Opinión
Julio 2019

Argentina: polarización y «extremo centro»

La posición frente a la deuda, la necesidad de un ajuste negociado y la reconciliación con los poderes fácticos configuran un consenso de «extremo centro» que es el piso en el que se apoya el macrismo para desplazar el debate más a la derecha. Si bien se mantiene la polarización, el giro centrista del kirchnerismo es evidente.

Argentina: polarización y «extremo centro»

Argentina es el país en el que cada diez minutos cambia todo y diez años después no cambió nada. A menos de un mes de las elecciones primarias que se realizarán en agosto y sesenta días después de que la ex presidenta Cristina Fernández provocara lo que fue calificado como un «terremoto político» con la designación de Alberto Fernández como candidato a presidente, el panorama no varió cualitativamente. El movimiento en espejo que realizó la coalición oficial Cambiemos ante la sorpresiva inversión de la fórmula del peronismo (todo el mundo esperaba a Cristina a la cabeza de la lista), fue la elección de Miguel Pichetto. El peronista histórico -jefe del bloque oficialista en el Senado durante los tres mandatos kirchneristas- será candidato a vicepresidente y acompañará a Mauricio Macri en la búsqueda de la reelección. Pese estos bandazos que prometían romper el panorama, la foto de hoy no es muy distinta a la que mostraban las principales fuerzas políticas antes de realizar estos movimientos. Con una diferencia: el cambio profundo y persistente que sí se manifiesta es el marcado desplazamiento hacia la derecha del escenario de conjunto.

Más allá la disputa electoral inmediata que entra en temporada alta y de las polémicas que se acrecentarán en lo que queda de la campaña, hay que determinados «consensos macro» que no cuestionan ninguna de las dos fuerzas que protagonizan la polarización. El primero de ellos es en torno a un factor que determinará la orientación económica en los próximos años: la deuda externa. La deuda fue salvajemente acrecentada durante la administración Macri y coloca al país camino a un default casi asegurado. La posición del macrismo es, lógicamente, cumplir a rajatabla con los acreedores internacionales, pero también para Alberto Fernández y los referentes del flamante Frente de Todos hay que pagar o pagar (aunque proponen una difusa renegociación de tiempos).

Pero, además, si se escucha o lee atentamente a los referentes económicos que el mismo Alberto Fernández sponsoreó como eventuales miembros de su futuro gabinete, el área de consensos de agranda. El joven economista Emmanuel Álvarez Agis le dio una forma un poco más concreta al «pacto social» que propone la fórmula Fernández-Fernández y aseguró que habrá que «coordinar» precios y salarios para frenar la inflación, manteniendo la foto de la distribución del ingreso que deja Macri (sin que empeore, pero sin que mejore tampoco). No pocos tradujeron el eufemismo como una propuesta de congelamiento de ingresos y no hay muchas otras maneras de interpretarlo. «Alberto está a la derecha de Cristina y a la izquierda de Macri», sintetizó Agis. Y en un acto de sinceridad brutal explicó: «Cristina eligió a Alberto porque (éste) puede hacer la política económica que ella podría apoyar pero no implementar». Y eso que Agis es un «moderado» comparado con otros economistas, como Guillermo Nielsen (también asesor de Fernández), que propone en voz alta un ajuste fiscal que el macrismo no se anima a pronunciar ni si quiera en off.

Existen otros terrenos en los cuales el kirchnerismo tuvo roces con los poderes fácticos y el «albertismo en construcción» propone un camino de reconciliación. Un ejemplo es la paz propuesta al grupo Clarín desde la hora cero de su designación como candidato presidente. El principal monopolio mediático del país –que viola sistemáticamente cualquier regulación en materia de concentración monopólica– no aceptó el convite y continúa con el «periodismo de guerra». Otro ejemplo fue el cuestionamiento al enfrentamiento con las patronales del campo que se produjo en 2008 por un intento de aumento de los impuestos a la exportación de soja y otros productos agrarios y que generó un conflicto que tuvo en vilo más de un mes al gobierno y a la sociedad. Las dos «batallas» fueron constitutivas de la identidad kirchnerista, hoy difuminadas en la nueva coalición en la que van conquistando hegemonía los representantes del peronismo más conservador. Sobre esta tensión, el historiador argentino Javier Trímboli planteó unas reflexiones interesantes en un reportaje para el portal Bunker: «Me parece que en 2008 todos perdimos la inocencia», explicó Trímboli. Luego enfatizó que ese fue el año en el que desde el kirchnerismo exclamaron: «¡Ah, bueno, la Sociedad Rural era la Sociedad Rural. Acordate!» En ese contexto, si bien considera que hay que cambiar de piel y adoptar un rumbo moderado y menos intenso, se pregunta cómo será posible cuando ya se perdió la inocencia sobre cuestiones fundamentales.

La posición frente a la deuda, la necesidad de un ajuste negociado y la reconciliación con los poderes fácticos configuran un consenso de «extremo centro» (como definió el intelectual Tariq Ali en su momento a un consenso europeo similar) que es el piso en el que se apoya el macrismo para desplazar el debate más a la derecha (con propuestas de mayor apertura de la economía con el acuerdo Mercosur-UE, afrentas xenófobas contra los inmigrantes y mayor punitivismo interno).

La discusión de fondo es la que atravesó a todos los procesos llamados progresistas o populistas en el continente: si la base de sus crisis estuvo en haber sido «demasiado radicales» o si, por el contrario, excesivamente cautelosos. Hasta ahora la mayoría optó por considerar que el problema fue lo primero y actuaron en consecuencia.

En el año 2002 le preguntaron a Margaret Thatcher cuál era el mayor logro de su vida: «Tony Blair y el Nuevo Laborismo. Obligamos a nuestros oponentes a cambiar sus ideas», contestó la llamada «Dama de Hierro». Más allá del resultado de las elecciones – que está abierto pero tiene al macrismo corriendo desde atrás–, lo que está en juego en la gran narrativa de la política tradicional es si el futuro se va a construir condicionado por la realidad y el acotado universo de sentidos que imprimió Cambiemos a la golpeada realidad argentina.



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