Opinión

Comprender el nuevo imperialismo ruso


septiembre 2026

En Russia’s New Imperialism: Capital and Ideology, Ilya Budraitskis e Ilya Matveev, académicos rusos exiliados tras la invasión de Ucrania, buscan explicar una guerra que parece contraproducente para las elites rusas. Analizan los fundamentos económicos del imperialismo postsoviético y el peso creciente de una ideología que terminó guiando las decisiones del Kremlin.

<p>Comprender el nuevo imperialismo ruso</p>
Alexander Zemlianichenko/AP.

El imperialismo ruso es un tema que ha recibido poca atención por parte de los marxistas contemporáneos, algunos de los cuales incluso cuestionan su propia existencia. Por eso, el libro de Ilya Budraitskis -historiador y politólogo de la Universidad de California, Berkeley- e Ilya Matveev -economista y politólogo del Centro de Investigación para Europa del Este (Forschungsstelle Osteuropa) en Bremen- llena un vacío importante. Ambos son rusos y abandonaron su país tras el inicio de la invasión militar a gran escala de Ucrania el 24 de febrero de 2022. ¿Cómo se puede explicar una empresa que parece tan irracional y contraproducente para las clases dominantes rusas? Este es el punto de partida de su análisis.

Russia’s New Imperialism: Capital and Ideology [El nuevo imperialismo de Rusia. Capital e ideología], publicado por Stanford University Press en 2026, examina en primer lugar los fundamentos materiales del imperialismo postsoviético. Entre 1999 y 2013, el stock de inversión extranjera directa (IED) aumentó de 2.200 a 501.000 millones de dólares, lo que situó a Rusia justo detrás de China en ese momento. Esto reflejó una expansión muy rápida de la integración rusa en la economía global, particularmente las de Europa occidental y Estados Unidos. No obstante, los autores subrayan que la articulación entre las esferas económica y política siguió marcada por el legado de una economía dirigida por el Estado (en 2007, siete de las 20 empresas más grandes de Rusia eran de propiedad estatal) y por relaciones asimétricas con los territorios de la antigua Unión Soviética. Así, la manipulación de los precios con fines políticos e incluso la interrupción de las exportaciones de hidrocarburos se utilizaron ampliamente como medios de coacción internacional. Desde que llegó al poder, Vladímir Putin también ha reforzado su control sobre la esfera económica al rodearse de un círculo de empresarios con quienes los demás oligarcas se han visto cada vez más obligados a cooperar.

En 1930, León Trotsky escribió que «en el fondo, el imperialismo de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más que un agente mediador de otras potencias mundiales más poderosas». Sin embargo, Budraitskis y Matveev sostienen que, durante la década de 2000, Rusia también podía considerarse un «subimperialismo», en el sentido que le da al término Ruy Mauro Marini, al llevar a cabo una política de cooperación antagónica con los imperialismos dominantes. Su apoyo logístico a la intervención militar occidental en Afganistán es un ejemplo claro. En ese contexto, el «realismo ofensivo» conceptualizado por John Mearsheimer desempeñó sin duda un papel importante en sus relaciones internacionales. No obstante, esta integración en la globalización capitalista comenzó a declinar tras la crisis financiera de 2008, debido a la caída de los precios del petróleo y a la retirada del capital extranjero.

A partir de 2014, la anexión de Crimea y la intervención militar en Dombás socavaron gravemente la posición económica de las fracciones del capital ruso más integradas internacionalmente, sobre todo debido a las sanciones occidentales. Estos acontecimientos fortalecieron la posición de grandes conglomerados agroindustriales -como resultado de la sustitución de importaciones-, así como la del sector energético, respaldado por una sustancial inversión pública, y la del complejo militar-industrial, a expensas de las industrias civiles. En los años siguientes, el despliegue en el extranjero de tropas de la Federación Rusa o del Grupo Wagner puso de manifiesto la creciente agresividad del imperialismo ruso, que buscó compensar, en vano, sus pérdidas económicas mediante el saqueo de recursos en Dombás, Siria y África.

El peso de la ideología

Basándose en Ideología y utopía (1929) de Karl Mannheim, Budraitskis y Matveev distinguen una fase inicial de compromiso ideológico parcial entre los círculos gobernantes, que se prolongó hasta principios de la década de 2010. A continuación, muestran cómo las elites fueron guiando cada vez más sus políticas por un proceso de «ideologización total». Este proceso ha seguido avanzando desde el regreso de Putin a la Presidencia en 2012. La campaña desatada entonces por los medios de comunicación contra el grupo punk feminista Pussy Riot fue emblemática de este punto de inflexión. Este cambio no podía explicarse por una creciente amenaza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): a mediados de la década de 2010, las fuerzas estadounidenses en Europa mantenían solo una décima parte de su poderío durante la Guerra Fría, mientras que el gasto militar europeo se encontraba en su nivel más bajo.

Por el contrario, los círculos gobernantes, cada vez más ideologizados y agrupados en torno de un Consejo de Seguridad cada vez más influyente, multiplicaron las leyes dirigidas contra las personas LGBTI+ y las normas que promovían los «valores familiares», al tiempo que glorificaban constantemente las fronteras históricas del imperio así como la fuerza militar que había permitido defenderlas. «La experiencia de vida de la elite política -forjada en la cultura delictiva callejera, en los servicios de seguridad soviéticos y en el 'capitalismo salvaje' de los años 90- fomentó la creencia de que la verdadera ley tanto de la sociedad como de las relaciones internacionales es la ley del más fuerte» (p. 79). Al mismo tiempo, el poder se percibía como un medio para manipular a las masas.

Fue este el universo mental en el que las «revoluciones de colores» (2003-2005), la expansión de la OTAN hacia Europa del Este, el auge de la oposición interna en 2011-2012, la Primavera Árabe y las protestas de Maidan en Ucrania (2014) alimentaron la idea obsesiva de que Occidente estaba librando una guerra contra los valores eternos de Rusia. Así, un sector cada vez mayor de la elite se vio compelido a tomar más en serio diversas teorías de la conspiración. El sistema de valores de un «mundo ruso» autocrático (neomonárquico), dotado de un Estado fuerte con vocación imperial e inspirado en la escatología ortodoxa, se encontraba ahora en oposición directa a un Occidente decadente.

Para sus círculos gobernantes, la «Fortaleza Rusia» se veía a partir de entonces amenazada por sus divisiones intestinas, por la oposición interna y, más fundamentalmente, por la disidencia ucraniana, todas ellas percibidas como otras tantas maniobras pérfidas orquestadas por el enemigo. El creciente dominio de las ideas ultraconservadoras, propagadas por intelectuales como Aleksandr Prokhanov y Aleksandr Dugin, alimentó al mismo tiempo la glorificación de una historia mitificada: la de un Estado y un imperio en constante expansión y los logros excepcionales de sus gobernantes más despiadados -Iván el Terrible, Pedro el Grande y Stalin-; la de una unidad civilizacional euroasiática encarnada por Rusia; y la de la lucha de la Iglesia ortodoxa rusa contra el Anticristo (en su papel de katechon).

Como lo expresó acertadamente Alexander Prokhanov: «No es Putin quien construye el imperio; es el imperio el que construye a Putin». En otras palabras, Putin comenzó a percibir su papel como el de un monarca, tendiendo a confundir sus propias concepciones políticas con las aspiraciones de sus súbditos. De hecho, el nacionalismo expansionista nunca ha contado con una amplia base popular en Rusia: tanto en el pasado como en la actualidad, siempre se ha impuesto desde arriba. La resonancia del nacionalismo étnico de la extrema derecha en otros países del mundo está, además, en contradicción con este nacionalismo imperial, que es necesariamente multinacional. Por esta razón, la extrema derecha xenófoba y racista, que se ha reunido desde 2005 en una manifestación anual -la Marcha Rusa-, ha sido sometida a un control cada vez más estricto por parte de las autoridades, combinado con su integración parcial en el discurso oficial y la represión implacable de sus tendencias incontrolables.

Al comienzo de El 18 de brumario de Luis Bonaparte, Marx escribió que «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». En la misma línea, Budraitskis y Matveev observan que la ideología imperial rusa ejerce ahora una influencia decisiva en las políticas de sus círculos gobernantes, hasta el punto de llevarlos a adoptar cursos de acción contraproducentes. Esto les permite explicar las sucesivas decisiones de Putin de anexar Crimea e intervenir militarmente en el Dombás en 2014, y más aún su decisión de lanzar la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, aunque estas elecciones han llevado al imperialismo ruso a un peligroso callejón sin salida.

Para respaldar su argumento, los autores recurren a Karl Mannheim y a su distinción entre las concepciones «particular» y «total» de la ideología. La primera se refiere a ideas o afirmaciones concretas de un grupo social o de una clase, que se consideran deformadas, en mayor o menor medida, por sus intereses. La segunda abarca toda su visión del mundo y su aparato conceptual, que aparecen determinados por su posición social y configuran una ideología más o menos coherente. Para Budraitskis y Matveev, Rusia ha pasado gradualmente del primero al segundo de estos escenarios. Agregan que Mannheim distingue entre la ideología, «orientada a conservar el presente», y la utopía (reaccionaria [fascismo] o revolucionaria [comunismo]), «centrada en rechazar el presente en nombre de un futuro mejor o de un retorno al pasado» (p. 43). Sin embargo, señalan que la Rusia de Putin «no ofrece una alternativa al orden social existente, [no] busca crear un 'hombre nuevo', sino que radicaliza las tendencias del capitalismo neoliberal» (p. 43).

A pesar de estas consideraciones, y de circunstancias históricas profundamente diferentes, proponen, no obstante, que la Rusia contemporánea debe considerarse «una nueva forma de fascismo […] como un fenómeno transhistórico» (p. 44), o como un régimen cuya «fascistización está en marcha» (p. 170). Esta conclusión resulta sorprendente, dado que Putin no cuenta con el apoyo de un movimiento de masas militante, que la sociedad civil rusa está profundamente despolitizada y que él, en efecto, no propone en absoluto crear «un hombre nuevo». Precisamente, estas características fueron el núcleo de las experiencias fascistas italiana y alemana. De hecho, dentro del amplio panorama de regímenes autocráticos, reaccionarios, nacionalistas expansionistas, militaristas y policiales, la Rusia de Putin probablemente presentaría mayores similitudes con la Rusia del zar Nicolás I, con el bonapartismo de Napoleón III o con los regímenes de los últimos años de los imperios otomano y austrohúngaro, en la medida en que tenga sentido la comparación con ejemplos tan distantes en el tiempo.

En cuanto a la fuerza material de la ideología, Budraitskis y Matveev citan brevemente a Antonio Gramsci y a Louis Althusser (pp. 40-43). Estos pasajes habrían merecido más espacio. Desde una perspectiva gramsciana, hubiera sido interesante volver a examinar la fuerte influencia que ejercieron sobre él Aleksandr Bogdanov y Anatoly Lunacharsky, y analizar los enfoques filosóficos de Lukács y la obra histórica de Edward P. Thompson. En cuanto a Althusser, las referencias a su pensamiento son algo superficiales y, en ocasiones, confusas, especialmente en lo que respecta al papel de los «aparatos ideológicos del Estado», que no son «la forma en que se internaliza la ideología» (p. 41), sino más bien las instituciones y prácticas a través de las cuales se reproduce la ideología-. Siguiendo a Althusser, Budraitskis y Matveev podrían haber abordado a Nicos Poulantzas y su concepción del Estado como la condensación material de las relaciones de clase, lo cual amplía su reflexión sobre la materialidad de la ideología. En términos más generales, habría sido útil destacar que un número creciente de historiadores y antropólogos marxistas ha contribuido durante muchos años a superar el esquema fosilizado de «base/superestructura», que es en gran medida ajeno al pensamiento de Marx y Engels.

El peso de la historia

Los autores tienen razón al tratar de comprender el «nuevo imperialismo de Rusia» tomando en cuenta la carga de la historia y el peso ideológico que la impregna. Con este fin, buscan profundizar el concepto de imperialismo, rechazando una interpretación económica reductiva y poniendo el acento en el peso de los factores políticos e ideológicos y, por lo tanto, de la historia. El núcleo gobernante del régimen ruso en torno de Putin, explican, busca reproducir un Estado total, percibido como la condición sine qua non de la existencia de Rusia como potencia mundial, en consonancia con su trayectoria de siglos.

En este sentido, vale la pena retomar las reflexiones de los marxistas de principios del siglo XX, que con mucha frecuencia son caricaturizadas, a pesar de que el imperialismo ruso fue un tema central de sus controversias. Rosa Luxemburg, por ejemplo, explicó que «su rasgo más destacado no es, sin embargo, como en Alemania o Inglaterra, la expansión económica del capital, hambriento de territorios, sino los intereses políticos del Estado». Lenin se esforzó por identificar sus principales características: un capital monopolista «más débil», «enredado, por así decirlo, en una espesa maraña de relaciones precapitalistas», que se apoyaba en un Estado «militar-autocrático y feudal» en el que «la concentración política era elevada», con el fin de defender «inmensos territorios» y, de ese modo, disfrutar de «facilidades especiales para saquear a las minorías nacionales». Esta concepción general se desprende de numerosos pasajes de su obra y no ha perdido del todo su relevancia en la actualidad.

Para comprender mejor la perspectiva de Lenin, es necesario, por lo tanto, dejar de lado una tenaz tradición marxista que reduce el imperialismo a una transformación económica del capitalismo, ocurrida a finales del siglo XIX: la transición de la libre competencia al dominio de los monopolios. Esta visión toma como autoridad el marco analítico de su folleto de abril de 1917, El imperialismo, fase superior del capitalismo, al tiempo que pasa por alto la advertencia contenida en su primer prefacio en ruso:

«El folleto está escrito con vistas a la censura zarista. Por esto, no solo me vi precisado a limitarme estrictamente a un análisis exclusivamente teórico -sobre todo económico-, sino que también hube de formular las indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con la mayor prudencia, valiéndome de alusiones, del lenguaje a lo Esopo, ese maldito lenguaje a que el zarismo obligaba a recurrir a todos los revolucionarios cuando tomaban la pluma para escribir algo con destino a publicaciones de tipo ‘legal’. Resulta doloroso releer ahora, en los días de libertad, los pasajes del folleto mutilados, comprimidos, apretados en un anillo de hierro por el temor a la censura zarista».

Esta observación decisiva se refería en particular al imperialismo ruso, lo que lo llevó a precisar:

Tuve que hablar en un lenguaje «servil», y debo remitir al lector interesado en el tema a los artículos que escribí en el extranjero entre 1914 y 1917 […]. Sobre la cuestión de las anexiones […] me vi precisado a tomar el ejemplo… ¡de Japón! El lector atento sustituirá fácilmente a Japón por Rusia, así como a Finlandia, Polonia, Curlandia, Ucrania, Jiva Bujará, Estlandia y otros territorios del imperio zarista no poblados por gran rusos». 

Desafortunadamente, esta advertencia ha caído en gran medida en el olvido. Sin embargo, el texto de Lenin, «mutilado, comprimido, apretado», subrayaba que, a pesar de su atraso económico, el imperialismo ruso gobernaba el segundo imperio colonial más grande del mundo en términos de superficie y el tercero en términos de población. En un texto previo, Lenin escribió:

«En Rusia, el imperialismo capitalista de novísimo tipo se ha manifestado plenamente en la política del zarismo hacia Persia, Manchuria y Mongolia; pero, en general, en Rusia predomina el imperialismo militar y feudal». 

Joseph Schumpeter tenía, por lo tanto, razón en parte cuando consideraba al imperialismo como un vestigio del pasado. Rusia no es, de ninguna manera, el único país que conquistó gran parte de su imperio colonial antes del advenimiento del imperialismo moderno. Inglaterra, Francia y los Países Bajos se encuentran en la misma situación. Por lo tanto, las características de las principales potencias imperialistas no pueden entenderse sin considerar su desarrollo a lo largo de siglos y las condiciones bajo las cuales se integraron al sistema político y económico del mundo contemporáneo. Sin embargo, la historia del desarrollo «desigual y combinado» de los principales Estados imperialistas sigue siendo un campo en gran medida inexplorado. En este sentido, el trabajo de Zbigniew Marcin Kowalewski sobre la larga historia del imperialismo ruso marca el camino. 

Huida hacia adelante

Budraitskis y Matveev señalan que, entre 2017 y 2020, se reprimieron diversas protestas populares. En 2020, Putin modificó la Constitución para permitirse dos mandatos adicionales. En el verano de 2021, publicó un artículo titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos», cuya lectura se hizo obligatoria en el ejército e incluso pasó a formar parte de su entrenamiento. Los preparativos ideológicos y operativos para la agresión del 24 de febrero de 2022 ya estaban completos. Al mismo tiempo, los acuerdos de Minsk de 2014-20151 habían dado lugar a interpretaciones contradictorias; Estados Unidos y la OTAN habían adoptado un tono más duro y habían proporcionado a Ucrania su primera ayuda militar, aún modesta. Finalmente, la invasión de febrero de 2022, lanzada a pesar de las voces disidentes dentro del Consejo de Seguridad, provocó el «autocerco» de Rusia, tal como lo había descrito Jack Snyder en Myths of Empire (1991).

Su fracaso militar y los éxitos inmediatos de la resistencia ucraniana impidieron que el Kremlin buscara un acuerdo negociado con Washington. Aunque Rusia no se había preparado para una guerra prolongada, la reestructuración parcial de su economía desde 2014 le permitió resistir las nuevas sanciones occidentales de manera más eficaz, en un contexto en el que el peso relativo de los países del G7 había disminuido considerablemente (de 65% del PIB mundial en 2000 a 45% en 2021). De 2021 a 2024, el gasto militar ruso se duplicó con creces, y el sector de la defensa creó medio millón de empleos adicionales, alterando así la composición y los circuitos de acumulación de la elite económica. Sin embargo, este régimen de crisis será difícil de sostener a largo plazo (agotamiento del mercado laboral, dificultades de suministro en ciertos sectores clave, inflación, etc.).

Ante esta nueva realidad, el círculo de líderes más cercanos a Putin respondió ideologizando la guerra. ¿De qué otra manera se podría explicar la resistencia ucraniana sino por el control de «líderes nazis» que habían logrado imponerse sobre la población? De ahí la necesidad apremiante de la desnazificación de Ucrania y la reeducación de su pueblo descarriado. Además, a principios de 2024, el principal foro político vinculado a la Iglesia ortodoxa, el Consejo Mundial del Pueblo Ruso, presidido por el patriarca Kirill, proclamó una «guerra santa». 

Aleksandr Dugin afirmó la necesidad de trabajar para «descolonizar la conciencia» de los propios rusos. Desde los jardines de infantes hasta las universidades, se pusieron en marcha programas de adoctrinamiento. Se neutralizaron los últimos focos de oposición interna. Los medios de comunicación y las redes sociales quedaron sometidos a un control más estricto. La legislación, que empezó persiguiendo a los opositores como «agentes extranjeros», se ha endurecido y ahora apunta a todas las personas «bajo influencia extranjera». La relativa independencia de los partidos autorizados, como el Partido Comunista, se ha reducido a cero: los pocos opositores a la guerra dentro de sus filas fueron expulsados de manera preventiva. En marzo de 2024, los únicos candidatos a quienes se les permitió postularse «en contra» de Putin terminaron instando a los seguidores a votar por él.

Hoy en día, la sociedad rusa está despolitizada, lo que, en términos sencillos, significa que no se involucra en la política, pero también que la política no interfiere demasiado en su vida cotidiana -aunque esto último es cada vez menos cierto-. El reto para los círculos gobernantes rusos es pasar de una no oposición popular teñida de cinismo, escepticismo y resignación -«todos mienten»- a un apoyo activo, lo cual requeriría un adoctrinamiento masivo prolongado, un enfoque que tiene poca eficacia ante las necesidades inmediatas de la guerra. Además, al igual que los esfuerzos por movilizar mayor cantidad de tropas, tal empresa conlleva riesgos.

¿De qué formas se manifiesta la oposición a la guerra en Rusia? El 24 de febrero de 2022, miles de personas salieron a las calles de Moscú y San Petersburgo, y estas manifestaciones, severamente reprimidas, continuaron durante dos semanas. Carecían de canales organizativos y de una estrategia común que les hubiera permitido perdurar. Durante la última década, las diversas oposiciones al sistema -liberales, de izquierda e incluso nacionalistas- han sido silenciadas y marginadas mediante la represión y los asesinatos extrajudiciales. Las únicas voces de oposición toleradas, aunque solo sea parcialmente, han sido las del pequeño partido liberal Yabloko, que no cuenta con representación parlamentaria, y las del liberal moderado Boris Nadezhdin, aspirante a las elecciones presidenciales de 2024, quien logró reunir más de 200.000 firmas de apoyo antes de ser excluido.

En varias regiones, especialmente en las repúblicas musulmanas de la Federación Rusa, se produjeron protestas más o menos espontáneas contra la movilización, a menudo encabezadas por mujeres. Ciudadanos anónimos también expresaron su desacuerdo depositando flores en memoriales improvisados en honor a las víctimas civiles de la guerra. Alrededor de 700.000 personas -en su mayoría hombres- abandonaron el país en el otoño de 2022 para evadir el servicio militar obligatorio, mientras que las deserciones siguieron aumentando entre las tropas movilizadas. También se llevaron a cabo una serie de actos de sabotaje por parte de pequeños grupos clandestinos.

En estas circunstancias, la conclusión de los autores parece difícil de refutar: «Una nueva guerra fría creada por el propio Kremlin está en pleno apogeo. Europa se encuentra firmemente en la senda de la remilitarización. Antes de 2014, los países europeos de la OTAN se mostraban reacios a adoptar el objetivo del 2% del PIB para el gasto militar que Estados Unidos exigía desde hacía tiempo. Sin embargo, para 2025, habían acordado aumentar el gasto militar a un asombroso 5% del PIB en un plazo de diez años. La OTAN está ocupada reconstruyendo la infraestructura necesaria para desplazar rápidamente a cientos de miles de soldados a su flanco oriental. Suecia y Finlandia se han unido a la alianza, lo que convierte al mar Báltico en una frontera de seguridad mucho más difícil de sortear para Rusia. Además […] varios países europeos buscan adquirir la capacidad de lanzar ataques en el interior de Rusia» (p. 168). 

Se trata, en fin, de un libro fascinante y de gran actualidad; de lectura imprescindible.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en International Viewpoint el 11/9/2026 con el título «Russia’s New Imperialism» y está disponible aquí. Traducción: Pablo Stefanoni.

  • 1.

    Los acuerdos de Minsk fueron dos acuerdos alcanzados en 2014 y 2015 para poner fin al conflicto armado en el Donbás. El segundo, firmado en febrero de 2015 con la mediación de Francia y Alemania, establecía un alto el fuego, la retirada del armamento pesado, el intercambio de prisioneros y un proceso político que incluía elecciones locales, un estatuto especial para determinadas zonas de Donetsk y Lugansk y la recuperación por parte de Ucrania del control de su frontera con Rusia. El Consejo de Seguridad de la ONU lo respaldó en su resolución 2202 (2015). Su aplicación quedó bloqueada por las discrepancias entre Kiev y Moscú sobre el orden en que debían cumplirse sus disposiciones [N. del E.].

En este artículo
Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter