New York, Vol. XX, Nº 2, abril/mayo, 1986; y Robinson, William I. y Norsworthy, Kent: “Nicaragua: The Strategy of Counterrevolution”, Monthly Review, Vol. 37, Nº 7, diciembre, 1985.
(2) La denominación neoconservadores proviene del origen liberal, e inclusive de izquierdas, de muchos de los actuales nuevos conservadores. Tal es el caso de Kristol, Norman Podhoretz, Jeane Kirkpatrick, y Elliot Abrams. Así mismo, por tener diferencias con el conservadurismo tradicional, en particular en el sentido que éste último se mantenía comprometido después de la Segunda Guerra Mundial con el “Welfare State” (Estado del Beneficio), mientras que los neoconservadores lo critican, y también por la tendencia a promocionar democracias más restringidas y represivas de los segundos. También denominados Nueva Derecha, son analizados, entre otras obras, en Levitas, Ruth (Comp.): The Ideology of the New Right. Polity Press, Oxford, 1986, en diversos ensayos del tema central “Los Estados Unidos por dentro”, en Nueva Sociedad, Nº 69, noviembre-diciembre, 1983, y Wolfe, Alan: “Sociología, liberalismo y derecha radical”, en Pablo González Casanova (coor.): Estados Unidos, hoy. Siglo XXI/UNAM, México, 1984.
(3) Kristol, Irving: “¿Should Europe be Concerned About Central America?”, en Europe/America, Nº 3, Council of Foreign Relations, New York, 1985.
(4) Kristol: Op. cit.
(5) Galtung, Johan: Hitlerismo, Stalinismo y Reaganismo. Instituto de Estudios Juan Gil Albert, Alicante, 1985.
(6) Kristol: op. cit.
(7) Siegel, Dan; Spaulding, Tom y Kornbluh, Peter: Outcast Among Allies. Institute for Policy Studies, Washington, 1985.
(8) Ver el Tema Central de Nueva Sociedad, Nº 85, septiembre-octubre, 1986, dedicado a “América Latina y Europa”.
(9) Siegel, Dan y otros: op. cit.
(10) Kaldor, Mary: Más allá de los bloques. OTAN: de la seguridad al rearme. Editorial Fontamara, Barcelona, 1986.
(11) “Exportar un conflicto interno”, El País, Madrid, 6 de abril, 1986; “Different reasons for new american anti-europeanism”, The Guardian Weekly, 30 de junio, 1986; y “Los enfrentamientos comerciales pueden destruir la alianza entre EEUU y Europa”, El País, 2 de junio, 1986.
(12) Friedrich, C.J.: “The evolving theory and practice of totalitarian regimes”, en Friedrich, Michael Curtis y Benjamin R. Barber: Totalitarianism in perspective: three views. Praeger, New York, 1969; Arendt, Hannah: Los orígenes del totalitarismo. 3 volúmenes, Alianza Editorial, Madrid, 1981, 1982, 1983; Aron, Raymond: Democracy and totalitarianism: a theory of political regimes. Praeger, New York, 1962; Kirkpatrick, Jeane J.: Dictatorships and double standars. Touchstone Books, New York, 1982, y Morin, Edgar: Qué es el totalitarismo. De la naturaleza de la URSS. Anthropos, Barcelona, 1984.
(13) Krauthammer, Charles: “... Or good management?” en The Guardian Weekly, 23 de marzo, 1986.
(14) Stoppino, Mario: “Totalitarismo”, en Norberto Bobbio y Nicola Matteucci: Diccionario de Política. Siglo XXI de España, Madrid, 1983.
(15) Halliday, Fred: Counter-revolution in the 1980s: the Reagan Doctrine and Third World, trabajo para debate presentado en el Transnational Institute, abril de 1986, Amsterdam (inédito).
(16) Shultz, George: “Low-Intensity Warfare: the challenge of ambiguity”, ponencia en la Conferencia sobre Guerra de Baja Intensidad, National Defense University, 15 de enero, 1986, United States Department, Current Policy, Nº 783.
(17) Weinberger, Caspar: Ponencia en la Conferencia sobre Guerra de Baja Intensidad, en Fort McNair, Washington, 14 de enero, 1986.
(18) Ver, por ejemplo, Revel, Jean-François: El rechazo del Estado. Planeta, Barcelona, 1985, capítulo 4: “Sobre el tercermundismo”.
(19) Debray, Régis: “A modest contribution to the rites and ceremonies of the tenth anniversary”, New Left Review, Nº 115, mayo-junio, 1979, y Garnier, Jean Pierre y Lew, Roland: “From the wretched of the Earth to the defense of the West: an essay on the left disenchantment in France”, en Socialist Register 1984. “The uses of anti-communism”, Ed. por Ralph Miliband, John Saville y Marcel Liebamn, Merlin Press, Londres, 1984.
(20) Johnstone, Diana: “New offensive against ‘third worldism’”, In These Times, Chicago, 13-19 de febrero, 1985.
(21) Entrevista a Claude Julien, “En los límites de la burla y de la deshonestidad”, Combate, Madrid, 21 de diciembre, 1985. Ver también Le Monde Diplomatique en español, mayo, 1985 y agosto, 1985.
(22) Julien: op. cit., y Le Monde Diplomatique en español, junio, 1986. Un claro exponente de ataque a la ONU en Keyes, Alan L.: “Fixing the UN”, The National Interest, Nº 4, verano, 1986 (uno de los más importantes medios de difusión de ideas de los neoconservadores).
(23) Comisión Independiente sobre Problemas Internacionales del Desarrollo, Diálogo Norte-Sur, Nueva Imagen/Nueva Sociedad, México, 1981, y The Report of the Socialist International Committee on Economic Policy, Global Challenge. Pan Books, Londres, 1985.
(24) “Europe’s New Racism”, South, Londres, noviembre, 1986. Ver también diversos trabajos en “Racismo en Europa”, Debats, Nº 17, Valencia, septiembre, 1986.
(25) Levitas, Ruth: “Ideology and the New Right”, en The Ideology of the New Right, Polity Press, Cambridge, 1986.
(26) Seidel, Gill: “Culture, nation and ‘race’ in the british and french New Right”, en Levitas, Ruth: op. cit.
(27) Sobre el ataque de Estados Unidos a Libia ver Thompson, E.P.; Kaldor, Mary y otros; Mad Dogs, Pluto Press, Londres, 1986.
(28) El País, 16 de abril, 1986.
(29) Thompson, Kaldor y otros: op. cit.
(30) El País, Madrid, 24 de abril, 1986.
(31) El País, Madrid, 11 de abril, 1986.
(32) El País, Madrid, 16 de abril, 1986.
(33) Johnstone, Diana: “US libyan raid is also aimed at allies”, In These Times, 30 de abril, 1986.
(34) The Guardian Weekly, 12 de octubre, 1986.
(35) Schmidt, Helmut: “La razón no debe claudicar”, El País, Madrid, 29 de abril, 1986.
(36) International Herald Tribune, 2 de septiembre, 1986, y El País, 25 de abril, 1986.
(37) Cohen, Richard: op. cit.
(38) El País, 11 de mayo, 1986.
(39) Arkin, William M.: “A global role for NATO”, The Bulletin of Atomic Scientists, Chicago, enero, 1986.
(40) Reifenberg, Jan: “Las relaciones transatlánticas: ¿Un caso de distanciamiento continental?”, Revista de la OTAN (edición en español), Nº 5, Bruselas, octubre, 1986.
(41) Arkin, William M.: op. cit.
(42) El País, 9 de enero, 1982, y el International Herald Tribune, 20 de marzo, 1982.
(43) “Luxemburgo, un paso hacia el fin de la doctrina Monroe”, El País, 14 de noviembre, 1985; El País, 23 de junio, 1986, y “Weekend Manouvres”, South, noviembre, 1984.
(44) Siegel, Dan y otros: op. cit.
(45) Ver “CIA secretly gave millions to rebels political projects”, The Philadelphia Inquirer, 14 de abril, 1986; “Una campaña orquestada y manipulada en Madrid”, El País, 14 de mayo, 1986.
(46) “US Army Operational Concept for Low Intensity Conflict”, TRADOC PAM 525-44, del 10 de febrero, 1986.
(47) Berger, Roman: Tagesanzeiger, 11 de septiembre, 1986; y Lietti, Anna: “Pressions américaines sur le Suisse”, L’Hebdo, 18 de septiembre, 1986.
(48) Ver nota 45.
(49) “Luns, ex-secretario general de la OTAN, dirige un organismo de la secta Moon”, El País, 3 de septiembre, 1986.